{"id":32083,"date":"2016-06-13T11:51:44","date_gmt":"2016-06-13T16:51:44","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/hoy-celebramos-a-san-damaso\/"},"modified":"2016-06-13T11:51:44","modified_gmt":"2016-06-13T16:51:44","slug":"hoy-celebramos-a-san-damaso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/hoy-celebramos-a-san-damaso\/","title":{"rendered":"Hoy celebramos a &#8230; San&nbsp;D\u00e1maso"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Mercab\u00e1<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">El &uacute;ltimo tercio del siglo IV marca el per&iacute;odo de mayor influencia de Espa&ntilde;a en Roma. Tres nombres gloriosos llenan ese espacio de tiempo, cada uno en su campo propio y los tres ligados de alguna manera entre s&iacute;. D&aacute;maso honra el pontificado; Teodosio, el imperio, y Prudencio, la poes&iacute;a cristiana.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Espa&ntilde;a, que tanto hab&iacute;a recibido de Roma, que aprendi&oacute; a amar en lat&iacute;n a Jesucristo, pag&oacute; con creces la deuda contra&iacute;da. Aun prescindiendo de otros nombres ilustres, con los tres mencionados bastaba para probarlo.<br \/> &nbsp;<br \/> San D&aacute;maso es, entre los pont&iacute;fices antiguos, el que m&aacute;s cerca est&aacute; de nosotros por sus <strong>gustos de intelectual y escriturista y por sus aficiones de arque&oacute;logo. Su diplomacia firme, aunque discreta, contribuy&oacute; a consolidar la posici&oacute;n del cristianismo frente a los &uacute;ltimos ataques del paganismo.<\/strong><\/p>\n<p align=\"justify\"> Supo mantener el prestigio de la Sede Apost&oacute;lica, expresi&oacute;n que comienza a circular durante su pontificado, y salvaguardar la unidad de la fe, tan amenazada por el arrianismo y otras herej&iacute;as cristol&oacute;gicas o trinitarias; fue el <strong>mecenas de san Jer&oacute;nimo <\/strong>y alent&oacute; sus trabajos b&iacute;blicos, que reconocer&iacute;a doce siglos despu&eacute;s el concilio de Trento al adoptar como texto seguro la traducci&oacute;n de la Vulgata.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Por &uacute;ltimo, sus aficiones de arque&oacute;logo le llevaron a <strong>restaurar las catacumbas<\/strong>, salvando la memoria de los m&aacute;rtires y orientando la piedad de los fieles hacia su culto.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>San D&aacute;maso naci&oacute; en Roma el a&ntilde;o 305, de una familia de ascendencia espa&ntilde;ola<\/strong>, cuyo padre, Antonio, hab&iacute;a hecho toda su carrera eclesi&aacute;stica no lejos del teatro de Pompeyo, junto a los archivos de la Iglesia romana, siendo &quot;notario, lector, levita y sacerdote&quot;.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Su madre se llamaba Laurencia y lleg&oacute; a la edad de noventa y dos a&ntilde;os. Tuvo tambi&eacute;n otra hermana menor, llamada Irene, la cual se consagr&oacute; a Dios vistiendo el velo de las v&iacute;rgenes.<br \/> &nbsp;<br \/> El santo <strong>se form&oacute; a la sombra del padre, en un ambiente elevado<\/strong>, teniendo ocasi&oacute;n de relacionarse con lo mejor de la sociedad romana, tan compleja, pues alternaban los cristianos fervorosos con los viejos patricios adictos al paganismo, los herejes irreductibles y los empleados p&uacute;blicos, cuyas convicciones variaban seg&uacute;n soplasen los aires de la pol&iacute;tica imperial.