{"id":3293,"date":"2015-12-01T01:11:41","date_gmt":"2015-12-01T06:11:41","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/ensenar-como-jesus-enseno\/"},"modified":"2015-12-01T01:11:41","modified_gmt":"2015-12-01T06:11:41","slug":"ensenar-como-jesus-enseno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/ensenar-como-jesus-enseno\/","title":{"rendered":"Ense\u00f1ar como Jes\u00fas ense\u00f1\u00f3"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">por Christopher Shaw<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p class=\"copete\" style=\"text-align: justify;\">Todos aquellos que hemos recibido el llamado al ministerio de la ense\u00f1anza deber\u00edamos considerar como un paso indispensable para el desarrollo de esta gracia la observaci\u00f3n cuidadosa de los m\u00e9todos y procedimientos que Jes\u00fas emple\u00f3 para comunicar las verdades del Reino.<\/p>\n<p class=\"texto\">\n<p style=\"text-align: justify;\">&laquo;Cuando Jes&uacute;s termin&oacute; estas palabras, las multitudes se admiraban de su ense&ntilde;anza; porque les ense&ntilde;aba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas&raquo; (Mateo 7.28-29 [BA]). El comentario del autor del primer evangelio revela cu&aacute;n profundamente impact&oacute; a las multitudes la ense&ntilde;anza de Cristo cuando predic&oacute; el Serm&oacute;n del Monte. Y no solamente aquella multitud, sino que, a lo largo de los siglos, generaci&oacute;n tras generaci&oacute;n ha sentido el mismo impacto dram&aacute;tico de esta ense&ntilde;anza que no pierde su vigencia, a pesar de que han transcurrido casi 2.000 a&ntilde;os desde que fue predicada. No exageramos al afirmar que &iexcl;Jes&uacute;s es un maestro sin igual!<br \/>\nTodos aquellos que hemos recibido el llamado al ministerio de la ense&ntilde;anza deber&iacute;amos considerar como un paso indispensable para el desarrollo de esta gracia la observaci&oacute;n cuidadosa de los m&eacute;todos y procedimientos que Jes&uacute;s emple&oacute; para comunicar las verdades del Reino. Observar a Jes&uacute;s mientras ense&ntilde;a es algo que nunca debe perder su atractivo para nosotros. En lo personal, el estudio de la vida de Jes&uacute;s es una de las actividades que mayor r&eacute;dito han aportado a mi vida. Cada vez que me acerco a su persona descubro una multitud de nuevos tesoros que contin&uacute;an modificando la perspectiva que poseo acerca del proceso de formar a otros mediante la ense&ntilde;anza.<br \/>\nQuisiera en este espacio, entonces, compartir algunos de los elementos m&aacute;s llamativos que he observado en el Maestro.<br \/>\nUtiliz&oacute; su herramienta m&aacute;s poderosa<br \/>\nUna de las tentaciones m&aacute;s tenaces que enfrentamos en la ense&ntilde;anza es la de enfocarnos en el contenido. Invertimos incontables horas en el estudio y la preparaci&oacute;n del material que queremos ense&ntilde;ar en la materia, el curso, o el seminario que vamos a dictar. No quisiera desmerecer la preparaci&oacute;n diligente a la que todo maestro debe someterse, pero a menudo no invertimos ni una d&eacute;cima parte de este esfuerzo en un elemento de mayor peso: la vida misma del maestro.<br \/>\n No podemos ense&ntilde;ar a otros a orar, evangelizar o servir, si nosotros no oramos, evangelizamos o servimos<br \/>\nNo me cabe duda de que una de las razones por las que Jes&uacute;s impact&oacute; tan profundamente la vida de sus oyentes es la calidad de su propia vida. De hecho, no encontramos en los evangelios ni un solo caso en que &eacute;l haya ense&ntilde;ado un principio del Reino sin que &eacute;l mismo no lo haya vivido. Nunca ense&ntilde;&oacute; solamente sobre la teor&iacute;a de los temas que abordaba, sino que su ense&ntilde;anza surg&iacute;a de su propio compromiso absoluto con la verdad eterna. Por esto, la ense&ntilde;anza de sus disc&iacute;pulos no era la transmisi&oacute;n de los &laquo;apuntes&raquo; que hab&iacute;an tomado durante los a&ntilde;os que permanecieron junto a &eacute;l. M&aacute;s bien se dedicaron a hablar de las hechos que hab&iacute;an visto y o&iacute;do, que hab&iacute;an contemplado y palpado con sus manos (1 Juan 1.1-3). Es decir, hablaron de la clase de persona que era el Maestro con el que hab&iacute;an convivido.