{"id":39457,"date":"2016-10-05T22:52:00","date_gmt":"2016-10-06T03:52:00","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-octubre-de-1979-santa-misa-en-el-logan-circle-de-filadelfia\/"},"modified":"2016-10-05T22:52:00","modified_gmt":"2016-10-06T03:52:00","slug":"3-de-octubre-de-1979-santa-misa-en-el-logan-circle-de-filadelfia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-octubre-de-1979-santa-misa-en-el-logan-circle-de-filadelfia\/","title":{"rendered":"3 de octubre de 1979, Santa Misa en el Logan Circle de Filadelfia"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\">.<a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1979\/trav_united-states-america.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AM&Eacute;RICA<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN EL &laquo;LOGAN CIRCLE&raquo;<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Filadelfia<\/i><\/font><i><font color=\"#663300\"><br \/> Mi&eacute;rcoles 3 de octubre de 1979<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia de Filadelfia:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1. Supone para m&iacute; un gran gozo poder celebrar hoy la Eucarist&iacute;a con vosotros. Todos nosotros nos hallamos reunidos como una comunidad, como un pueblo en la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Se&ntilde;or Jesucristo; estamos reunidos en la comuni&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo. Nos hemos reunido para proclamar el Evangelio en toda su fuerza, pues el Sacrificio eucar&iacute;stico es la cumbre y sanci&oacute;n de nuestra proclamaci&oacute;n:<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo vendr&aacute; de nuevo! Desde este altar del Sacrificio se eleva un himno de alabanza y acci&oacute;n de gracias a Dios por medio de Jesucristo. Nosotros, que pertenecemos a Cristo, formamos parte de este himno, de este sacrificio de alabanza. El sacrificio del calvario se renueva sobre este altar, y se convierte tambi&eacute;n en ofrenda nuestra, una ofrenda en provecho de vivos y difuntos, tuna ofrenda por la Iglesia universal.<\/p>\n<p align=\"left\">Reunidos en asamblea en la caridad de Cristo, todos nosotros formamos una sola cosa en su sacrificio: el cardenal arzobispo, llamado a guiar esta Iglesia por los caminos de la verdad y del amor; sus obispos auxiliares y el clero diocesano y regular, que comparte con los obispos la tarea de la proclamaci&oacute;n de la Palabra; religiosos y religiosas que, mediante la consagraci&oacute;n de sus vidas, muestran al mundo lo que significa ser fiel al mensaje de las bienaventuranzas; padres y madres, con su importante misi&oacute;n de edificar la Iglesia en el amor; todas las categor&iacute;as de laicos, con su peculiar tarea en la misi&oacute;n eclesial de evangelizaci&oacute;n y salvaci&oacute;n. Este Sacrificio celebrado hoy en Filadelfia es la expresi&oacute;n de nuestra oraci&oacute;n comunitaria. En uni&oacute;n con Jesucristo, intercedemos por la Iglesia universal, por el bienestar de nuestros amigos y camaradas, y hoy, en modo particular, por la conservaci&oacute;n de todos los valores humanos y cristianos. herencia de esta tierra, de esta regi&oacute;n y de esta misma ciudad.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Filadelfia es la ciudad de la Declaraci&oacute;n de la Independencia, aquel notable documento que conten&iacute;a una solemne declaraci&oacute;n de la igualdad de todos los seres humanos, dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables: vida, libertad y b&uacute;squeda de la felicidad, y que a la vez expresaba una &quot;firme confianza en la protecci&oacute;n de la divina Providencia&quot;. Estos son los profundos principios morales formulados por vuestros padres constituyentes y conservados como algo precioso a lo largo de vuestra historia. En los valores humanos y c&iacute;vicos contenidos en el esp&iacute;ritu de esta Declaraci&oacute;n pueden observarse f&aacute;cilmente sus estrechos v&iacute;nculos con los valores b&aacute;sicos religiosos y cristianos. Parte de su herencia est&aacute; constituida