<br \/> &nbsp;<br \/> La educaci&oacute;n de D&aacute;maso fue exquisita, y <strong>desde el primer momento se orient&oacute; hacia la carrera eclesi&aacute;stica<\/strong>, destac&aacute;ndose entre el clero de la Urbe. Como toda persona de m&eacute;rito, tuvo que sufrir la calumnia o la enemistad, y, por su labor entre las damas piadosas, que solicitaban su direcci&oacute;n, le motejaron los envidiosos de halagador de o&iacute;dos femeninos: <em>auriscalpius feminarum<\/em>.<br \/> &nbsp;<br \/> Ya desde su infancia, encendida su imaginaci&oacute;n con el relato de las muertes heroicas de los m&aacute;rtires, debi&oacute; despertarse en &eacute;l la vocaci&oacute;n de cantor de los que dieron su vida por la fe, recogiendo &aacute;vidamente las noticias que circulaban oralmente, como en el caso de los santos Pedro y Marcelino, en que el mismo verdugo le cont&oacute; su martirio:&nbsp;<em>Percussor retulit Damaso mihi, cum puer essem.<\/em><br \/> &nbsp;<br \/> Era di&aacute;cono cuando falleci&oacute; el 24 de septiembre de 366 el papa Liberio. El imperio hab&iacute;a sido repartido en 364, tomando Valente el Oriente y Valentiniano I el Occidente. Desde 358 hab&iacute;a un antipapa, F&eacute;lix III (467), y, aunque D&aacute;maso se hab&iacute;a mostrado partidario suyo, despu&eacute;s se reconcili&oacute; con Liberio y <strong>trabaj&oacute; en reconciliar al antipapa.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Por el gran ascendiente que gozaba en Roma, <strong>D&aacute;maso fue elegido Papa en la bas&iacute;lica de San Lorenzo in Lucina por la mayor&iacute;a del clero y del pueblo<\/strong>, si&eacute;ndole favorable la nobleza romana.<\/p>\n<p align=\"justify\"><strong>Sin embargo, los opositores se reunieron en Santa Mar&iacute;a in Trastevere y eligieron a Ursino<\/strong>, que se hizo consagrar r&aacute;pidamente por el obispo de Tibur, no haci&eacute;ndolo D&aacute;maso hasta un domingo posterior, que fue el 1 de octubre, por el obispo de Ostia.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Parece como si Dios pusiera en la existencia de los santos ocultas espinas que les puncen para purificarles. Ursino fue el aguij&oacute;n de D&aacute;maso.<br \/> &nbsp;<br \/> Desde que el 26 de octubre el emperador Valentiniano di&oacute; orden de destierro contra el antipapa, la revuelta se apoder&oacute; de Roma. Los partidarios de Ursino se hicieron fuertes en la bas&iacute;lica Liberiana, teniendo que soportar un verdadero asedio de los seguidores de D&aacute;maso, donde dominaban los cocheros y empleados de las catacumbas.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Armados de sus herramientas de trabajo y de hachas, espadas y bastones, se aprestaron al asalto de la bas&iacute;lica. Algunos lograron subir al techo y lanzaron contra los leales de Ursino no precisamente p&eacute;talos de rosas, conmemorativos de la nieve legendaria que diera pie a la erecci&oacute;n del templo, sino teas encendidas, que ocasionaron 160 muertos.<br \/> &nbsp;<br \/> Ursino fue desterrado, y, si bien el emperador le permiti&oacute; volver el 15 de septiembre de 267, le expuls&oacute; de nuevo el 16 de noviembre. El antipapa no cede: desde su destierro maquina nuevas intrigas y <strong>en 370 consigue envolver a san D&aacute;maso en un proceso calumnioso. <\/strong><\/p>\n<p align=\"justify\"> En 373 se abre un nuevo proceso contra D&aacute;maso ante los tribunales de Roma. Esta vez el acusador es un jud&iacute;o convertido, Isaac, detr&aacute;s del cual se reconocen f&aacute;cilmente los manejos de Ursino. El emperador Graciano interviene personalmente y falla la causa. Absuelve a D&aacute;maso y destierra a Isaac a Espa&ntilde;a, y a Ursino a Colonia.