{"id":39434,"date":"2016-10-05T22:50:13","date_gmt":"2016-10-06T03:50:13","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/30-de-noviembre-de-1979-santa-misa-en-efeso\/"},"modified":"2016-10-05T22:50:13","modified_gmt":"2016-10-06T03:50:13","slug":"30-de-noviembre-de-1979-santa-misa-en-efeso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/30-de-noviembre-de-1979-santa-misa-en-efeso\/","title":{"rendered":"30 de noviembre de 1979, Santa Misa en Efeso"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1979\/trav_turkey.html\">VIAJE A TURQU&Iacute;A<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN LA CASA DE LA VIRGEN<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Efeso, viernes 30 de noviembre de 1979<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. Con el coraz&oacute;n desbordando de profunda emoci&oacute;n tomo la palabra&nbsp; en esta solemne liturgia, que nos ve reunidos en torno a la mesa eucar&iacute;stica para celebrar, en la luz de Cristo Redentor, la memoria gloriosa de su Sant&iacute;sima Madre. El esp&iacute;ritu est&aacute; dominado por el pensamiento de que, precisamente en esta ciudad, la Iglesia reunida en Concilio \u2014el III Concilio Ecum&eacute;nico\u2014, reconoci&oacute; oficialmente a la Virgen Mar&iacute;a el t&iacute;tulo de &quot;Theotokos&quot;, que ya le tributaba el pueblo cristiano, pero contestado desde hac&iacute;a alg&uacute;n tiempo en algunos ambientes influidos sobre todo por Nestorio. El j&uacute;bilo con que el pueblo de Efeso acogi&oacute;, en aquel lejano 431, a los padres que sal&iacute;an de la sala del Concilio donde se hab&iacute;a reafirmado la verdadera fe de la Iglesia, se propag&oacute; r&aacute;pidamente por todas las partes del mundo y no<i> <\/i>ha cesado de resonar en las generaciones sucesivas, que en el curso de los siglos han continuado dirigi&eacute;ndose con confianza a Mar&iacute;a como a Aquella que ha dado la vida al Hijo de Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">Tambi&eacute;n nosotros, hoy, con el mismo impulso filial y con la misma confianza profunda, recurrimos a la Virgen Santa. saludando en Ella a la &quot;Madre de Dios&quot;, y encomend&aacute;ndole los destinos de la Iglesia, sometida en nuestro tiempo a pruebas singularmente duras e insidiosas, pero empujada tambi&eacute;n por la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo en los caminos abiertos a las esperanzas m&aacute;s<i> <\/i>prometedoras.<\/p>\n<p align=\"left\">2. &quot;Madre de Dios&quot;. Al repetir hoy esta expresi&oacute;n cargada de misterio, volvemos con el recuerdo al momento inefable de la Encarnaci&oacute;n y afirmamos con toda la Iglesia que la Virgen se convirti&oacute; en Madre de Dios por haber engendrado seg&uacute;n la carne a un Hijo, que era personalmente el Verbo de Dios. &iexcl;Qu&eacute; abismo de condescendencia se abre ante nosotros!<\/p>\n<p align=\"left\">Se plantea espont&aacute;neamente una pregunta al esp&iacute;ritu: &iquest;Por qu&eacute; el Verbo ha preferido nacer de una mujer<i> <\/i>(cf. <i>G&aacute;l <\/i>4,<i> <\/i>4), antes que descender del cielo con un cuerpo ya adulto, plasmado por<i> <\/i>la mano de Dios (cf. <i>G&eacute;n <\/i>2, 7)? &iquest;No habr&iacute;a sido &eacute;ste un camino m&aacute;s digno de El?, &iquest;m&aacute;s adecuado a su misi&oacute;n de Maestro y Salvador de la humanidad? Sabemos que, en los primeros siglos, sobre todo, no pocos cristianos (los docetas, los gn&oacute;sticos, etc.) habr&iacute;an preferido quo las cosas hubieran sido de esa manera. En cambio, el Verbo eligi&oacute; el otro camino. &iquest;Por qu&eacute;?<\/p>\n<p align=\"left\">La respuesta nos llega con la l&iacute;mpida y convincente sencillez de las obras de Dios. Cristo quer&iacute;a ser un v&aacute;stago aut&eacute;ntico (cf. <i>Is<\/i> 11, 1) de la estirpe que ven&iacute;a a salvar. Quer&iacute;a que la redenci&oacute;n brotase como del interior de la humanidad, como algo suyo. Cristo quer&iacute;a socorrer al hombre no como un extra&ntilde;o, sino como un hermano, haci&eacute;ndose en todo semejante a &eacute;l, menos en el pecado (cf. <i>Heb <\/i>4, 15). Por esto quiso una madre y la encontr&oacute; en la persona de Mar&iacute;a. La misi&oacute;n fundamental de la doncella de Nazaret fue, pues, la de ser el medio de uni&oacute;n del Salvador con el g&eacute;nero humano.