{"id":39447,"date":"2016-10-05T22:51:45","date_gmt":"2016-10-06T03:51:45","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-octubre-de-1979-inauguracion-del-curso-academico-de-las-universidades-y-ateneos-pontificios\/"},"modified":"2016-10-05T22:51:45","modified_gmt":"2016-10-06T03:51:45","slug":"15-de-octubre-de-1979-inauguracion-del-curso-academico-de-las-universidades-y-ateneos-pontificios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-octubre-de-1979-inauguracion-del-curso-academico-de-las-universidades-y-ateneos-pontificios\/","title":{"rendered":"15 de octubre de 1979, Inauguraci\u00f3n del curso acad\u00e9mico de las Universidades y Ateneos pontificios"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">MISA DE INAUGURACI&Oacute;N DEL CURSO ACAD&Eacute;MICO DE LAS UNIVERSIDADES <br \/> Y CENTROS DE ESTUDIOS ECLESI&Aacute;STICOS DE ROMA<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\" face=\"Times New Roman\">HOMIL&Iacute;A DEL SUMO PONT&Iacute;FICE JUAN PABLO II<\/font><\/i><\/b><i><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\"><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Lunes 15 de octubre de 1979<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. Es para mi motivo de alegr&iacute;a sincera encontrarme aqu&iacute; hoy presidiendo esta solemne liturgia eucar&iacute;stica que ve reunidos en torno al altar ele Cristo, junto con el se&ntilde;or cardenal Prefecto de la Sagrada Congregaci&oacute;n para la Educaci&oacute;n Cat&oacute;lica y con los rectores de las Pontificias Universidades y Ateneos romanos, a los profesores, alumnos y al personal auxiliar de estos centros de estudio.<\/p>\n<p align=\"left\">Estamos aqu&iacute; reunidos, hijos querid&iacute;simos, por una circunstancia especialmente significativa: quererlos <i>inaugurar <\/i>oficialmente con esta concelebraci&oacute;n el <i>a&ntilde;o acad&eacute;mico <\/i>1979-1980. Queremos inaugurarlo <i>bajo la mirada de Dios. <\/i>Sentimos que es justo hacerlo as&iacute;. En efecto, &iquest;qu&eacute; es un nuevo a&ntilde;o de estudio sino la reanudaci&oacute;n de una ascensi&oacute;n ideal que. por senderos frecuentemente empinados y escarpados, lleva al investigador cada vez m&aacute;s alto, a lo largo de las pendientes de esa misteriosa y fascinante monta&ntilde;a, que es la verdad? La fatiga del camino queda ampliamente recompensada por la belleza de los panoramas cada vez m&aacute;s sugestivos, que se abren ante el asombro de la mirada.<\/p>\n<p align=\"left\">Pero la subida no carece de riesgos: hay pasos dif&iacute;ciles y apoyos insidiosos, hay el peligro de neblinas inesperadas. la posibilidad de perspectivas ilusorias y de obst&aacute;culos imprevistos. La met&aacute;fora es transparente: la conquista de la verdad es empresa ardua, no carente de inc&oacute;gnitas y riesgos. La persona responsable que se aventura no puede menos de sentir la necesidad de invocar en su fatiga la benevolencia de Dios, la ayuda de su luz, la intervenci&oacute;n fortificante de su gracia.<\/p>\n<p align=\"left\">Si esto vale para toda clase de investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, mucho m&aacute;s aparece verdadero para la teol&oacute;gica, que se basa en el misterio infinito de&nbsp; Dios, que se nos ha comunicado personalmente mediante la palabra y la obra de la redenci&oacute;n: y aparece verdadero,&nbsp; adem&aacute;s. para las otras ramas de los estudios eclesi&aacute;sticos que, si se orientan hacia los diversos campos de la investigaci&oacute;n b&iacute;blica, de la ciencia filos&oacute;fica, de la historia, etc., retornan de nuevo a este factor que las unifica a todas, y hace de vosotros <i>&quot;los especialistas&quot; de Dios <\/i>y de su misterio de salvaci&oacute;n, manifestado al hombre. Por esto, el estudiante de las facultades eclesi&aacute;sticas no se enfrenta con una verdad impersonal y fr&iacute;a. sino con el Yo mismo de Dios, que en la Revelaci&oacute;n se ha hecho &quot;T&uacute;&quot; para el hombre y ha abierto un di&aacute;logo con &eacute;l, en el que le manifiesta alg&uacute;n aspecto de la riqueza insondable de su ser.