<\/p>\n<p align=\"justify\"> En 378 ha de justificarse ante un concilio de obispos italianos que &eacute;l mismo hab&iacute;a convocado. Los obispos estaban inquietos a causa de las dudas que provoc&oacute; la usurpaci&oacute;n de Ursino.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Pidieron que los obispos no pudieran ser llevados a m&aacute;s tribunales que a los eclesi&aacute;sticos, formados por sus propios colegas, y, en caso de apelaci&oacute;n, que &eacute;sta se hiciera al Papa. Que &eacute;ste s&oacute;lo pudiera ser juzgado, en caso de necesidad, por el emperador en persona.<br \/> &nbsp;<br \/> Todav&iacute;a en 381 Ursino vuelve a la carga. El concilio de Aquilea, reunido por entonces, fue la ocasi&oacute;n. El antipapa quiere llevar la resoluci&oacute;n del caso al propio emperador. Mas a partir de entonces todo se apacigua. Ursino debi&oacute; de morir, porque no se vuelve a hablar m&aacute;s de &eacute;l.<br \/> &nbsp;<br \/> Los partidarios de Ursino no fueron los &uacute;nicos en crear preocupaciones a San D&aacute;maso.<strong> Al lado del antipapa se agitaban durante todo este tiempo los titulados obispos cism&aacute;ticos; luciferianos, donatistas y novacianos. Roma era un avispero de sectas, y el Papa tuvo que luchar contra su intransigencia<\/strong>, como en el caso de los donatistas, descendientes de los antiguos montanistas africanos.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Su campe&oacute;n, el presb&iacute;tero Macario, condenado al destierro, muri&oacute; de las heridas que recibiera al ser apresado, aunque la elecci&oacute;n de otro obispo signific&oacute; un nuevo competidor contra D&aacute;maso.<br \/> &nbsp;<br \/> En medio de tantas dificultades, el gran Papa pensaba en la Iglesia universal. <strong>En cuanto a herej&iacute;as, su mayor preocupaci&oacute;n era el arrianismo.<\/strong> Roma se hab&iacute;a pronunciado abiertamente contra las doctrinas arrianas en el concilio de Nicea y siempre hab&iacute;a mantenido una l&iacute;nea clara en este punto.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Al tiempo de la elecci&oacute;n de san D&aacute;maso eran arrianos los obispos Restituto de Cartago y Auxencio de Mil&aacute;n, y otros muchos del Il&iacute;rico y, sobre todo, de la regi&oacute;n del Danubio. El emperador no quer&iacute;a problemas por causa del arrianismo, y la situaci&oacute;n era dudosa.<\/p>\n<p align=\"justify\"> En 369 san Atanasio escribe a Afros, a los obispos de Egipto y Libia, y habla del &quot;querido D&aacute;maso&quot;, pero muestra su inquietud por el estado de cosas de Occidente. Un poco despu&eacute;s otra carta del mismo santo obispo habla de recientes concilios reunidos en las Galias y Espa&ntilde;a, y en la misma Roma, en que se tomaron medidas contra Auxencio de Mil&aacute;n.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> El concilio de Roma nos es conocido por la carta <em>Confidimus<\/em>, del propio san D&aacute;maso a los obispos de Il&iacute;rico. Esta carta es una firme declaraci&oacute;n de los principios de Nicea. Pero fue necesario esperar la muerte de Auxencio, en 374, para reemplazarle por un obispo ortodoxo: san Ambrosio.<\/p>\n<p align=\"justify\"> En la regi&oacute;n dalmaciana (Il&iacute;rico) el arrianismo conserv&oacute; durante mayor tiempo su hegemon&iacute;a, aunque en 481 el concilio de Aquilea, en el que San D&aacute;maso no lleg&oacute; a intervenir, conden&oacute; vigorosamente los manejos de los herejes.