{"id":39477,"date":"2016-10-05T22:52:32","date_gmt":"2016-10-06T03:52:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/26-de-agosto-de-1979-visita-a-canale-dagordo-pueblo-natal-de-juan-pablo-i\/"},"modified":"2016-10-05T22:52:32","modified_gmt":"2016-10-06T03:52:32","slug":"26-de-agosto-de-1979-visita-a-canale-dagordo-pueblo-natal-de-juan-pablo-i","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/26-de-agosto-de-1979-visita-a-canale-dagordo-pueblo-natal-de-juan-pablo-i\/","title":{"rendered":"26 de agosto de 1979, Visita a Canale d&#8217;Agordo, pueblo natal de Juan Pablo I"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1979\/trav_veneto.html\">VISITA PASTORAL A V&Eacute;NETO<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"4\">SANTA MISA<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><i><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font color=\"#663300\">Canale d&#8217;Agordo<br \/> Domingo 26 de agosto de 1979<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Car&iacute;simos hermanos y hermanas de Canale d&#8217;Agordo:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Me siento especialmente feliz al encontrarme hoy entre vosotros, en el aniversario de la elevaci&oacute;n al Supremo Pontificado de vuestro conciudadano, el amad&iacute;simo e inolvidable Papa Juan Pablo I. Pero me siento tambi&eacute;n profundamente conmovido. Todos, en efecto, recordamos todav&iacute;a con intacta emoci&oacute;n \u2014y especialmente el Papa que os habla y los cardenales que participaron en aquel C&oacute;nclave que dur&oacute; poco m&aacute;s de un d&iacute;a\u2014, todos recordamos el extraordinario fen&oacute;meno constituido por la elecci&oacute;n, el pontificado y la muerte de aquel Papa; todos conservamos en el coraz&oacute;n su figura y su sonrisa; todos tenemos grabado en el alma el recuerdo de las ense&ntilde;anzas, que multiplic&oacute; con incansable celo y amabil&iacute;simo estilo pastoral en los 33 breves d&iacute;as de ministerio universal. Y todos sentimos todav&iacute;a en el coraz&oacute;n la sorpresa y preocupaci&oacute;n por su muerte inesperada, que de improviso lo arrebat&oacute; a la Iglesia y al mundo, poniendo fin a un pontificado que hab&iacute;a ya conquistado todos los corazones. El Se&ntilde;or nos lo dio como para mostrarnos la imagen del Buen Pastor, que &eacute;l siempre se esforz&oacute; en personificar, siguiendo la doctrina y los ejemplos de su predilecto modelo y maestro el Papa S. Gregorio Magno. Y al sustra&eacute;rnoslo de nuestra mirada, aunque no ciertamente de nuestro amor, quiso darnos una gran lecci&oacute;n de abandono y de confianza &uacute;nicamente en El que gu&iacute;a y rige la Iglesia aun cuando cambien los hombres y se sucedan, a veces incomprensiblemente, los acontecimientos terrenos.<\/p>\n<p align=\"left\">En recuerdo de aquel paso tan r&aacute;pido y tan impresionante, he querido venir hoy entre vosotros, al cumplirse exactamente un a&ntilde;o desde que la figura de Juan Pablo I apareci&oacute; por primera vez en el balc&oacute;n central de la Bas&iacute;lica Vaticana. Repito que me siento conmovido al encontrarme aqu&iacute; en la apacible aldea dolom&iacute;tica donde &eacute;l vio la luz, en una familia sencilla y laboriosa que bien puede considerarse emblema de las buenas familias cristianas de estos valles monta&ntilde;eros; conmovido al celebrar los Santos Misterios aqu&iacute;, donde &eacute;l sinti&oacute; la vocaci&oacute;n al sacerdocio, siguiendo el ejemplo de numerosos conciudadanos vuestros que, a trav&eacute;s de los siglos, acogieron la llamada divina; aqu&iacute;, donde &eacute;l recibi&oacute; el santo bautismo y la confirmaci&oacute;n, aqu&iacute; donde celebr&oacute; por primera vez la Santa Misa el 8 de julio de 1935 y donde volvi&oacute; despu&eacute;s, siendo obispo de Vittorio V&eacute;neto, patriarca de Venecia y cardenal de la Santa Iglesia Romana. Y me complazco en recordar que quiso volver aqu&iacute;, todav&iacute;a en febrero del pasado a&ntilde;o \u2014pocos meses antes de su elevaci&oacute;n a la C&aacute;tedra de Pedro\u2014 para predicaros una breve misi&oacute;n de preparaci&oacute;n para la Pascua.