{"id":3400,"date":"2015-12-01T01:13:56","date_gmt":"2015-12-01T06:13:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/venga-tu-reino-2\/"},"modified":"2015-12-01T01:13:56","modified_gmt":"2015-12-01T06:13:56","slug":"venga-tu-reino-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/venga-tu-reino-2\/","title":{"rendered":"Venga tu Reino"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">por Michael Horton<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p class=\"copete\" style=\"text-align: justify;\">\u00bfA qu\u00e9 se refiere la enigm\u00e1tica frase, \u00abvenga tu reino\u00bb, en la oraci\u00f3n que Jes\u00fas ense\u00f1\u00f3 a sus disc\u00edpulos?<\/p>\n<p class=\"texto\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Como ni&ntilde;o, me resultaba confuso cantar &laquo;El mundo entero es del Padre celestial&raquo; y tambi&eacute;n &laquo;Mi hogar no es de este mundo&raquo;. Estos dos himnos parecen representar dos posturas cristianas aparentemente contradictorias. Uno de ellos considera el mundo como un p&aacute;ramo de impiedad con el cual los creyentes deben tener el menor contacto posible. El otro considera la transformaci&oacute;n de la cultura como la esencia de lo que significa &laquo;extender el reino&raquo;.El Se&ntilde;or reina en el mundo por medio de su gracia y provisi&oacute;n, mientras que reina sobre la Iglesia por medio de la Palabra, el sacramento y el cuidado resultante de su pacto. &iquest;D&oacute;nde se encuentra el Reino? La respuesta no radica en un rechazo hacia la tierra, ni tampoco hacia el cielo. Jes&uacute;s mismo nos ense&ntilde;&oacute; a orar: &laquo;venga tu reino, h&aacute;gase tu voluntad as&iacute; en la tierra como en el cielo&raquo;. La respuesta, m&aacute;s bien, debe encontrarse en una comprensi&oacute;n del momento particular en la historia de la redenci&oacute;n en el que nos encontramos. No hemos arribado a&uacute;n a la tierra prometida, donde el reino de Dios ser&aacute; id&eacute;ntico con los reinos de este mundo y sus expresiones culturales. No obstante, ya no estamos en Egipto. Somos peregrinos entre las dos realidades, en camino hacia el Reino.<br \/>\nA los exiliados en Babilonia el Se&ntilde;or mand&oacute;: &laquo;Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto&raquo; (Jer 29.5). Deb&iacute;an buscar el bien de los mismos vecinos que los hab&iacute;an conquistado. Profetiz&oacute;, a la misma vez, acerca de una nueva ciudad, un imperio sin fin, el hogar que superar&iacute;a ampliamente cualquier experiencia que haya tenido Israel en Cana&aacute;n.<br \/>\nPodemos afirmar, entonces, que los dos himnos que cantaba de ni&ntilde;o afirman, a su manera, parte de la verdad. Somos peregrinos y extranjeros en esta vida, pero &laquo;avanzamos&raquo; hacia el Reino que viene (no un estado et&eacute;reo de &eacute;xtasis espiritual) a&uacute;n mientras se afianza en medio de este presente siglo malo.<br \/>\n&iquest;Cultura cristiana?<br \/>\nEn el antiguo pacto el reino de Dios se identificaba con la naci&oacute;n de Israel. En anticipaci&oacute;n al fin de los tiempos esta naci&oacute;n trae, en peque&ntilde;a escala, el juicio y la bendici&oacute;n que vendr&aacute;n, un d&iacute;a, a todas las naciones de la tierra. Jes&uacute;s, sin embargo, introdujo un concepto diferente con la llegada del nuevo pacto. En lugar de llamar al pueblo de Dios a expulsar a los cananitas por medio de una guerra santa, el Hijo de Dios ense&ntilde;&oacute; que el Se&ntilde;or bendice a creyentes y a los que no lo son. Espera de su pueblo que amen y sirvan en lugar de juzgar y condenar a sus vecinos y, a&uacute;n m&aacute;s, a sus enemigos (Mt 5.43&ndash;48). Se permite que el trigo y la ciza&ntilde;a crezcan juntos, para separarlos solamente en el d&iacute;a del juicio final. El Reino, que en el presente est&aacute; escondido bajo el sufrimiento y la cruz, lleva a cabo sus conquistas por medio de la Palabra y los sacramentos. No obstante, llegar&aacute; el d&iacute;a en que ser&aacute; consumado como un reino de poder y gloria. Primero la cruz, debilidad y sufrimiento. Luego, gloria, poder y la proclama de que los reinos de este mundo han venido a ser el reino de Cristo (Apoc 11.15; Heb 2.5&ndash;8).