<\/p>\n<p align=\"left\">En la historia de la salvaci&oacute;n, sin embargo, la acci&oacute;n de Dios no se desarrolla sin acudir a la colaboraci&oacute;n de los hombres: Dios no impone la salvaci&oacute;n. Ni siquiera se la impuso a Mar&iacute;a. En el acontecimiento de la Anunciaci&oacute;n no se dirige a Ella de manera personal, interpel&oacute; su voluntad y esper&oacute; una respuesta que brotase de su fe. Los Padres han captado perfectamente este aspecto, poniendo de relieve que &quot;la Sant&iacute;sima Virgen Mar&iacute;a, que dio a luz creyendo, hab&iacute;a concebido creyendo&quot; (S. Agust&iacute;n, <i>Sermo <\/i>215, 4; cf. S. Le&oacute;n M., <i>Sermo I in Nativitate, <\/i>1, etc.), y esto ha subrayado tambi&eacute;n el reciente Concilio Vaticano II, afirmando que la Virgen &quot;al anuncio del &aacute;ngel recibi&oacute; <i>en el coraz&oacute;n y <\/i>en el cuerpo al Verbo de Dios&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>, <\/i>53).<\/p>\n<p align=\"left\">El &quot;fiat&quot; de la Anunciaci&oacute;n inaugura as&iacute; la Nueva Alianza entre Dios y la criatura: mientras este &quot;fiat&quot; incorpora a Jes&uacute;s a nuestra estirpe seg&uacute;n la naturaleza, incorpora a Mar&iacute;a a El seg&uacute;n la gracia. El v&iacute;nculo entre Dios y la humanidad, roto por el pecado, ahora felizmente est&aacute; restablecido.<\/p>\n<p align=\"left\">3. El consentimiento total e incondicional de la &quot;sierva del Se&ntilde;or&quot; <i>(Lc <\/i>1, 38) al designio de Dios fue, pues, una adhesi&oacute;n libre y consciente. Mar&iacute;a consinti&oacute; en convertirse en la Madre del Mes&iacute;as que vino &quot;para salvar a su pueblo de sus pecados&quot; <i>(Mt <\/i>1, 21; cf. <i>Lc <\/i>1, 31). No se trat&oacute; de un simple consentimiento para el nacimiento de Jes&uacute;s, sino de la aceptaci&oacute;n responsable de participar en la obra de la salvaci&oacute;n que El ven&iacute;a a realizar. Las palabras del &quot;Magnificat&quot; ofrecen clara confirmaci&oacute;n de esta conciencia l&uacute;cida: &quot;Acogi&oacute; a Israel, su siervo \u2014dice Mar&iacute;a\u2014 acord&aacute;ndose de su misericordia. Seg&uacute;n lo que hab&iacute;a prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre&quot; (<i>Lc<\/i> 1, 54-55).<\/p>\n<p align=\"left\">Al pronunciar su &quot;fiat&quot;, Mar&iacute;a no se convierte s&oacute;lo en Madre del Cristo hist&oacute;rico; su gesto la convierte en Madre del Cristo total, &quot;Madre de la Iglesia&quot;. &quot;Desde el momento del fiat \u2014observa San Anselmo\u2014 Mar&iacute;a comenz&oacute; a llevarnos a todos en su seno&quot;; por esto &quot;el nacimiento de la Cabeza es tambi&eacute;n el nacimiento del cuerpo&quot;, proclama San Le&oacute;n Magno. San Efr&eacute;n, por su parte, tiene una expresi&oacute;n muy bella a este respecto: Mar&iacute;a, dice &eacute;l, es &quot;la tierra en la que ha sido sembrada la Iglesia&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">Efectivamente. desde el momento en que la Virgen se convierte en Madre del Verbo encarnado, la Iglesia se encuentra constituida de manera secreta, pero germinalmente perfecta, en su esencia de cuerpo m&iacute;stico: en efecto, est&aacute;n presentes el Redentor y la primera de los redimidos. De ahora en adelante la incorporaci&oacute;n a Cristo implicar&aacute; una relaci&oacute;n filial no s&oacute;lo con el Padre celeste, sino tambi&eacute;n con Mar&iacute;a, la Madre terrena del Hijo de Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">4. Cada madre transmite a los hijos la propia semejanza: tambi&eacute;n entre Mar&iacute;a y la Iglesia hay una relaci&oacute;n de semejanza