{"id":39591,"date":"2016-10-05T22:55:32","date_gmt":"2016-10-06T03:55:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-todos-los-santos\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:32","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:32","slug":"1-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-todos-los-santos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-noviembre-de-1980-solemnidad-de-todos-los-santos\/","title":{"rendered":"1 de noviembre de 1980, Solemnidad de Todos los Santos"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Cementerio del Verano, Roma<br \/> S&aacute;bado 1 de noviembre de 1980<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas: <\/i><\/p>\n<p>1. Estoy contento al encontrarme hoy en medio de vosotros para celebrar juntos la solemnidad de Todos los Santos, una de las m&aacute;s grandes del a&ntilde;o lit&uacute;rgico, ciertamente una de las m&aacute;s caracter&iacute;sticas y m&aacute;s entra&ntilde;ables para el pueblo cristiano. Tambi&eacute;n me complace concelebrar esta Santa Misa con un nutrido n&uacute;mero de p&aacute;rrocos de la ciudad, que representan en la comuni&oacute;n del altar no s&oacute;lo a sus benem&eacute;ritos hermanos, sino tambi&eacute;n a todas las comunidades parroquiales de Roma, siempre presentes en mi coraz&oacute;n y en mis preocupaciones pastorales de Obispo de la Urbe.<\/p>\n<p>2. La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditaci&oacute;n com&uacute;n algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana. En el centro de la liturgia est&aacute;n sobre todo los grandes temas de la comuni&oacute;n de los santos, del destino universal de la salvaci&oacute;n, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible uni&oacute;n con el Se&ntilde;or, de la relaci&oacute;n existente entre salvaci&oacute;n y sufrimiento, y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jes&uacute;s en el Evangelio seg&uacute;n Mateo. Pero la clave de toda esta rica tem&aacute;tica es la alegr&iacute;a, como hemos rezado en la ant&iacute;fona de entrada: &quot;Alegr&eacute;monos todos en el Se&ntilde;or al celebrar este d&iacute;a de fiesta en honor de todos los Santos&quot;; y se trata de una alegr&iacute;a genuina, l&iacute;mpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias ra&iacute;ces y de la que saca la linfa de la propia&nbsp;vitalidad y de la propia identidad espiritual.<\/p>\n<p>3. La primera lectura b&iacute;blica, tomada del libro del Apocalipsis de Juan, nos &quot; transporta, en t&eacute;rminos muy ricos de imaginaci&oacute;n, en medio de la corte celestial, &quot;de pie ante el trono y ante el Cordero&quot;, en un contexto de exultaci&oacute;n desbordante y de amplios horizontes. Aqu&iacute; encontramos &quot;una muchedumbre grande, que nadie pod&iacute;a contar, de toda naci&oacute;n, pueblo y lengua&quot; (<i>Ap<\/i> 7, 9). Y &eacute;ste es ya un dato consolador, que da respiro a nuestra alma, puesto que se nos asegura que somos muchos para celebrar la fiesta. Cuando un d&iacute;a, uno pregunt&oacute; a Jes&uacute;s: &quot;Se&ntilde;or, &iquest;son pocos los que se salvan?&quot;, El no respondi&oacute; directamente; sin embargo, aun recordando la necesidad de &quot;entrar por la puerta estrecha&quot;, prosigui&oacute;: &quot;Vendr&aacute;n de Oriente y de Occidente, del Septentri&oacute;n y del Mediod&iacute;a, y se sentar&aacute;n en la mesa del reino de Dios&quot; (<i>Lc<\/i> 13, 22. 24. 29). Pues bien, hoy nosotros estamos inmersos con el esp&iacute;ritu entre esta muchedumbre innumerable de santos, de salvados, los cuales, a partir del &quot;justo Abel&quot; <i>(Mt<\/i> 23, 35), hasta el que quiz&aacute; est&aacute; muriendo en este momento en alguna parte del mundo, nos rodean, nos animan, y cantan todos juntos un poderoso himno de gloria a Aquel a quien los salmistas llaman con raz&oacute;n &quot;el Dios de mi salvaci&oacute;n&quot; (<i>Sal<\/i> 25, 5) y &quot;el Dios de mi alegr&iacute;a y de mi j&uacute;bilo&quot; (<i>Sal <\/i>43, 4).<\/p>\n<p>4.&nbsp;Efectivamente, este d&iacute;a, en el que vivimos con acentos especiales la realidad vivificante de la comuni&oacute;n de los santos, debemos tener firmemente presente que en el comienzo, en la base, en el centro de esta comuni&oacute;n est&aacute; Dios mismo, que no s&oacute;lo nos llama a la santidad, sino que tambi&eacute;n y sobre todo nos la da magn&aacute;nimamente en la sangre de Cristo, venciendo as&iacute; nuestros pecados. He aqu&iacute; por qu&eacute; los santos del Apocalipsis &quot;clamaban con grande voz diciendo: Salud a nuestro Dios&#8230; y al Cordero&quot;<i> (Ap<\/i> 7, 10), y luego &quot;cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Am&eacute;n. Bendici&oacute;n, gloria y sabidur&iacute;a, acci&oacute;n de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos&quot; (7, 11-12). Tambi&eacute;n nosotros debemos cantar siempre al Se&ntilde;or un himno de gratitud y de adoraci&oacute;n, como hizo Mar&iacute;a con su<i> Magn&iacute;ficat<\/i> para reconocer y proclamar gozosamente la magnificencia y la bondad del &quot;Padre que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz&#8230; y nos traslad&oacute; al reino del Hijo de su amor&quot; (<i>Col <\/i>1, 12.13). Por esto, la fiesta de Todos los Santos nos invita tambi&eacute;n a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos, sino a mirar al Se&ntilde;or para ser radiantes (cf. <i>Sal<\/i> 34, 6); a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios que siempre nos confunde (cf.