{"id":32241,"date":"2016-06-13T11:57:51","date_gmt":"2016-06-13T16:57:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/me-encanta-sonar-cada-manana-con-la-santidad\/"},"modified":"2016-06-13T11:57:51","modified_gmt":"2016-06-13T16:57:51","slug":"me-encanta-sonar-cada-manana-con-la-santidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/me-encanta-sonar-cada-manana-con-la-santidad\/","title":{"rendered":"Me encanta so\u00f1ar cada ma\u00f1ana con la&nbsp;santidad&#8230;"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Cuando el otro d&iacute;a celebramos la fiesta de todos los santos pensaba en que a veces nos cuesta querer ser santos. Nos parece complicado, arduo, casi imposible, tal vez hasta aburrido.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nVemos a los santos demasiado perfectos e inmaculados. Nos cuesta imaginar pecados en sus vidas y siempre pensamos que respondieron de forma correcta en toda situaci&oacute;n. Actuaron en todo movidos por el amor, supieron siempre lo que Dios les ped&iacute;a, no se guardaron nada y besaron la cruz con alegr&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nCreemos tal vez que si aspiramos a ser santos tendremos que cambiar demasiadas cosas y, en realidad, cambiar siempre es dif&iacute;cil. <strong>La santidad nos parece algo lejano<\/strong>, duro, fr&iacute;o. Nos imaginamos a esos santos de altar, blancos, duros, perfectos, demasiado lejanos. Y nos desanimamos. As&iacute; no hay quien sea santo, pensamos, al comprobar nuestra propia limitaci&oacute;n.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo respondemos siempre de forma correcta a los desaf&iacute;os de la vida, nos dejamos llevar por el ego&iacute;smo y dejamos de so&ntilde;ar, algo desanimados, con esas cumbres que antes nos encend&iacute;an. <strong>&iquest;Es posible ser santos en esta vida tan complicada?<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMiramos a otros con cierta envidia, al pensar en sus vidas intachables, porque juzgamos por fuera y nos sentimos pecadores en comparaci&oacute;n.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Esa santidad de cuello blanco que pretendemos no es la que nos toca vivir. M&aacute;s que nada, porque no podemos.<\/strong> Nos empe&ntilde;amos en tocar el cielo con las manos y nos llenamos de barro cuando menos lo esperamos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUna persona comentaba: &laquo;<em>Me he dado cuenta que mi &lsquo;peque&ntilde;a maldici&oacute;n&rsquo;, mi herida, mi debilidad, me ha hecho m&aacute;s completa, m&aacute;s persona, m&aacute;s honda, m&aacute;s humana.&nbsp;He entendido que no tengo que luchar contra ello, sino aceptar y bendecir. Lo&nbsp;he hecho con alegr&iacute;a.&nbsp;Es esta debilidad m&iacute;a la que me hace escalar m&aacute;s alto cada d&iacute;a<\/em>&raquo;. Si vemos la santidad como dec&iacute;a esta persona cambian las cosas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAceptar esa limitaci&oacute;n, esa herida, como el trampol&iacute;n que nos lanza hacia las cumbres. Se trata de aceptar que no podemos con nuestro esfuerzo, que siempre de nuevo volvemos a caer por m&aacute;s que nos exigimos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Ser santos implica levantarse cada d&iacute;a dispuestos a luchar por no caer y a levantarnos despu&eacute;s de cada ca&iacute;da para volver a empezar. Sin temer la imperfecci&oacute;n o la debilidad. <\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEntonces, &iquest;es que la santidad no consiste en hacer las cosas bien, en evitar el pecado cada d&iacute;a, en cumplir a rajatabla las m&aacute;s leves insinuaciones de Dios?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDesear ser santos es <strong>desear amar hasta el extremo<\/strong>, querer dar la vida cuando nos la exijan, asumir la cruz con un coraz&oacute;n valiente y despejar las cadenas que nos atan y no nos dejan ser libres.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs el deseo da amar en toda ocasi&oacute;n y a toda persona, sin hacer diferencias, sin guardarnos la vida. Porque el que se guarda la vida la perder&aacute; para siempre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, &iquest;qui&eacute;n puede ser santo a base de esfuerzo? &iquest;Qui&eacute;n puede mantener limpio el coraz&oacute;n en una lucha sin cuartel por alejar el pecado? Nadie, en realidad <strong>nadie puede ser santo por m&eacute;ritos propios. <\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo podemos dejar de pecar aunque lo deseamos. Caemos una y otra vez, tropezamos, el hombre viejo resurge de las cenizas y nos hace ver que no estaba vencido. Las antiguas tentaciones olvidadas vuelven con m&aacute;s fuerza y nos vencen.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLos ideales que brillan ante nuestros ojos nos animan, pero no es suficiente. Como siempre decimos al renovar nuestra alianza con Mar&iacute;a en el Santuario: <strong>&laquo;Nada sin ti, nada sin nosotros&raquo;. <\/strong>No podemos ser santos sin la gracia de Dios, pero tampoco podemos serlo sin nuestro esfuerzo y nuestra lucha.