<br \/>\n&iquest;Cu&aacute;l es, entonces, la relaci&oacute;n de los cristianos con la cultura en este espacio &laquo;entre per&iacute;odos&raquo;? &iquest;Es Cristo el Se&ntilde;or sobre los poderes seculares y los principados? La respuesta, al menos en la teolog&iacute;a reformada, es afirmativa, aunque es Se&ntilde;or de manera diferente sobre el mundo que sobre la Iglesia. El Se&ntilde;or reina en el mundo por medio de su gracia y provisi&oacute;n, mientras que reina sobre la Iglesia por medio de la Palabra, el sacramento y el cuidado resultante de su pacto.<br \/>\nEsto significa que no existe diferencia de vocaci&oacute;n entre los creyentes y los no-creyentes. &laquo;Os instamos, hermanos&raquo; &mdash;escribe el ap&oacute;stol Pablo&mdash;, &laquo;a que abund&eacute;is en ello m&aacute;s y m&aacute;s, y a que teng&aacute;is por vuestra ambici&oacute;n el llevar una vida tranquila, y os ocup&eacute;is en vuestros propios asuntos y trabaj&eacute;is con vuestras manos, tal como os hemos mandado; a fin de que os conduzc&aacute;is honradamente para con los de afuera, y no teng&aacute;is necesidad de nada&raquo; (1Tes 4.10&ndash;12). No encontramos en el Nuevo Testamento exhortaciones a retirarnos a un &laquo;ghetto&raquo; cristiano, ni tampoco de salir a conquistar los &aacute;mbitos de la cultura y la pol&iacute;tica. M&aacute;s bien, nos encontramos con exhortaciones como las de Pablo, que nos instan a la tarea crucial, pero poco propicia, de amar y servir a nuestros vecinos con excelencia. Hasta el retorno de Cristo los creyentes compartir&aacute;n con sus vecinos las experiencias de dolor y placer, pobreza y riqueza, tribulaci&oacute;n y festejo.<br \/>\nEl creyente, sin embargo, no padecer&aacute; ansiedad por el futuro ni se entristecer&aacute; &laquo;como lo hacen los dem&aacute;s que no tienen esperanza&raquo; (1Ts 4.13). Al contrario, encontrar&aacute; inspiraci&oacute;n aun para las tareas m&aacute;s ordinarias de la vida cotidiana al saber que Dios levantar&aacute; a los muertos y restaurar&aacute; todo lo que el mundo ha destruido (1Ts 4.14&ndash;18). Gemimos, por dentro, esperando el d&iacute;a de la redenci&oacute;n de toda la creaci&oacute;n, precisamente porque hemos recibido el Esp&iacute;ritu como anticipo y garant&iacute;a de aquel d&iacute;a (Ro 5.18&ndash;25).<br \/>\nLa ciudadan&iacute;a terrenal a la que se refirieron Jes&uacute;s, Pablo y Pedro es la esfera com&uacute;n para creyentes y no-creyentes. La Ep&iacute;stola de Diognetus, escrita en el segundo siglo de la Iglesia, nos ofrece un retrato de la comunidad cristiana de esa &eacute;poca:<br \/>\n&laquo;No es posible distinguir a los cristianos de las dem&aacute;s personas ni por nacionalidad, ni por idioma ni por sus costumbres. No viven en ciudades apartadas solo para ellos, no hablan un dialecto extra&ntilde;o, ni tienen un modo de vida diferente&hellip; En lo que respecta a sus ropas, alimentos y estilo de vida en general, siguen las costumbres de la ciudad en la que les toca vivir, sea griega o extranjera.