{"id":39569,"date":"2016-10-05T22:55:08","date_gmt":"2016-10-06T03:55:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/23-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-cristo-rey\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:08","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:08","slug":"23-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-cristo-rey","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/23-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-cristo-rey\/","title":{"rendered":"23 de noviembre de 1980, Solemnidad de Cristo Rey"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">MISA PARA LOS LAICOS DE LA DI&Oacute;CESIS DE ROMA <br \/> QUE TRABAJAN EN EL APOSTOLADO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Solemnidad de Cristo Rey<br \/> Domingo 23 de noviembre de 1980 <\/font><\/i><\/p>\n<p><b><\/b><\/p>\n<p>1.<i>&nbsp;Regnavit a ligno Deus!<\/i><\/p>\n<p>El texto evang&eacute;lico de San Lucas, que se acaba de proclamar, nos lleva con el pensamiento a la escena altamente dram&aacute;tica que se desarrolla en el &quot;lugar llamado Calvario&quot; (<i>Lc<\/i> 23, 33) y nos presenta, en torno a Jes&uacute;s crucificado, tres grupos de personas que discuten diversamente sobre su &quot;figura&quot; y sobre su &quot;fin&quot;.<i> &iquest;Qui&eacute;n es en realidad el que est&aacute; all&iacute; crucificado?<\/i> Mientras la gente com&uacute;n y an&oacute;nima permanece m&aacute;s bien incierta y se limita a mirar, los pr&iacute;ncipes, en cambio se burlaban, diciendo: A otros salv&oacute;, s&aacute;lvese a s&iacute; mismo, si es el Mes&iacute;as de Dios, el Elegido&quot;. Como se ve, su arma es la iron&iacute;a negativa y demoledora. Pero tambi&eacute;n los soldados \u2014el segundo grupo lo escarnec&iacute;an y, como en tono de provocaci&oacute;n y desaf&iacute;o, le dec&iacute;an: &quot;Si eres el rey de los jud&iacute;os, s&aacute;lvate a ti mismo&quot;, partiendo, quiz&aacute;, de las palabras mismas de la inscripci&oacute;n, que ve&iacute;an puesta sobre su cabeza. Estaban, adem&aacute;s, los dos malhechores, en contraste entre s&iacute;, al juzgar al compa&ntilde;ero de pena: mientras uno, blasfemaba de &eacute;l, recogiendo y repitiendo las expresiones despectivas de los soldados y de los jefes, el otro declaraba abiertamente que Jes&uacute;s &quot;nada malo hab&iacute;a hecho&quot; y, dirigi&eacute;ndose a El, le imploraba as&iacute;: &quot;Se&ntilde;or, acu&eacute;rdate de m&iacute;, cuando est&eacute;s en tu reino&quot;.<\/p>\n<p>He aqu&iacute; como, en el momento culminante de la crucifixi&oacute;n, precisamente cuando la vida del Profeta de Nazaret est&aacute; para ser suprimida, podemos recoger, incluso en lo vivo de las discusiones y contradicciones, estas alusiones arcanas al<i> rey<\/i> y al<i> reino.<\/i><\/p>\n<p>2.&nbsp;Esta escena os es bien conocida, hermanos e hijos querid&iacute;simos, y no necesita otros comentarios. Pero es muy oportuno y significativo y, dir&iacute;a, es muy justo y necesario que esta fiesta de Cristo-Rey se enmarque precisamente en el Calvario. Podemos decir, sin duda, que la realeza de Cristo, como la celebramos y meditamos tambi&eacute;n hoy, debe referirse siempre al acontecimiento que se desarrolla en ese monte, y debe ser comprendida en el misterio salv&iacute;f&iacute;co, que all&iacute; realiza Cristo: me refiero al acontecimiento y al misterio de la redenci&oacute;n del hombre. Cristo Jes&uacute;s \u2014debemos ponerlo de relieve\u2014 se afirma rey precisamente en el momento en que, entre los dolores y los escarnios de la cruz, entre las incomprensiones y las blasfemias de los circunstantes, agoniza y muere. En verdad, es una realeza singular la suya, tal que s&oacute;lo pueden reconocerla los ojos de la fe:<i> Regnavit a ligno Deus!<\/i><\/p>\n<p>3.&nbsp;La realeza de Cristo, que brota de la muerte en el Calvario y culmina con &eacute;l acontecimiento de la resurrecci&oacute;n, inseparable de ella, nos llama a <i>esa centralidad,<\/i> que le compete en virtud de lo que es y de lo que ha hecho. Verbo de Dios e Hijo de Dios, ante todo y sobre todo, &quot;por quien todo fue hecho&quot;, como repetiremos dentro de poco en el Credo, tiene un intr&iacute;nseco, esencial e inalienable primado<i> en el orden de la creaci&oacute;n,<\/i> respecto a la cual es la causa suprema y ejemplar. Y despu&eacute;s que &quot;el Verbo se hizo carne y habit&oacute; entre nosotros&quot;<i> <\/i> (<i>Jn<\/i> 1, 14), tambi&eacute;n como hombre e Hijo del hombre, consigue un segundo t&iacute;tulo<i> en el orden de la redenci&oacute;n,<\/i> mediante la obediencia al designio del Padre, mediante el sufrimiento de la muerte y el consiguiente triunfo de la resurrecci&oacute;n.