por un sentido de lo que es la religi&oacute;n misma. La <i>Liberty Bell <\/i>que visit&eacute; en otra ocasi&oacute;n lleva con orgullo las palabras de la Biblia: &quot;Pregonar&eacute;is la libertad por toda la tierra&quot; (<i>Lev <\/i>25,<i> <\/i>10). Esta tradici&oacute;n lanza un noble reto a todas las futuras generaciones de Am&eacute;rica: &quot;Una naci&oacute;n sometida a Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">3. Como ciudadanos, deb&eacute;is esforzaros por conservar estos valores humanos, por comprenderlos mejor y por definir sus consecuencias de cara a toda la comunidad, como una valiosa contribuci&oacute;n al mundo. Como cristianos, deb&eacute;is fortalecer estos valores humanos y completarlos mediante su confrontaci&oacute;n con el mensaje evang&eacute;lico, para que pod&aacute;is descubrir su profundo significado y asumir as&iacute;, m&aacute;s plenamente, vuestros deberes y obligaciones para con todos los seres humanos que os rodean, con quienes os une un destino com&uacute;n. Para nosotros, que conocemos a Cristo, los valores humanos y cristianos no son, en cierto sentido, m&aacute;s que dos aspectos de una misma realidad: la realidad del hombre, redimido por Cristo y llamado a una plenitud de vida eterna.<\/p>\n<p align=\"left\">En mi primera Enc&iacute;clica declar&eacute; esta importante verdad: &laquo;Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo &uacute;nico e irrepetible, en el misterio del hombre y ha penetrado en su &quot;coraz&oacute;n&quot;. Justamente, pues, ense&ntilde;a el Concilio Vaticano II: &quot;En realidad, el misterio del hombre s&oacute;lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Ad&aacute;n, el primer hombre, era figura del que hab&iacute;a de venir (<i>Rom <\/i>5,<i> <\/i>14), es decir, Cristo nuestro Se&ntilde;or. Cristo, nuevo Ad&aacute;n, en la misma revelaci&oacute;n del misterio del Padre y de su amor, <i>manifiesta plenamente al propio hombre<\/i> y<i> <\/i>le descubre la sublimidad de su vocaci&oacute;n&quot;&raquo; <i>(<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0038\/__P9.HTM\">Redemptor hominis<\/a>,<\/i> 8).<i> <\/i>Es, pues, en Cristo donde todo hombre, mujer y ni&ntilde;o es llamado a encontrar la respuesta a las cuestiones relativas a los valores que deben inspirar sus relaciones personales y sociales.<\/p>\n<p align=\"left\">4. &iquest;C&oacute;mo puede entonces el cristiano, hombre o mujer, inspirado y guiado por el misterio de la Encarnaci&oacute;n y Redenci&oacute;n de Cristo, fortalecer sus propios valores y los incorporados a la herencia de esta naci&oacute;n? La respuesta a esta pregunta, para ser completa, deber&iacute;a ser larga. Permitidme, sin embargo, tocar s&oacute;lo algunos de los puntos m&aacute;s importantes. Estos valores son fortalecidos: cuando poder y autoridad se ejercitan en el total respeto a todos los derechos fundamentales de la persona humana, cuya dignidad es la de quien ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. <i>G&eacute;n <\/i>1, 26); cuando la libertad es aceptada no como un fin absoluto en s&iacute; mismo, sino como un don que hace posible la autodonaci&oacute;n y el servicio; cuando la familia es protegida y robustecida, cuando su unidad es preservada, y cuando se reconoce y respeta su papel de c&eacute;lula b&aacute;sica de la sociedad. Son cultivados los valores humano-cristianos cuando todos los esfuerzos van dirigidos a que ning&uacute;n ni&ntilde;o del mundo deba enfrentarse a la muerte por falta de alimento, o deba hacer frente a un potencial intelectual y f&iacute;sico mermado por una nutrici&oacute;n deficiente, o tenga que llevar durante toda su vida los estigmas de la privaci&oacute;n. Los valores humano-cristianos triunfan cuando no se permite la implantaci&oacute;n de un sistema que autorice la explotaci&oacute;n de cualquier ser humano; cuando se promueve el servicio justo y la honestidad en los funcionarios p&uacute;blicos; cuando la administraci&oacute;n de la justicia es favorable e id&eacute;ntica para todos; cuando se hace un uso responsable de los recursos materiales y energ&eacute;ticos del mundo (recursos que deben ser para provecho de todos); cuando el medio ambiente se conserva intacto para las futuras generaciones. Los valores humano-cristianos triunfan cuando consideraciones de tipo pol&iacute;tico y econ&oacute;mico se subordinan a la dignidad humana, cuando se las orienta a servir a la causa del hombre, de toda persona creada por Dios, de todo hermano y hermana redimidos por Cristo.