{"id":3374,"date":"2015-12-01T01:13:19","date_gmt":"2015-12-01T06:13:19","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/un-valor-incomparable\/"},"modified":"2015-12-01T01:13:19","modified_gmt":"2015-12-01T06:13:19","slug":"un-valor-incomparable","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/un-valor-incomparable\/","title":{"rendered":"Un valor incomparable"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">por John MacArthur<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p class=\"copete\" style=\"text-align: justify;\">Los beneficios que logramos al asumir un compromiso absoluto con la persona de Cristo son mayores a los sacrficios que esto requiere.<\/p>\n<p class=\"texto\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Una decisi&oacute;n alocada<br \/>\nEl fiel esp&iacute;ritu del corredor ol&iacute;mpico escoc&eacute;s Eric Liddell se hizo famoso gracias a la pel&iacute;cula Carros de fuego, que gan&oacute; varios premios. Durante meses, Liddell se hab&iacute;a entrenado para correr la carrera de los 100 metros en las Olimpiadas de Par&iacute;s de 1924. Comentaristas deportivos de toda Gran Breta&ntilde;a pronosticaron que ganar&iacute;a. Pero cuando se anunci&oacute; el programa, Liddell descubri&oacute; que las eliminatorias para su carrera iban a ser en domingo. Como cre&iacute;a que competir en el D&iacute;a del Se&ntilde;or deshonrar&iacute;a a Dios, rehus&oacute; participar en la competici&oacute;n.&laquo;Eric siempre dijo que lo mejor para &eacute;l hab&iacute;a sido que, cuando mantuvo sus principios y se neg&oacute; a correr en los 100 metros, descubri&oacute; que los 400 metros era realmente su carrera. De otro modo, no lo habr&iacute;a sabido&raquo; Los admiradores de Eric quedaron estupefactos. Algunos que lo hab&iacute;an elogiado anteriormente lo calificaron de loco. Pero &eacute;l se mantuvo firme. El profesor Neil Campbell, uno de sus compa&ntilde;eros atletas de esa &eacute;poca, describe as&iacute; la decisi&oacute;n de Liddell:<br \/>\n&laquo;Liddell era la &uacute;ltima persona en hacer mucho espamento en cuanto a ese tipo de cosas. Simplemente anunci&oacute;: &laquo;No voy a correr en domingo&raquo; y eso fue todo. &Eacute;l se habr&iacute;a sentido muy mal si alguien hubiera magnificado el asunto en ese momento. Nosotros pensamos que eso estaba perfectamente de acuerdo con su car&aacute;cter, y muchos de los atletas quedaron impresionados, aunque no comentaron nada. Sent&iacute;an que aqu&iacute; hab&iacute;a un hombre preparado para defender lo que le parec&iacute;a correcto, sin tratar de imponer sus puntos de vista a los dem&aacute;s, y sin ser dogm&aacute;tico.&raquo; (Sally Magnusson, The Flying Scotsman [La bala escocesa], Nueva York: Quarter, 1981, 40)<br \/>\nUn sorprendente resultado<br \/>\nA diferencia de la versi&oacute;n cinematogr&aacute;fica, que se toma una libertad sensacionalista con los hechos, Liddell se enter&oacute; del programa meses antes de las Olimpiadas. Tambi&eacute;n se neg&oacute; a correr en las carreras de relevos de 4 x 100 y 4 x 400 metros, para las que hab&iacute;a clasificado, porque las eliminatorias iban a tener lugar un domingo. Como era un atleta tan popular, el Comit&eacute; Ol&iacute;mpico brit&aacute;nico le pregunt&oacute; si estaba dispuesto entonces a entrenarse para correr en los 400 metros, una carrera en la que lo hab&iacute;a hecho bien antes, pero que nunca hab&iacute;a considerado seriamente. Decidi&oacute; entrenarse para ella y descubri&oacute; que estaba especialmente dotado para esa distancia. Su esposa, Florence, comenta as&iacute; su decisi&oacute;n: &laquo;Eric siempre dijo que lo mejor para &eacute;l hab&iacute;a sido que, cuando mantuvo sus principios y se neg&oacute; a correr en los 100 metros, descubri&oacute; que los 400 metros era realmente su carrera. De otro modo, no lo habr&iacute;a sabido&raquo; (Magnusson, 45).