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Nosotros nos subimos a la higuera, derribamos muros, vencemos batallas, abrimos brechas, despejamos barricadas. Pero la victoria final es de Dios.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&Eacute;l vence, &Eacute;l entra, &Eacute;l hace fecunda nuestra vida y logra que la semilla enterrada en el alma, muera y d&eacute; mucho fruto. Logra que nuestra vida, enterrada en humildad, escondida para dar vida a muchos, tenga un sentido.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&laquo;<em>Sin lagar no hay vino, el trigo debe ser triturado, <strong>sin tumba no hay victoria, s&oacute;lo el morir gana la batalla<\/strong><\/em>&raquo;, rezaba una oraci&oacute;n del Padre Kentenich en el &laquo;Hacia el Padre&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa aspiraci&oacute;n a la santidad nos lleva a <strong>querer dar la vida, en cada batalla, en cada esfuerzo. Con una sonrisa<\/strong> y el coraz&oacute;n lleno de luz.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nHay un poema de Rudyard Kipling en el que un padre le habla a su hijo de esas cosas importantes de la vida:<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<em>&laquo;Si al encontrar el triunfo o el desastre, puedes tratar igualmente a esos dos impostores. Si puedes poner en un momento todas tus ganancias y arriesgarlas a un golpe a cara o cruz, perder y volver a comenzar desde el principio, sin jam&aacute;s decir una palabra sobre tu p&eacute;rdida. Entonces ser&aacute;s hombre, hijo m&iacute;o&raquo;.<\/em><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEse coraz&oacute;n libre es el que pedimos a Jes&uacute;s que nos regale. Es el coraz&oacute;n santo que se levanta cuando cae, que se despierta cuando se duerme, que vuelve a empezar cuando tropieza. <strong>Es el coraz&oacute;n pobre y rico, humilde y altivo, luchador y esperanzado.<\/strong> El coraz&oacute;n ca&iacute;do y levantado, que nunca se da por vencido, que siempre ve en el fracaso la semilla de una nueva oportunidad. As&iacute; de simple, as&iacute; de bello.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUn coraz&oacute;n herido, coronado de espinas e inscrito en la llaga de Cristo. Un coraz&oacute;n muerto y resucitado. As&iacute; es la vida de los santos que no se desaniman en la lucha y no desconf&iacute;an de la mano de Dios sosteniendo sus pies desnudos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs tal vez por eso que <strong>me encanta so&ntilde;ar cada ma&ntilde;ana con la santidad.<\/strong> No porque me crea santo, no porque quiera ser canonizado un d&iacute;a, sino m&aacute;s bien porque cada d&iacute;a compruebo la propia fragilidad y me alegro al pensar que mi alegr&iacute;a no es m&iacute;a sino que procede de un Dios que me quiere por lo que soy, por lo que &Eacute;l ha hecho en m&iacute;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSu amor es como ese fuego que enciende el alma y la hace aspirar a las alturas. La santidad, por lo tanto, no es el pago obtenido a base de esfuerzo sacrificado. No es el premio a una vida inmaculada. No es el simple pago por el trabajo bien hecho. La santidad es bienaventuranza, felicidad, <strong>alegr&iacute;a ya aqu&iacute; en el camino.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAspiramos a ser santos no para cumplir las expectativas de un Dios creador exigente, no para tratar de devolver todo el amor que nos han dado. El querer ser santos es simplemente el anhelo del alma que sue&ntilde;a la felicidad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero no ya la felicidad en la vida eterna, con el deber ya cumplido. Sino esa felicidad incompleta que degustamos cada d&iacute;a como un don de Dios.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn realidad es como la vida de Zaqueo. Una mirada que expresa gratuidad, un amor sin medida que nos busca, un perd&oacute;n sin l&iacute;mites que nos lleva a cambiar de vida.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNosotros tenemos la fuerza y la disposici&oacute;n para subirnos a lo alto de una higuera cargados con nuestra debilidad. Nos subimos a lo alto de la Iglesia, de aquella persona que Dios pone en nuestro camino para acercarnos a &Eacute;l.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>La higuera son los sacramentos, es la vida que nos da continuamente oportunidades para volver a empezar<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLuego Cristo nos invita a comer en nuestra propia casa. Llega con su luz y nos quiere hacer felices. Porque no quiere que el sufrimiento, cuando lo vivimos mal, pueda acabar con la esperanza y la alegr&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEntonces <strong>su amor, no nos lo da porque nos lo merezcamos.