profunda. Mar&iacute;a es la figura ideal, la personificaci&oacute;n, el arquetipo de la Iglesia. En Ella se realiza el paso del antiguo al nuevo Pueblo de Dios, de Israel a la Iglesia. Ella es la primera entre los humildes y pobres, el resto fiel, que esperan la redenci&oacute;n; y Ella es tambi&eacute;n la primera entre los rescatados que, en humildad y obediencia, acogen la venida del Redentor. La teolog&iacute;a oriental ha insistido mucho en la &quot;katharsis&quot; que se obra en Mar&iacute;a en el momento de la Anunciaci&oacute;n; baste recordar aqu&iacute; la emocionada par&aacute;frasis que hace de ello Gregorio Palamas en una homil&iacute;a: &quot;T&uacute; eres ya Santa y llena de gracia, oh Virgen, dice el &Aacute;ngel a Mar&iacute;a. Pero el Esp&iacute;ritu Santo vendr&aacute; de nuevo sobre ti, prepar&aacute;ndote mediante un aumento de gracia al misterio divino&quot; <i>(Homil&iacute;a sobre la Anunciaci&oacute;n: PG. <\/i>151. 178).<\/p>\n<p align=\"left\">Por tanto, con raz&oacute;n, en la liturgia con que la Iglesia oriental celebra las alabanzas de la Virgen, ha puesto de relieve el c&aacute;ntico que la hermana de Mois&eacute;s, Mar&iacute;a, eleva al paso del Mar Rojo, como para indicar que la Virgen ha sido la primera en atravesar las aguas del pecado a la cabeza del nuevo Pueblo de Dios, liberado por Cristo.<\/p>\n<p align=\"left\">Mar&iacute;a es la primicia y la imagen m&aacute;s perfecta de la Iglesia: &quot;La parte m&aacute;s noble, la parte mejor, la parte m&aacute;s importante, la parte m&aacute;s selecta&quot; (Ruperto, <i>In Apoc. <\/i> I, VII, 12). &quot;Asociada a<i> <\/i>todos los hombres necesitados de salvaci&oacute;n&quot;, proclama tambi&eacute;n el Vaticano II, Ella ha sido redimida &quot;de modo eminente, en previsi&oacute;n de los m&eacute;ritos de su Hijo&quot; <i>(<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>, <\/i>53). Por lo tanto, Mar&iacute;a se presenta a todo creyente como la criatura toda pura, toda hermosa, toda santa, capaz de &quot;ser Iglesia&quot; como ninguna otra criatura lo ser&aacute; nunca aqu&iacute; abajo.<\/p>\n<p align=\"left\">5. Tambi&eacute;n nosotros hoy miramos a Mar&iacute;a como a nuestro modelo. La miramos para aprender a construir la Iglesia a ejemplo suyo. Para este fin sabemos que debemos, ante todo, progresar bajo su gu&iacute;a en el ejercicio de la fe. Mar&iacute;a vivi&oacute; su fe en una actitud de profundizaci&oacute;n continua y de descubrimiento progresivo, pasando a trav&eacute;s de momentos dif&iacute;ciles de tinieblas, ya desde los primeros d&iacute;as de su maternidad (cf. <i>Mt <\/i>1, 18 ss.), momentos que super&oacute; gracias a una actitud responsable de escucha y de obediencia a la Palabra de Dios. Tambi&eacute;n nosotros debemos realizar todo esfuerzo para profundizar y consolidar nuestra fe &quot;escuchando, acogiendo, proclamando, venerando la Palabra de Dios, escudri&ntilde;ando a su luz los signos de los tiempos e interpretando y viviendo los acontecimientos de la historia&quot; (cf. Pablo VI, Exhort. Apost. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/paul_vi\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-vi_exh_19740202_marialis-cultus_sp.html\">Marialis cultus<\/a>, <\/i>17; <i>Pablo VI: Ense&ntilde;anzas al Pueblo de Dios, <\/i>1974, p&aacute;g. 454).<\/p>\n<p align=\"left\">Mar&iacute;a est&aacute; ante nosotros como ejemplo de valiente esperanza y de caridad operante: Ella camin&oacute; en la esperanza, pasando con d&oacute;cil prontitud de la esperanza judaica a la esperanza cristiana, y actu&oacute; la caridad, acogiendo en s&iacute; sus exigencias hasta la donaci&oacute;n m&aacute;s completa y el sacrificio m&aacute;s grande. A ejemplo suyo, tambi&eacute;n nosotros debemos permanecer firmes en la esperanza aun cuando nubarrones tempestuosos se agolpen sobre la Iglesia, que avanza como nave entre las olas, no raramente hostiles, de las vicisitudes humanas; tambi&eacute;n nosotros debemos crecer en la caridad, cultivando la humildad, la pobreza, la disponibilidad, la capacidad de escucha y de condescendencia en adhesi&oacute;n a cuanto Ella nos ha ense&ntilde;ado con el testimonio de toda su vida.