<\/p>\n<p align=\"left\">5. He mencionado la Declaraci&oacute;n de la Independencia y la <i>Liberty Bell, <\/i> dos monumentos que ejemplifican el esp&iacute;ritu de libertad sobre el que se asienta este pa&iacute;s. Vuestra vinculaci&oacute;n a la libertad forma parte de vuestra herencia. Cuando la <i>Liberty Bell <\/i>(Campana de la Libertad) son&oacute; por vez primera en 1776, fue para anunciar la liberaci&oacute;n de vuestra naci&oacute;n, el comienzo de la b&uacute;squeda de un destino com&uacute;n, libre de toda coacci&oacute;n externa. Este principio de libertad es capital en el orden pol&iacute;tico y social, en las relaciones entre Gobierno y pueblo, y entre individuo e individuo. Sin embargo, la vida humana se vive tambi&eacute;n en otro orden de la realidad: en el orden de su relaci&oacute;n con lo que es objetivamente verdadero y moralmente bueno. De este modo, la libertad adquiere un significado m&aacute;s profundo al referirse a la persona humana. En primer lugar, concierne a la relaci&oacute;n del hombre consigo mismo. Toda persona humana, dotada de raz&oacute;n, es libre cuando es due&ntilde;a de sus propias acciones, cuando es capaz de escoger el bien que est&aacute; en conformidad con la raz&oacute;n, y, por consiguiente, con su propia dignidad humana.<\/p>\n<p align=\"left\">La libertad nunca puede permitir una ofensa contra los derechos de los dem&aacute;s, y uno de los derechos fundamentales del hombre es el derecho a dar culto a Dios. En la Declaraci&oacute;n sobre la Libertad religiosa, el Concilio Vaticano II afirmaba que &laquo;esta exigencia de libertad en la sociedad humana mira sobre todo&nbsp; a los bienes del esp&iacute;ritu humano, principalmente a aquellos que se refieren` al libre ejercicio de la religi&oacute;n en la . sociedad&#8230; Ahora bien, como la libertad religiosa que los hombres exigen para el cumplimiento de su obligaci&oacute;n de rendir culto a Dios se refiere a la inmunidad de coacci&oacute;n en la sociedad civil, deja &iacute;ntegra la doctrina tradicional cat&oacute;lica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religi&oacute;n y la &uacute;nica Iglesia de Cristo&raquo; (<i><a href=\"http:\/\/localhost\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/i>, 1).<\/p>\n<p align=\"left\">6. Cristo mismo vincul&oacute; libertad con conocimiento de la verdad. &quot;Conocer&eacute;is la verdad, y la verdad os librar&aacute;&quot; (<i>Jn<\/i> 8, 32). En mi primera Enc&iacute;clica, escrib&iacute; a este respecto: &laquo;Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relaci&oacute;n honesta con respecto a la verdad, como condici&oacute;n de una aut&eacute;ntica libertad; y la advertencia, adem&aacute;s, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo&raquo; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0038\/__PD.HTM\">Redemptor hominis<\/a><\/i>, 12).<\/p>\n<p align=\"left\">La libertad, por tanto, nunca puede construirse sin relaci&oacute;n a la verdad, tal como fue revelada por Cristo y propuesta por su Iglesia, ni puede servir de pretexto para una anarqu&iacute;a moral, porque todo orden moral debe permanecer unido a la verdad. San Pedro, en su primera Carta, dice: &quot;Vivid como hombres libres y no como quien tiene la libertad cual cobertura de la maldad&quot; (<i>1 Pe<\/i> 2, 16). No puede haber libertad cuando va dirigida contra un hombre en aquello que &eacute;l es, o contra un hombre en su relaci&oacute;n con los otros y con Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">Esto es especialmente relevante cuando uno considera el &aacute;mbito de la sexualidad