{"id":39594,"date":"2016-10-05T22:55:37","date_gmt":"2016-10-06T03:55:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-octubre-de-1980-santa-misa-para-las-universidades-eclesiasticas-de-roma\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:37","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:37","slug":"21-de-octubre-de-1980-santa-misa-para-las-universidades-eclesiasticas-de-roma","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-de-octubre-de-1980-santa-misa-para-las-universidades-eclesiasticas-de-roma\/","title":{"rendered":"21 de octubre de 1980, Santa Misa para las Universidades eclesi\u00e1sticas de Roma"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">SANTA MISA PARA LOS PONTIFICIOS ATENEOS ROMANOS<\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"4\"><i><b>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/b><\/i><\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"> <i><font color=\"#663300\">Altar de la Confesi&oacute;n, Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Martes 21 de octubre de 1980<\/font><\/i> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>&iexcl;Se&ntilde;ores cardenales, <br \/> distinguidos profesores, <br \/> car&iacute;simos alumnos!<\/i><\/p>\n<p>1.&nbsp;Este encuentro me llena de alegr&iacute;a. Vosotros ocup&aacute;is un lugar especial en mi coraz&oacute;n y en el coraz&oacute;n de la Iglesia. Al miraros, afloran en mis labios las palabras del Ap&oacute;stol: &quot;A todos los amados de Dios, llamados santos, que est&aacute;is en Roma, la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Se&ntilde;or Jesucristo&quot; (<i>Rom<\/i> 1, 7).<\/p>\n<p>Mi saludo se dirige ante todo al se&ntilde;or cardenal Baum, a quien va mi reconocimiento por las amables palabras con las que ha querido presentar a esta asamblea, interpretando de manera penetrante vuestros sentimientos de sincera adhesi&oacute;n a la C&aacute;tedra de Pedro. Saludo cordialmente a los profesores, que honran con su presencia este encuentro de reflexi&oacute;n y oraci&oacute;n. Y saludo a todos vosotros, querid&iacute;simos alumnos, que hab&eacute;is querido congregaros conmigo en torno al altar de Cristo, al comienzo del curso acad&eacute;mico.<\/p>\n<p>Yo mismo he deseado vivamente este momento, al que atribuyo una importancia particular. En efecto, considero muy significativo, al comienzo de un nuevo curso de estudio, el encuentro de las comunidades distribuidas en las diversas universidades eclesi&aacute;sticas de Roma con su Obispo para una solemne celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, en la que se parte ese pan divino que puede hacer de muchos un solo cuerpo (cf. <i>1 Cor<\/i> 10, 17). La Palabra de Dios, que hace poco hemos o&iacute;do proclamar, nos ayuda a penetrar en profundidad en el significado de este acontecimiento, consinti&eacute;ndonos medir su trascendente importancia.<\/p>\n<p>2.&nbsp;&quot;Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo&quot; (<i>Mt<\/i> 5, 13-14), ha repetido Jes&uacute;s en el Evangelio. &iquest;Qu&eacute; quiere decir sal? &iquest;Qu&eacute; quiere decir luz? Est&aacute; claro que, con la ayuda de estas met&aacute;foras, Jes&uacute;s ha querido definir qui&eacute;nes son sus disc&iacute;pulos e indicar qu&eacute; dotes deben poseer. El binomio &quot;sal-luz&quot; constituye la s&iacute;ntesis expresiva de la misi&oacute;n encomendada por El a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.