<\/strong> Es cierto que es muchas veces nuestra forma de juzgar la vida. Te doy cuando te lo mereces. Recibo cuando me lo merezco. No es as&iacute;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Cristo se acerca siempre y su presencia es gratuidad, don, paz, alegr&iacute;a. <\/strong>Nos perdona e incluso llega a olvidar el perd&oacute;n que nos da. El encuentro con &Eacute;l nos recuerda su impronta grabada en nuestra alma. En nuestro interior reconocemos su vida como algo ya nuestro.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSu presencia entonces santifica lo que hasta ese momento parec&iacute;a oscuro y sin brillo. Ilumina lo que para los hombres parece demasiado l&uacute;gubre. Porque su luz brilla en lo profundo del alma cuando Cristo se hace luz para nosotros. Tal vez es as&iacute; la santidad. Nuestra vida brilla por dentro.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nComo le&iacute;a el otro d&iacute;a: &laquo;<strong><em>Nosotros no estamos interesados en brillar por fuera, nosotros queremos brillar por dentro<\/em><\/strong>&raquo;<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\" title=\"\">[1]<\/a>. Hoy el mundo quiere que brillemos por fuera, que destaquemos en todo lo que hacemos, que reflejemos un brillo de perfecci&oacute;n que deje al mundo con la boca abierta. Y <strong>muchas veces comprobamos que caemos en la m&aacute;s antigua tentaci&oacute;n, la del orgullo y la vanidad<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNos importa brillar por fuera, ser reconocidos, tener &eacute;xito. Ser los n&uacute;mero uno en todo lo que hacemos. As&iacute; de sencillo. Brillar y que nadie llegue a brillar tanto como nosotros. Pero no es &eacute;sa la santidad a la que nos invita el Se&ntilde;or. No. &Eacute;l quiere que brillemos por dentro.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEntonces hace con su mano, con su voz suave, con su fuerza incontrolable, con su amor que es esa caricia que nos calma, que la fragilidad de mi vida parezca incorruptible para siempre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Papa Francisco al pensar en la santidad a la que estamos llamados: &laquo;<em>Los santos no son superhombres, ni han nacido perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegr&iacute;as y dolores, fatigas y esperanzas. Pero &iquest;qu&eacute; ha cambiado su vida? Cuando han conocido el amor de Dios, lo han seguido con todo el coraz&oacute;n, sin condiciones o hipocres&iacute;as; han gastado su vida al servicio de los dem&aacute;s, han soportado sufrimientos y adversidades sin odiar y respondiendo al mal con el bien, difundiendo alegr&iacute;a y paz. &Eacute;sta es la vida de los Santos, personas que, por el amor de Dios, no han hecho su vida con condiciones a Dios, no han sido hip&oacute;critas, han gastado su vida al servicio de los dem&aacute;s, han sufrido tantas adversidades, pero sin odiar<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUna <strong>santidad ordinaria, sencilla, del d&iacute;a a d&iacute;a<\/strong>. Una vida normal. Corremos el riesgo de pensar que la vida de los santos fue totalmente extraordinaria. As&iacute; tambi&eacute;n nos justificamos. As&iacute; pensamos: &laquo;Claro, todo lo que hicieron fue demasiado grande, insuperable, yo estoy hecho de otra madera&raquo;, y nos quedamos tranquilos en nuestra mediocridad. Es como si hubi&eacute;ramos encontrado la perfecta excusa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, la voz del Se&ntilde;or sigue sonando con fuerza, nos invita a ser santos. Se trata de una santidad sencilla y alegre, pobre y despreocupada, so&ntilde;adora y aterrizada en la vida, elevada en el mundo de Dios y enamorada de este mundo creado por Dios. Una santidad, en definitiva, al alcance de todos los que est&eacute;n dispuestos a dar su vida sin miedo, sin reservas. Una santidad que no es perfecci&oacute;n pero s&iacute; deseo de amar m&aacute;s, con un amor m&aacute;s grande, sin importar el cumplimiento de los propios deseos. Una santidad que es un amor grande que nos desborda.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSi con algo tiene que ver la santidad es con poder ser <strong>fieles a la vocaci&oacute;n a la que somos llamados<\/strong>. Es cierto que con frecuencia tocamos las llagas de nuestra propia infidelidad. Pero no por ello el sue&ntilde;o se borra del alma. El ideal sigue brillando en nuestro interior.