<\/p>\n<p align=\"left\">2. &iquest;Cu&aacute;l ser&aacute;, pues. la actitud justa del hombre, llamado a una confidencia inimaginable por el amor preveniente de Dios? No es dif&iacute;cil responder. No puede&nbsp; ser m&aacute;s que <i>una actitud de profunda gratitud, unida a la humildad sincera. <\/i>Es tan d&eacute;bil nuestra inteligencia, tan limitada la experiencia, tan breve la vida, que cuanto logra decir de Dios tiene m&aacute;s la apariencia de un balbuceo infantil que la dignidad de un discurso exhaustivo y concluyente. Son conocidas las palabras con las que Agust&iacute;n confesaba su temor al disponerse a hablar de los misterios divinos: <i>suscepi enim tractanda divina homo. espiritalia carnalis, aeterna mortalis; <\/i>&quot;me he impuesto yo, que soy hombre, la tarea de tratar cosas divinas: yo, que soy carnal, de tratar cosas espirituales, y yo, que soy mortal, de tratar cosas que son eternas&quot; (<i>In Io. Ev. Tr. <\/i>18. n&uacute;m. 1). <\/p>\n<p align=\"left\">Este es el convencimiento b&aacute;sico con que el te&oacute;logo debe acercarse a su trabajo: debe recordar continuamente que, por mucho que pueda decir sobre. Dios, se tratar&aacute; siempre de palabras de un hombre, y por lo tanto, de un peque&ntilde;o ser finito, que se ha aventurado a la exploraci&oacute;n del misterio insondable del Dios infinito.<\/p>\n<p align=\"left\">Por lo tanto, nada tiene de sorprendente si los resultados a que han llegado los m&aacute;ximos genios del cristianismo, les hayan parecido como totalmente inadecuados respecto al T&eacute;rmino trascendente de sus investigaciones. Confesaba Agust&iacute;n: <i>Deus ineffabilis est; facilius dicimus quid&nbsp; non sit, quam quid sit <\/i>(<i>Enarr. In Ps. <\/i>85. n&uacute;m. 12); y explicaba: &quot;Cuando desde este abismo nos elevamos a respirar esas alturas, no es poca ventaja poder saber lo que Dios no es, antes de saber lo que El es&quot; (<i>De Trin. <\/i>8, 2, 3).<i> <\/i>Y<i> <\/i>c&oacute;mo no recordar a este prop&oacute;sito, la respuesta de Santo Tom&aacute;s a su fiel secretario, fray Reginaldo de Piperno, que le exhortaba a proseguir la composici&oacute;n de la <i>Summa, <\/i>interrumpirla despu&eacute;s de una experiencia m&iacute;stica transformante. Refieren los bi&oacute;grafos que, a las insistencias del amigo, s&oacute;lo opuso un lac&oacute;nico: &quot;Hermano, no puedo m&aacute;s; todo lo que he escrito me parece paja&quot;. Y<i> <\/i>la <i>Summa <\/i>qued&oacute;<i> <\/i>incompleta.<\/p>\n<p align=\"left\">Y la <i>humildad, <\/i>de que nos dan ejemplo tan espl&eacute;ndido los m&aacute;s grandes maestros de teolog&iacute;a, va junta con una <i>profunda gratitud. <\/i>&iquest;C&oacute;mo no ser agradecidos cuando Dios infinito se ha abajado a hablar con el hombre en su misma lengua humana? Efectivamente, El, que &quot;muchas veces y en muchas maneras habl&oacute; en otro tiempo a nuestros padres, por ministerio de los profetas, &uacute;ltimamente en estos d&iacute;as, nos habl&oacute; por su Hijo&quot; (<i>Heb <\/i>1, 1-2). &iquest;C&oacute;mo no ser agradecidos cuando, de este modo, la lengua humana y el pensamiento humano han sido visitados por la Palabra de Dios y por la Verdad divina y han sido llamados a participar de ella, y a dar testimonio de ella, a anunciarla e incluso a explicarla y a profundizar en ella de modo correspondiente a las posibilidades y exigencias del conocimiento humano? Esto es precisamente la teolog&iacute;a. Esta es precisamente la <i>vocaci&oacute;n del te&oacute;logo. <\/i>En nombre de esta vocaci&oacute;n nos reunimos hoy aqu&iacute; para comenzar el nuevo a&ntilde;o acad&eacute;mico, que se desarrollar&aacute; en todas esas canteras del trabajo cient&iacute;fico y did&aacute;ctico, que son los Ateneos de Roma.