{"id":39583,"date":"2016-10-05T22:55:21","date_gmt":"2016-10-06T03:55:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-noviembre-de-1980-colonia\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:21","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:21","slug":"15-de-noviembre-de-1980-colonia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-noviembre-de-1980-colonia\/","title":{"rendered":"15 de noviembre de 1980, Colonia"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1980\/trav_germania.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A LA REP&Uacute;BLICA FEDERAL DE ALEMANIA<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font color=\"#663300\"><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II <br \/> DURANTE LA MISA CELEBRADA EN EL ESTADIO <br \/> &laquo;BUTZWEILER HOF&raquo; DE COLONIA<\/font><\/p>\n<p> <\/font><\/b><font color=\"#663300\">S&aacute;bado 15 de noviembre de 1980<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>1.&nbsp;&quot;El reino de Dios es semejante a una red&#8230;&quot; (<i>Mt<\/i> 13, 47). Permitidme, ilustre Pastor de la venerable Iglesia de Colonia, ilustres hermanos, cardenales y obispos, permitidme vosotros, queridos hermanos y hermanas, que en esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica intente explicar<i> el significado de nuestro extraordinario encuentro en este d&iacute;a con ayuda de esta par&aacute;bola, <\/i>con la ayuda de las palabras de Cristo, que siempre aclaraba y explicaba el Reino de Dios por medio de par&aacute;bolas, anunciando as&iacute; El la presencia de este Reino en medio del mundo.<\/p>\n<p><i>Tambi&eacute;n nosotros debemos encontrarnos en esta dimensi&oacute;n.<\/i>&nbsp;Este es en cierto sentido el objetivo esencial de la visita que en estos d&iacute;as el Sucesor del Ap&oacute;stol Pedro en la sede episcopal de Roma realiza a vuestra Iglesia en Alemania, a vosotros aqu&iacute; en Colonia, que represent&aacute;is la Iglesia de Dios, desde que hace muchos siglos se form&oacute; sobre la &quot;Colonia Agrippina&quot; romana. El m&aacute;s noble s&iacute;mbolo de esta Iglesia ha sido siempre su magn&iacute;fica catedral, de cuya significaci&oacute;n espiritual tambi&eacute;n vosotros os hac&eacute;is conscientes ahora en el jubileo de este a&ntilde;o: anuncia magn&iacute;ficamente el Reino de Dios entre nosotros.<\/p>\n<p>Nosotros, que ahora formamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra, en este trozo de la tierra alemana, deber&iacute;amos<i> encontrarnos en la dimensi&oacute;n de la verdad del Reino de Dios:<\/i> Cristo ha venido para revelar este Reino y para introducirlo en la tierra, en cada lugar de la tierra, en los hombres y entre los hombres.<\/p>\n<p>Este Reino de Dios se encuentra en medio de nosotros (cf.<i> Lc<\/i> 17, 21), del mismo modo como lo ha estado en todas las generaciones de vuestros padres y antepasados. Como ellos, tambi&eacute;n nosotros rezamos cada d&iacute;a en el Padrenuestro: &quot;Venga tu reino&quot;. Estas palabras testimonian que el Reino de Dios est&aacute; siempre delante de nosotros, que nosotros caminamos a su encuentro y que, por ello, vamos madurando en medio de ese camino intrincado, e incluso a veces errado, de nuestra existencia mundana. Nosotros testimoniamos con esas palabras que el Reino de Dios se va realizando y se nos va acercando constantemente, aun cuando con tanta frecuencia lo perdamos de vista y ya no percibamos la figura concreta que de &eacute;l nos presenta el Evangelio. A menudo parece como si la &uacute;nica y exclusiva dimensi&oacute;n de nuestra existencia fuera &quot;este mundo&quot;, &quot;el reino de este mundo&quot; con su figura visible, con su sofocante progreso en ciencia y t&eacute;cnica, en cultura y econom&iacute;a&#8230;, sofocante y no pocas veces exasperante. Sin embargo, cuando cada d&iacute;a o al menos de vez en cuando nos hincamos de rodillas para rezar, siempre repetimos, en medio de esa atm&oacute;sfera en que vivimos, las mismas palabras: &quot;Venga a nosotros tu reino&quot;.