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPorque sabemos que, si somos lo que tenemos que ser, <strong>si somos fieles al don que Dios ha colocado con cari&ntilde;o y cuidado en nuestro coraz&oacute;n, seremos santos e incendiaremos el mundo<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Padre Kentenich: &laquo;<em>El gran objetivo por el cual luchamos sin cesar: llegar a ser personas orientadas hacia el m&aacute;s all&aacute;, que vivan en perfecta conformidad con la voluntad de Dios. No queremos nada de nosotros ni para nosotros. S&oacute;lo aspiramos a cumplir las palabras del padrenuestro: hagase tu voluntad, as&iacute; en la tierra c&oacute;mo en el cielo<\/em>&raquo;<a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\" title=\"\">[2]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl padrenuestro lo hemos rezado muchas veces, lo hacemos r&aacute;pido, de carrerilla y no pensamos en la importancia de ese deseo. <strong>Que se haga, Se&ntilde;or, tu voluntad y no la m&iacute;a<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero sabemos que muchas veces no comprendemos lo que nos conviene. Necesitamos el <strong>Esp&iacute;ritu Santo que gu&iacute;e<\/strong> nuestros pasos. Es la luz en el camino de lograr que nuestra voluntad y la de Dios se asemejen.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nQuerer lo que Dios quiere para m&iacute; pasa, irremediablemente, por el <strong>amor<\/strong>. S&oacute;lo el amor asemeja mi voluntad a la de Cristo. A&ntilde;ade el Padre Kentenich al hablar de la santidad: &laquo;<strong><em>El amor es una fuerza unitiva y asemejadora.<\/em><\/strong><em> Si queremos llegar a ser hombres maduros, llenos de Dios y de elevada moral, debemos comenzar lo m&aacute;s pronto posible a amar y esforzarnos por amar hasta el &uacute;ltimo suspiro<\/em>&raquo;<a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\" title=\"\">[3]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa verdadera santidad pasa por el amor. No hay ning&uacute;n santo que no haya amado. En primer lugar su propia vida, el don del camino que se le ha regalado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nY todo porque ha experimentado el profundo amor de Dios por su persona. El santo es un hombre amado y enamorado. S&oacute;lo as&iacute; es posible emprender el camino de la santidad. S&oacute;lo as&iacute; es posible hacer lo que Dios parece querer, descubrir sus insinuaciones sutiles en el camino. Es &eacute;sta la m&aacute;s alta aspiraci&oacute;n.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero siempre hacerlo movidos por el amor. Se trata de un cambio profundo y cualitativo del coraz&oacute;n. Es la m&aacute;xima aspiraci&oacute;n que puede encender nuestra vida. Si el amor mueve nuestros pasos todo es diferente.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, <strong>cuando nos falta el amor en el cumplimiento, nuestra aspiraci&oacute;n a la santidad es pobre y fr&iacute;a<\/strong>. Nos convertimos en fr&iacute;os cumplidores de tareas, en ejecutores de normas, en activistas del Reino. Nos enamoramos de las obras de Dios, pero no del Dios de las obras.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl amor es el que nos capacita para la vida, hace que lo m&aacute;s dif&iacute;cil resulte un yugo suave y llevadero. El amor nos descentra, logra que la mirada ego&iacute;sta, centrada en hacer realidad los propios deseos, se transforme en una mirada que busca la felicidad de la persona amada.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Es el amor el que nos lleva a vivir una santidad alegre.<\/strong> Porque un santo triste es un triste santo. Y el amor siempre despierta una sonrisa en el alma. Ya lo dec&iacute;a Le&oacute;n Bloy: &laquo;<em>La &uacute;nica tristeza que puede tener un cristiano es la de no ser un santo<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nY el Padre Kentenich nos invita a cuidar la alegr&iacute;a: &laquo;<em>Cultivemos la alegr&iacute;a del trabajo. Cultivar conscientemente la alegr&iacute;a por todo crecimiento &eacute;tico, por m&aacute;s peque&ntilde;o que fuere. <strong>Cultivar la alegr&iacute;a por cada peque&ntilde;a victoria que se obtenga. Quien no sienta alegr&iacute;a de ser noble y bueno, echar&aacute; mano de alegr&iacute;as que son malas<\/strong><\/em>&raquo;<a href=\"#_ftn4\" name=\"_ftnref4\" title=\"\">[4]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa santidad, el vivir santamente, tiene que despertar mucha alegr&iacute;a. <strong>No vivimos resignados en la casa del Padre. No hacemos las cosas porque nos toca.<\/strong> Nuestro amor no es un amor resignado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo nos entristecemos porque el Padre Dios no hace <strong>una fiesta cada d&iacute;a por estar sanos a su lado. <\/strong>Nos gustar&iacute;a. Y en realidad la hace. <strong>Cada vez que nos mira se regocija de tenernos como hijos. La vida es una serie de caricias suaves y profundas.<\/strong> Dios nos acaricia en sus silencios y nos sostiene sin que notemos su mano en la espalda.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero est&aacute; feliz de construir el Reino con nosotros. Nos necesita. <strong>Necesita volcar su amor en nosotros. Quiere abrazarnos y hacernos sentir los hijos predilectos.