{"id":39407,"date":"2016-10-05T22:34:46","date_gmt":"2016-10-06T03:34:46","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/sin-nombre-5-de-marzo-de-2015\/"},"modified":"2016-10-05T22:34:46","modified_gmt":"2016-10-06T03:34:46","slug":"sin-nombre-5-de-marzo-de-2015","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/sin-nombre-5-de-marzo-de-2015\/","title":{"rendered":"Sin nombre (5 de marzo de 2015)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">PAPA FRANCISCO<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA <br \/> DE LA <i>DOMUS SANCTAE MARTHAE<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>&nbsp;Sin nombre <\/i><\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Jueves 5 de marzo de 2015<\/i><\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><font color=\"#663300\">Fuente:<i> L\u2019Osservatore Romano<\/i>, ed. sem. en lengua espa&ntilde;ola, n. 11, viernes 13 de marzo de 2015<\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ser mundanos significa perder el propio nombre hasta tener los ojos del alma &laquo;oscurecidos&raquo;, anestesiados, hasta el punto de ya no ver a las personas que nos rodean. Sobre este &laquo;pecado&raquo; el Papa Francisco puso en guardia en la misa que celebr&oacute; el jueves 5 de marzo, por la ma&ntilde;ana, en Santa Marta.<\/p>\n<p>&laquo;La liturgia cuaresmal de hoy nos propone dos historias, dos juicios y tres nombres&raquo;, destac&oacute; inmediatamente el Papa Francisco. Las &laquo;dos historias&raquo; son las de la par&aacute;bola del rico y del mendigo L&aacute;zaro, narrada por san Lucas (16, 19-31). En especial, afirm&oacute; el Papa, la primera historia es &laquo;la del hombre rico que vest&iacute;a de p&uacute;rpura y de lino fin&iacute;simo&raquo; y &laquo;se conced&iacute;a placeres&raquo;, en tal medida que &laquo;banqueteaba cada d&iacute;a&raquo;. En realidad el texto, precis&oacute; el Papa Francisco, &laquo;no dice que haya sido malo&raquo;: m&aacute;s bien &laquo;era un hombre de vida acomodada, se daba a la buena vida&raquo;. En el fondo &laquo;el Evangelio no dice que se divirtiera en abundancia&raquo;; su vida era m&aacute;s bien &laquo;una vida tranquila, con los amigos&raquo;. Tal vez &laquo;si ten&iacute;a a los padres, seguramente les enviaba bienes para que tuviesen lo necesario para vivir&raquo;. Y quiz&aacute; &laquo;era tambi&eacute;n un hombre religioso, a su estilo. Recitaba, tal vez, alguna oraci&oacute;n; y dos o tres veces al a&ntilde;o seguramente iba al templo para ofrecer los sacrificios y daba grandes donativos a los sacerdotes&raquo;. Y &laquo;ellos, con esa pusilanimidad clerical le agradec&iacute;an y le hac&iacute;an tomar asiento en el sitio de honor&raquo;. Esto era &laquo;socialmente&raquo; el sistema de vida del hombre rico presentado por san Lucas.<\/p>\n<p>Est&aacute; luego &laquo;la segunda historia, la de L&aacute;zaro&raquo;, el pobre mendigo que estaba ante la puerta del rico. &iquest;C&oacute;mo es posible que ese hombre no se diese cuenta que debajo de su casa estaba L&aacute;zaro, pobre y hambriento? Las llagas de las que habla el Evangelio, destac&oacute; el Papa, son &laquo;un s&iacute;mbolo de las numerosas necesidades que ten&iacute;a&raquo;. En cambio, &laquo;cuando el rico sal&iacute;a de casa, tal vez el coche con el que sal&iacute;a ten&iacute;a los cristales oscuros para no ver hacia fuera&raquo;. Pero &laquo;seguramente su alma, los ojos de su alma estaban oscurecidos para no ver&raquo;. Y as&iacute; el rico &laquo;ve&iacute;a s&oacute;lo su vida y no se daba cuenta de lo que suced&iacute;a&raquo; a L&aacute;zaro.<\/p>\n<p>Al fin de cuentas, afirm&oacute; el Papa Francisco, &laquo;el rico no era malo, estaba enfermo: enfermo de mundanidad&raquo;. Y &laquo;la mundanidad transforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad: viven en un par&aacute;bola del rico y del mendigo L&aacute;zaro,, construido por ellos&raquo;. La mundanidad &laquo;anestesia el alma&raquo;. Y &laquo;por eso, ese hombre mundano no era capaz de ver la realidad&raquo;.<\/p>\n<p>Por ello, explic&oacute; el Papa, &laquo;la segunda historia es clara&raquo;: hay &laquo;muchas personas que conducen su vida de forma dif&iacute;cil&raquo;, pero &laquo;si yo tengo el coraz&oacute;n mundano, jam&aacute;s comprender&eacute; esto&raquo;. Por lo dem&aacute;s, &laquo;con el coraz&oacute;n mundano&raquo; no se pueden comprender &laquo;la carencia y la necesidad de los dem&aacute;s. Con el coraz&oacute;n mundano se puede ir a la iglesia, se puede rezar, se pueden hacer muchas cosas&raquo;. Pero Jes&uacute;s, en la oraci&oacute;n de la &uacute;ltima Cena, &iquest;qu&eacute; pidi&oacute;? &laquo;Por favor, Padre, cuida a estos disc&iacute;pulos&raquo;, de modo &laquo;que no caigan en el mundo, no caigan en la mundanidad&raquo;. Y la mundanidad &laquo;es un pecado sutil, es m&aacute;s que un pecado: es un estado pecaminoso del alma&raquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Estas