<\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas: Estas horas en las que aqu&iacute; se desarrolla nuestro encuentro, este tiempo que yo puedo pasar entre vosotros, gracias a vuestra invitaci&oacute;n y hospitalidad, es<i> el tiempo del Reino de Dios:<\/i> del reino que ya &quot;est&aacute; aqu&iacute;&quot; y a la vez de ese reino que todav&iacute;a &quot;viene&quot;. Por ello, todo lo esencial de esta visita tenemos que explicarlo con la ayuda de esa par&aacute;bola que en el Evangelio de hoy hemos escuchado: &quot;El reino de Dios es semejante&#8230;&quot;.<\/p>\n<p>2.&nbsp;&iquest;A qui&eacute;n se asemeja?<\/p>\n<p>Seg&uacute;n las palabras de Jes&uacute;s, tal c&oacute;mo nos las han transmitido los cuatro Evangelistas, este Reino de Dios viene esclarecido a trav&eacute;s de m&uacute;ltiples par&aacute;bolas y comparaciones. La comparaci&oacute;n de hoy es una de ellas. Nos parece unida de un modo singularmente estrecho a aquel trabajo que desempe&ntilde;aban los Ap&oacute;stoles de Cristo, entre ellos Pedro, y muchos de sus oyentes a la orilla del mar de Genesaret. Cristo dice: el reino de los cielos es semejante &quot;a una red barredera, que se echa en el mar y recoge peces de toda suerte&quot; (<i>Mt<\/i> 13, 47). Estas sencillas palabras transforman por completo la imagen del mundo,<i> <\/i> la imagen de nuestro mundo de hombres, tal como nosotros lo forjamos con nuestra experiencia y nuestra ciencia. Pero experiencia y ciencia no pueden traspasar en modo alguno esas fronteras inherentes al &quot;mundo&quot; y a la existencia humana, esas fronteras necesariamente unidas al &quot;mar del tiempo&quot;, las fronteras de un mundo en el que el hombre nace y muere, de acuerdo con las palabras del G&eacute;nesis: &quot;polvo eres, y al polvo volver&aacute;s&quot; (<i>G&eacute;n<\/i> 3, 19). La comparaci&oacute;n de Cristo habla, por el contrario, del<i> traspaso del hombre a un &quot;mundo&quot; distinto, a una nueva dimensi&oacute;n de su existencia. <\/i>El Reino de los cielos es precisamente esa nueva dimensi&oacute;n que se abre sobre el &quot;mar del tiempo&quot; y es, simult&aacute;neamente, la &quot;red&quot; que act&uacute;a en ese mar para conseguir el definitivo destino del hombre y de todos los hombres en Dios.<\/p>\n<p>Nuestra par&aacute;bola de hoy nos invita a reconocer el Reino de los cielos como la<i> definitiva realizaci&oacute;n<\/i> de esa<i> justicia <\/i>a la que el hombre aspira con el incesante deseo que el Se&ntilde;or ha puesto en su coraz&oacute;n, de esa justicia que el mismo Jes&uacute;s obr&oacute; y anunci&oacute;, de esa justicia, por fin, que Cristo sell&oacute; con su propia sangre en la cruz.<\/p>\n<p>En el Reino de los cielos, el &quot;reino de la justicia, del amor y la paz&quot; (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey), el hombre<i> se encontrar&aacute;<\/i> tambi&eacute;n<i> a s&iacute; mismo realizado,<\/i> pues el hombre es el ser que, surgiendo de la profundidad de Dios, esconde en s&iacute; una profundidad tal que s&oacute;lo Dios puede colmar. El, el hombre, es con todo su ser una imagen y semejanza de Dios.