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo somos verdaderamente santos por hacer las cosas bien, por cumplir, por responder a las expectativas de un Dios juez que est&aacute; esperando nuestro fallo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo queremos vivir en la casa del Padre resignados, molestos. <strong>No queremos actuar con bondad, pero cansados, hartos de dar siempre nosotros<\/strong> o con envidia hacia esos hijos pr&oacute;digos que al volver reciben la alegr&iacute;a del Padre hecha fiesta.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa santidad no consiste en servir con generosidad pero sin sonrisas, en dar la vida con quejas, en hacer muchas cosas para Dios pero no descansar nunca en su regazo, en cumplir todas las exigencias, pero sin una gota de alegr&iacute;a. No estamos viviendo el verdadero ideal al que se nos invita.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Aspiramos a vivir en la casa del Padre con un coraz&oacute;n alegre y agradecido. Aspiramos a que Dios penetre todos los pliegues del coraz&oacute;n.<\/strong> Aspiramos a rezar entre pucheros, como dec&iacute;a Santa Teresa, a amar en la precariedad de la vida, a servir cuando nos falten las fuerzas. A <strong>vivir santamente en todo lo que hacemos aqu&iacute; en este camino, aunque siempre anhelando el cielo<\/strong>. Cuanto m&aacute;s alegres estemos con nuestra vida, menos tentaci&oacute;n tendremos de apegarnos a la tierra y dejar de mirar a las alturas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLas lecturas de este domingo nos llevan a <strong>pensar en la vida eterna y a desapegarnos de aquello que no nos deja ser libres. <\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Viene bien pensar en el cielo y en la eternidad para caminar con libertad en la tierra. <\/strong>El cielo es meta y esperanza. Hacia all&iacute; caminamos. Nos educamos desprendi&eacute;ndonos, renunciando, sacrific&aacute;ndonos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>La eternidad no se improvisa, ni el cielo.<\/strong> Nos preparamos para el cielo comenz&aacute;ndolo a vivir aqu&iacute;, en el d&iacute;a a d&iacute;a, en la rutina de ese martirio del amor diario. En esos gestos que cuestan. En el amor sacrificado que se da sin medida.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El cielo comienza en el coraz&oacute;n que se arrodilla ante Dios y pide misericordia. En el acto sencillo que pasa desapercibido para los hombres, pero en el cual estamos dando la vida.<\/strong> Es la semilla de eternidad que sembramos cada vez que amamos con gestos y palabras.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, cuando vivimos pensando s&oacute;lo en el presente, at&aacute;ndonos a la vida que nos toca vivir con todas las fibras del alma, obsesionados con que salgan adelante los planes caducos, corremos el riesgo de no estar preparados nunca para el cielo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPensaremos que el cielo siempre puede esperar porque la vida que vivimos es demasiado apasionante.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs normal pensar que siempre nos queda algo que hacer en la tierra. Es humano que no queramos dejar de vivir. La vida puede ser maravillosa. El coraz&oacute;n siempre desea m&aacute;s, anhela m&aacute;s en esta vida. Nos apegamos a las alegr&iacute;as de cada d&iacute;a. Nos sentimos en deuda con el mundo y creemos que nunca es suficiente.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero <strong>aspiramos a estar preparados siempre para el encuentro con el Se&ntilde;or<\/strong>. S&iacute;, la eternidad no se improvisa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Padre <strong>Alberto Hurtado<\/strong> al hablar de los santos: &laquo;<em>Le repugna una vida interior se&ntilde;alada &uacute;nicamente por los l&iacute;mites del pecado y de la obligaci&oacute;n. Aspira a darse enteramente a Dios, y no se asusta al proponerse como ideal el mismo de San Pablo: &lsquo;Mi vivir es Cristo&rsquo;. -&iquest;Qu&eacute; har&iacute;a Cristo en mi lugar? es su pregunta en las dificultades, y todos sus problemas los soluciona a la luz de ese Cristo cuya vida &eacute;l prolonga. No es escrupuloso, ni de coraz&oacute;n achicado, ni mojigato. Goza de libertad de esp&iacute;ritu, de esa santa libertad de los hijos de Dios, ausente de miedos y puerilidades<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLos a&ntilde;os pasan y nunca estaremos libres del todo para emprender el camino definitivo. Queremos entregar la vida cada d&iacute;a. Conscientes de las debilidades, de todo lo que nos falta por hacer, y alegres de saber que, cuando &Eacute;l lo quiera, estaremos dispuestos a vivir a su lado en el cielo para siempre. Es la libertad de los hijos de Dios que s&oacute;lo quieren lo que su Padre quiere.