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>En Oriente la pol&iacute;tica religiosa del Papa tuvo menos &eacute;xito, porque la situaci&oacute;n era m&aacute;s embrollada. Los cat&oacute;licos estaban divididos a causa del cisma de Antioqu&iacute;a<\/strong>. Los unos eran partidarios de Melecio, que hab&iacute;a sido elegido seg&uacute;n regla: los otros se inclinaban a favor de Paulino.<\/p>\n<p align=\"justify\"> San Basilio de Cesarea era el jefe de los primeros, y con &eacute;l casi todo el episcopado oriental. Pero Roma, bajo la influencia de san Atanasio, se hab&iacute;a pronunciado por el segundo. A partir de 371 fueron llevadas a cabo largas y penosas negociaciones por san Basilio para obtener la condenaci&oacute;n expl&iacute;cita de Marcelo de Ancira y despu&eacute;s la de Apolinar de Laodicea, as&iacute; como el reconocimiento de Melecio de Antioqu&iacute;a.<\/p>\n<p align=\"justify\"> San D&aacute;maso se content&oacute; con remitir la carta <em>Confidimus<\/em> del concilio romano de 370. El asunto de Marcelo de Ancira se resolvi&oacute; con la muerte del hereje, y el de Apolinar con su condenaci&oacute;n en 375.<\/p>\n<p align=\"justify\"> El caso de Melecio fue m&aacute;s complicado, porque la soluci&oacute;n depend&iacute;a en gran parte de aceptar o rechazar por parte de san Basilio la terminolog&iacute;a trinitaria usada en Roma.<\/p>\n<p align=\"justify\"> San D&aacute;maso comenz&oacute; por mostrarse intransigente en este punto (carta <em>ad gallos episcopos<\/em>, 374); despu&eacute;s hizo concesiones, aunque un concilio romano de 376 parec&iacute;a volver al estado primitivo. Sin embargo, la muerte de san Basilio el 1 de enero de 379 allan&oacute; el arreglo, m&aacute;s necesario que nunca.<br \/> &nbsp;<br \/> Un gran concilio reunido en Ancira aquel mismo a&ntilde;o acept&oacute; las f&oacute;rmulas propuestas por el Papa. Mas este concilio, presidido por el propio Melecio, no pod&iacute;a ser grato a D&aacute;maso, que era partidario de Paulino.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Muerto aqu&eacute;l el a&ntilde;o 381, no pas&oacute;, empero, Paulino a la silla de Antioqu&iacute;a, como hubiera deseado el Papa, sino Flaviano, lo cual contribuy&oacute; en alguna forma a<strong> aislar el Oriente de Roma por no resolverse el mencionado cisma<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Por aquella misma &eacute;poca se convocaba en Zaragoza (380) otro concilio para condenar a Prisciliano, cuyas doctrinas asc&eacute;ticas resultaban sospechosas.<\/strong> Este, que hab&iacute;a llegado a obispo de Avila, recurril&oacute; al Papa, a quien llama <em>senior et primus<\/em>.<\/p>\n<p align=\"justify\"> San D&aacute;maso, sin condenarle expresamente, no admiti&oacute; su requisitoria: eI hereje espa&ntilde;ol tuvo el mal acuerdo de elevar su causa al emperador, y a pesar de las protestas de san Mart&iacute;n de Tours y de otros obispos, el ef&iacute;mero emperador M&aacute;ximo avoca la causa a su tribunal y juzga y condena a Prisciliano en 385 por el delito de magia. &Eacute;l y otros cuatro m&aacute;s son decapitados. Ya tienen los panfletistas el primer caso de &quot;relajaci&oacute;n al brazo secular&#8221;.<br \/> &nbsp;<br \/> En 382 fue convocado en la misma Roma un concilio al que san D&aacute;maso tal vez pensaba darle car&aacute;cter universal, pero que result&oacute; de escasos frutos. Como el propio <strong>san Jer&oacute;nimo <\/strong>acudiera a la ciudad de las siete colinas, fue ocasi&oacute;n de que le conociera san D&aacute;maso y se trabara entre ambos una estrecha amistad, que tan beneficiosa ser&iacute;a para las ciencias b&iacute;blicas.