<\/p>\n<p>3. Jes&uacute;s ha fundamentado su Iglesia sobre los doce Ap&oacute;stoles, de los que la mayor&iacute;a eran pescadores. La imagen de la red les era bien familiar. Jes&uacute;s quer&iacute;a hacerlos pescadores de hombres. Tambi&eacute;n la Iglesia es una red, una red ensamblada por el Esp&iacute;ritu, entretejida por la misi&oacute;n apost&oacute;lica, operante por la unidad en la fe, vida y amor.<\/p>\n<p>Pienso en estos momentos en la espaciosa red de toda la Iglesia universal. Ante mis ojos est&aacute; al mismo tiempo cada una de las Iglesias de vuestro pa&iacute;s, especialmente la gran Iglesia en Colonia y los obispados circundantes. Ante mis ojos tengo, finalmente,<i> la m&aacute;s peque&ntilde;a de las Iglesias,<\/i> la &quot;Ecclesiola&quot;, la iglesia dom&eacute;stica, a la que el reciente S&iacute;nodo de los Obispos en Roma ha prestado tan profunda atenci&oacute;n en el tema sobr&eacute; la &quot; Misi&oacute;n de la familia cristiana&quot;.<\/p>\n<p><i>La familia:<\/i>&nbsp;Iglesia dom&eacute;stica, comunidad &uacute;nica e irreemplazable de personas, sobre la que San Pablo nos hablaba en la segunda lectura de hoy. El tiene presente, naturalmente, el aspecto de la familia cristiana de su tiempo; lo que &eacute;l dice tenemos, pues, que aplicarlo nosotros a los intereses de las familias en nuestro tiempo: lo que dice a los maridos, lo que dice a las mujeres, a los hijos, a los padres y, finalmente, lo que &eacute;l nos dice a todos: &quot;Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revest&iacute;os de entra&ntilde;as de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y longanimidad, soport&aacute;ndoos y perdon&aacute;ndoos mutuamente&#8230; Pero por encima de todo esto, vest&iacute;os de la caridad, que es v&iacute;nculo de perfecci&oacute;n. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella hab&eacute;is sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos&quot; (<i>Col<\/i> 3, 12-15); <i>&iexcl;Qu&eacute; gran lecci&oacute;n para la espiritualidad matrimonial y familiar!<\/i><\/p>\n<p>Nosotros, sin embargo, no debemos cerrar los ojos al otro aspecto; los padres sinodales se han ocupado de &eacute;l muy en serio: estoy pensando en las dificultades que hoy supone el alto ideal de la comprensi&oacute;n y del comportamiento cristiano de la familia. La moderna sociedad industrial ha modificado b&aacute;sicamente las condiciones de vida del matrimonio y de la familia. Matrimonio y familia eran antes no s&oacute;lo comunidad de vida, sino tambi&eacute;n comunidad de producci&oacute;n y econom&iacute;a. Viv&iacute;an desplazados de las m&uacute;ltiples funciones p&uacute;blicas. El clima de hoy, abierto al exterior, no siempre resulta acogedor para el matrimonio y la familia. En nuestra an&oacute;nima civilizaci&oacute;n de masas, ellos aparecen sin embargo como el lugar de refugio ante la b&uacute;squeda constante de seguridad y felicidad. Matrimonio y familia son hoy, pues, m&aacute;s importantes que nunca: c&eacute;lula germinal para la renovaci&oacute;n de la sociedad; fuente de energ&iacute;a por la que la vida se hace m&aacute;s humana y, tomando de nuevo la imagen, red que da firmeza y unidad, emergiendo de las corrientes del abismo.<\/p>\n<p>No permitamos que esta red se destroce. El Estado y la sociedad inician su propia ruina en el momento en que no promuevan ya activamente el matrimonio y la familia, en el momento en que no los protejan, equipar&aacute;ndolos a otras comunidades de vida no matrimoniales. Todos los hombres de buena voluntad, especialmente nosotros, los cristianos, estamos llamados a descubrir de nuevo la dignidad y el valor del matrimonio y de la familia, viviendo ante los dem&aacute;s de una manera que convenza. La Iglesia ofrece desde la luz de la fe su consejo y su servicio espiritual.