<\/p>\n<p align=\"justify\">Hoy el Evangelio nos presenta a Jes&uacute;s que es probado: &laquo;<em>En aquel tiempo, se acercaron a Jes&uacute;s unos saduceos, que niegan la resurrecci&oacute;n, y le preguntaron: &#8211; Maestro, Mois&eacute;s nos dej&oacute; escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, c&aacute;sese con la viuda y d&eacute; descendencia a su hermano. Pues bien, hab&iacute;a siete hermanos: el primero se cas&oacute; y muri&oacute; sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y as&iacute; los siete murieron sin dejar hijos. Por &uacute;ltimo muri&oacute; la mujer. Cuando llegue la resurrecci&oacute;n, &iquest;de cu&aacute;l de ellos ser&aacute; la mujer? Porque los siete han estado casados con ella<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nA Jes&uacute;s le hicieron una pregunta casi imposible de responder. &iquest;De qui&eacute;n ser&aacute; la mujer que tuvo en su vida siete maridos? Parece una pregunta imposible, il&oacute;gica, un caso de estudio. Una posibilidad bastante poco probable.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl contexto nos sit&uacute;a en una disputa de Jes&uacute;s con los saduceos que no cre&iacute;an en la resurrecci&oacute;n. Como tantas veces en el Evangelio, a Jes&uacute;s le piden que se posicione entre dos bandos. Si responde a favor de la resurrecci&oacute;n, tendr&aacute; en contra a los saduceos, si responde en contra, a los fariseos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMuchas veces hacemos eso, buscamos lo que nos separa en lugar de lo que nos une. Seguramente habr&iacute;a muchas cosas que un&iacute;an a fariseos y saduceos, muchas m&aacute;s de las que los separaba. Cre&iacute;an en el mismo Dios, aspiraban a llevar una vida santa, quer&iacute;an vivir seg&uacute;n Dios. &iquest;Por qu&eacute; nos empe&ntilde;amos en buscar lo que nos diferencia y divide?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Nos dejamos llevar por las ganas de demostrar que tenemos raz&oacute;n, que el otro est&aacute; equivocado<\/strong>, que nuestra idea de la vida, del hombre y de Dios es la buena, y juzgamos al otro de forma tan superficial. Adem&aacute;s, mezquinamente, buscamos aliados que refuercen nuestra posici&oacute;n y nos den la raz&oacute;n.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Siempre es posible escuchar, intentar encontrar juntos la verdad que no es de ninguno en su totalidad o, por lo menos, rescatar lo bueno de la postura del otro, ponernos en su lugar, conocer su historia y entender por qu&eacute; piensa as&iacute;. Mirar a la persona y no simplemente sus ideas. La persona es m&aacute;s que lo que piensa.<\/strong> Eso nos lo ense&ntilde;&oacute; Jes&uacute;s.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil es ponernos en el lugar del otro! &iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil aceptar y querer al que piensa de forma diferente!<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJes&uacute;s acoge a todos sin juzgar. En esta ocasi&oacute;n les responde que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos: &laquo;<em>En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrecci&oacute;n de entre los muertos no se casar&aacute;n. Pues ya no pueden morir, son como &aacute;ngeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrecci&oacute;n. Y que resucitan los muertos, el mismo Mois&eacute;s lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Se&ntilde;or Dios de Abrah&aacute;n, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para &Eacute;l todos est&aacute;n vivos<\/em>&raquo;. Lucas 20, 27-38.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Un Dios en presente, no en pasado. Que me busca y me espera hoy. El mismo Dios que ahora contemplan los que nos han precedido hacia el cielo. Ese Dios que nos une.<\/strong> Que rompe nuestros esquemas, que camina con nosotros cada d&iacute;a de nuestra vida, que hace arder nuestro coraz&oacute;n como en Ema&uacute;s y lo vivifica, que infunde vida all&iacute; donde hay muerte. Que nos ama tanto que sale a buscarnos para d&aacute;rnoslo todo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Los que nos preceden en el camino de la vida no est&aacute;n muertos, viven para siempre. <\/strong>La pregunta por el m&aacute;s all&aacute; siempre est&aacute; presente. Y no tenemos respuestas que nos den seguridad. <strong>S&oacute;lo que el cielo ser&aacute; plenitud, amor absoluto, paz, libertad<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAspiramos a vivir ese cielo en el que todo lo que vivimos aqu&iacute; en la tierra ser&aacute; perfecto. Tiene que ver con lo que vivimos aqu&iacute;. <strong>Ser&iacute;a extra&ntilde;o un cielo que supusiera una ruptura total con nuestra historia<\/strong>, una especie de nirvana en el que no padeceremos, en el que no habr&aacute; muerte ni dolor, y tan s&oacute;lo una vida desencarnada, sin historia ni pasado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Dios es coherente. Nos ha creado en el presente<\/strong>. Ha dejado que los d&iacute;as se deslicen entre los dedos y ha permitido que el coraz&oacute;n ame y se entregue. <strong>El Reino de Dios empieza aqu&iacute; en la tierra, en nuestro coraz&oacute;n. Lo que no sabemos es c&oacute;mo ser&aacute; nuestro amor en concreto, nuestra vida all&iacute; en el cielo.