&raquo;<br \/>\nY sin embargo se observa algo extraordinario en sus vidas. Viven en sus propios pa&iacute;ses pero act&uacute;an como si estuvieran de paso. Desempe&ntilde;an plenamente su papel de ciudadanos, pero trabajan con todas las desventajas de los extranjeros. Cualquier pa&iacute;s puede ser su patria, pero para ellos su patria, donde quiera que est&eacute; es un pa&iacute;s extranjero. Como los dem&aacute;s, se casan y tienen hijos, pero no los muestran. Comparten sus alimentos, mas no sus esposas. Viven en la carne pero los deseos de la carne no los dominan. Pasan sus d&iacute;as en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes pero viven a un nivel que trasciende la ley&hellip; (Ep&iacute;stola a Diognetus, Nn. 506)&raquo;.En lugar de estar en el mundo sin ser de &eacute;l, acabamos siendo del mundo sin estar en &eacute;l. Los cristianos, entonces, no han sido llamados a vestirse de manera diferente, a hablar un incomprensible dialecto espiritual o a transformar su lugar de trabajo, su vecindario o naci&oacute;n en el reino de Cristo. M&aacute;s bien, han sido llamados a ser una comunidad santa, que se distingue de los reg&iacute;menes de esta &eacute;poca (Fi 3.20&ndash;21) y que contribuyen, como ciudadanos y vecinos, a los asuntos temporales de esta tierra. &laquo;Porque no tenemos aqu&iacute; una ciudad permanente, sino que buscamos la que est&aacute; por venir&raquo; (He13.14). La Iglesia, por lo tanto, como comunidad de santos reunidos para predicar, ense&ntilde;ar, compartir los sacramentos, orar y vivir en comuni&oacute;n (Hch 2.46&ndash;47), se distingue de las actividades culturales generales que le permiten a los cristianos servir y amar a sus vecinos. En nuestro tiempo este patr&oacute;n muchas veces se ha invertido, lo que resulta en la existencia de una subcultura seudo-cristiana que no considera seriamente ninguno de los llamados. En lugar de estar en el mundo sin ser de &eacute;l, acabamos siendo del mundo sin estar en &eacute;l.<br \/>\nLa Iglesia, sin embargo, no es realmente una cultura. El reino de Dios nunca es algo que nosotros creamos sino, m&aacute;s bien, algo que nosotros estamos recibiendo. Los avances culturales son el resultado de un esfuerzo concentrado y colectivo, mientras que el reino de Dios nos llega por medio del bautismo, la proclama, la ense&ntilde;aza, la Eucarist&iacute;a, la oraci&oacute;n y la comuni&oacute;n. &laquo;Por lo cual, puesto que recibimos un Reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor&raquo; (He 12.28&ndash;29). No existe algo m&aacute;s importante para la Iglesia que recibir y proclamar el Reino en gozosos encuentros de celebraci&oacute;n, criando a sus hijos en un pacto de gracia. Es heredera, junto a nosotros, de ese bendito lugar reservado para los &laquo;que probaron del don celestial y fueron hechos part&iacute;cipes del Esp&iacute;ritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero&raquo;, una tierra &laquo;que bebe la lluvia que con frecuencia cae sobre ella y produce vegetaci&oacute;n &uacute;til a aquellos a causa de los cuales es cultivada, recibe bendici&oacute;n de Dios&raquo; (He 6.4&ndash;8).<br \/>\n&iquest;Contracultura cristiana?<br \/>\nSi a la Iglesia no se la puede identificar con una cultura, &iquest;se la podr&aacute; identificar con una contracultura? Si los cristianos, al igual que los no-cristianos, participan de la maldici&oacute;n y la gracia que es com&uacute;n a todos los hombres en esta &eacute;poca secular, entonces no podemos hablar de &laquo;pol&iacute;ticas cristianas&raquo;, &laquo;arte cristiano&raquo; o &laquo;literatura cristiana&raquo;, del mismo modo que no hablar&iacute;amos de &laquo;carpinter&iacute;a o alba&ntilde;iler&iacute;a cristiana&raquo;. La Iglesia no posee autoridad alguna de ligar las conciencias cristianas (y mucho menos las no-cristianas) a otra cosa que no sea la Palabra. Cuando lo hace, la Iglesia como contracultura no es m&aacute;s que otra subcultura, una m&aacute;s en la presente guerra de culturas, distra&iacute;da de su verdadera vocaci&oacute;n de dar testimonio de Cristo y de la nueva sociedad que &eacute;l est&aacute; formando alrededor de su persona (G&aacute; 3.26&ndash;29). Esta nueva sociedad no ignora, ni tampoco se deja consumir por los conflictos culturales de la &eacute;poca.