<br \/>\nCuando nuestra ense&ntilde;anza es &laquo;de o&iacute;das&raquo;, porque se basa solamente en el conocimiento de la teor&iacute;a de los temas que compartimos con otros, ense&ntilde;amos sin autoridad, porque nuestra vida contradice la eficacia de las verdades que pretendemos que otros incorporen a su propia vida. No podemos ense&ntilde;ar a otros a orar, evangelizar o servir, si nosotros no oramos, evangelizamos o servimos. Aunque nuestros estudiantes no accedan a nuestra vida personal, ellos claramente percibir&aacute;n cu&aacute;ndo nuestra ense&ntilde;anza est&aacute; respaldada por la vida misma de su maestro. Ellos nos escuchan de una manera enteramente diferente cuando nuestros apuntes y nuestra vida comunican exactamente el mismo mensaje.<br \/>\nEstimul&oacute; el aprendizaje<br \/>\nLos evangelios registran una rica diversidad de situaciones en las que Jes&uacute;s abri&oacute; el di&aacute;logo con otros por medio de una pregunta. Cuando quiso revelar su identidad a los Doce, por ejemplo, les pregunt&oacute; primeramente acerca de lo que en el pueblo se comentaba sobre su persona. Luego que ellos le dieran las diferentes versiones que hab&iacute;an escuchado por la calle, &eacute;l llev&oacute; la pregunta a un plano personal: &laquo;y vosotros, &iquest;qui&eacute;n dec&iacute;s que soy yo?&raquo; (Mateo 16.15). De esta manera, oblig&oacute; a los disc&iacute;pulos a reflexionar sobre el asunto, en lugar de proveerles directamente la respuesta.<br \/>\nEl buen maestro debe conocer el contexto particular de sus estudiantes, de modo que sus ense&ntilde;anzas resulten relevantes a la realidad que cada uno.<br \/>\nEl incidente ilustra un importante principio en la ense&ntilde;anza: el buen maestro nunca comunica a sus estudiantes una verdad que ellos pueden descubrir por s&iacute; mismos. Mediante el uso h&aacute;bil de preguntas lograr&aacute; guiarlos a descubrir por s&iacute; mismos los principios que desea compartir con ellos. La raz&oacute;n de este proceder es sencilla: tendemos a olvidar r&aacute;pidamente las ense&ntilde;anzas que hemos recibido de otros, pero aquellas verdades que descubrimos nosotros quedan grabadas en nuestros corazones para siempre.<br \/>\nProvey&oacute; ense&ntilde;anzas claras y pr&aacute;cticas<br \/>\nUno de los aspectos en los que se falla mucho al ense&ntilde;ar es el de permanecer en el marco de la teor&iacute;a, sin propiciar que los principios universales que se enuncian invadan la realidad cotidiana de los estudiantes. Quedan atrapados en generalidades ya conocidas, pues el maestro no se&ntilde;ala el camino que se debe recorrer para posibilitar la vivencia de esas verdades. Si la conclusi&oacute;n de una ense&ntilde;anza sobre el amor, por ejemplo, es que todos debemos amar a nuestro pr&oacute;jimo, no habremos sido de mucha ayuda a las personas que nos escuchan. Lo m&aacute;s probable es que la mayor&iacute;a de ellos ya estaban enterados de ese mandamiento. Lo que les sigue faltando es el c&oacute;mo amar al pr&oacute;jimo.