<\/p>\n<p>5. El matrimonio y la familia est&aacute;n profundamente, vinculados a la dignidad personal del hombre. Nacen no s&oacute;lo del impulso instintivo y la pasi&oacute;n, no s&oacute;lo del afecto; nacen ante todo de una<i> libre decisi&oacute;n de voluntad,<\/i> de un amor personal, por el que los c&oacute;nyuges llegan a ser no s&oacute;lo una misma carne, sino tambi&eacute;n un &uacute;nico coraz&oacute;n y una sola alma. La uni&oacute;n corporal y sexual es algo grande y hermoso. Pero solamente es digna del hombre si ella es integrada en una vinculaci&oacute;n personal, reconocida por la sociedad civil y eclesi&aacute;stica. Toda uni&oacute;n carnal entre hombre y mujer tiene, por tanto, su leg&iacute;timo lugar s&oacute;lo dentro del<i> recinto de fidelidad personal,<\/i> exclusiva y definitiva,<i> en el matrimonio.<\/i> El car&aacute;cter definitivo de la fidelidad matrimonial, que muchos hoy parecen no comprender ya, es igualmente una expresi&oacute;n de la dignidad incondicional del hombre. No se puede vivir solamente de prueba; no se puede morir solamente de prueba.<\/p>\n<p>No se puede amar s&oacute;lo de prueba, aceptar a una persona s&oacute;lo de prueba y por un tiempo determinado.<\/p>\n<p>6. As&iacute;, pues, el matrimonio est&aacute; orientado hacia la permanencia, hacia el futuro. Mira siempre hacia adelante. Es el &uacute;nico lugar adecuado para la procreaci&oacute;n y educaci&oacute;n de los hijos.<i> El amor cristiano est&aacute;,<\/i> por tanto,<i> orientado esencialmente tambi&eacute;n a la fecundidad. <\/i>En esta tarea de transmitir la vida humana, los esposos son colaboradores del amor de Dios creador. Yo s&eacute; que tambi&eacute;n aqu&iacute; las dificultades son grandes en la sociedad actual. Cargas sobre todo para la mujer, viviendas reducidas, problemas econ&oacute;micos e higi&eacute;nicos, inconvenientes que se crean, a veces ex profeso, a las familias numerosas, todo esto constituye un obst&aacute;culo para un mayor n&uacute;mero de hijos. Yo apelo a todos los que tienen responsabilidad y poder en la sociedad: haced cuanto sea posible para crear recursos. Pero apelo sobre todo a vuestra propia conciencia y a vuestra responsabilidad personal, queridos hermanos y hermanas. En vuestra conciencia ten&eacute;is que tomar la decisi&oacute;n ante Dios sobre el n&uacute;mero de vuestros hijos.<\/p>\n<p>Como esposos, est&aacute;is llamados a una paternidad responsable. Pero esto significa que vuestra planificaci&oacute;n familiar debe ser tal que respete las normas y criterios &eacute;ticos. Es lo que ha subrayado el &uacute;ltimo S&iacute;nodo de los Obispos. Con gran vehemencia quisiera recordaros hoy especialmente, dentro de este contexto, las siguientes palabras:<i> Eliminar una vida que a&uacute;n est&aacute; por nacer, no es un medio legitimo de planificaci&oacute;n familiar.<\/i> Os repito<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/homilies\/1980\/documents\/hf_jp-ii_hom_19800531_lavoratori-francia_sp.html\"> lo que dije a los trabajadores<\/a>, el 31 de mayo del presente a&ntilde;o, en el suburbio parisiense de Saint-Denis: &quot;El primer derecho del hombre es el derecho a la vida. Hemos de defender este derecho y este valor. De lo contrario, toda la l&oacute;gica de la fe en el hombre, todo el programa del progreso verdaderamente humano, se tambalear&aacute; y se vendr&aacute; abajo&quot;. Se trata, en efecto, de servir a la vida <i>(L&#8217;Osservatore Romano,<\/i> Edici&oacute;n en Lengua Espa&ntilde;ola, 8 de junio de 1980, p&aacute;g. 7).