<\/p>\n<p align=\"left\">3.<i> <\/i>La humildad es la contrase&ntilde;a de todo cient&iacute;fico que tiene una relaci&oacute;n honesta. con la verdad cognoscitiva. Ella ante todo abrir&aacute; el camino para que arraigue en su esp&iacute;ritu la disposici&oacute;n fundamental, necesaria para toda investigaci&oacute;n teol&oacute;gica merecedora de este nombre. Esta disposici&oacute;n fundamental es <i>la fe.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Reflexionemos: la Revelaci&oacute;n consiste en la iniciativa de Dios, que ha salido personalmente al encuentro del hombre para entablar con &eacute;l un di&aacute;logo de salvaci&oacute;n. Es Dios quien comienza la conversaci&oacute;n y es Dios quien la prosigue. El hombre escucha y responde. Pero la respuesta que Dios espera del hombre no se reduce a una fr&iacute;a valoraci&oacute;n intelectualista de un contenido abstracto de ideas. Dios se encuentra con el hombre y le habla porque lo ama y quiere salvarlo. Por esto, la respuesta del hombre debe ser ante todo aceptaci&oacute;n agradecida de la iniciativa divina y abandono confiado en la fuerza preveniente de su amor<\/p>\n<p align=\"left\">Entrar en di&aacute;logo con Dios significa dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa (doxa) de Jes&uacute;s revelador y por el amor (agape) del que lo ha enviado. Y en esto precisamente consiste la fe. Con ella el hombre, iluminado interiormente y atra&iacute;do por Dios, trasciende los l&iacute;mites del conocimiento puramente natural y tiene una experiencia de El, que de otro modo le estar&iacute;a vedada. Ha dicho Jes&uacute;s: &quot;Nadie puede venir a m&iacute; si el Padre, que me ha enviado, no le trae&quot; (<i>Jn<\/i> 6, 44). &quot;Nadie&quot;, por esto, tampoco el te&oacute;logo.<\/p>\n<p align=\"left\">El hombre, observa Santo Tom&aacute;s, mientras est&aacute; <i>in statu viae, <\/i>puede alcanzar alguna inteligencia de los misterios sobrenaturales, gracias al uso de su raz&oacute;n, pero s&oacute;lo en cuanto la raz&oacute;n se apoya sobre el fundamento firme de la fe, que es participaci&oacute;n del conocimiento mismo de Dios y de los bienaventurados comprensores: <i>&quot;Fides est in nobis ut perveniamus ad intelligendum quae&nbsp; credimus&quot; <\/i>(<i>In Boeth. de Trin. <\/i>q. <i>2. <\/i>a. 2, ad 7).<i> <\/i>Es el pensamiento de toda la tradici&oacute;n teol&oacute;gica, y en particular la actitud del gran Agust&iacute;n: &quot;creyendo llegas a ser capaz de entender; si no crees, nunca conseguir&aacute;s entender&#8230; Por lo tanto, que te purifique la fe, para que te sea concedido llegar al conocimiento pleno&quot; <i>(Im lo. Evan. Tr. <\/i>36, n&uacute;m. 7).<i> <\/i>En otro lugar observa a este prop&oacute;sito: <i>&quot;Habet namque fides oculos suos, quibus quodammodo videt verum esse quod nondum videt&quot; <\/i>(<i>Ep. <\/i>120<i> ad Consentium, <\/i>n&uacute;m. 2. 9), y por esto resulta que &quot;<i>intelectui fides aditum aperit, infidelitas claudit&quot; <\/i>(<i>Ep. <\/i>137<i> ad Volusianum, <\/i>n&uacute;m. 4, 15).<\/p>\n<p align=\"left\">La conclusi&oacute;n a que llega el obispo de Hipona se convertir&aacute; en cl&aacute;sica: &quot;La inteligencia es el fruto de la fe. Por&nbsp; lo tanto no trates de entender para creer, sino cree para entender&quot; (<i>In Io. Evan. Tr<\/i>. 