<\/p>\n<p>Al converger en El este doble primado, tenemos, pues, no s&oacute;lo el derecho y el deber, sino tambi&eacute;n la satisfacci&oacute;n y el honor de confesar su excelso<i> se&ntilde;or&iacute;o<\/i> sobre las cosas y sobre los hombres que, con t&eacute;rmino ciertamente ni impropio ni metaf&oacute;rico, puede ser llamado<i> realeza.<\/i> &quot;Se humill&oacute;, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exalt&oacute; y le otorg&oacute; un<i> nombre sobre todo nombre,<\/i> para que al<i> nombre<\/i> de Jes&uacute;s doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Se&ntilde;or&quot; (<i>Flp<\/i> 2, 8-11). Este es el nombre del que nos habla el Ap&oacute;stol: es el nombre de Se&ntilde;or y vale para designar la incomparable dignidad, que compete<i> a El solo<\/i> y le sit&uacute;a <i>a El solo<\/i> \u2014como escrib&iacute; al comienzo de <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/edocs\/ESL0038\/_INDEX.HTM\">mi primera Enc&iacute;clica<\/a>\u2014 en el centro, m&aacute;s a&uacute;n, en el v&eacute;rtice del cosmos y de la historia.<i> Ave Dominus noster! Ave rex noster!<\/i><\/p>\n<p>4.&nbsp;Pero queriendo considerar, adem&aacute;s de los t&iacute;tulos y de las razones, tambi&eacute;n la naturaleza y el &aacute;mbito de la realeza de Cristo nuestro Se&ntilde;or, no podemos prescindir de remontarnos a<i> esa potestad<\/i> que El mismo, cuando iba a dejar esta tierra, defini&oacute; total y universal, poni&eacute;ndola en la base de la misi&oacute;n confiada a los Ap&oacute;stoles: &quot;Me ha sido dado <i>todo poder<\/i> en el cielo y en la tierra; id,<i> <\/i>pues; ense&ntilde;ad a todas las gentes, bautiz&aacute;ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp&iacute;ritu Santo, ense&ntilde;&aacute;ndoles a observar todo cuanto yo os he mandado&quot; (<i>Mt<\/i> 28, 18-20). En estas palabras no hay s&oacute;lo \u2014como es evidente\u2014 la reivindicaci&oacute;n expl&iacute;cita de una autoridad soberana, sino que se indica adem&aacute;s, en el acto mismo en que es participada por los Ap&oacute;stoles, una ramificaci&oacute;n suya en distintas, aun cuando coordinadas, funciones espirituales. Efectivamente, si Cristo resucitado dice a los suyos que vayan y recuerda lo que ya ha mandado, si les da la misi&oacute;n tanto de ense&ntilde;ar como de bautizar, esto se explica porque El mismo, precisamente en virtud de la potestad suma que le pertenece, posee en plenitud estos derechos y est&aacute; habilitado para ejercitar estas funciones, como<i> Rey, Maestro<\/i>&nbsp;y <i>Sacerdote.<\/i>&nbsp;<\/p>\n<p>Ciertamente no se trata de preguntarnos cu&aacute;l sea el primero de estos tres t&iacute;tulos, porque, en el contexto general de la misi&oacute;n salv&iacute;fica que Cristo ha recibido del Padre, corresponden a cada uno de ellos funciones igualmente necesarias e importantes. Sin embargo, incluso para mantenernos en sinton&iacute;a con el contenido de la liturgia de hoy, es oportuno insistir en la funci&oacute;n real y concentrar nuestra mirada, iluminada por la fe, en la figura de Cristo como Rey y Se&ntilde;or.<\/p>\n<p>A este respecto aparece obvia la exclusi&oacute;n de cualquier referencia de naturaleza pol&iacute;tica o temporal. A la pregunta formal que le hizo Pilato: &quot;&iquest;Eres T&uacute; el rey de los jud&iacute;os?&quot;<i> <\/i> (<i>Jn<\/i> 18, 33), Jes&uacute;s responde expl&iacute;citamente que su reino no es de este mundo y, ante la insistencia del procurador romano, afirma: &quot;T&uacute; dices que soy rey&quot;, a&ntilde;adiendo inmediatamente despu&eacute;s: &quot;Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad&quot;<i> <\/i>(<i>Jn <\/i>18, 37). De este modo declara cu&aacute;l es la dimensi&oacute;n exacta de su realeza y la esfera en que se ejercita: es la dimensi&oacute;n espiritual que comprende, en primer lugar, la verdad que hay que anunciar y servir. Su reino, aun cuando comienza aqu&iacute; abajo en la tierra, nada tiene, sin embargo, de terreno y trasciende toda limitaci&oacute;n humana, puesto que tiende hacia la consumaci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; del tiempo, en la infinitud de la eternidad.