{"id":3389,"date":"2015-12-01T01:13:38","date_gmt":"2015-12-01T06:13:38","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/postrado-en-tierra\/"},"modified":"2015-12-01T01:13:38","modified_gmt":"2015-12-01T06:13:38","slug":"postrado-en-tierra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/postrado-en-tierra\/","title":{"rendered":"Postrado en tierra"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">por Christopher Shaw<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p class=\"copete\" style=\"text-align: justify;\">Nada revela tan aut\u00e9nticamente la espiritualidad de una persona como su comportamiento en medio de una penosa crisis.<\/p>\n<p class=\"texto\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Ante la cat&aacute;strofe<br \/>\nUna de las im&aacute;genes m&aacute;s estremecedoras que nos ofrecen las Escrituras es la de Job, postrado en tierra, exclamando &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo; (Job 1.21). La figura&nbsp; postrada nos recuerda otras escenas similares en los relatos b&iacute;blicos, la de Isa&iacute;as ante el trono de Dios, la de los magos ante el peque&ntilde;o Jes&uacute;s, la del siervo injusto ante el Rey, la del ciego ante el Hijo del Hombre o la de Juan ante Aquel que vive por los siglos de los siglos. Podr&iacute;a tambi&eacute;n referirse a un momento en la vida de cualquiera de los miles de h&eacute;roes de la fe que han adornado, con su santidad, la historia del pueblo de Dios.El hombre &laquo;postrado en tierra&raquo; nos produce incomodidad. Nuestra espiritualidad, restringida a horarios espec&iacute;ficamente apartados para esta actividad. Lo que le a&ntilde;ade un dramatismo sin igual a esta escena no es el acto en s&iacute;, sino el contexto que rodea esta expresi&oacute;n de adoraci&oacute;n. En el lapso de un solo d&iacute;a una violenta confabulaci&oacute;n de eventos arras&oacute; con todo lo que Job conoc&iacute;a &mdash;riquezas, comodidades, familia y prestigio&mdash; y convirti&oacute; su mundo en una soledad amarga, vac&iacute;a y desolada. Los sabeos arrasaron con su bueyes y mataron, a filo de espada, a sus criados. Cay&oacute; fuego del cielo y consumi&oacute; sus ovejas, junto a los pastores que las cuidaban. Los caldeos atacaron y se llevaron sus camellos, y asesinaron tambi&eacute;n a los criados. Un viento huracanado volte&oacute; la casa en que estaban sus hijos ehijas y, cayendo sobre ellos, les quit&oacute; la vida.<br \/>\n&iquest;C&oacute;mo puede un hombre soportar semejante devastaci&oacute;n sin caer en la demencia absoluta? Imaginamos que la agon&iacute;a y el desconsuelo lo hundieron en un tormento que lo dejaron desorientado, incapacitado aun para las tareas m&aacute;s sencillas de la vida cotidiana.<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; es esto?<br \/>\nEl relato del historiador, sin embargo, toma un giro inesperado: &laquo;Entonces Job se levant&oacute;, rasg&oacute; su manto, se rasur&oacute; la cabeza, y postr&aacute;ndose en tierra, ador&oacute;, y dijo: &ldquo;Desnudo sal&iacute; del vientre de mi madre Y desnudo volver&eacute; all&aacute;. El SE&Ntilde;OR dio y el SE&Ntilde;OR quit&oacute;; Bendito sea el nombre del SE&Ntilde;OR.&rdquo; En todo esto Job no pec&oacute; ni culp&oacute; a Dios&raquo;. (1.20&ndash;22).