<\/p>\n<p>Si esta consigna interesa a cada disc&iacute;pulo de Cristo, se refiere de manera particular a quien tiene la tarea de ser animador de la comunidad cristiana, porque est&aacute; llamado a servir de gu&iacute;a a sus hermanos en el descubrimiento progresivo de los tesoros de la verdad, ofrecidos al hombre por la Revelaci&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo no situar entre estos animadores a cuantos pertenecen a los centros eclesi&aacute;sticos universitarios, de los que la Iglesia espera, seg&uacute;n las palabras del Concilio Vaticano II, que profundicen en &quot;los distintos campos de las disciplinas sagradas, de forma que se logre una inteligencia cada d&iacute;a m&aacute;s profunda de la sagrada Revelaci&oacute;n, se abra acceso m&aacute;s amplio al patrimonio de la sabidur&iacute;a cristiana, legado por nuestros mayores, se promueva el di&aacute;logo con los hermanos separados y con los no cristianos, y se responda a los problemas suscitados por el progreso de las ciencias&quot; <i>(<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651028_gravissimum-educationis_sp.html\">Gravissimum educationis<\/a>, <\/i> 11)?<\/p>\n<p>Reflexionemos, pues, sobre lo que dejan entrever las sugestivas im&aacute;genes a las que recurre Jes&uacute;s. Pregunt&eacute;monos qu&eacute; es lo que ellas implican para vuestra espec&iacute;fica situaci&oacute;n. &iquest;No est&aacute; simbolizada en ellas de alguna manera la &iacute;ntima naturaleza de la comunidad acad&eacute;mica, en la cual los profesores deben &quot;resplandecer&quot; ante los disc&iacute;pulos por la competencia de su doctrina y &quot;condimentar&quot; al mismo tiempo su formaci&oacute;n con la &quot;sal&quot; del saber y de la sabidur&iacute;a? Pens&aacute;ndolo bien, aqu&iacute; est&aacute; indicado el principio en base al cual se debe construir esa particular unidad espiritual que toma su origen en el amor hacia la &quot;luz&quot; \u2014es decir la verdad\u2014, y deriva adem&aacute;s de la potencia, la solidez, la perfecci&oacute;n del testimonio vivido que, como &quot;sal&quot;, hace cre&iacute;ble la ense&ntilde;anza impartida. La vida de toda la comunidad universitaria encuentra aqu&iacute; el criterio decisivo de su autenticidad.<\/p>\n<p>La par&aacute;bola evang&eacute;lica, adem&aacute;s, desvela, en perspectiva, el futuro hacia el que debe tender toda comunidad encuadrada en la estructura, universitaria: en ella se preparan quienes ser&aacute;n, ma&ntilde;ana, la &quot;luz&quot; y la &quot;sal&quot; entre sus hermanos; &quot;no se enciende una l&aacute;mpara y se la pone baj&oacute;&#8217; el&#8217; celem&iacute;n&quot;<i> (Mt<\/i> 5, 15). La dimensi&oacute;n pastoral debe estar&#8217; constantemente ante los ojos de cuantos pertenecen a la universidad y debe orientar eficazmente su tarea. Cuando Cristo dice &quot;as&iacute; ha de lucir vuestra luz ante los hombres&quot; (<i>Mt<\/i> 5, 16); se&ntilde;ala una particular responsabilidad tanto de los disc&iacute;pulos como de los ense&ntilde;antes: la responsabilidad de obrar<i> por la gloria del Padre.<\/i><\/p>\n<p>3. Nuestra reflexi&oacute;n esta tarde est&aacute; estimulada y orientada tambi&eacute;n por las sugerencias contenidas en el espl&eacute;ndido fragmento de la primera Carla a los Corintios que se nos ha propuesto. En &eacute;l el Ap&oacute;stol habla del &quot;esp&iacute;ritu del hombre&quot; que &quot;conoce los secretos del hombre&quot; y del &quot;Esp&iacute;ritu de Dios&quot;, que es el &uacute;nico al que se desvelan &quot;los secretos de Dios&quot; (cf.<i> 1 Cor<\/i> 2, 11).