<i> Lc<\/i> 19, 5-6); a no presumir de nuestras fuerzas, sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado cuando todav&iacute;a &eacute;ramos pecadores (cf.<i> Rom<\/i> 5, 8); y tambi&eacute;n a no cansarnos jam&aacute;s de obrar el bien, puesto que en todo caso nuestra santificaci&oacute;n es &quot;voluntad de Dios&quot; (<i>1 Tes <\/i>4, 3).<\/p>\n<p>5.&nbsp;Por su parte, el Evangelio que acaba de ser le&iacute;do nos recuerda un aspecto esencial de nuestra identidad cristiana y del constitutivo de la santidad. Las bienaventuranzas pronunciadas tan solemnemente por Jes&uacute;s, est&aacute;n, por un lado, en ant&iacute;tesis con algunos valores que, en cambio, aprecia mucho el mundo y, por otro, en la perspectiva de un destino futuro y definitivo, donde las situaciones son trastocadas. Se mantienen o caen todas juntas; no se puede tomar una sola de ellas, con menoscabo de las otras. Todos los santos han sido siempre y son actualmente, aunque en medida diversa, pobres de esp&iacute;ritu, mansos, afligidos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, limpios de coraz&oacute;n, obradores de paz, perseguidos a causa del Evangelio. Y as&iacute; debemos ser tambi&eacute;n nosotros. Adem&aacute;s, bas&aacute;ndonos en esta p&aacute;gina evang&eacute;lica, es evidente que la bienaventuranza cristiana, como sin&oacute;nimo de santidad, no est&aacute; separada de un cierto sufrimiento o al menos dificultad: no resulta f&aacute;cil ser, o querer ser, pobres, mansos, puros; no se quisiera ser perseguidos, ni siquiera por causa de la justicia. Pero el Reino de los cielos es para los anticonformistas (cf.<i> Rom<\/i> 12, 2), y tambi&eacute;n para nosotros valen las palabras de San Pedro: &quot;Bienaventurados vosotros si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el Esp&iacute;ritu de la gloria, que es el Esp&iacute;ritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno padezca por homicida, o por ladr&oacute;n, o por malhechor, o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se averg&uuml;ence, antes glorifique a Dios en este nombre&quot;<i> (1 Pe <\/i>4, 14-16). Efectivamente, nuestra perspectiva no es a corto plazo, no tiene fin. Est&aacute;n escritas para nosotros las palabras iluminadoras del Ap&oacute;stol Pablo: &quot;Por la moment&aacute;nea y ligera tribulaci&oacute;n nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas&quot; (2<i> Cor<\/i> 4, 17-18).<\/p>\n<p>6. Queridos hermanos y hermanas: El cementerio donde estamos reunidos nos invita a meditar tambi&eacute;n sobre nuestra suerte futura, mientras cada uno piensa en los propios seres queridos, que ya nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sue&ntilde;o de la paz. La segunda lectura b&iacute;blica de la Misa, tomada de la primera Carta de San Juan Ap&oacute;stol, se expresaba as&iacute;: &quot;Ahora somos hijos de Dios, aunque a&uacute;n no se ha manifestado lo que hemos de ser&quot; (3, 2). Hay, pues, una diferencia entre lo que somos ya y lo que seremos despu&eacute;s, es decir, en cierto sentido, entre lo que somos nosotros y lo que ya son nuestros difuntos. Entre estos dos polos se coloca nuestra espera y nuestra esperanza, que va m&aacute;s all&aacute; de la muerte, porque la considera solamente como un paso para encontrar definitivamente al Se&ntilde;or y para ser &quot;semejantes a El, porque le veremos tal cual es&quot;<i> (ib.).<\/i> Hoy tambi&eacute;n estamos invitados a vivir una comuni&oacute;n particular con nuestros difuntos, en la vigilia de la conmemoraci&oacute;n lit&uacute;rgica dedicada a ellos con la fiesta de ma&ntilde;ana. As&iacute;, en la fe y en la oraci&oacute;n restablecemos los v&iacute;nculos familiares con ellos, que nos miran, nos siguen y nos asisten. Ellos, en espera de la resurrecci&oacute;n, ven ya al Se&ntilde;or &quot;tal como es&quot;, y por esto nos animan a proseguir el camino, m&aacute;s a&uacute;n, la peregrinaci&oacute;n que todav&iacute;a nos queda en esta tierra. Efectivamente, &quot;no tenemos aqu&iacute; ciudad permanente, antes buscamos la futura&quot; (<i>Act<\/i> 13, 14). Lo importante es que no nos cansemos, y sobre todo que no perdamos de vista la meta final. El pensamiento dirigido a nuestros difuntos nos ayuda para esto, porque ellos ya est&aacute;n all&iacute; donde tambi&eacute;n estaremos nosotros. M&aacute;s a&uacute;n, hay un terreno com&uacute;n entre nosotros y dios que nos los hace cercanos, y es la misma inserci&oacute;n en el misterio trinitario del Padre, del Hijo y del Esp&iacute;ritu Santo, que se basa en el mismo bautismo: aqu&iacute; nos damos la mano, porque en este &aacute;mbito no existe la muerte, sino s&oacute;lo una corriente &uacute;nica de vida que no acaba.<\/p>\n<p>De esta fe se deriva nuestra alegr&iacute;a y nuestra fuerza. Que el Se&ntilde;or nos la conserve siempre intacta y fecunda. Y con su gracia nos proteja y nos sostenga siempre. &iexcl;As&iacute; sea!<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Cementerio del Verano, Roma S&aacute;bado 1 de noviembre de 1980 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: 1. 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