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Los sacramentos en la tierra son signos, presencia visible de Dios en los hombres<\/strong>. Hacen presente a Cristo en la vida diaria. En el cielo no habr&aacute; sacramentos porque Dios ser&aacute; todo en todos para toda la eternidad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDice el salmo: &laquo;<em>Al despertar me saciar&eacute; de tu semblante. Gu&aacute;rdame como a las ni&ntilde;as de tus ojos, a la sombra de tus alas esc&oacute;ndeme<\/em>&raquo;. Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNuestros amores ser&aacute;n plenos en el cielo, perfectos, sin heridas. Porque <strong>nuestras heridas estar&aacute;n llenas de luz<\/strong>, ser&aacute;n como las llagas gloriosas de Cristo resucitado. Llagas que marquen una continuidad y se&ntilde;alen la esperanza de la eternidad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNuestro caminar en esta tierra es un caminar con los ojos puestos en el cielo. Dec&iacute;a el Padre Kentenich: &laquo;<strong><em>La oscuridad y la audacia pertenecen a la esencia de la fe. Hacer presente lo que es invisible. Actuar por una mera esperanza como si ella fuese ya posesi&oacute;n plena. Poner en juego la tranquilidad, la felicidad y otros bienes terrenos en espera de lo futuro<\/em><\/strong>&raquo;<a href=\"#_ftn5\" name=\"_ftnref5\" title=\"\">[5]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa vida eterna siempre ser&aacute; incierta. No sabemos si podremos vivir en el cielo para siempre, pero confiamos en su misericordia. No sabemos en qu&eacute; se parecer&aacute; a nuestra vida hoy. No sabemos el c&oacute;mo, lo concreto. Ninguno sabemos c&oacute;mo ser&aacute; el cielo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLos hombres de todos los tiempos, ante el silencio y el muro de la muerte, ante el silencio opaco con el que acaba la vida, se han preguntado y seguimos pregunt&aacute;ndonos: &laquo; &iquest;Hay algo despu&eacute;s de la vida?&raquo;<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUnos creen en la reencarnaci&oacute;n. Otros, como los saduceos del tiempo de Jes&uacute;s, creen que no hay nada, tan s&oacute;lo soledad y muerte, silencio y desintegraci&oacute;n de la carne.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Cuando me toca acompa&ntilde;ar a no creyentes en el momento de la muerte, me impresiona el dolor y la falta de esperanza, el vac&iacute;o, el silencio oscuro de la muerte. &iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil llenar su coraz&oacute;n de esperanza!<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs cierto que cada uno tiene su idea sobre el m&aacute;s all&aacute;, sus esperanzas, sus sue&ntilde;os y sus miedos, &iquest;qu&eacute; pasar&aacute; despu&eacute;s de la muerte? Eso nos hace humanos, nos une.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTodo hombre, creyente o no, de la religi&oacute;n que sea, del pa&iacute;s que sea, camina con la pregunta de qu&eacute; pasar&aacute; al final de la vida. No sabe c&oacute;mo ser&aacute;, &iquest;ser&aacute; verdad lo que nos han contado? &iquest;C&oacute;mo me enfrentar&eacute; yo a la muerte? <strong>&iquest;C&oacute;mo ser&aacute; la otra vida?<\/strong> &iquest;Ser&aacute; parecida a la que vivimos aqu&iacute;? &iquest;Los amores que aqu&iacute; hemos vivido ser&aacute;n los mismos pero en plenitud en el cielo? Lo que aqu&iacute; en la tierra me gusta y da vida, &iquest;estar&aacute; de alguna forma en la otra vida? &iquest;Podr&eacute; estar con los m&iacute;os?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Tenemos tanto miedo<\/strong> a la enfermedad, a que sufran las personas que amamos, a perder a alg&uacute;n ser querido, a fracasar, a morir antes de haber cumplido nuestra misi&oacute;n en esta vida, a lo desconocido, al dolor, al vac&iacute;o&hellip; Es verdad que <strong>no estamos solos en este camino<\/strong>, &Eacute;l mismo va a nuestro lado, a veces en la luz, a veces en la oscuridad. Eso nos da paz.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAdem&aacute;s, Dios nos ha puesto los unos al lado de los otros para ayudarnos a vivir en profundidad, para sostenernos mutuamente, para ser santos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPor eso tenemos el convencimiento de que <strong>Dios respetar&aacute; todo lo que hemos amado en nuestra vida y lo har&aacute; perfecto en el cielo. <\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&iquest;C&oacute;mo ser&aacute; estar con Dios para siempre, estar, sencillamente, reposar en &Eacute;l, vivir a su lado? Ser&aacute; el para&iacute;so pero no sabemos nada en realidad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTodos hemos tenido experiencias de cielo, que pasan y nos dejan sabor agridulce, de agradecimiento y nostalgia de que vuelvan. Son momentos de Tabor llenos de luz, <strong>momentos en que todo es perfecto, momentos de hogar en los que nos sentimos amados como somos<\/strong>. Experiencias de mar en que sentimos la inmensidad de la vida y su belleza.