<br \/>\nEn este sentido Jes&uacute;s buscaba que sus ense&ntilde;anzas fueran claras y pr&aacute;cticas. En una diversidad de situaciones ech&oacute; mano de elementos de la vida cotidiana para explicar las verdades m&aacute;s complejas del Reino. Us&oacute; elementos con los que su audiencia estaba bien familiarizada una moneda perdida, una perla extraordinaria, la semilla, una medida de levadura o el aceite para las l&aacute;mparas. En las conversaciones que sostuvo con diferentes personas individualiz&oacute; la verdad a la situaci&oacute;n particular de cada una, de modo que no les quedaba duda acerca de lo que Dios esperaba de ellas.<br \/>\nEl buen maestro debe conocer el contexto particular de sus estudiantes, las luchas, los desaf&iacute;os, las aspiraciones y los temores que enfrentan en su vida, de modo que sus ense&ntilde;anzas resulten relevantes a la realidad que cada cual vive en su propio mundo. Debe buscar la forma en que ellos puedan ver c&oacute;mo la verdad afecta el desarrollo de sus vidas en el contexto particular en que se encuentran. Es en lo cotidiano que se produce la verdadera transformaci&oacute;n y no en el marco del aula.<br \/>\nRespet&oacute; las etapas del desarrollo<br \/>\nCuando Pedro confes&oacute; que Jes&uacute;s era el Cristo, el Hijo de Dios (Mateo 16), el Se&ntilde;or juzg&oacute; que estaban dadas las condiciones para compartir con ellos una revelaci&oacute;n dif&iacute;cil de admitir. El evangelio se&ntilde;ala claramente que es &laquo;a partir de este momento&raquo; que &eacute;l comenz&oacute; a anunciar a sus disc&iacute;pulos que era necesario que sufriera muchos padecimientos a manos de los sacerdotes y los escribas, y que fuera entregado a muerte. Del mismo modo, poco antes de su muerte confes&oacute; a los Doce: &laquo;A&uacute;n tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las pod&eacute;is soportar&raquo; (Juan 16.12). Jes&uacute;s sab&iacute;a que existe un tiempo en que resulta particularmente apropiado comunicar ciertas verdades, y por eso manejaba con inteligencia los momentos en que entregaba la verdad a los suyos.<br \/>\nUn maestro nunca conseguir&aacute; impactar profundamente la vida de sus estudiantes si limita su relaci&oacute;n con ellos a simplemente ense&ntilde;arles.<br \/>\nUno de los puntos m&aacute;s d&eacute;biles en nuestra ense&ntilde;anza es que exponemos a nuestros estudiantes a verdades para las que ellos a&uacute;n no est&aacute;n listos. Como ha observado alguien, los educadores nos abocamos a contestar preguntas que las personas no se est&aacute;n planteando, y por esto caemos en la irrelevancia. Hablarle a un grupo de j&oacute;venes solteros acerca de los principios que deben guiar la crianza de los hijos nunca provocar&aacute; el mismo impacto que pudi&eacute;ramos lograr si los ense&ntilde;&aacute;ramos a padres que est&aacute;n comenzando a andar el camino de la paternidad. Por dar a destiempo la ense&ntilde;anza derrochamos nuestros esfuerzos y desperdiciamos el tiempo de los que nos escuchan.<br \/>\nEntendi&oacute; que el aprendizaje es un proceso<br \/>\nEn muchas escenas de los evangelios observamos variantes de esta situaci&oacute;n: &laquo;Entonces dej&oacute; a la multitud y entr&oacute; en la casa. Y se le acercaron sus disc&iacute;pulos, diciendo: Expl&iacute;canos la par&aacute;bola de la ciza&ntilde;a del campo&raquo; (Mateo 13.36). Ellos no siempre lograban captar las verdades que &eacute;l compart&iacute;a en p&uacute;blico y procuraban, en privado, que les proveyera explicaciones adicionales que despejaran sus dudas y preguntas. Jes&uacute;s no dud&oacute; en ampliar para ellos la verdad o en a&ntilde;adir alg&uacute;n elemento adicional que no hab&iacute;a compartido en p&uacute;blico. La raz&oacute;n es sencilla: incorporar nuevas verdades a la vida no ocurre en un momento, sino que es el fruto de un proceso sostenido a lo largo de un per&iacute;odo de tiempo.