<\/p>\n<p align=\"left\">Y aqu&iacute; est&aacute; tambi&eacute;n hoy, en medio de nosotros. S&iacute;; queridos hermanos y hermanas de Canale d&#8217;Agordo. El est&aacute; aqu&iacute;, con sus ense&ntilde;anzas, con su ejemplo, con su sonrisa.<\/p>\n<p align=\"left\">1. Ante todo, &eacute;l nos habla de su grande, firm&iacute;simo amor a la Santa Iglesia. En la segunda lectura de la Santa Misa hemos o&iacute;do que San Pablo, trazando a los efesios un sublime programa de amor conyugal escribe: &quot;Cristo am&oacute; a la Iglesia y se entreg&oacute; por ella, para santificarla, purific&aacute;ndola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de present&aacute;rsela a S&iacute; gloriosa sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable&quot; (<i>Ef<\/i> 5, 25 y ss.). Pues bien; al o&iacute;r estas palabras, mi pensamiento volaba a la majestuosa Capilla Sixtina, al momento aquel en que, al anunciar ante el mundo, con voz l&iacute;mpida y clara, su programa pontificio, el Papa Luciani hab&iacute;a dicho: &quot;Nos ponemos enteramente, con todas nuestras fuerzas f&iacute;sicas y espirituales, al servicio de la misi&oacute;n universal de la Iglesia&quot; (<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/messages\/documents\/hf_jp-i_mes_urbi-et-orbi_27081978_sp.html\">27 de agosto 1978<\/a>; <i>Ense&ntilde;anzas de Juan Pablo I al Pueblo de Dios<\/i>, p&aacute;g. 36).<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;La Iglesia! El hab&iacute;a aprendido a amarla aqu&iacute;, entre sus montes la hab&iacute;a visto, como en imagen, en la propia humilde familia, hab&iacute;a escuchado su voz en el catecismo del p&aacute;rroco, se hab&iacute;a alimentado de su savia profunda a trav&eacute;s de la vida sacramental que se le dispensaba en la parroquia. Amar a la Iglesia, servir a la Iglesia fue el programa constante de su vida. Ya en aquel primer radio-mensaje al mundo hab&iacute;a dicho, con palabras que hoy nos parecen realmente prof&eacute;ticas: &quot;La Iglesia, llena de admiraci&oacute;n y simpat&iacute;a hacia las conquistas del ingenio humano, pretende adem&aacute;s salvar al mundo, sediento de vida y amor, de los peligros que le acechan&#8230; En este momento solemne, pretendemos consagrar todo lo que somos y podemos a este fin supremo, hasta el &uacute;ltimo aliento, consciente del encargo que Cristo mismo nos ha confiado&quot; (<i>ib<\/i>., p&aacute;g. 57).<\/p>\n<p align=\"left\">Como p&aacute;rroco, como obispo, como patriarca, como Papa, no hizo otra cosa que esto: dedicarse totalmente a la Iglesia, <i>hasta el &uacute;ltimo aliento<\/i>. La muerte le sorprendi&oacute; as&iacute;, alerta, en un aut&eacute;ntico y propio servicio ininterrumpido. As&iacute; vivi&oacute; y as&iacute; muri&oacute;, dedic&aacute;ndose todo &eacute;l a la Iglesia con una sencillez cautivadora, pero tambi&eacute;n con una firmeza inquebrantable, que no ten&iacute;a temores porque estaba fundada sobre la lucidez de su fe y sobre la promesa indefectible, hecha por Cristo a Pedro y a sus sucesores.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Y aqu&iacute; encontramos otro punto de referencia, otra estructura fundamental de su vida y de su pontificado: <i>el amor a Cristo Se&ntilde;or nuestro<\/i>. El Papa Juan Pablo I fue el heraldo de Jesucristo, Redentor y Maestro de los hombres, viviendo el ideal que hab&iacute;a delineado San Pablo: &quot;Que los hombres vean en nosotros a los ministros de Cristo y a los administradores de los misterios de Dios&quot; (<i>1 Cor<\/i> 4, 1). Su intento lo hab&iacute;a claramente expresado en la <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/audiences\/documents\/hf_jp-i_aud_13091978_sp.html\">audiencia