<br \/>\nLiddell termin&oacute; ganando la carrera de los 400 metros y, de paso, estableci&oacute; un r&eacute;cord mundial. Dios honr&oacute; su esp&iacute;ritu fiel. Pero, &iquest;qu&eacute; es lo que ten&iacute;a Eric Liddell que le dio la resoluci&oacute;n de mantenerse firme en cuanto a su decisi&oacute;n, pese a la presi&oacute;n de las autoridades ol&iacute;mpicas y de la prensa? Los productores de Carrozas de fuego proporcionan, sin darse cuenta, la respuesta en una escena que dramatiza el intento de las autoridades ol&iacute;mpicas brit&aacute;nicas de conseguir que Liddell cambiara su decisi&oacute;n de no correr en la prueba de los 100 metros. Despu&eacute;s de su frustrada gesti&oacute;n, uno de los directivos coment&oacute;: &laquo;El joven &hellip; es un aut&eacute;ntico hombre de principios y un verdadero atleta. Su velocidad es una mera extensi&oacute;n de su vida, de su fuerza. Intentamos separar su carrera de lo que &eacute;l es, y esto no es posible&raquo;. A pesar de que el guionista etiqueta a Dios como una &laquo;fuerza&raquo; general, la afirmaci&oacute;n es verdadera. La vida cristiana no puede vivirse separada de Dios. Si as&iacute; vivimos comprometemos la esencia de nuestro ser.<br \/>\nUna relaci&oacute;n fundamental<br \/>\nAll&iacute; es donde empieza el poder de la integridad. Solo cuando usted y yo derivemos nuestro ser de nuestra relaci&oacute;n con Cristo, podremos aspirar a vivir como &eacute;l vivi&oacute;, a sufrir como &eacute;l sufri&oacute;, a soportar las adversidades como &eacute;l las soport&oacute;, y a morir como &eacute;l muri&oacute;; todo ello, sin comprometer nuestras convicciones.<br \/>\nLa m&eacute;dula de todo cristianismo es nuestra relaci&oacute;n con Cristo. Nuestra salvaci&oacute;n comienza con &eacute;l. &Eacute;l es la raz&oacute;n de nuestro ser y, por eso, &eacute;l nos es m&aacute;s valioso que nadie o que nada.<br \/>\nEl ap&oacute;stol Pablo sab&iacute;a bien que el coraz&oacute;n de la vida cristiana es establecer un conocimiento &iacute;ntimo de Cristo. Por eso afirm&oacute;: &laquo;Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como p&eacute;rdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jes&uacute;s, mi Se&ntilde;or&raquo; (Fil 3.8). &Eacute;sa era su pasi&oacute;n y su &laquo;meta&raquo; (v. 14).<br \/>\nUn ejemplo inspirador<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; eran &laquo;todas las cosas&raquo; que consideraba como p&eacute;rdida? Eran las credenciales m&aacute;ximas de la religi&oacute;n que consideraba las obras como modo de salvaci&oacute;n, a la que Pablo sirvi&oacute; antes de conocer a Cristo. &Eacute;l hab&iacute;a sido &laquo;circundado al octavo d&iacute;a, [era] del linaje de Israel, de la tribu de Benjam&iacute;n, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo: en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible&raquo; (vv. 5, 6). De acuerdo a la sabidur&iacute;a religiosa convencional de su tiempo, Pablo segu&iacute;a los rituales correctos, era miembro de la raza y tribu correctas, se sujetaba a las tradiciones correctas, serv&iacute;a a la religi&oacute;n correcta con la debida y correcta medida de intensidad, y obedec&iacute;a la correcta ley con celo santurr&oacute;n.