<br \/>\nPor esto, entonces, el maestro sabio nunca da por sentado que lo ense&ntilde;ado en p&uacute;blico fue claramente comprendido por todos. Las personas filtran lo que ense&ntilde;amos a trav&eacute;s de las particularidades de su propia cultura y experiencia personal, por lo que le dan una interpretaci&oacute;n a la verdad que no siempre es acertada o completa. Solamente por medio de di&aacute;logos posteriores se lograr&aacute; que ellos obtengan una comprensi&oacute;n m&aacute;s acabada de la ense&ntilde;anza. Las conversaciones personalizadas con el maestro son una ventaja, pues permiten adaptar la verdad a la situaci&oacute;n particular de cada uno. La forma en que una persona comparte el evangelio con otra, por ejemplo, no ser&aacute; igual si se trata de un vecino del barrio que si est&aacute; ante alguien a quien le acaban de diagnosticar un c&aacute;ncer terminal. Solamente en ese di&aacute;logo posterior se lograr&aacute; realizar los ajustes necesarios a los principios eternos para que sean aplicables en un contexto particular.<br \/>\nProvey&oacute; el marco ideal para el crecimiento<br \/>\nCuando Jes&uacute;s llam&oacute; a los Doce, el evangelista comenta que una de sus metas era que ellos &laquo;estuvieran&raquo; con &eacute;l (Marcos 3.13-15). El relato posterior de la aventura que vivieron a la par de Jes&uacute;s revela que &eacute;l cultiv&oacute; con ellos una profunda relaci&oacute;n por la que alcanzaron comprobar, en una diversidad de situaciones, que estaba absolutamente comprometido con ellos. En ocasi&oacute;n de la &uacute;ltima cena, Juan comenta que &laquo;habiendo amado a los suyos, los am&oacute; hasta el fin&raquo; (13.1). En el momento &iacute;ntimo que comparti&oacute; con ellos, despu&eacute;s que les hubo lavado los pies, les aclar&oacute;: &laquo;Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su se&ntilde;or; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he o&iacute;do de mi Padre&raquo; (Juan 15.15).<br \/>\nLa profundidad de esta relaci&oacute;n provey&oacute; el marco ideal para que pudiera ense&ntilde;arles. Al saber del amor incondicional de su Maestro hacia cada uno de ellos, recib&iacute;an las ense&ntilde;anzas de otra manera. Aun cuando Cristo les hablaba con dureza, ellos no dudaban que &eacute;l se hab&iacute;a comprometido en caminar con ellos hasta el fin, y esto sosten&iacute;a con firmeza el proceso de aprendizaje, aun en los momentos de duda o tribulaci&oacute;n.<br \/>\nUn maestro nunca conseguir&aacute; impactar profundamente la vida de sus estudiantes si limita su relaci&oacute;n con ellos a simplemente ense&ntilde;arles. El esfuerzo que demanda aprender sus nombres, mezclarse con ellos, crear oportunidades para que hablen de sus vidas y experiencias, fortalece los v&iacute;nculos afectivos que le dar&aacute;n un peso adicional a la ense&ntilde;anza fundamental. Ellos deben percibir que nosotros estamos interesados en mucho m&aacute;s que simplemente &laquo;dictar&raquo; nuestra clase. Deben sentir que sus vidas son de gran valor para el maestro.<br \/>\nAprovech&oacute; las oportunidades de la vida<br \/>\nJes&uacute;s era sumamente sabio a la hora de convertir las situaciones m&aacute;s diversas de la vida en oportunidades para ense&ntilde;ar. Cuando los disc&iacute;pulos se encontraron frente a un hombre ciego, por ejemplo, y preguntaron acerca del origen de su enfermedad, aprovech&oacute; la inquietud de ellos para hablarles sobre nuestra responsabilidad de realizar las obras que Dios ha preparado para nosotros (Juan 9.1-3). Cuando los disc&iacute;pulos le comunicaron que los fariseos se hab&iacute;an escandalizado por algunas de sus declaraciones, utiliz&oacute; el comentario para hablar sobre el liderazgo a ciegas (Mateo 15.12). En un sentido, el curr&iacute;culo de sus ense&ntilde;anzas lo iba determinando por las experiencias particulares en que se ve&iacute;an involucrados en el curso de cada d&iacute;a. El buen maestro nunca se ata a sus apuntes ni se exige, a toda costa, cumplir con &laquo;el programa&raquo;. Permanece atento a las inquietudes y preguntas de sus estudiantes y est&aacute; dispuesto a detener sus actividades para aprovechar situaciones id&oacute;neas para ense&ntilde;ar alg&uacute;n principio del Reino.