29, n&uacute;m. 6). Es una advertencia sobre la que debe reflexionar el que &quot;hace teolog&iacute;a&quot;: efectivamente, tambi&eacute;n hoy existe el peligro de pertenecer a la falange de los <i>garruli ratiocinatores <\/i>(<i>De Trin. <\/i>2, 4), a quienes Agust&iacute;n invitaba <i>a cogitationes suas carnales non dogmatizare <\/i>(<i>Ep. <\/i>187 <i>ad Dardanum, <\/i>n&uacute;m. 8; 29). S&oacute;lo la &quot;obediencia a la fe&quot; (cf. <i>Rom <\/i>16, 26), con la que el hombre se abandona totalmente a Dios con plena libertad, puede hacer entrar en la comprensi&oacute;n profunda y sabrosa de las verdades divinas.<\/p>\n<p align=\"left\">4. Hay una segunda ventaja que al te&oacute;logo le viene de la humildad: &eacute;sta constituye el <i>humus <\/i>en el que arraiga y germina la flor de la <i>oraci&oacute;n. <\/i>En efecto, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a orar con acentos sinceros un esp&iacute;ritu soberbio? Y la oraci&oacute;n es indispensable para crecer en la fe ha recordado el Concilio Vaticano II, cuando en la Constituci&oacute;n <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/i>,<i> <\/i>ha puesto de relieve que para prestar el asentimiento de la fe a la Revelaci&oacute;n divina &laquo;es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda&raquo;, es necesario el auxilio del Esp&iacute;ritu Santo &laquo;que mueve el coraz&oacute;n y lo dirige a D&iacute;os, abre los ojos del esp&iacute;ritu y concede a todos gusto en aceptar y creer&nbsp;la verdad&raquo; (n&uacute;m. 5).<\/p>\n<p align=\"left\">Un componente esencial de la tarea teol&oacute;gica debe reconocerse en la <i>dedicaci&oacute;n a la oraci&oacute;n: <\/i>s&oacute;lo una oraci&oacute;n humilde y asidua puede impetrar la efusi&oacute;n de esas luces interiores que gu&iacute;an la mente al descubrimiento de la verdad. <i>Deus semper idem, noverirn me noverim te, <\/i>ped&iacute;a Agust&iacute;n en los <i>Soliloqui <\/i>(2. 1, 1), y en sus exposiciones catequ&eacute;ticas no se cansaba de invitar a sus oyentes a orar para obtener luz, y ped&iacute;a luz &eacute;l mismo en los momentos de oscuridad: &quot;Dios Padre nuestro, que nos exhortas a pedirte y nos das lo que te pedirnos (..), esc&uacute;chame a m&iacute; que me estremezco de fr&iacute;o en estas tinieblas y ofr&eacute;ceme la diestra. Hazme ver tu luz, ret&iacute;rame de los errores y haz que bajo tu gu&iacute;a vuelva a entrar en m&iacute; y en ti. Am&eacute;n&quot; <i>(Solil. <\/i>2. 6, 9; cf. 1, 1. 2-6).<\/p>\n<p align=\"left\">&iquest;Y c&oacute;mo no mencionar aqu&iacute; la famosa oraci&oacute;n que San Anselmo puso al comienzo de su <i>Proslogio? <\/i>Es una oraci&oacute;n tan sencilla y bella, que puede ser un modelo de invocaci&oacute;n para el que se dispone a &quot;estudiar a Dios&quot;: &quot;Dios, ens&eacute;&ntilde;ame a buscarte y mu&eacute;strate a m&iacute; que te busco, ya que no puedo ni buscarte ni encontrarte si t&uacute; mismo no te muestras&quot; <i>(Prosl. <\/i>1).<\/p>\n<p align=\"left\">Un aut&eacute;ntico trabajo teol&oacute;gico \u2014dig&aacute;moslo con franqueza\u2014 no puede ni comenzar ni concluir si no es de rodillas, al menos en el secreto de la celda interior donde siempre es posible &quot;adorar al Padre en esp&iacute;ritu y verdad&quot; (cf. <i>Jn <\/i>4,<i> 23).<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">5. Finalmente, la humildad sugiere al te&oacute;logo la justa actitud en relaci&oacute;n con la Iglesia. El sabe que a ella le ha sido confiada la &quot;Palabra&quot;, para que la anuncie al mundo, aplic&aacute;ndola a cada &eacute;poca y haci&eacute;ndola as&iacute; verdaderamente actual. Lo sabe y se alegra de ello.