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Durante tres a&ntilde;os (382-385) el Papa le retuvo por secretario. Le alent&oacute; en sus trabajos escritur&iacute;sticos y en sus versiones de las Sagradas Escrituras del hebreo y griego al lat&iacute;n, lo que nos proporciorn&oacute; la <em>Vulgata<\/em>, versi&oacute;n que todav&iacute;a hoy utiliza como oficial la Iglesia romana.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> Sin embargo, san Jer&oacute;nimo ten&iacute;a un car&aacute;cter independiente y excitable, muy dif&iacute;cil para la vida de la curia. A&ntilde;orando su soledad, muerto ya el Papa, donde siempre los que han servido al se&ntilde;or difunto encuentran enrarecido el ambiente, se retir&oacute; a Bel&eacute;n con sus libros y sus penitencias.<\/p>\n<p align=\"justify\"> En oto&ntilde;o del a&ntilde;o 382, D&aacute;maso, sin entrar en escena, <strong>obtuvo en Roma un triunfo importante para el cristianismo: la remoci&oacute;n de la estatua de la Victoria de la sala del Senado.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Una vez que Constantino concedi&oacute; por el edicto de Mil&aacute;n del 313 la paz a la Iglesia y comenzaron a surgir en la Urbe las grandes bas&iacute;licas cristianas, nos cuesta trabajo entender que Roma siguiera siendo &quot;oficialmente&quot; pagana todav&iacute;a casi a fines del glorioso siglo IV.<br \/> &nbsp;<br \/> El edicto de Mil&aacute;n propiamente no cambi&oacute; la situaci&oacute;n legal del paganismo. Segu&iacute;an abiertos los templos paganos, segu&iacute;an expuestas en plazas, foros y paseos las estatuas de los dioses, segu&iacute;an recibiendo los sacerdotes del antiguo culto sus subvenciones estatales. Gran n&uacute;mero de las familtias de la nobleza romana segu&iacute;an apegadas a sus antiguas creencias.<br \/> &nbsp;<br \/> El poeta espa&ntilde;ol Prudencio, que hizo una visita a Roma a primeros del siglo V, pudo todav&iacute;a contemplar a los sacerdotes coronados de laurel cuando se dirig&iacute;an apresurados al Capitolio, por el amplio espacio de la v&iacute;a Sacra, conduciendo las v&iacute;ctimas mugientes.<\/p>\n<p align=\"justify\"> All&iacute; vi&oacute; el templo de Roma, adorada como una divinidad, y el de Venus, quem&aacute;ndose el incienso a los pies de ambas diosas. Como en los versos de Horacio, vi&oacute; a las vestales taciturnas acompa&ntilde;ar al Pont&iacute;fice seg&uacute;n sub&iacute;an las gradas de altar.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>El mundo en que vivi&oacute; san D&aacute;maso casi pudiera decirse que, con emperadores ya cristianos, segu&iacute;a siendo pagano<\/strong>, y era frecuente sentir el balanceo de la hegemon&iacute;a de una u otra religi&oacute;n. Quiz&aacute; donde estaba simbolizada esta lucha era en la susodicha estatua de la Victoria, el s&iacute;mbolo m&aacute;s venerable del paganismo oficial.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Toda de oro macizo, representaba a una mujer de aspecto marcial y formas opulentas, que desbordaban los pliegues holgados de su t&uacute;nica, ce&ntilde;ido el talle por un cintur&oacute;n guerrero. La diosa, &aacute;gil y robusta, apoy&aacute;base sobre un pie desnudo, extendiendo, como un ave divina, sus ricas alas, en actitud de cobijar a la augusta asamblea.<br \/> &nbsp;<br \/> Delante de la estatua hab&iacute;a un altar, donde cada senador, al entrar en la curia, quemaba un grano de incienso y derramaba una libaci&oacute;n a los pies de la diosa protectora del imperio.