<br \/>\nHace poco un pastor veterano me compart&iacute;a que dos miembros de su congregaci&oacute;n, uno a favor de la guerra y otro en contra, se hallaban enfrascados en una dura disputa de posturas. No obstante, en el momento de compartir la Cena del Se&ntilde;or, se abrazaban con el mayor de los afectos. Ellos representaban el testimonio m&aacute;s claro de que, mientras esperamos entrar en el reposo del Se&ntilde;or, nos veremos enredados en los asuntos de la vida cotidiana, argumentando a favor o en contra de diferentes causas de nuestro entorno.<br \/>\nEn demasiadas situaciones la Iglesia contempor&aacute;nea no es m&aacute;s que un espejo de la cultura. Resulta cada vez m&aacute;s claro que no somos un &laquo;edificio santo&raquo; construido alrededor de la persona de Cristo; m&aacute;s bien somos una extensi&oacute;n de una cultura que celebra el individualismo, la autonom&iacute;a, la eficiencia pragm&aacute;tica y el mundo del entretenimiento. Estos valores sirven para construir autopistas y centros comerciales, pero no contribuyen en nada a la hora de concretar v&iacute;nculos afectivos entre culturas y generaciones distanciadas. Habernos rendido ante las modas del mercadeo y la especializaci&oacute;n ha llevado a la Iglesia a ser, hoy, instrumento de divisi&oacute;n en lugar de comuni&oacute;n. Si la tendencia a la fragmentaci&oacute;n en la sociedad resulta preocupante, mucho m&aacute;s lo es cuando ocurre dentro de ese grupo de personas llamadas a ser una comunidad de pacto.<br \/>\nPara que la Iglesia sea genuinamente contracultural debe primeramente recibir y, luego testificar acerca de la declaraci&oacute;n de Pedro en Hechos 2.39: &laquo;Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que est&aacute;n lejos, para tantos como el Se&ntilde;or nuestro Dios llame&raquo;.<br \/>\nLa promesa no es solamente para nosotros. Es tambi&eacute;n para nuestros hijos. Los estudios sociol&oacute;gicos m&aacute;s recientes revelan que los adolescentes evang&eacute;licos pr&aacute;cticamente no se diferencian de sus pares no-cristianos. La dieta que les ofrecemos en la Iglesia, cada vez m&aacute;s parecida a la cultura que nos rodea, no demanda la clase de transformaci&oacute;n profunda que debe producir el evangelio. Ellos no necesitan de las distracciones t&iacute;picas de la subcultura evang&eacute;lica, sino de los medios que le provean la gracia necesaria para crecer a la plenitud de la imagen de Cristo. En el deseo de tocar sus corazones hemos diluido el evangelio, sin darnos cuenta de que ellos desean el mismo evangelio que predicamos a los adultos, porque aspiran a que los tomemos en serio, y no como a ni&ntilde;os.La gracia es de lo alto, no de nuestros proyectos, planes, o sue&ntilde;os ambiciosos para extender el Reino. La promesa no solamente es para nosotros y nuestros hijos, sino tambi&eacute;n &laquo;para todos los que est&aacute;n lejos, para tantos como el Se&ntilde;or, nuestro Dios, llame&raquo;. Y &iquest;c&oacute;mo es que los llama? Por medio de la proclamaci&oacute;n del evangelio. De hecho, el mensaje de Pedro es parte de un serm&oacute;n que proclama a Cristo como el centro de las Escrituras. Se rehus&oacute; a enfrentar a la iglesia del pacto (&laquo;vosotros y vuestros hijos&raquo;) con la iglesia de la misi&oacute;n (&laquo;para todos los que est&aacute;n lejos&raquo;), y de esta manera la comunidad apost&oacute;lica fue fiel a su llamado, convirti&eacute;ndose en una avanzada del Reino y tambi&eacute;n en un pararrayos de la actividad de Dios en este mundo.