<\/p>\n<p align=\"left\">6. Especialmente queremos comprometernos hoy a una cosa a los pies de esta nuestra Madre com&uacute;n: nos comprometemos a llevar adelante, con toda nuestra energ&iacute;a y en actitud de total disponibilidad a las mociones del Esp&iacute;ritu, el camino hacia la perfecta unidad de todos los cristianos. Bajo su mirada materna estamos prontos a reconocer nuestras rec&iacute;procas culpas, nuestros ego&iacute;smos, nuestras morosidades: Ella ha engendrado un Hijo &uacute;nico, nosotros por desgracia se lo presentamos dividido. Este es un hecho que nos produce malestar y pena: el malestar y la pena que expresaba mi predecesor de venerada memoria, el Papa Pablo VI, en las palabras iniciales del &quot;Breve&quot; con el que abrogaba la excomuni&oacute;n, pronunciada tantos siglos atr&aacute;s, contra la Sede de Constantinopla: &quot;Pensamos nosotros, que llevamos el nombre de cristianos como recuerdo del Salvador, en la exhortaci&oacute;n del Ap&oacute;stol de las Gentes: <i>Vivid en la caridad como Cristo nos am&oacute; <\/i>(<i>Ef <\/i>5, 2).<i> <\/i>Por ella nos sentimos movidos especialmente en estos tiempos, que con m&aacute;s instancia nos urgen a dilatar los horizontes de la caridad&quot; (7 de diciembre de 1965).<\/p>\n<p align=\"left\">Mucho camino se ha andado desde aquel d&iacute;a; sin embargo quedan todav&iacute;a otros pasos que dar. Confiamos a Mar&iacute;a el sincero prop&oacute;sito de no descansar hasta que se llegue felizmente a la meta. Nos parece o&iacute;r de sus labios las palabras del Ap&oacute;stol: &quot;no haya contiendas, envidias, iras, ambiciones, detracciones, murmuraciones, engreimientos, sediciones&quot; (<i>2 Cor <\/i>12, 20). Acojamos con coraz&oacute;n abierto esta advertencia suya maternal y pid&aacute;mosle que est&eacute; junto a nosotros para guiarnos, con mano dulce pero firme, en los caminos de la comprensi&oacute;n fraterna plena y duradera. As&iacute; se cumplir&aacute; el deseo supremo, pronunciado por su Hijo en el momento en que estaba para derramar su sangre por nuestro rescate: &quot;que todos sean uno, como t&uacute;, Padre, est&aacute;s en m&iacute; y yo en ti, para que tambi&eacute;n ellos sean en nosotros, y el mundo crea que t&uacute; me has enviado&quot; (<i>Jn <\/i>17, 21).<\/p>\n<hr \/>\n<p align=\"left\"><i>&nbsp;Al final de la homil&iacute;a el Romano Pont&iacute;fice pronunci&oacute; estas palabras<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Ahora deseo saludar a todos los presentes. No s&eacute; de qu&eacute; lengua ni de qu&eacute; nacionalidad sois. Supongo que sois sobre todo de lengua turca, pero por desgracia yo no puedo hablaros en este idioma. Por ello os saludo, en cambio, en una lengua m&aacute;s conocida, que es la francesa. Os saludo muy cordialmente. <\/p>\n<p align=\"left\">(<i>En ingl&eacute;s)<br \/> <\/i>Mis<i> <\/i>mejores saludos y deseos para todos vosotros<i>, <\/i>a fin de que se&aacute;is fieles como Mar&iacute;a, como la Madre de Cristo, como la Madre de la Iglesia, como la Madre de todos nosotros. Dios os bendiga. <\/p>\n<p align=\"left\">Y unas breves palabras todav&iacute;a en lengua italiana, que se ha convertido en la lengua de cada d&iacute;a del Papa. Ahora querr&iacute;a decir al menos esto: &iexcl;Alabado sea Jesucristo! As&iacute; vosotros podr&eacute;is decir que el Papa, si no otra cosa, al menos ha terminado su<i> <\/i>predicaci&oacute;n en italiano. &iexcl;Alabado sea Jesucristo!<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">&copy; Copyright 1979 &#8211; Libreria Editrice Vaticana <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE A TURQU&Iacute;A SANTA MISA EN LA CASA DE LA VIRGEN HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Efeso, viernes 30 de noviembre de 1979 &nbsp; 1. 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