<\/p>\n<p>Son expresiones de las que destaca, ante todo, la estima del Ap&oacute;stol Pablo hacia la capacidad que tiene el esp&iacute;ritu humano de penetrar en su propio mundo interior y, a trav&eacute;s de &eacute;ste, tambi&eacute;n en el mundo que lo rodea. Es una estima que lleva consigo una consigna precisa: la de utilizar sabiamente los recursos de la propia inteligencia en el esfuerzo requerido para la conquista de la &quot;ciencia&quot; de que habla San Pablo. La consigna vale de manera particular para vosotros que, como miembros de centros universitarios, ten&eacute;is deberes peculiares con respecto a esto, y por estos deberes dispon&eacute;is tambi&eacute;n de posibilidades e instrumentos que no est&aacute;n al alcance de otros.<\/p>\n<p>Precisamente esa &quot;ciencia&quot; es fruto de la &quot;ense&ntilde;anza del Esp&iacute;ritu&quot;, y decide sobre todo la autenticidad y riqueza de vuestra vida espiritual: en ella se encierra como<i> la s&iacute;ntesis<\/i> de la &quot;teolog&iacute;a&quot; y de la &quot;vida por el Esp&iacute;ritu&quot;, concentrada en el misterio pascual que se irradia tambi&eacute;n sobre vuestros estudios.<\/p>\n<p>Por tanto, es necesario que afront&eacute;is el trabajo \u2014de ense&ntilde;antes o de disc&iacute;pulos\u2014<i> con seriedad y con sentido de responsabilidad.<\/i> Lo cual significa muchas cosas: por ejemplo, el buen empleo del tiempo, utilizando, especialmente, las muchas posibilidades que ofrece una ciudad como Roma para la b&uacute;squeda personal, el di&aacute;logo cultural, el intercambio de ideas, de informaciones, de experiencias a nivel eclesial, internacional e intercontinental.<\/p>\n<p>Significa tambi&eacute;n el empe&ntilde;o de un estudio profundo, met&oacute;dico, org&aacute;nico, tanto en los cursos fundamentales, como en los especializados y monogr&aacute;ficos, seg&uacute;n el programa y las normas de la Constituci&oacute;n Apost&oacute;lica<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/apost_constitutions\/documents\/hf_jp-ii_apc_15041979_sapientia-christiana_sp.html\">Sapientia christiana<\/a>,<\/i> emanada el 15 de abril de 1979, y de las Normas Aplicativas que la acompa&ntilde;an; documentos muy importantes, a cuya sol&iacute;cita aplicaci&oacute;n estoy cierto que cada uno querr&aacute; aportar su propia contribuci&oacute;n generosa.<\/p>\n<p>Seriedad y sentido de responsabilidad significan tambi&eacute;n la adquisici&oacute;n de una real competencia en las varias materias, para poder responder a las exigencias tanto del trabajo cient&iacute;fico y pastoral, ecum&eacute;nico, escolar, misional, como a las del servicio que est&aacute;is llamados a dar a las Iglesias locales y a la Iglesia universal, como se requiere en la citada Constituci&oacute;n (cf. Proemio, III).<\/p>\n<p>En esta circunstancia, quiero llamar la atenci&oacute;n de todos vosotros, queridos moderadores, profesores y alumnos, sobre la necesidad de cultivar las disciplinas filos&oacute;ficas y teol&oacute;gicas, tanto en s&iacute; mismas como en su conexi&oacute;n con las ciencias antropol&oacute;gicas y cosmol&oacute;gicas o en relaci&oacute;n con las experiencias vivas de la pastoral, la cultura, las costumbres, la vida social y pol&iacute;tica de nuestro tiempo. Este es el camino para alcanzar y anunciar la verdad evang&eacute;lica con fuerza persuasiva en la confrontaci&oacute;n entre raz&oacute;n y fe, con m&eacute;todo adecuado y en di&aacute;logo constructivo con los hombres del propio tiempo. Este es el secreto para convertirse, a nivel cultural y cient&iacute;fico, pero tambi&eacute;n pastoral y catequ&eacute;tico, en &quot;sal de la tierra y luz del mundo&quot;.