general del 13 de septiembre<\/a>, hablando de la fe: &quot;Cuando el pobre Papa, cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen m&aacute;s que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra; es la de Cristo, s&oacute;lo tenemos que custodiarla y presentarla&quot; (<i>Ense&ntilde;anzas de Juan Pablo I al Pueblo de Dios<\/i>, 1978, p&aacute;g. 19). La verdad, las ense&ntilde;anzas, la palabra de Cristo no cambian, aunque exigen ser presentadas de modo que en cada &eacute;poca de la historia, logren ser comprensibles para la mentalidad del momento; es una certeza que no cambia, aunque cambien los hombres y los tiempos y aunque no sea por ellos comprendida e incluso sea rechazada. Es todav&iacute;a, y seguir&aacute; siendo siempre, la actitud irremovible de Jes&uacute;s que \u2014como dice el Evangelio de este domingo\u2014 no disminuy&oacute; ni cambi&oacute; nada de su ense&ntilde;anza sobre la Eucarist&iacute;a, aun ante el abandono casi total de sus oyentes y de los propios disc&iacute;pulos; m&aacute;s a&uacute;n, puso a los Ap&oacute;stoles ante el severo <i>aut-aut<\/i> de una decisi&oacute;n, de una elecci&oacute;n suprema: &quot;&iquest;Quer&eacute;is iros vosotros tambi&eacute;n?&quot; (<i>Jn<\/i> 6, 67). En la respuesta de Pedro reconocemos la actitud de toda la vida, hasta el fin, de Juan Pablo I: &quot;Se&ntilde;or, &iquest;a qui&eacute;n ir&iacute;amos? T&uacute; tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos cre&iacute;do y sabemos que t&uacute; eres el Santo de Dios&quot; (<i>Jn<\/i> 6, 68). Su fe, su amor a Jes&uacute;s &quot;confirmaron&quot; realmente de verdad a todos nosotros, sus hermanos, con una alt&iacute;sima y coherente ense&ntilde;anza de abandono en la omnipotente protecci&oacute;n del Se&ntilde;or Jes&uacute;s: &quot;Teniendo nuestra mano asida a la de Cristo, apoy&aacute;ndonos en El, hemos tomado tambi&eacute;n Nos el tim&oacute;n de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella est&aacute; presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolaci&oacute;n y victoria&quot;, hab&iacute;a proclamado ya al iniciar su pontificado (<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/messages\/documents\/hf_jp-i_mes_urbi-et-orbi_27081978_sp.html\">27 agosto 1978<\/a>, <i>Ense&ntilde;anzas al Pueblo de Dios<\/i>, p&aacute;g. 35). Y se mantuvo fiel a ese programa, en la l&iacute;nea de las ense&ntilde;anzas de su amado Maestro y Predecesor San Gregorio Magno, haciendo realidad ante el mundo, la imagen, buena y estimulante, del divino&nbsp;Pastor: &quot;Aprended de M&iacute;, que soy manso y humilde de coraz&oacute;n&quot; (<i>Mt<\/i> 11, 29). Y as&iacute; permanece su imagen grabada para siempre en nuestros. corazones.<\/p>\n<p align=\"left\">3. Pero Jes&uacute;s vivi&oacute; por el Padre, vino para hacer la voluntad del Padre (cf. <i>Mt<\/i> 6, 10; 12, 50; 26, 42; <i>Jn<\/i> 4, 34; 5, 30; 6, 38), propuso al hombre la imagen del Padre, que piensa en nosotros y nos ama con amor eterno: Pues bien; encontramos aqu&iacute; tambi&eacute;n un rasgo de la figura y de la misi&oacute;n del Papa Albino Luciani: el amor a Dios Padre. Con el mismo profundo sentimiento de fe, anunci&oacute; tambi&eacute;n con extraordinaria energ&iacute;a el amor del Padre Celestial hacia los hombres. Como Josu&eacute; ante Israel, seg&uacute;n la primera lectura de la Santa Misa de hoy, record&oacute; en&eacute;rgicamente la grande y arrebatadora realidad del amor de Dios por su pueblo, la estupenda belleza de la elecci&oacute;n a la filiaci&oacute;n divina, suscitando como entonces una apasionante emoci&oacute;n en la respuesta de toda la Iglesia: &quot;Tambi&eacute;n nosotros serviremos a Yav&eacute;, porque El es nuestro Dios&quot; (<i>Jos<\/i> 24, 18). Toda su alma se hab&iacute;a abierto, en este sentido, ya desde la primera audiencia cuando, hablando del deber de ser buenos, hab&iacute;a subrayado: &laquo;Ante Dios, la postura justa es la de