<br \/>\nPero un d&iacute;a, cuando viajaba en persecuci&oacute;n de m&aacute;s cristianos, Pablo se encontr&oacute; con Jesucristo (Hch 9). Pablo vio a Cristo en toda su gloria y majestad y se dio cuenta de que todo lo que consideraba de valor no val&iacute;a nada. Por eso declara: &laquo;Pero cuantas cosas eran para m&iacute; ganancia, las he estimado como p&eacute;rdida por amor de Cristo &hellip; y lo tengo por basura, para ganar a Cristo&raquo; (vv. 7, 8). En la mente de Pablo, sus ventajas se hab&iacute;an convertido en desventajas, a tal punto de que las consideraba basura. &iquest;Por qu&eacute;? Porque no eran capaces de producir lo que &eacute;l cre&iacute;a que lograr&iacute;an en &eacute;l: no pod&iacute;an engendrar virtud, poder, ni perseverancia. Y tampoco pod&iacute;an conducirlo a la vida eterna o a la gloria. Por eso, Pablo entreg&oacute; todo su tesoro religioso a cambio del tesoro de conocer a Cristo de manera &iacute;ntima y profunda.<br \/>\nUn intercambio fruct&iacute;fero<br \/>\nEsa es la esencia de la salvaci&oacute;n: el cambio de algo que no tiene valor, por algo valioso. Jes&uacute;s ilustr&oacute; el cambio de este modo: &laquo;El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. Tambi&eacute;n el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendi&oacute; todo lo que ten&iacute;a, y la compr&oacute;&raquo; (Mt 13.44&ndash;46). Esos dos hombres hallaron algo de mucho m&aacute;s valor que cualquier propiedad que poseyeran. Para ellos, la decisi&oacute;n fue f&aacute;cil: vender todo lo que cre&iacute;an con valor a cambio de lo que era en verdad valioso.La m&eacute;dula de todo cristianismo es nuestra relaci&oacute;n con Cristo. Nuestra salvaci&oacute;n comienza con &eacute;l.  Eso es lo que les sucede a los que Dios escoge para traerlos a su reino. La persona que viene a Dios est&aacute; dispuesta a pagar lo que &eacute;l exija, sin importar el precio. Cuando se ve confrontado con su pecado a la luz de la gloria de Cristo, cuando Dios lo libra de su ceguera, el pecador arrepentido se da cuenta de repente de que nada de lo que &eacute;l apreciaba mucho, es digno de conservar si eso implica perder a Cristo.<br \/>\nJesucristo es nuestro tesoro y nuestra perla. En un momento determinado de nuestra vida, descubrimos que cualquier cosa que pose&iacute;amos: propiedades, fama, o deseos. Todos ellos perdieron su valor al compararlos con Cristo. Por eso lo echamos todo a la basura y nos volvimos a &eacute;l como nuestro Salvador y Se&ntilde;or. &Eacute;l se convirti&oacute; en el objeto supremo de nuestros afectos. Nuestro nuevo deseo era conocerlo, amarlo, servirlo, obedecerlo y ser como &eacute;l.<br \/>\nConclusi&oacute;n<br \/>\n&iquest;A&uacute;n sigue siendo esto verdad para usted? &iquest;Existe algo en su vida que compite con Cristo? &iquest;Existe algo de este mundo que cautive su lealtad, devoci&oacute;n y amor m&aacute;s que &eacute;l? &iquest;Desea a&uacute;n conocerlo con tanta intensidad como cuando lo salv&oacute;? De no ser as&iacute;, ha comprometido su relaci&oacute;n con &eacute;l y est&aacute; entreteni&eacute;ndose con la basura del mundo. Ese es el peligro de permitir concesiones.<br \/>\nSi usted no se cuida perseverando y protegiendo el tesoro de su relaci&oacute;n con Cristo, la exuberancia y devoci&oacute;n de sus primeros d&iacute;as con Jes&uacute;s puede convertirse, lenta y sutilmente, en complacencia e indiferencia. Con el tiempo, una fr&iacute;a ortodoxia reemplazar&aacute; la obediencia amorosa, y el resultado ser&aacute; una vida de hipocres&iacute;a que transigir&aacute; con el pecado.<\/p>\n<\/p>\n<p class=\"pie\" style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">Se tom\u00f3 de El poder de la Integridad, Editorial Portavoz, 1997. Se usa con permiso. Publicado en Apuntes Digital II-6. \u00a9Copyright 2010, Desarrollo Cristiano Internacional, todos los derechos reservados.<\/p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por John MacArthur Los beneficios que logramos al asumir un compromiso absoluto con la persona de Cristo son mayores a los sacrficios que esto requiere. 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