<br \/>\nSi vamos a ser genuinamente contraculturales debemos comenzar rechazando la idea de la auto-invenci&oacute;n, ya sea que se refiera a la creaci&oacute;n o a la redenci&oacute;n. Esta es obra de Dios, no nuestra. La comunidad la planific&oacute; el Se&ntilde;or, no nosotros. La gracia es de lo alto, no de nuestros proyectos, planes, o sue&ntilde;os ambiciosos para extender el Reino. Ser &laquo;contracultural&raquo;, hoy en d&iacute;a, muchas veces se refiere a un moralismo superficial acerca del sexo o el dinero, a crear novelas cristianas con h&eacute;roes cristianos, o m&uacute;sica sin letras ofensivas, a alentar a las personas a vivir vidas moralmente aprobadas. Muchas de las congregaciones que promueven esta postura, no obstante, se han dejado cautivar por las mismas obsesiones que dominan nuestra cultura; una religi&oacute;n volcada al individualismo que no es m&aacute;s que una forma de ofrecer terapia personal y sentimental. Nuestras reuniones sirven para que sigamos pensando solamente en nosotros mismos, como ni&ntilde;os en un carnaval en lugar de peregrinos en un camino.<br \/>\nAl pensar en el acelerado crecimiento urbano que ha destruido muchas zonas residenciales, Wendell Berry, un economista y soci&oacute;logo, se&ntilde;ala: &laquo;debemos aprender a crecer como &aacute;rboles, no como fuego&raquo;. Berry observa que hemos perdido nuestra capacidad de comprometernos con un lugar porque esto demanda de nosotros amor, estudio, paciencia y esfuerzo, es decir, ra&iacute;ces. Algunos describen a las personas que intentamos alcanzar como &laquo;buscadores&raquo;, pero la verdad es que son m&aacute;s como turistas que buscadores &mdash;y mucho menos peregrinos&mdash; pues saltan de un lugar a otro consumiendo solamente experiencias.<br \/>\n&iquest;Pueden las iglesias ser una contracultura en medio de vecindarios an&oacute;nimos y destinos de turismo, la exaltaci&oacute;n del individualismo y la libertad de elecci&oacute;n? S&iacute;. La Iglesia puede existir igualmente en las grandes urbes como en las peque&ntilde;as comunidades rurales, porque su existencia la determinan las realidades del Reino que viene; es establecida por obra de Dios, en lugar de ser el fruto de nuestras estrategias y metodolog&iacute;as, nacidas de un mundo bajo pecado y muerte. Este es, despu&eacute;s de todo, el mundo de nuestro Padre, aunque nosotros, por un tiempo, simplemente estemos de paso.<\/p>\n<\/p>\n<p class=\"pie\" style=\"text-align: justify; font-style: italic; \">Todos los derechos reservados por Christianity Today, 2006. Se usa con permiso \u00a9Apuntes Digital, Volumen II &#8211; N\u00famero 5, edici\u00f3n de noviembre y diciembre de 2009. Todos los derechos reservados.<\/p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>por Michael Horton \u00bfA qu\u00e9 se refiere la enigm\u00e1tica frase, \u00abvenga tu reino\u00bb, en la oraci\u00f3n que Jes\u00fas ense\u00f1\u00f3 a sus disc\u00edpulos? Como ni&ntilde;o, me resultaba confuso cantar &laquo;El mundo entero es del Padre celestial&raquo; y tambi&eacute;n &laquo;Mi hogar no es de este mundo&raquo;. Estos dos himnos parecen representar dos posturas cristianas aparentemente contradictorias. 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