Abrah&aacute;n cuando dec&iacute;a: &iexcl;&quot;Soy s&oacute;lo polvo y ceniza ante ti, Se&ntilde;or&quot;! Tenemos que sentirnos peque&ntilde;os ante Dios&raquo; (<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/audiences\/documents\/hf_jp-i_aud_06091978_sp.html\">6 de septiembre<\/a>, <i>Ense&ntilde;anzas al Pueblo de Dios<\/i>, p&aacute;g. 13). Encontramos aqu&iacute; la quinta esencia de la ense&ntilde;anza evang&eacute;lica, como fue propuesta por Jes&uacute;s y comprendida por los Santos, en los cuales el pensamiento de la paternidad de Dios repercute en lo m&aacute;s profundo del alma; pensemos en un San Francisco de As&iacute;s o en una Teresa de Lisieux.<\/p>\n<p align=\"left\">Juan Pablo I record&oacute; con ins&oacute;lito vigor el amor que Dios tiene por nosotros, sus criaturas, compar&aacute;ndolo, en la l&iacute;nea del profetismo del Antiguo Testamento, no s&oacute;lo al amor de un Padre, sino tambi&eacute;n a la ternura de una madre hacia sus propios hijos; lo hizo en el <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/angelus\/documents\/hf_jp-i_ang_10091978_sp.html\"> &Aacute;ngelus del 10 de septiembre<\/a>, con estas palabras que tanto impresionaron a la opini&oacute;n p&uacute;blica: &quot;Somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, tambi&eacute;n cuando nos parece que es de noche&quot; (<i>Ense&ntilde;anzas al Pueblo de Dios<\/i>, p&aacute;g. 5).<\/p>\n<p align=\"left\">Y en la <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_i\/audiences\/documents\/hf_jp-i_aud_13091978_sp.html\">audiencia general del 13 de septiembre<\/a>: &quot;Dios tiene mucha ternura con nosotros, m&aacute;s ternura a&uacute;n que la de una madre con sus hijos, como dice Isa&iacute;as&quot; (<i>Ense&ntilde;anzas al Pueblo de Dios<\/i>, p&aacute;g. 18).<\/p>\n<p align=\"left\">Con este inquebrantable <i>sentido de Dios<\/i>, se comprende que mi predecesor eligiese como tema para sus catequesis de los mi&eacute;rcoles precisamente las virtudes teologales, que son tales porque nacen de Dios y son un don increado que se nos infundi&oacute; en el bautismo. Y con la ense&ntilde;anza de la caridad, la virtud teologal que tiene a Dios como fuente y principio, como modelo y como premio y que no conoce ocaso, se cerr&oacute; la p&aacute;gina terrena de Juan Pablo I; o mejor, se abri&oacute; para siempre a la eternidad y cara a cara con Dios, a quien tanto am&oacute; y nos ense&ntilde;&oacute; a amar.<\/p>\n<p align=\"left\">Querid&iacute;simos hermanos y hermanas de Canale d&#8217;Agordo:<\/p>\n<p align=\"left\">Las ense&ntilde;anzas del Papa Luciani, vuestro paisano, se encuentran especialmente en estas realidades que os he recordado: amor a la Iglesia, amor a Cristo, amor a Dios. Son las grandes verdades del cristianismo, que &eacute;l aprendi&oacute; aqu&iacute;, en medio de vosotros, ya siendo s&oacute;lo ni&ntilde;o, luego, de adolescente acostumbrado a la pobreza y a la austeridad y, m&aacute;s tarde, de joven abierto a la llamada de Dios. Conformaron hasta tal punto su vida de sacerdote y de obispo, que las recordaba al mundo entero con la incomparable incisividad de su personal&iacute;simo ministerio.<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;Sed fieles a una herencia tan sencilla, pero tan grande! Me dirijo a las familias, que forman el elemento sustancial de estas tierras bendecidas por Dios: sed fieles a las tradiciones cristianas, continuad transmiti&eacute;ndolas a vuestros hijos, continuad respirando dentro de ellas como en un segundo elemento natural, dando testimonio de ellas en la vida, en el trabajo, en la profesi&oacute;n. &iexcl;Distingu&iacute;os siempre por el amor a la Iglesia, a Jesucristo, a Dios!