<\/p>\n<p>4. El Ap&oacute;stol Pablo no habla s&oacute;lo del &quot;esp&iacute;ritu del hombre&quot;, sino tambi&eacute;n del &quot;Esp&iacute;ritu de Dios&quot;, a prop&oacute;sito del cual afirma: &quot;Y nosotros no hemos recibido el esp&iacute;ritu del mundo, sino el Esp&iacute;ritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido&quot; (cf. <i>1 Cor 2,<\/i> 12). Para el Ap&oacute;stol el conocimiento de la Verdad no es s&oacute;lo fruto del esfuerzo humano: tambi&eacute;n \u2014y para la verdad teol&oacute;gica, sobre todo\u2014 es<i> don de lo alto,<\/i> que hay que acoger con humilde disponibilidad y, dir&eacute;, en profunda, agradecida adoraci&oacute;n.<\/p>\n<p>Este don no puede ser apreciado y acogido por el &quot;hombre natural&quot; (<i>1 Cor <\/i>2, 14), que considera &quot;locura&quot; todo lo que, en la interpretaci&oacute;n de s&iacute; mismo y del mundo, transciende la medida de su inteligencia. A la &quot;ense&ntilde;anza del Esp&iacute;ritu&quot; est&aacute; abierto, por el contrario, el &quot;hombre espiritual&quot;, quien puede afirmar con el Ap&oacute;stol: &quot;Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo&quot;<i> (1 Cor <\/i> 2, 16), un &quot;pensamiento&quot; que tiene en su centro, como precisa San Pablo en el mismo contexto, el misterio &quot;absurdo&quot; de la cruz (cf.<i> 1 Cor<\/i> 1, 17 ss.; 2, 2).<\/p>\n<p>Por tanto, en la b&uacute;squeda teol&oacute;gica adquiere importancia fundamental<i> la oraci&oacute;n,<\/i> entendida como pr&aacute;ctica de cada d&iacute;a y como esp&iacute;ritu de fe y de contemplaci&oacute;n, que debe convertirse en un estado habitual de la vida del estudioso cristiano. Este es el punto: la verdad del Se&ntilde;or se estudia con la cabeza inclinada; se ense&ntilde;a y se predica en la expansi&oacute;n del alma que la cree, la ama y vive de ella.<\/p>\n<p>Por eso hay que elevar a menudo la oraci&oacute;n que traduce la decisi&oacute;n del autor del Libro de la Sabidur&iacute;a: &quot;Implor&eacute; y vino a m&iacute; el Esp&iacute;ritu de la sabidur&iacute;a. Lo prefer&iacute; a cetros y tronos. En comparaci&oacute;n con ella estim&eacute; en nada la riqueza..,.; la am&eacute; m&aacute;s que a la salud y a la belleza; prefer&iacute; su posesi&oacute;n a la misma luz, porque el esplendor que emana de ella no tiene ocaso&quot; (<i>Sab<\/i> 7, 7-8. 10).<\/p>\n<p>Todos los que cultivan las ciencias sagradas y las que est&aacute;n relacionadas con ellas deben emplearse en esta docilidad y fidelidad al Esp&iacute;ritu de Dios, como los grandes Padres y Maestros de la Iglesia, entre los que me gusta recordar, hoy, a San Alberto Magno, porque el pr&oacute;ximo 15 de noviembre se celebrar&aacute; el s&eacute;ptimo centenario de su muerte.<\/p>\n<p>Ese d&iacute;a ir&eacute; a Colonia para honrar a este eminente fil&oacute;sofo y te&oacute;logo medieval que, en su trabajo cient&iacute;fico, supo armonizar la cultura humana y la sabidur&iacute;a cristiana, precisamente porque viv&iacute;a en la oraci&oacute;n y en la meditaci&oacute;n de las verdades eternas para alimentar en su coraz&oacute;n la llama del amor divino. El no dudaba en afirmar:<i> &quot;Oratione et devotione plus acquiritur quam studio&quot; (S. Th.,<\/i> pr&oacute;l.), Santo Tom&aacute;s, su disc&iacute;pulo, fue tambi&eacute;n su imitador en este culto de la vida interior y en la pr&aacute;ctica de la oraci&oacute;n.