{"id":3311,"date":"2015-12-01T01:12:01","date_gmt":"2015-12-01T06:12:01","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/en-los-dias-de-ezequias-2\/"},"modified":"2015-12-01T01:12:01","modified_gmt":"2015-12-01T06:12:01","slug":"en-los-dias-de-ezequias-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/en-los-dias-de-ezequias-2\/","title":{"rendered":"En los D\u00edas de Ezequ\u00edas"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">por Jorge Pradas<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p class=\"copete\" style=\"text-align: justify;\">Peri\u00f3dicamente necesitamos que se nos vuelva a recordar cu\u00e1l es la esencia de nuestro llamado. Aunque no podemos olvidar que el pueblo est\u00e1 compuesto de individuos, es necesario protegerse de los peligros que entra\u00f1a un culto personal y solitario a Dios. Hoy resulta vital identificarse con la Iglesia.<\/p>\n<p class=\"texto\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Hablar del culto a Dios no es hablar de la pompa de un ritual rutinario; ni del laicismo de una fr&iacute;a reuni&oacute;n, sin un atisbo de clerec&iacute;a; tampoco de la &laquo;fervorosa&raquo; actitud de personas exaltadas por una emoci&oacute;n que est&aacute; fuera de todo control. El culto que debemos al Se&ntilde;or, y que seguramente le debe de agradar, es el que resulta de abandonarnos en sus manos y de dejar que el Esp&iacute;ritu Santo act&uacute;e libremente en nuestro interior. Pero siempre conscientes de nuestros hechos, para dar fruto de labios que confiesan su nombre (He 13.15) y adorarle en esp&iacute;ritu y en verdad (Jn 4.23). As&iacute; es como participa en este culto nuestro esp&iacute;ritu, alma y cuerpo, en una variedad que s&oacute;lo est&aacute; en el programa de Dios para que su pueblo, inspirado por &eacute;l, se lo ofrezca lo m&aacute;s a menudo posible. Esta entrega nace del &iacute;ntimo deseo de dar toda la gloria a Dios, pues es lo que a &eacute;l le satisface porque es digno de suprema alabanza (Sal 145.3).<br \/>\nY, precisamente, este culto es lo que la Iglesia le ha escatimado por siglos, a excepci&oacute;n, de vez en cuando, de uno que otro individuo o peque&ntilde;a comunidad, que han entendido bien que dar culto a Dios es la ocupaci&oacute;n m&aacute;s importante de su pueblo. Este pueblo, reunido con el prop&oacute;sito de darle gloria, deber&iacute;a esperar, en cada celebraci&oacute;n que ofrece al Se&ntilde;or, el testimonio del Esp&iacute;ritu de que Dios ha aceptado el culto que se le ha rendido. Este testimonio lo recibimos cuando dependemos de su inspiraci&oacute;n y nos&nbsp; entregamos a nosotros mismos a Dios con toda sinceridad.<br \/>\nEl ejemplo de Ezequ&iacute;as<br \/>\nEn esta espera se encontraba el rey Ezequ&iacute;as mientras restauraba el culto a Dios, situando en sus mecanismos rituales todo el simbolismo de un culto ofrecido en la mayor dependencia del Esp&iacute;ritu Santo. De su misi&oacute;n debemos aprender mucho, y sentirnos desafiados a restaurar, a la vez, el culto que, entendemos, alguna vez le ha ofrecido la Iglesia a su amado Se&ntilde;or: saturado de limpieza de vida y de aut&eacute;ntico fervor espiritual, pero que ahora es pobre y carnal.<br \/>\nEste rey, es uno de los pocos que la Escritura menciona como uno que &laquo;hizo lo recto ante los ojos de Jehov&aacute;&raquo; (2Cr 29.2). Esa rectitud lo centr&oacute; en la restauraci&oacute;n del culto al Se&ntilde;or. Su virtud consisti&oacute; en reconocer que &eacute;l y su generaci&oacute;n, y sus antepasados hab&iacute;an obrado mal, al llenar la casa de Dios de inmundicia, tal como lo relata el cap&iacute;tulo 24 del Segundo libro de Cr&oacute;nicas. Una vez m&aacute;s, la hero&iacute;na del relato hab&iacute;a defraudado a su amado, yendo tras los baales. Pero, ahora, el Esp&iacute;ritu Santo levantaba a un hombre que conducir&iacute;a a este pueblo a reconocer su pecado y al ofrecer frutos dignos de arrepentimiento.