<\/p>\n<p align=\"left\">Y lo repito a los j&oacute;venes, esperanza del ma&ntilde;ana y a quienes llevo tan dentro de mi coraz&oacute;n; espero ardientemente que, entre vosotros, contin&uacute;en floreciendo las vocaciones sacerdotales y religiosas, seg&uacute;n los ejemplos recibidos; lo repito a los emigrantes, que buscan fuera de la patria, pero con el coraz&oacute;n puesto en sus queridos montes nativos, un porvenir m&aacute;s seguro para s&iacute; y para sus propias familias; lo digo a los trabajadores y a todos los car&iacute;simos hermanos y hermanas que me escuchan. S&oacute;lo as&iacute;, en la adhesi&oacute;n fiel a Dios que nos ama y que nos ha hablado por medio de su Hijo y nos gu&iacute;a y sostiene por medio de la Iglesia, podremos encontrar aquella nobleza, aquella rectitud, aquella grandeza que ninguna otra cosa en el mundo puede darnos. De ah&iacute; nace la verdadera prerrogativa de la gente italiana, cuyo car&aacute;cter y virtudes vosotros encarn&aacute;is tan bien, y s&oacute;lo as&iacute; puede garantizarse la continuidad de aquel patrimonio espiritual, que ha dado a la patria y a la Iglesia figuras tan nobles y grandes, cual ha sido para todo el mundo un hombre y un Papa como Juan Pablo I.<\/p>\n<p align=\"left\">He sentido el deber de venir aqu&iacute;, precisamente para recordaros a vosotros. habitantes de Canale d&#8217;Agordo y belluneses todos, as&iacute; como al entero pueblo italiano, la belleza y la grandeza de vuestra vocaci&oacute;n cristiana. Lo he hecho como continuador de la misi&oacute;n de mi Predecesor, la cual se iniciaba hace un a&ntilde;o como una aurora llena de esperanza. Como he escrito en mi primera Enc&iacute;clica <i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0038\/__P3.HTM\">Redemptor hominis<\/a><\/i>, &laquo;ya el d&iacute;a 26 de agosto de 1978, cuando &eacute;l declar&oacute; al Sacro Colegio que quer&iacute;a llamarse Juan Pablo \u2014un binomio de este g&eacute;nero no ten&iacute;a precedentes en la historia del Papado\u2014 divis&eacute; en ello un auspicio elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado dur&oacute; apenas 33 d&iacute;as, me toca a m&iacute; no s&oacute;lo continuarlo, sino tambi&eacute;n, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida&raquo; (n. 2, <i>AAS<\/i>, 71, 1979, p&aacute;g. 259; <i>L&#8217;Osservatore Romano<\/i>, Edici&oacute;n en Lengua Espa&ntilde;ola, 18 de marzo, 1979, p&aacute;g. 3).<\/p>\n<p align=\"left\">Mi presencia aqu&iacute;, hoy, no expresa solamente mi sincero amor hacia vosotros, sino que es tambi&eacute;n el signo p&uacute;blico y solemne de este deber m&iacute;o y quiere testimoniar ante el mundo que la misi&oacute;n y el apostolado de mi Predecesor contin&uacute;an brillando como luz clar&iacute;sima en la Iglesia, con una presencia que la muerte no pudo truncar. M&aacute;s a&uacute;n, le dio un impulso y una continuidad que nunca conocer&aacute;n el ocaso.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">&copy; Copyright 1979 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A V&Eacute;NETO SANTA MISA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Canale d&#8217;Agordo Domingo 26 de agosto de 1979 &nbsp; Car&iacute;simos hermanos y hermanas de Canale d&#8217;Agordo: Me siento especialmente feliz al encontrarme hoy entre vosotros, en el aniversario de la elevaci&oacute;n al Supremo Pontificado de vuestro conciudadano, el amad&iacute;simo e inolvidable Papa &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/26-de-agosto-de-1979-visita-a-canale-dagordo-pueblo-natal-de-juan-pablo-i\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab26 de agosto de 1979, Visita a Canale d&#8217;Agordo, pueblo natal de Juan Pablo I\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39477","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39477","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39477"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39477\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39477"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39477"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39477"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}