<br \/>\nAun cuando desarrolle sus clases exclusivamente en el &aacute;mbito del aula, las intervenciones de los alumnos y los espacios que va creando para que ellos compartan sus perspectivas pueden proveer oportunidades ideales para compartir principios de la vida eterna. Incluso, en ocasiones ser&aacute; sabio detener por completo alguna actividad planificada, porque una situaci&oacute;n particular demanda otro enfoque enteramente diferente. Supongamos, por ejemplo, que uno de los estudiantes acaba de ser despedido de su trabajo. En lugar de simplemente avanzar con el programa, esta es una circunstancia ideal para que el maestro invite al resto del grupo a unirse en oraci&oacute;n a favor de su compa&ntilde;ero. Por otro lado, quiz&aacute;s tambi&eacute;n el momento sea propicio para hablar, con ternura, sobre los elementos que proveen de verdadera seguridad a quienes estamos en Cristo. El hecho es que debemos dejar espacio para que sea el Esp&iacute;ritu el que dirija nuestro ministerio de ense&ntilde;anza, y no nosotros mismos.<br \/>\nUna fuente inagotable<br \/>\nEstos son apenas algunos de los principios de ense&ntilde;anza en el ministerio de Cristo que han impactado mi propia vida. Aunque llevo treinta a&ntilde;os leyendo los evangelios, sigo descubriendo en ellos nuevas formas de impactar la vida de mis estudiantes. Por esto, vuelvo al texto una y otra vez, intentando aprender de aquel que fue tan extraordinario Maestro durante su paso por la tierra. Del mismo modo, le animo a usted a que no se quede con mis propias observaciones. Ac&eacute;rquese a la persona de Jes&uacute;s y obs&eacute;rvelo mientras ense&ntilde;a a las multitudes, a los Doce o a los individuos que se cruzaban por su camino. Lo que descubre en su estilo de ense&ntilde;anza podr&aacute; afectar dram&aacute;ticamente la forma en que usted ense&ntilde;a a otros.<\/p>\n<\/p>\n<p class=\"pie\" style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">\u00a9Copyright 2009, Apuntes Pastorales &#8211; DesarrolloCristiano.com. Todos los derechos reservados.<\/p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por Christopher Shaw Todos aquellos que hemos recibido el llamado al ministerio de la ense\u00f1anza deber\u00edamos considerar como un paso indispensable para el desarrollo de esta gracia la observaci\u00f3n cuidadosa de los m\u00e9todos y procedimientos que Jes\u00fas emple\u00f3 para comunicar las verdades del Reino. &laquo;Cuando Jes&uacute;s termin&oacute; estas palabras, las multitudes se admiraban de su &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/ensenar-como-jesus-enseno\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abEnse\u00f1ar como Jes\u00fas ense\u00f1\u00f3\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-3293","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3293","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3293"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3293\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3293"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3293"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3293"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}