<br \/>\nLa respuesta de Job nos deja at&oacute;nitos. El hombre &laquo;postrado en tierra&raquo; nos produce incomodidad. Nuestra espiritualidad, restringida a horarios espec&iacute;ficamente apartados para esta actividad, no nos ha preparado para esta escena. &iquest;Acaso no son necesarios los m&uacute;sicos y una persona que dirija para que podamos &laquo;adorar&raquo;? Aun cuando nuestras experiencias de adoraci&oacute;n nos conmuevan, la experiencia no nos despega de nuestros asientos. Algunos osados se ponen en pie, pero nadie se postra en tierra. Nuestro desconcierto con Job crece cuando recordamos cu&aacute;n a menudo nos quejamos por las injusticias de la vida (siempre que se refieran a nuestra vida, claro est&aacute;), con cuanta facilidad convertimos cada contratiempo y dificultad en una oportunidad para reclamarle a Dios una existencia m&aacute;s benigna.<br \/>\nHacer silencio<br \/>\nElifaz temanita, Bildad suhita y Zofar naamatita llegan a tiempo para rescatarnos de nuestra desorientaci&oacute;n. Ellos, &laquo;cuando alzaron los ojos desde lejos y no lo reconocieron, levantaron sus voces y lloraron. Cada uno de ellos rasg&oacute; su manto y esparcieron polvo hacia el cielo sobre sus cabezas. Entonces se sentaron en el suelo con &eacute;l por siete d&iacute;as y siete noches sin que nadie le dijera una palabra, porque ve&iacute;an que su dolor era muy grande&raquo; (2.12&ndash;13).<br \/>\nImitemos a estos tres y acerqu&eacute;monos al patriarca, postrado en el piso, con reverencia. Estamos en presencia de un santo. Si guardamos silencio es posible que el Esp&iacute;ritu descubra, ante nuestros ojos, el secreto de la devoci&oacute;n de Job.<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; nos ense&ntilde;a el hombre que adora a Dios en medio de la calamidad? &iquest;Qu&eacute; podemos aprender de su postura de entrega absoluta?<br \/>\nRendirse<br \/>\n&iquest;Por qu&eacute; est&aacute; postrado en tierra Job? Es un gesto que no pertenece a nuestro mundo. Las reverencias, las cortes&iacute;as, inclinar la cabeza o levantar el sombrero pertenecen a un mundo anticuado, pasado de moda. La nueva cultura exige que trabajemos m&aacute;s en imponer que se nos respete que en tratar con respeto a los que comparten con nosotros la vida. En los tiempos de Job, sin embargo, el postrarse era una se&ntilde;al f&aacute;cilmente reconocible como una acto de reverencia. Quienes lo observaban no guardaban dudas acerca de qui&eacute;n era el que recib&iacute;a el honor y qui&eacute;nes eran los que lo ofrec&iacute;an.<br \/>\nJob, postrado en tierra, no deja duda alguna acerca de qui&eacute;n es Dios y qui&eacute;n es el creado. Echado en el piso proclama, para todos los que lo observan, que se encuentra en una posici&oacute;n de absoluta vulnerabilidad, de extrema fragilidad. Solamente la buena voluntad del Soberano podr&aacute; salvarlo de una muerte segura. No patalea, ni reclama. No demanda, ni exige. Entiende que no posee derechos, y por eso est&aacute; rendido ante otro que es infinitamente mayor a &eacute;l.<br \/>\nVolver a rendirse<br \/>\nJob no se postra solo. Trae consigo la multitud de preguntas que azotan su mente, que lo acosan con una furia inusitada. &laquo;&iquest;C&oacute;mo pudo ocurrir esto? &iquest;Qu&eacute; he hecho para merecer semejante injusticia? &iquest;Por qu&eacute; Dios ha permitido que sucediera esto? &iquest;Por qu&eacute; no me quit&oacute; tambi&eacute;n a m&iacute; la vida?&raquo; Estas interpelaciones atormentan porque el desconcierto, en un mundo que cre&iacute;amos entender, es a&uacute;n m&aacute;s doloroso que la crisis que vivimos.