<br \/> &nbsp;<br \/> Esta estatua, que para los cristianos era objeto de esc&aacute;ndalo y para muchos miembros del patriciado como el postrer vestigio de la pujanza pol&iacute;tica del paganismo, sufri&oacute; numerosas vicisitudes. Verdadero s&iacute;mbolo de la vieja religi&oacute;n, comparti&oacute; con ella su suerte.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Durante la lucha de los cultos, que llena todo el siglo IV, la Victoria desciende de su pedestal cuantas veces el cristianismo sale triunfador, y vuelve a encumbrarse en el solio cuando el culto de los dioses reanuda su ofensiva, aunque al final triunfa el cristianismo.<br \/> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Nos queda considerar, por &uacute;ltimo, el aspecto que ha hecho m&aacute;s popular a San D&aacute;maso, y tambi&eacute;n aquel cuya influencia ha sido mayor para la posteridad, el que le ha merecido el t&iacute;tulo de &#8216;<strong>Papa de las catacumbas<\/strong>&quot;.<\/p>\n<p align=\"justify\"> &Eacute;l se preocup&oacute;, en medio de la agitaci&oacute;n de su pontificado, de propagar el culto de los m&aacute;rtires, restaurando los cementerios suburbanos donde reposaban sus cuerpos, de hacer investigaciones para encontrar sus tumbas, olvidadas, como en el caso de san Proto y san Jacinto, en la v&iacute;a Salaria; de honrarlos con bellas inscripciones m&eacute;tricas, que despu&eacute;s grababa en hermosas letras capitales su cal&iacute;grafo Furio Dionisio Fil&oacute;calo, cuyos trazos barrocos todav&iacute;a podemos admirar hoy en alguna l&aacute;pida &iacute;ntegra que nos ha llegado de entre el medio centenar que debi&oacute; esculpir.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> A finales del siglo IV eran muy borrosas las noticias que se ten&iacute;an en Roma de los m&aacute;rtires de las persecuciones. Cierto que ya Constantino se preocup&oacute; de levantar en su honor espl&eacute;ndidas bas&iacute;licas, como las de san Pedro, san Pablo, san Lorenzo y santa In&eacute;s.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Pero no era posible hacer otro tanto con los que yac&iacute;an enterrados en los l&oacute;bregos subterr&aacute;neos de las catacumbas, pues hubieran hecho falta sumas enormes.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>La idea de san D&aacute;maso fue darles veneraci&oacute;n en los mismos lugares de su enterramiento, seg&uacute;n la tradici&oacute;n romana, que lig&oacute; siempre el culto a la tumba del m&aacute;rtir.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Mas para facilitar la visita de los fieles, eran necesarios trabajos importantes, pues deb&iacute;an abrirse nuevas entradas, ensanchar las escaleras y hacerlas m&aacute;s c&oacute;modas, adornar las salas o cub&iacute;culos donde reposaban los cuerpos santos.<br \/> &nbsp;<br \/> San D&aacute;maso se entreg&oacute; con entusiasmo a esta obra. La cripta de los papas del siglo lll, uno de los m&aacute;s sagrados recintos de la cristiandad, la adorn&oacute; con columnas, arquitrabes y cancelas, y en el fondo coloc&oacute; una de sus famosas inscripciones, que todav&iacute;a puede leerse, recompuesta en pedazos:<\/p>\n<p align=\"justify\"><em>Hic congesta iacet quaeris si turba piorum<br \/> Corpora sanctorum retinente veneranda sepulcra.<\/em><br \/> &nbsp;<br \/><strong>&quot;Si los buscas, encontrar&aacute;s aqu&iacute; la inmensa muchedumbre de los santos. Sus cuerpos est&aacute;n en los sepulcros venerables, sus almas fueron arrebatadas a los alc&aacute;zares del cielo&#8230;&quot;.