<\/p>\n<p align=\"left\">Por esto, no duda en repetir con Or&iacute;genes: &quot;Por mi parte, mi aspiraci&oacute;n es ser realmente eclesi&aacute;stico&quot; <i>(In Lucam, hom. <\/i>16), esto es, estar en plena comuni&oacute;n de pensamiento, sentimiento y vida con la Iglesia, en la que Cristo se hace contempor&aacute;neo a cada una de las generaciones humanas. De verdad <i>homo<\/i> <i>ecclesiasticus, <\/i>por eso ama el pasado de la Iglesia, medita su historia, venera y explora la Tradici&oacute;n. Pero no se deja encerrar en un culto nost&aacute;lgico de sus particulares y contingentes expresiones hist&oacute;ricas, sabiendo bien que la Iglesia es un misterio vivo y en camino, bajo la gu&iacute;a del Esp&iacute;ritu. Igualmente rechaza propuestas de rupturas radicales con lo que ha existido, por el mito deslumbrante de un comienzo nuevo: &eacute;l cree que Cristo est&aacute; siempre presente en su Iglesia, hoy como ayer, para <i>continuar<\/i> su vida,&nbsp; no <i>para empezarla de nuevo<\/i>.<\/p>\n<p align=\"left\">Adem&aacute;s, el <i>sensus Ecclesiae<\/i> que hay en &eacute;l vivo y vigilante por la humildad, lo mantiene en constante actitud de escucha ante la palabra del Magisterio. que &eacute;l acepta de buen grado como garante, por voluntad de Cristo, de la verdad salv&iacute;fica. Y permanece en esta escucha tambi&eacute;n ante las voces que le llegan de todo el Pueblo de Dios, dispuesto siempre a recoger en la palabra docta del estudioso, como tambi&eacute;n en la sencilla, pero quiz&aacute; no menos profunda, del com&uacute;n de los fieles, un eco iluminador del Verbo eterno que &quot;se hizo carne y habit&oacute; entre nosotros&quot; (<i>]n <\/i>1, 14).<\/p>\n<p align=\"left\">6. He aqu&iacute;, hermanos e hijos querid&iacute;simos, algunos puntos de reflexi&oacute;n para este comienzo del a&ntilde;o escolar y acad&eacute;mico. Os veo reunidos aqu&iacute; en torno a las reliquias de San Pedro, a quien Cristo dijo: &quot;T&uacute; eres Pedro, y sobre esta piedra edificar&eacute; yo mi Iglesia&quot; (<i>Mt <\/i>16, 18). Como Obispo vuestro, Obispo de Roma y a la vez Sucesor de Pedro, deseo dirigir a todos vosotros una llamada ardiente <i>para que particip&eacute;is en esta construcci&oacute;n de la Iglesia, que toma origen del mismo Cristo. <\/i>Dirijo esta llamada tanto a los profesores y maestros, como a los estudiantes de cada uno de los Ateneos romanos. El trabajo que emprend&eacute;is juntos constituye como un gran laboratorio de la misi&oacute;n de la Iglesia en nuestra &eacute;poca debe dar frutos no s&oacute;lo hoy, sino tambi&eacute;n en el futuro. Depende mucho de los resultados que aqu&iacute; consegu&iacute;s. Estos deben convertirse en la levadura de la fe y de la vida cristiana de muchos hombres en los diversos lugares de la tierra. Efectivamente, hab&eacute;is venido aqu&iacute; a esta C&aacute;tedra, sabiendo bien que su deber especial es unir en la verdad y en el amor sobre la tierra a los hijos de Dios de los diversos lugares, naciones, pa&iacute;ses y continentes.<\/p>\n<p align=\"left\">Encomiendo vuestro encuentro con la Verdad y el Amor divino a la Patrona del d&iacute;a de hoy, a esa &quot;gran&quot; Teresa de Jes&uacute;s que mereci&oacute;, la primera entre las mujeres, el t&iacute;tulo de Doctor de la Iglesia. Sobre todo invoco para vosotros la continua protecci&oacute;n de Aquella a quien la Iglesia honra como <i>Sedes Sapientiae. <\/i>Su materna solicitud acompa&ntilde;e vuestros pasos y, gui&aacute;ndoos para descubrir nuevos aspectos del misterio apasionante de Cristo, os ayude a crecer en el amor a El. Si <i>cognovimus, amemos, <\/i>porque \u2014no debemos olvidarlo\u2014 <i>cognitio sibe caritate non salvos facit<\/i>, &quot;un conocimiento sin amor no nos salva&quot; (San Agust&iacute;n, <i>In 1 Ep. Io. Tr.<\/i> 2, n&uacute;m. 8):<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">&copy; Copyright 1979 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA DE INAUGURACI&Oacute;N DEL CURSO ACAD&Eacute;MICO DE LAS UNIVERSIDADES Y CENTROS DE ESTUDIOS ECLESI&Aacute;STICOS DE ROMA HOMIL&Iacute;A DEL SUMO PONT&Iacute;FICE JUAN PABLO II Bas&iacute;lica de San Pedro Lunes 15 de octubre de 1979 &nbsp; 1. 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