<br \/>\nJob rinde ante el Soberano el m&aacute;s profundo anhelo del ser humano, la necesidad de obtener una respuesta ante el atroz sufrimiento que nos trae vivir en un mundo ca&iacute;do. Entiende que entre su humanidad y el Alto existe un profundo misterio que ning&uacute;n hombre puede penetrar. Los caminos del Soberano no son sus caminos, ni tampoco Sus pensamientos los pensamientos del postrado patriarca. Percibe que las respuestas no servir&aacute;n para calmar su dolor; m&aacute;s bien dar&aacute;n lugar a nuevas y m&aacute;s insondables interrogantes. Prefiere no transitar por este camino, porque el consuelo que busca no es racional, sino espiritual. Al declarar que Dios es bueno est&aacute; afirmando que Aquel que cuida de su vida sabe lo que est&aacute; haciendo, aun cuando sus acciones sean incomprensibles a nuestros ojos. Echar mano de la vida<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; es lo que cree este var&oacute;n, postrado en tierra? &laquo;Desnudo sal&iacute; del vientre de mi madre y desnudo volver&eacute; all&aacute;. El SE&Ntilde;OR dio y el SE&Ntilde;OR quit&oacute;&raquo;. No contabiliza la cat&aacute;strofe como p&eacute;rdida porque nada de lo que pose&iacute;a era suyo. Reconoce su verdadera condici&oacute;n en la tierra, la de un peregrino que vive de prestado. Sus bueyes, sus ovejas y sus camellos eran prestados. Sus criados eran fiados. Aun sus hijos e hijas eran prestados. Lleg&oacute; al mundo sin nada y as&iacute; saldr&aacute; de &eacute;l. Todo lo que logre disfrutar, en ese espacio intermedio entra la vida y la muerte, es pura d&aacute;diva del cielo.<br \/>\nMas Job percibe algo m&aacute;s profundo. La figura m&aacute;s triste en este mundo es la persona que &laquo;gasta dinero en lo que no es pan, su salario en lo que no sacia&raquo; (Isa&iacute;as 55.2). &Eacute;l no perdi&oacute; nada porque lo &uacute;nico que alguna vez hab&iacute;a pose&iacute;do es aquello con lo que lleg&oacute; al mundo: la vida misma. Esta existencia, en su expresi&oacute;n m&aacute;s pura y absoluta, es lo que resulta cuando vivimos en presencia del Eterno. Lo podemos perder todo y a&uacute;n conservar la vida. Ni siquiera pasar de este mundo al venidero puede quitarnos esta riqueza. Job sabe que todo lo dem&aacute;s &mdash;patrimonios, comodidades, familia y prestigio&mdash; pasar&aacute;n, mas lo eterno perdura para siempre.<br \/>\nVolver a inclinarse<br \/>\nPostrado en tierra, Job exclama: &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo;. En una cultura obsesionada con la b&uacute;squeda del placer y la realizaci&oacute;n personal las palabras de Job suenan a blasfemia. Nos preocupa su autoestima, la negaci&oacute;n en la que quiz&aacute; se haya sumergido, las secuelas emocionales y psicol&oacute;gicas que puedan resultar de semejante cat&aacute;strofe. Job, sin embargo, exclama: &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo;.<br \/>\nLa ra&iacute;z de la palabra bendecir es arrodillarse. Es decir, Job no solamente se postra de cuerpo, sino que su esp&iacute;ritu tambi&eacute;n se inclina ante el Se&ntilde;or. Desconoce nuestro h&aacute;bito de mostrar una cara a los dem&aacute;s mientras, en lo secreto de nuestro interior, nos aferramos a una postura contraria. Bendecir es hablar bien del Se&ntilde;or, enumerar sus bondades, testificar de su misericordia. Es acomodar el coraz&oacute;n para que acompa&ntilde;e plenamente las acciones del cuerpo postrado.<br \/>\nNos desconcierta la respuesta de Job porque generalmente bendecimos el nombre de Dios cuando todo marcha bien, cuando la vida nos sonr&iacute;e, cuando abundan los buenos momentos, los amigos y los medios para vivir como nos gusta. En medio de las calamidades, sin embargo, la historia es otra. Nos sentimos tentados a decirle a nuestro esp&iacute;ritu, lo mismo que la esposa de Job le dijo al patriarca postrado: &laquo;&iquest;A&uacute;n conservas tu integridad? Maldice a Dios y mu&eacute;rete&raquo; (2.9). No obstante, con una obstinaci&oacute;n enervante Job insiste en se&ntilde;alar: &laquo;&iquest;Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?