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Nos podemos imaginar al augusto pont&iacute;fice, acompa&ntilde;ado de sus m&aacute;s asiduos colaboradores, tal vez el propio san Jer&oacute;nimo, emprendiendo aquellas investigaciones que le llevaban a encontrar la pista de alg&uacute;n santo olvidado. &iexcl;Qu&eacute; alegr&iacute;a entonces, como se refleja a&uacute;n en la inscripci&oacute;n a trav&eacute;s de los siglos!:<br \/> &nbsp;<br \/><em>Quaeritur inventus colitur fovet omnia praestat.<\/em><br \/> &nbsp;<br \/><strong>&quot;Tras los trabajos de b&uacute;squeda es encontrado, se le da culto, se muestra propicio, lo alcanza todo.&quot;<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Resulta emocionante saber que san D&aacute;maso emprendi&oacute; esta obra de exaltaci&oacute;n de los m&aacute;rtires en agradecimiento por haber conseguido la reconciliaci&oacute;n del clero tras el cisma de Ursino.<br \/> &nbsp;&nbsp;<br \/> Podr&aacute; objetarse que el santo Pont&iacute;fice no siempre tuvo buenas fuentes de informaci&oacute;n, excepto el caso ya citado, en que el propio verdugo di&oacute; testimonio. <strong>Casi siempre ha de recurrir a la tradici&oacute;n oral.<\/strong>&nbsp;En algunos casos ha de dejar el juicio al propio Cristo: probat omnia Christus.<br \/> &nbsp;<br \/> Esta pobreza de sus informaciones se manifiesta ya en las descripciones gen&eacute;ricas que hace del martirio, o en no saber decir los nombres o el tiempo de su triunfo, usando una frase imprecisa: &quot;en los d&iacute;as en que la espada desgarraba las piadosas entra&ntilde;as de la Madre&quot;.<br \/> &nbsp;<br \/> Otras veces ser&aacute; la estrechez de la l&aacute;pida, que no le permite espacio para mayores noticias, como en la inscripci&oacute;n de la cripta de los Papas. Sin embargo, hay que confesar que ya por la dificultad de expresarse en verso, ya por su propensi&oacute;n a lo gen&eacute;rico e indeterminado, <strong>su poes&iacute;a es vaga y obscura<\/strong>, aun cuando no pod&iacute;an faltarle noticias concretas, como en los epitafios de su madre Laurencia o de su hermana Irene.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Esta pobreza de expresi&oacute;n se manifiesta, adem&aacute;s, en sus imitaciones virgilianas, que ocurren a cada paso, y en lo reducido de su lenguaje, que defini&oacute; De Rossi &quot;como un perpetuo e invariable ciclo&quot; en que se repiten hemistiquios y aun versos enteros.<br \/> &nbsp;<br \/> A pesar de todo, los peque&ntilde;os poemas damasianos llegan a conmovernos, porque reflejan el entusiasmo del poeta y el afecto viv&iacute;simo que alimentaba hacia los atletas de Cristo, de donde sus c&aacute;lidas invocaciones: &quot;Amado de Dios que seas propicio a D&aacute;maso te pido &iexcl;oh santo Tiburcio!&#8217;<br \/> &nbsp;<br \/> O en el de Santa In&eacute;s: &quot;&iexcl;Oh santa de toda mi veneraci&oacute;n, ejemplo de pureza!, que atiendas las plegarias de D&aacute;maso te pido, &iacute;nclita m&aacute;rtir&quot;.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Se comprende que los peregrinos medievales copiasen con verdadera ilusi&oacute;n estos versos, merced a lo cual han podido salvarse en c&oacute;dices y bibliotecas muchos de ellos, cuyos fragmentos filocalianos hallaron posteriormente De Rossi y otros investigadores de las catacumbas.<br \/> &nbsp;<br \/> Digamos tambi&eacute;n que san D&aacute;maso, que <strong>tuvo el honor de transformar las catacumbas en santuarios, fue, a la vez, el que introdujo el culto de los m&aacute;rtires en Roma.<\/strong> Al fundar un &quot;t&iacute;tulo&quot; o iglesia parroquial en su propia casa, junto al teatro de Pompeyo, seg&uacute;n la costumbre, le di&oacute; su propio nombre: &quot;in Damaso&quot;, pero le lig&oacute; al recuerdo de un m&aacute;rtir espa&ntilde;ol, san Lorenzo.