<br \/>\nOtra vez, en el curso de la historia, el pueblo de Dios volv&iacute;a a reconocerlo como Se&ntilde;or y, por lo tanto, lo hac&iacute;a digno del culto que de inmediato iba a ofrecerle. Es interesante observar, en el &uacute;ltimo vers&iacute;culo del cap&iacute;tulo 29, que todo lo realizaron r&aacute;pidamente porque Dios hab&iacute;a preparado al pueblo para que le ofrecieran aquel primer culto. La preparaci&oacute;n consisti&oacute; en el reconocimiento de su pecado y su consecuente santificaci&oacute;n.<br \/>\nEs necesario discernir que cuando una iglesia carece de un culto a Dios, en esp&iacute;ritu y en verdad, se debe a que esta ama otras cosas: va en pos de los &laquo;baales&raquo; y vive en adulterio. El regreso al culto a Dios es la se&ntilde;al inequ&iacute;voca de que ha vuelto a la buena senda.<br \/>\nFue un per&iacute;odo relativamente corto el de aquella restauraci&oacute;n, despu&eacute;s siguieron dos reyes imp&iacute;os que hicieron lo malo: Manas&eacute;s y Am&oacute;n.<br \/>\nEl culto a Dios es la facultad de terminar con este ciclo; con las idas y venidas, las ca&iacute;das y los levantamientos. De esto trata el culto a Dios, de permanecer en fidelidad. Ezequ&iacute;as ten&iacute;a esta intenci&oacute;n, y solo la superaba su anhelo por ofrecer a Dios no s&oacute;lo un culto normal, sino uno de mayor gloria a&uacute;n. Y pronto recibir&iacute;a la oportunidad de celebrarlo, ya que la Pascua estaba cerca.<br \/>\nUna materia pendiente<br \/>\nEstamos urgidos por el tiempo. La hora de ir hasta lo &uacute;ltimo de la tierra con el evangelio del Reino hace rato que son&oacute;. Pero, aun as&iacute;, tenemos una tarea m&aacute;s urgente a la cual debemos dedicarnos todav&iacute;a, y es restaurar el culto a Dios de una manera permanente. &iexcl;Pero hablo del culto a Dios, del verdadero culto que reconoce al Se&ntilde;or como digno de todo honor y de toda gloria! Aun estando ocupados en los asuntos de Dios y en un servicio indirecto a &eacute;l, somos capaces de provocar el celo de Dios por no dedicarnos a la mejor parte: estar a los pies de Jes&uacute;s ador&aacute;ndole y escuch&aacute;ndole. Y &eacute;l mismo, en los evangelios, nos demuestra que esto le gusta y le complace. Es lo que vemos en su respuesta a Marta, que en su af&aacute;n por servir conden&oacute; a su hermana (Lc 10.41&ndash;42); igualmente en su respuesta al fariseo (Lc 7.36&ndash;50), y a Judas, el Iscariote; (Jn 12.1&ndash;8), cuando ambos protestaron por una mujer que lo ungi&oacute; en cada oportunidad. Dios rechaza el culto cuando es ofrecido en apariencia y no viene de un coraz&oacute;n limpio, agradecido y amante, tal como lo predica Isa&iacute;as en el cap&iacute;tulo 1 de su libro.<br \/>\nEl pueblo deb&iacute;a santificarse para aquella restauraci&oacute;n de Ezequ&iacute;as, pues el arrepentimiento siempre trae aparejado el deseo de rendir tributo; por esto es importante que pase por el lavamiento santificador. Si la Iglesia ha abandonado el culto que Dios es digno de recibir, debe detener urgentemente todas las otras actividades, o bien reducirlas a la categor&iacute;a de mantenimiento, para dedicarse a preparar ese servicio directo al Se&ntilde;or de se&ntilde;ores y Rey de reyes. Ninguna actividad es correcta, si primero la Iglesia no deja todo para consagrarse a su oficio de esposa de Cristo, ya que su ocupaci&oacute;n primordial es servir limpia y santamente a Dios mismo, el cual es esp&iacute;ritu. Este es el culto al Se&ntilde;or.<br \/>\nEste es el culto racional, en el cual no solo interviene el ser entero, sino un doble conocimiento de Dios: el espiritual y el mental. Por un lado, a veces, no deja satisfecho a nuestro esp&iacute;ritu, pero nuestra mente sabe que no se podr&aacute; ir m&aacute;s all&aacute;. Otras veces el esp&iacute;ritu queda satisfecho, pero la mente sabe que el Se&ntilde;or merece mucho m&aacute;s. Resulta innecesario buscar la paz en esta lucha mental y espiritual, que tantas veces descorazona a los creyentes y los lleva a los hospitales. Es dominar en paz todas las emociones del ser, que en ninguna manera significa que las ocultemos, sino que las manifestemos racionalmente (Ro 12.1).