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn esos momentos estamos en paz, alegres, compenetrados con las personas amadas, sentimos que nuestro coraz&oacute;n se ensancha, que queremos permanecer ah&iacute;, simplemente estar, y casi tocamos a Dios.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero pasan, y nuestra sed crece. <strong>&iquest;Cu&aacute;l es nuestra sed, el sue&ntilde;o que perseguimos durante toda la vida? En el cielo ser&aacute; saciada por fin<\/strong>, creemos en eso.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nQuiz&aacute;s nuestra sed es el anhelo de pertenencia, o de encontrar el sentido de vida, o ser amados sin condiciones. Es la sed que quiere que dejemos de correr de un lado a otro buscando. La sed que nos mueve a querer dar todo lo que llevamos dentro, y que en parte desconocemos, y reposar.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Cada uno sabe lo que le inquieta<\/strong>, eso que no le deja tranquilo y que vuelve una y otra vez. Sabemos en el coraz&oacute;n que esa sed es el anhelo de cielo que todos tenemos, que nos alegra y nos duele a veces, aunque lo tapemos viviendo el d&iacute;a a d&iacute;a, intentando no plantearnos muchas cosas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTodos tenemos esa sed. Y <strong>miedo a morir<\/strong>. A no vivir plenamente, a vivir sin sentido y no dejar huella cuando no estemos. Todos queremos retener a los que amamos, retener los momentos buenos. <strong>Estamos hechos para la eternidad<\/strong>, para algo m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn el cielo dejaremos de sufrir y tendremos la paz que aqu&iacute; s&oacute;lo anhelamos. &Eacute;l enjugar&aacute; las l&aacute;grimas de nuestros ojos y nos regalar&aacute; su mirada.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Mar&iacute;a es la puerta del cielo, nos espera, nos mira y abraza. Su mirada calmar&aacute; nuestros miedos y nos sostendr&aacute;.<\/strong> Es la mirada de amor, de esperanza, de vida que todos so&ntilde;amos. Mar&iacute;a nos acompa&ntilde;ar&aacute; como lo ha hecho durante nuestra vida. Es la Puerta santa del cielo. Se quedar&aacute; en nuestra casa para siempre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl cielo aparece as&iacute; como la plenitud de nuestro deseo m&aacute;s hondo, de nuestra sed. Queremos ser felices para siempre. Queremos que el amor sea eterno. Constatamos en el camino la limitaci&oacute;n, y el cielo supera todos los l&iacute;mites y cadenas. All&iacute; no estaremos aquejados por la enfermedad ni por la vejez. No habr&aacute; ausencia ni vac&iacute;o. Dios lo colmar&aacute; todo.<\/p>\n<div>\n<hr align=\"left\" size=\"1\" width=\"33%\" \/>\n<div id=\"ftn1\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\" title=\"\">[1]<\/a> Antonio G. Iturbe, &ldquo;La bibliotecaria de Auschwitz&rdquo;, 111<\/div>\n<div id=\"ftn2\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\" title=\"\">[2]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, Texto 190<\/div>\n<div id=\"ftn3\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\" title=\"\">[3]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Ni&ntilde;os ante Dios&rdquo;, 466<\/div>\n<div id=\"ftn4\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref4\" name=\"_ftn4\" title=\"\">[4]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Ni&ntilde;os ante Dios&rdquo;, 487<\/div>\n<div id=\"ftn5\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref5\" name=\"_ftn5\" title=\"\">[5]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, 174<\/div>\n<\/div>\n<p align=\"justify\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Cuando el otro d&iacute;a celebramos la fiesta de todos los santos pensaba en que a veces nos cuesta querer ser santos. 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Nos cuesta imaginar pecados en sus vidas y siempre pensamos que &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/me-encanta-sonar-cada-manana-con-la-santidad\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abMe encanta so\u00f1ar cada ma\u00f1ana con la&nbsp;santidad&#8230;\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-32241","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/32241","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=32241"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/32241\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=32241"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=32241"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=32241"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}