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Y aunque la iglesia iba dedicada a Cristo, como todas las de entonces, al poner el nombre del santo di&aacute;cono como una invitaci&oacute;n a honrarle m&aacute;s especialmente, sent&oacute; un precedente que evolucionar&iacute;a con toda rapidez. <strong>Las iglesias se dedicar&iacute;an a los santos, como ya hoy es normal. <\/strong>El nombre del fundador caer&iacute;a en desuso y quedar&iacute;a el del patr&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> San D&aacute;maso <strong>muri&oacute; casi octogenario el 11 de diciembre de 384<\/strong>. Al final de la inscripci&oacute;n a los m&aacute;rtires en la cripta del cementerio de Calixto, el santo Papa hab&iacute;a manifestado su deseo de ser all&iacute; enterrado, aunque por humildad o por escr&uacute;pulo de arque&oacute;logo no se atreviera a tanto.<br \/> &nbsp;<br \/><em>Hic fateor Damasus volui mea condere membra<br \/> sed cineris timui sanctos vexare piorum.<\/em><br \/> &nbsp;<br \/> Entonces <strong>se hizo preparar para &eacute;l y su familia una bas&iacute;lica funeraria en la v&iacute;a Ardeatina, no lejos del &aacute;rea donde estaban los m&aacute;rtires queridos. <\/strong>Esta capilla se presentaba a los peregrinos medievales como una etapa entre Roma y la visita de las catacumbas.<\/p>\n<p align=\"justify\"> Compuso tres epitafios; para su madre, su hermana y el suyo. Este es particularmente humilde y lleno de fe. Recuerda la resurrecci&oacute;n de L&aacute;zaro por Cristo y termina con esta hermosa frase: &quot;De entre las cenizas har&aacute; resucitar a D&aacute;maso, porque as&iacute; lo creo&quot;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Sus reliquias fueron llevadas posteriormente a la iglesia de San Lorenzo in Damaso y est&aacute;n conservadas debajo del altar mayor.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Su gran amigo san Jer&oacute;nimo hizo de &eacute;l este hermoso elogio en su tratado <em>De la virginidad: Vir egregius et eruditus in Scripturis, virgo virginis Ecclesiae doctor<\/em>: &quot;<strong>Var&oacute;n insigne e impuesto en la ciencia de las Escrituras, doctor virgen de la Iglesia virginal&quot;.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><strong>La liturgia tambi&eacute;n le es deudora de sabias reformas.<\/strong> Adem&aacute;s de su devoci&oacute;n acendrada a los m&aacute;rtires, <strong>la construcci&oacute;n del baptisterio vaticano y la firmeza apost&oacute;lica en reprimir las herej&iacute;as, le cabe la gloria de haber introducido en la misa, conforme a la costumbre palestinense, el canto del aleluya los domingos y la reforma del viejo cursus salm&oacute;dico para darle un car&aacute;cter m&aacute;s popular.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><em>Por Casimiro S&aacute;nchez Aliseda&nbsp;<br \/> <strong><a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/www.mercaba.org\/SANTORAL\/Vida\/12\/12-11_S_damaso_papa.htm\">Art&iacute;culo<\/a> <\/strong>publicado originalmente por &nbsp;Mercab&aacute;<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Mercab\u00e1 El &uacute;ltimo tercio del siglo IV marca el per&iacute;odo de mayor influencia de Espa&ntilde;a en Roma. Tres nombres gloriosos llenan ese espacio de tiempo, cada uno en su campo propio y los tres ligados de alguna manera entre s&iacute;. D&aacute;maso honra el pontificado; Teodosio, el imperio, y Prudencio, la poes&iacute;a cristiana. 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