<br \/>\nReorganizar las prioridades<br \/>\nPara lograr este control necesitamos dedicar tiempo, pues todo lo dem&aacute;s resultar&iacute;a vano, si fallamos en nuestro culto. Levantemos el campamento. No encaremos m&aacute;s programas, ni campa&ntilde;as, ni actividades, si no hemos afirmado nuestros pies en esa contemplaci&oacute;n y exaltaci&oacute;n a Dios. Tiempo vendr&aacute; en que aquellas tareas podr&aacute;n ser encaradas y que todo podr&aacute; llevarse a cabo simult&aacute;neamente, pero esto s&oacute;lo ocurre cuando el culto a Dios ya es una experiencia vital en el esp&iacute;ritu, alma y cuerpo de la Iglesia. Durante el periodo en que el pueblo se prepar&oacute; bajo la restauraci&oacute;n de Ezequ&iacute;as, no se relata que el pueblo se enfocara en otras labores, aunque suponemos que se realizaban, pero a t&iacute;tulo secundario, en un plano tan inferior que ni siquiera se mencionan.<br \/>\nConsidero necesario destacar que la vida cotidiana continuaba, porque el prop&oacute;sito de este art&iacute;culo no es impulsar el estancamiento de la Iglesia ni cerrar las puertas al crecimiento num&eacute;rico, sino todo lo contrario. Su prop&oacute;sito es que se levanten iglesias numerosas, llenas de gente. Se llenar&aacute;, pero de hombres y mujeres que, a su vez, est&eacute;n llenos del Esp&iacute;ritu Santo. Sin embargo, no esperemos que las iglesias se llenen de esa gente espiritual con esa pasividad que sufre el pueblo en el rengl&oacute;n de la evangelizaci&oacute;n. Ese crecimiento ocurrir&aacute; solo con la plena participaci&oacute;n de cada uno, y despu&eacute;s de haber encontrado la verdadera motivaci&oacute;n para evangelizar, la cual es la gloria de Dios. Esta motivaci&oacute;n la recibe el creyente directamente de Dios, porque es sacerdote de &eacute;l, y ministra en primer lugar al Se&ntilde;or. Sin ese culto restaurado, sin esa limpieza para poder acercarse a su presencia, una iglesia numerosa no es m&aacute;s que un mont&oacute;n de gente librada del infierno. Es gente llena de necesidades espirituales y f&iacute;sicas, que se pasa la vida extendiendo la mano &mdash;no tan limpia&mdash;, en una actitud limosnera que no armoniza con las riquezas de un heredero de la gloria venidera, ni de un elegido de Dios que es transformado de gloria en gloria. Adem&aacute;s, debe ser la totalidad de la iglesia la que est&eacute; inmersa en la tarea evangelizadora, no una elite.<br \/>\nEn el culto que la amada ofrece a su Amado, el pueblo reconoce los m&eacute;ritos de Cristo y no puede contener su admiraci&oacute;n y gratitud. En el tiempo de Ezequ&iacute;as restaurar el culto era un asunto nacional; hoy es un asunto universal, que empieza en cada una de las iglesias que forman este vasto mosaico de denominaciones, pero que cada una est&aacute; incluida en la Iglesia del Se&ntilde;or.<br \/>\nAunque no podemos olvidar que el pueblo est&aacute; compuesto de individuos, es necesario protegerse de los peligros que entra&ntilde;a un culto personal y solitario a Dios. Hoy resulta vital identificarse con la Iglesia. Que esa b&uacute;squeda personal de Dios y de la paternidad espiritual est&eacute;n cubiertas por esa identificaci&oacute;n, y que cada proyecto que deba desarrollarse como individuos sea a plena conciencia de esa funci&oacute;n de cuerpo.<\/p>\n<\/p>\n<p class=\"pie\" style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">Adaptado del libro Congregados para darle Gloria, \u00a91986 por Editorial Quilmes. Se usa con permiso. Se reservan todos los derechos. Publicado en Apuntes Pastorales, Volumen XXV \u2013 N\u00famero 3. DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados.<\/p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por Jorge Pradas Peri\u00f3dicamente necesitamos que se nos vuelva a recordar cu\u00e1l es la esencia de nuestro llamado. Aunque no podemos olvidar que el pueblo est\u00e1 compuesto de individuos, es necesario protegerse de los peligros que entra\u00f1a un culto personal y solitario a Dios. Hoy resulta vital identificarse con la Iglesia. 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