&raquo; (2.10). La m&aacute;s pura expresi&oacute;n de sus convicciones sigue siendo exclamar: &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo;.<br \/>\nDejarse abrazar<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; es lo que sostiene la fe de Job? Una convicci&oacute;n inamovible de que Dios es bueno. Se resiste a creer la mentira del diablo, instalada en el coraz&oacute;n del hombre desde del mismo momento de la ca&iacute;da, de que el Creador est&aacute; actuando para perjudicarnos, que busca hacernos mal. Su testaruda declaraci&oacute;n, &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo;, no tiene que ver con el horror de los hechos que se han producido en su vida. Mantiene su mirada fija en el coraz&oacute;n del Padre, un coraz&oacute;n que se derrama en amor por sus hijos. Job sabe que no puede haber contradicci&oacute;n entre los hechos y las intenciones de Dios, y por eso desconf&iacute;a de sus propias interpretaciones al respecto. Al declarar que Dios es bueno est&aacute; afirmando que Aquel que cuida de su vida sabe lo que est&aacute; haciendo, aun cuando sus acciones sean incomprensibles a nuestros ojos. En esa convicci&oacute;n encuentra el descanso que tanto necesita. &iexcl;Jehov&aacute; verdaderamente es su pastor! &iquest;Podremos nosotros?<br \/>\n&laquo;No temas. No te har&eacute; mal. Conf&iacute;a en m&iacute;, y yo te dar&eacute; la vida en toda su plenitud&raquo;<br \/>\nAunque Job postrado en tierra nos desconcierta, reconocemos en su postura una profundidad y una entrega que resulta fascinante por lo inusual que es en nuestras propias expresiones de devoci&oacute;n. Percibimos una intensidad de vida con Dios que despierta en nosotros un deseo por algo distinto en la manera en que vivimos al Se&ntilde;or. &iquest;Ser&aacute; que nos atreveremos a explorar este camino?<br \/>\nEl Dios que acompa&ntilde;&oacute; a Job en el momento m&aacute;s negro de su vida es el mismo que, hoy, extiende sus manos hacia nosotros. Con infinita ternura nos exhorta: &laquo;No temas. No te har&eacute; mal. Conf&iacute;a en m&iacute;, y yo te dar&eacute; la vida en toda su plenitud&raquo;. Quiz&aacute;s, en un futuro no muy lejano, el postrarnos en tierra y declarar &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo; ya no nos resulte tan extra&ntilde;o.<\/p>\n<\/p>\n<p class=\"pie\" style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">Christopher Shaw es el director general de Desarrollo Cristiano Internacional, cuenta con m\u00e1s de 30 a\u00f1os de experiencia en diversas \u00e1reas ministeriales. \u00a9Copyright 2010, DesarrolloCristiano.com<\/p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por Christopher Shaw Nada revela tan aut\u00e9nticamente la espiritualidad de una persona como su comportamiento en medio de una penosa crisis. Ante la cat&aacute;strofe Una de las im&aacute;genes m&aacute;s estremecedoras que nos ofrecen las Escrituras es la de Job, postrado en tierra, exclamando &laquo;bendito sea el nombre del Se&ntilde;or&raquo; (Job 1.21). La figura&nbsp; postrada nos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/postrado-en-tierra\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abPostrado en tierra\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-3389","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3389","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3389"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3389\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3389"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3389"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3389"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}