<\/p>\n<p>5. A este Reino nos ha llamado Cristo Se&ntilde;or, otorg&aacute;ndonos una vocaci&oacute;n que es participaci&oacute;n en esos poderes suyos que ya he recordado. Todos nosotros estamos al servicio del Reino y, al mismo tiempo, en virtud de la consagraci&oacute;n bautismal, hemos sido investidos de una dignidad y de un oficio real, sacerdotal y prof&eacute;tico, a fin de poder colaborar eficazmente en su crecimiento y en su difusi&oacute;n. Esta tem&aacute;tica, en la que ha insistido tan providencialmente el Concilio Vaticano II en la Constituci&oacute;n sobre la Iglesia y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos (cf.<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>,<\/i> 31-36;<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651118_apostolicam-actuositatem_sp.html\">Apostolicam actuositatem<\/a>, <\/i>2-3) os resulta ciertamente familiar, querid&iacute;simos hermanos e hijos de la di&oacute;cesis de Roma que me est&aacute;is escuchando. Pero hoy, precisamente con ocasi&oacute;n de la fiesta de Cristo-Rey, deseo evocarla y recomendarla vivamente a vuestra atenci&oacute;n y sensibilidad.<\/p>\n<p>Efectivamente, hab&eacute;is venido a esta Sagrada asamblea, como representantes y principales responsables del laicado romano, que est&aacute; m&aacute;s directamente comprometido en la acci&oacute;n apost&oacute;lica. &iquest;Qui&eacute;n m&aacute;s y mejor que vosotros, incluso por el deber de la ejemplaridad que incumbe a los cristianos de la Urbe, en una ocasi&oacute;n tan significativa, est&aacute; llamado a reflexionar acerca del modo de<i> concebir y desarrollar este trabajo<\/i>? Realmente se trata de un<i> servicio al Reino, <\/i>y precisamente &eacute;ste es el motivo por el que os he convocado hoy en la Bas&iacute;lica Vaticana, para estimular vuestros esp&iacute;ritus a prestar un siempre vigilante, concreto y generoso servicio al Reino de Cristo.<\/p>\n<p>S&eacute; que, con miras al nuevo a&ntilde;o pastoral, est&aacute;is estudiando el tema &quot;Comunidad y Comuni&oacute;n&quot;, y hab&eacute;is puesto en la base de vuestras reflexiones las conocidas palabras dirigidas por el Ap&oacute;stol Juan a los primeros bautizados, que pueden ser consideradas como el programa din&aacute;mico de toda comunidad cristiana: &quot;Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de la Vida., os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viv&aacute;is tambi&eacute;n en comuni&oacute;n con nosotros&quot; (<i>1 Jn<\/i> 1, 1. 3).<\/p>\n<p>He aqu&iacute; enunciado, querid&iacute;simos, vuestro esquema de vida y de trabajo: vosotros, creyentes y cristianos, laicos y sacerdotes comprometidos, recogiendo el testimonio de los Ap&oacute;stoles, hab&eacute;is visto ya a Cristo Redentor y Rey, os hab&eacute;is encontrado con El en la realidad de su presencia humana y divina, hist&oacute;rica y trascendente, hab&eacute;is entrado en comuni&oacute;n con El, con su gracia, con la verdad y con la salvaci&oacute;n que El ha tra&iacute;do, y ahora, bas&aacute;ndoos en esta fuerte experiencia, intent&aacute;is anunciarlo a la ciudad de Roma, a las personas, a las familias, a las comunidades que viven en ella. Es una gran tarea, un alto honor, un don inefable: servir a Cristo-Rey y comprometer el tiempo, la fatiga, la inteligencia y el fervor para hacerlo conocer, amar, seguir, con la certeza de que s&oacute;lo en Cristo \u2014camino, verdad y vida<i> (Jn <\/i>14, 6)\u2014 la sociedad y cada uno podr&aacute;n encontrar el verdadero significado de la existencia, el c&oacute;digo de los valores aut&eacute;nticos, la justa l&iacute;nea moral, la fuerza necesaria en las adversidades, la luz y la esperanza acerca de las realidades metahist&oacute;ricas. Si es grande vuestra dignidad y magn&iacute;fica vuestra misi&oacute;n, estad siempre dispuestos y alegres para servir a Cristo-Rey en todo lugar, en todo momento, en todo ambiente.<\/p>\n<p>Conozco bien las graves dificultades que se encuentran en la sociedad moderna y, de modo particular, en las ciudades populosas y febriles, como es la Roma de hoy. No obstante ciertas situaciones complicadas y a veces hostiles, os exhorto a no desanimaros jam&aacute;s. &iexcl;Animo! Trabajad con celo en el &aacute;mbito de toda la di&oacute;cesis y de cada una de las parroquias y comunidades, llevando por todas partes el entusiasmo de vuestra fe y de vuestro amor para un servicio puntual y fiel a Cristo Se&ntilde;or. As&iacute; sea.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA PARA LOS LAICOS DE LA DI&Oacute;CESIS DE ROMA QUE TRABAJAN EN EL APOSTOLADO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Solemnidad de Cristo Rey Domingo 23 de noviembre de 1980 1.&nbsp;Regnavit a ligno Deus! 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