<\/p>\n<p>7. Queridos hermanos y hermanas: Sobre la base y el presupuesto indispensable de lo dicho hasta aqu&iacute; tornemos ahora al profundo misterio del matrimonio y la familia. El matrimonio es, en la perspectiva de nuestra fe, un<i> sacramento de<\/i> Jesucristo. El amor y la fidelidad matrimonial son<i> protegidos<\/i> y <i> encauzados por el amor y la fidelidad de Dios<\/i> en Jesucristo. La fuerza de su cruz y su resurrecci&oacute;n gu&iacute;a y santifica el matrimonio cristiano.<\/p>\n<p>Como ha puesto de relieve el reciente S&iacute;nodo de los Obispos en su <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/synod\/documents\/rc_synod_doc_19801025_message-synod_sp.html\">mensaje a las familias cristianas<\/a> en el mundo contempor&aacute;neo, la familia cristiana est&aacute; llamada de un modo singular a colaborar en el plan salv&iacute;fico de Dios ayudando a sus miembros &quot;a ser, a su vez, agentes de la historia de la salvaci&oacute;n y signos vivos del plan amoroso de Dios sobre el mundo&quot; (<i>L&#8217;Osservatore Romano, <\/i>Edici&oacute;n en Lengua Espa&ntilde;ola, 2 de noviembre de 1980, p&aacute;g. 10).<\/p>\n<p>El matrimonio y la familia, constituidos por el sacramento en una &quot;iglesia en peque&ntilde;o&quot; o iglesia dom&eacute;stica, tienen que ser una escuela de fe y un lugar de oraci&oacute;n com&uacute;n. Yo confiero precisamente una gran importancia a la oraci&oacute;n en la familia. Ella da fortaleza para superar los m&uacute;ltiples problemas y dificultades. En el matrimonio y la familia tienen que crecer y madurar las principales virtudes humanas y cristianas, sin las cuales no puede subsistir ni la Iglesia ni la sociedad. Aqu&iacute; se encuentra el primer espacio del apostolado laico-cristiano y del sacerdocio com&uacute;n de todos los bautizados. Tales matrimonios y familias, impregnados de esp&iacute;ritu cristiano, son tambi&eacute;n los aut&eacute;nticos seminarios, es decir, el lugar donde se siembra la llamada espiritual al estado sacerdotal y religioso.<\/p>\n<p>Queridos esposos y padres, queridas familias: En este encuentro eucar&iacute;stico de hoy, &iexcl;nada podr&iacute;a desearos yo con m&aacute;s afecto que el<i> que todos vosotros y todas y cada una de las familias form&eacute;is una &quot;iglesia dom&eacute;stica&quot; de esa &iacute;ndole,<\/i> una iglesia en peque&ntilde;o; que se realice en vosotros la par&aacute;bola del Reino de Dios; que experiment&eacute;is la presencia del Reino de Dios, siendo vosotros mismos una &quot;red&quot; viva que unifica, que lleva y que da seguridad \u2014seguridad para vosotros y para cuantos se encuentren en vuestro entorno\u2014!<\/p>\n<p>Esta es<i> mi bendici&oacute;n,<\/i> la bendici&oacute;n que yo os expreso como vuestro invitado y peregrino, como servidor de vuestra salvaci&oacute;n.<\/p>\n<p>8. Y ahora permitidme que, al final de estas b&aacute;sicas consideraciones sobre el Reino de Dios y la familia cristiana, me refiera una vez m&aacute;s a<i> San Alberto Magno.<\/i> La festividad de su VII centenario me ha conducido a vuestra ciudad, donde se encuentra la tumba de este hijo ilustre de vuestro pa&iacute;s. Nacido en Lauingen, fue un gran hombre de ciencia a lo largo de toda su vida, un hijo espiritual de Santo Domingo y, al mismo tiempo, el maestro de Santo Tom&aacute;s de Aquino. Siendo uno de los hombres m&aacute;s grandes de esp&iacute;ritu del siglo XIII, como ning&uacute;n otro supo entretejer la red, trabando unitariamente fe y raz&oacute;n, sabidur&iacute;a de Dios y sabidur&iacute;a del mundo. Hoy visitar&eacute; tambi&eacute;n su