son las dos historias&raquo; presentadas por la liturgia, resumi&oacute; el Pont&iacute;fice. En cambio, &laquo;los dos juicios&raquo; son &laquo;una maldici&oacute;n y una bendici&oacute;n&raquo;. En la primera lectura, tomada de Jerem&iacute;as (17, 5-10) se lee: &laquo;Maldito quien conf&iacute;a en el hombre, y busca apoyo en las criaturas, apartando su coraz&oacute;n del Se&ntilde;or&raquo;. Pero esto, puntualiz&oacute; el Papa Francisco, es precisamente el perfil del &laquo;mundano que hemos visto&raquo; en el hombre rico. Y &laquo;al final, &iquest;c&oacute;mo ser&aacute;&raquo; este hombre? La Escritura lo define &laquo;como un cardo en la estepa: no ver&aacute; llegar el bien, \u201chabitar&aacute; en un &aacute;rido desierto\u201d \u2014su alma es desierta\u2014 \u201cen una tierra salobre, donde nadie puede vivir\u201d&raquo;. Y todo esto &laquo;porque los mundanos, en verdad, est&aacute;n solos con su ego&iacute;smo&raquo;.<\/p>\n<p>En el texto de Jerem&iacute;as est&aacute; luego tambi&eacute;n la bendici&oacute;n: &laquo;Bendito quien conf&iacute;a en el Se&ntilde;or y pone en el Se&ntilde;or su confianza. Ser&aacute; un &aacute;rbol plantado junto al agua&raquo;, mientras que el otro &laquo;era como un cardo en la estepa&raquo;. Y, luego, he aqu&iacute; &laquo;el juicio final: nada es m&aacute;s falso y enfermo que el coraz&oacute;n y dif&iacute;cilmente se cura: ese hombre ten&iacute;a el coraz&oacute;n enfermo, tan apegado a este modo de vivir mundano que dif&iacute;cilmente pod&iacute;a curarse&raquo;.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de las &laquo;dos historias&raquo; y los &laquo;dos juicios&raquo; el Papa Francisco volvi&oacute; a proponer tambi&eacute;n &laquo;los tres nombres&raquo; sugeridos en el Evangelio: &laquo;son los del pobre, L&aacute;zaro, Abrah&aacute;n y Mois&eacute;s&raquo;. Con una ulterior clave de lectura: el rico &laquo;no ten&iacute;a nombre, porque los mundanos pierden el nombre&raquo;. Son s&oacute;lo un elemento &laquo;de la multitud acomodada que no necesita nada&raquo;. En cambio un nombre lo tienen &laquo;Abrah&aacute;n, nuestro padre, L&aacute;zaro, el hombre que lucha por ser bueno y pobre y carga con numerosos dolores, y Mois&eacute;s, quien nos da la ley&raquo;. Pero &laquo;los mundanos no tienen nombre. No han escuchado a Mois&eacute;s&raquo;, porque s&oacute;lo necesitan manifestaciones extraordinarias.<\/p>\n<p>&laquo;En la Iglesia \u2014continu&oacute; el Pont&iacute;fice\u2014 todo est&aacute; claro, Jes&uacute;s habl&oacute; claramente: ese es el camino&raquo;. Pero &laquo;al final hay una palabra de consuelo: cuando ese pobre hombre mundano, en los tormentos, pidi&oacute; que mandasen a L&aacute;zaro con un poco de agua para ayudarle&raquo;, Abrah&aacute;n, que es la figura de Dios Padre, responde: &laquo;Hijo, recuerda&#8230;&raquo;. As&iacute;, pues, &laquo;los mundanos han perdido el nombre&raquo; y &laquo;tambi&eacute;n nosotros, si tenemos el coraz&oacute;n mundano, hemos perdido el nombre&raquo;. Pero &laquo;no somos hu&eacute;rfanos. Hasta el final, hasta el &uacute;ltimo momento existe la seguridad de que tenemos un Padre que nos espera. Encomend&eacute;monos a &Eacute;l&raquo;. Y el Padre se dirige a nosotros dici&eacute;ndonos &laquo;hijo&raquo;, incluso &laquo;en medio de esa mundanidad: hijo&raquo;. Y esto significa que &laquo;no somos hu&eacute;rfanos&raquo;.<\/p>\n<p> &laquo;En la oraci&oacute;n al inicio de la misa \u2014dijo por &uacute;ltimo el Papa Francisco\u2014 hemos pedido al Se&ntilde;or la gracia de orientar nuestro coraz&oacute;n hacia &Eacute;l, que es Padre&raquo;. Y as&iacute;, concluy&oacute;, &laquo;continuamos la celebraci&oacute;n de la misa pensando en estas dos historias, en estos dos juicios, en los tres nombres; pero, sobre todo, en la hermosa palabra que siempre se pronunciar&aacute; hasta el &uacute;ltimo momento: hijo&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>PAPA FRANCISCO MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE &nbsp;Sin nombre Jueves 5 de marzo de 2015 &nbsp; Fuente: L\u2019Osservatore Romano, ed. sem. en lengua espa&ntilde;ola, n. 11, viernes 13 de marzo de 2015 &nbsp; Ser mundanos significa perder el propio nombre hasta tener los ojos del alma &laquo;oscurecidos&raquo;, anestesiados, hasta el &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/sin-nombre-5-de-marzo-de-2015\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abSin nombre (5 de marzo de 2015)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39407","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39407","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39407"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39407\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39407"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39407"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39407"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}