<\/p>\n<p>5. He aqu&iacute; las tareas que ten&eacute;is delante, querid&iacute;simos profesores y alumnos, en la perspectiva de este nuevo curso acad&eacute;mico, que inauguramos esta tarde en el contexto majestuoso de esta bas&iacute;lica, en la que se custodian los restos mortales del Ap&oacute;stol Pedro. &iquest;No es, quiz&aacute;, necesario que cada uno se ponga a la escucha de lo que le sugiere la eterna Palabra de Dios? &iquest;No es razonable, pues, reflexionar sobre ello con &aacute;nimo generoso y disponible, y con el deseo de corresponder de la mejor manera posible a las expectativas de los superiores, de los hermanos, de la Iglesia entera?<\/p>\n<p>Como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, estoy aqu&iacute; rezando con vosotros, para invocar la venida del Esp&iacute;ritu Santo a vuestras mentes y a vuestros corazones, para pedir que El os inunde con el resplandor de su luz y os asista con el consuelo de sus siete dones en vuestro estudio y en vuestro apostolado.<\/p>\n<p>Querid&iacute;simos j&oacute;venes: Conozco vuestra generosidad y s&eacute; que puedo confiar en vuestra capacidad de empe&ntilde;o y en vuestro esp&iacute;ritu de sacrificio. Por tanto, al expresaros mis cordiales deseos de un curso escolar sereno y fruct&iacute;fero, os recomiendo: estudiad y portaos de manera que se cumplan las aspiraciones del pueblo cristiano, que tambi&eacute;n en el S&iacute;nodo de los Obispos se han indicado varias veces, especialmente en las palabras conmovedoras de la madre Teresa de Calcuta, quien ped&iacute;a a los padres sinodales que dieran a las comunidades cristianas santos sacerdotes, ap&oacute;stoles de la verdad y del amor.<\/p>\n<p>Y a vosotros, profesores y responsables de la vida universitaria, deseo confirmaros, tambi&eacute;n en esta circunstancia, el alto aprecio que siento hacia la tarea desarrollada por vosotros en la Iglesia: &iexcl;Misi&oacute;n sublime la vuestra! Pero tambi&eacute;n misi&oacute;n particularmente delicada y dif&iacute;cil, no s&oacute;lo por los arduos caminos de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica por los que deb&eacute;is adentraros, sino tambi&eacute;n por la responsabilidad formativa con respecto a tantos j&oacute;venes que se conf&iacute;an a vuestra gu&iacute;a. Que os sostenga la confianza del Papa, que con vosotros y por vosotros ruega ante el altar de Dios.<\/p>\n<p>La celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, que nos ha reunido esta tarde en la contemplaci&oacute;n de las profundidades de la Palabra de Dios, consolide la &iacute;ntima uni&oacute;n de mente y corazones que debe existir entre los Ateneos eclesi&aacute;sticos de Roma durante todo el curso acad&eacute;mico. Si bien dedicados en distintas sedes a profundizar en campos diferentes de la investigaci&oacute;n, y tal vez seg&uacute;n m&eacute;todos diferentes, permaneced en la unidad que brota de la verdad, que hoy hab&eacute;is escuchado.<\/p>\n<p>Que el Esp&iacute;ritu divino baje sobre todos vosotros y, en virtud del signo de Cristo, os haga sabios cultivadores de la verdad y buenos administradores de los dones de Dios.<\/p>\n<p>&quot;Vosotros sois la luz del mundo&#8230; Vosotros sois la sal de la tierra&#8230; As&iacute; ha de lucir vuestra luz sobre los hombres&quot;. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA PARA LOS PONTIFICIOS ATENEOS ROMANOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Altar de la Confesi&oacute;n, Bas&iacute;lica de San Pedro Martes 21 de octubre de 1980 &nbsp; &iexcl;Se&ntilde;ores cardenales, distinguidos profesores, car&iacute;simos alumnos! 1.&nbsp;Este encuentro me llena de alegr&iacute;a. 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