ciudad natal, al menos en esp&iacute;ritu, cuando aqu&iacute; en Colonia permanezca junto a su tumba y medite con vosotros las palabras con las que la liturgia de hoy le elogia: &quot;Si le place al Se&ntilde;or soberano, le llenar&aacute; el esp&iacute;ritu de inteligencia&#8230; Dirige su voluntad y su inteligencia a meditar los misterios de Dios. Publica las ense&ntilde;anzas de su doctrina y se gloriar&aacute; en conocer la Ley y la divina alianza. De muchos ser&aacute; alabada su inteligencia y jam&aacute;s ser&aacute; echado en olvido. No se borrar&aacute; su memoria, y su nombre vivir&aacute; de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. Los pueblos cantar&aacute;n su sabidur&iacute;a y la asamblea pregonar&aacute; sus alabanzas&quot;<i> (Sir<\/i> 39, 8-14).<\/p>\n<p><i>Nada es necesario a&ntilde;adir a estas palabras del sabio Jes&uacute;s Sirach.<\/i>&nbsp;Pero nada tampoco se debe omitir. Ellas describen perfectamente la figura de este hombre, a quien vuestra patria y vuestra ciudad alaba, de este hombre que es motivo de gozo para toda la Iglesia. Alberto Magno, doctor universal; Alberto Magno, hombre de un saber ampl&iacute;simo: un verdadero &quot;disc&iacute;pulo del Reino de Dios&quot;.<\/p>\n<p>Habiendo reflexionado hoy juntos sobre la vocaci&oacute;n de la familia cristiana<b> a <\/b>la construcci&oacute;n del Reino de Dios sobre la tierra, las palabras de la par&aacute;bola de Cristo nos deben dar tambi&eacute;n la m&aacute;s profunda significaci&oacute;n de este santo a quien hoy solemnemente recordamos. En efecto, Cristo dice: &quot;Todo escriba instruido en la doctrina del reino de los cielos es como el amo de casa, que de su tesoro saca lo nuevo y lo a&ntilde;ejo&quot;<i> (Mt<\/i> 13, 52).<\/p>\n<p>A un tal amo de casa se asemeja tambi&eacute;n San Alberto. Que su ejemplo y su intercesi&oacute;n me acompa&ntilde;en cuando en mi peregrinaje por vuestro pa&iacute;s intente, como pescador de hombres, hacer m&aacute;s tupida la red y arrojarla una y otra vez para que llegue el Reino de Dios. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>Antes, sin embargo, de proseguir esta celebraci&oacute;n lit&uacute;rgica, es para m&iacute; una obligaci&oacute;n manifestar, en el curso de nuestras reflexiones sobre la familia y el matrimonio, un sentimiento del coraz&oacute;n, en nombre de todos vosotros: mi consternaci&oacute;n por el inhumano<i> secuestro <\/i>de una ni&ntilde;a de once a&ntilde;os, Cornelia Becker, que ha tenido lugar recientemente en vuestro pa&iacute;s. Tambi&eacute;n nosotros queremos compartir el temor de sus padres por el destino de su hija. De nuevo experimentamos con dolor hasta d&oacute;nde puede llevar la aberraci&oacute;n y la falta de sentimientos de los hombres. En nombre de los sentimientos de humanidad lanzo un llamamiento a los secuestradores: &iexcl;Renunciad a vuestra cruel acci&oacute;n! &iexcl;Dejad libre inmediatamente a la inocente ni&ntilde;a Cornelia! Queremos llevar tambi&eacute;n ahora a la oraci&oacute;n a Dios este deseo, pues El tiene acceso al coraz&oacute;n de los hombres, cuando fallan nuestras palabras. Pidamos con los apesadumbrados padres por el feliz y pronto encuentro con su&nbsp;hija.<\/p>\n<p align=\"center\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A LA REP&Uacute;BLICA FEDERAL DE ALEMANIA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA MISA CELEBRADA EN EL ESTADIO &laquo;BUTZWEILER HOF&raquo; DE COLONIA S&aacute;bado 15 de noviembre de 1980 &nbsp; 1.&nbsp;&quot;El reino de Dios es semejante a una red&#8230;&quot; (Mt 13, 47). 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