humana. Aqu&iacute;, como en cualquier otro campo, no puede haber aut&eacute;ntica libertad si no se respeta la verdad referente a la naturaleza de la sexualidad humana y del matrimonio. En la sociedad actual, observamos cantidad de tendencias perturbadoras y un gran laxismo por lo que respecta a la visi&oacute;n cristiana de la sexualidad; y todo ello con algo en com&uacute;n: recurrir al concepto de libertad para justificar todo tipo de conducta que ya no est&aacute; en consonancia con el verdadero orden moral y con la ense&ntilde;anza de la Iglesia. Las normas morales no luchan contra la libertad de la persona o de la pareja; por el contrario, existen precisamente de cara a esa libertad, toda vez que se dan para asegurar el recto uso de la libertad. Quienquiera que reh&uacute;se aceptar estas normas y actuar en consonancia con ellas, quienquiera (hombre o mujer) que trate de liberarse de estas normas, no es verdaderamente libre. Libre, en realidad, es la persona que modela su conducta responsablemente conforme a las exigencias del bien objetivo. Lo que he dicho aqu&iacute; se refiere a la totalidad de la moralidad conyugal, pero puede aplicarse tambi&eacute;n a los sacerdotes por lo que respecta a las obligaciones de su celibato. La cohesi&oacute;n de libertad y &eacute;tica tiene tambi&eacute;n sus consecuencias respecto a la consecuci&oacute;n del bien com&uacute;n en la sociedad y a la independencia nacional proclamada por la <i>Liberty Bell <\/i>hace doscientos a&ntilde;os.<\/p>\n<p align=\"left\">7. La ley divina es el &uacute;nico modelo de la libertad humana, y se nos da en el Evangelio de Cristo, el Evangelio de la redenci&oacute;n. Pero una fidelidad a este Evangelio de la redenci&oacute;n nunca ser&aacute; posible sin la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo. El Esp&iacute;ritu Santo es quien guarda el mensaje portador de vida confiado a la Iglesia. El Esp&iacute;ritu Santo es quien asegura la fiel transmisi&oacute;n del Evangelio a las vidas de todos nosotros. Por la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, la Iglesia se construye d&iacute;a a d&iacute;a hasta formar un reino: un reino de verdad y vida, un reino de santidad y de gracia, un reino universal de justicia, amor y paz.<\/p>\n<p align=\"left\">Hoy, por tanto, hemos venido ante el Padre a ofrecerle las peticiones y deseos de nuestros corazones, a ofrecerle alabanza y acci&oacute;n de gracias. Hacemos esto, desde la ciudad de Filadelfia, dirigido a la Iglesia universal y a todo el mundo. Hacemos esto como &quot;conciudadanos de los santos y familiares de Dios&quot; (<i>Ef <\/i>2,<i> <\/i>19), en uni&oacute;n con el sacrificio de Cristo Jes&uacute;s, nuestra Piedra angular, para gloria de la Sant&iacute;sima Trinidad. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">&copy; Copyright 1979 &#8211; Libreria Editrice Vaticana <\/font> <\/p>\n<p align=\"left\"><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>.VIAJE APOST&Oacute;LICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AM&Eacute;RICA SANTA MISA EN EL &laquo;LOGAN CIRCLE&raquo; HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Filadelfia Mi&eacute;rcoles 3 de octubre de 1979 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia de Filadelfia: 1. Supone para m&iacute; un gran gozo poder celebrar hoy la Eucarist&iacute;a con vosotros. Todos nosotros nos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/3-de-octubre-de-1979-santa-misa-en-el-logan-circle-de-filadelfia\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab3 de octubre de 1979, Santa Misa en el Logan Circle de Filadelfia\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39457","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39457","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39457"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39457\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39457"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39457"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39457"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}