{"id":39599,"date":"2016-10-05T22:55:46","date_gmt":"2016-10-06T03:55:46","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-octubre-de-1980-visita-pastoral-a-otranto\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:46","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:46","slug":"5-de-octubre-de-1980-visita-pastoral-a-otranto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/5-de-octubre-de-1980-visita-pastoral-a-otranto\/","title":{"rendered":"5 de octubre de 1980, Visita pastoral\u00a0 a Otranto\u00a0"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1980\/trav_otranto_sp.htm\"> VISITA PASTORAL A OTRANTO <\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/> <\/font><\/b><br \/> Domingo 5 de octubre de 1980<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;El recuerdo de los M&aacute;rtires nos ha hecho venir hoy aqu&iacute;, a Otranto. Nos ha hecho venir aqu&iacute; la veneraci&oacute;n hacia el martirio, sobre el cual se construye, desde el comienzo, el Reino de Dios, proclamado e iniciado en la historia humana por Jesucristo.<\/p>\n<p align=\"left\">La verdad sobre el martirio tiene en el Evangelio una elocuencia llena de penetrante profundidad y, al mismo tiempo, de transparente sencillez. Cristo no promete a sus disc&iacute;pulos &eacute;xitos terrenos o prosperidad material; no presenta ante sus ojos una &quot;utop&iacute;a&quot;, como ha sucedido mas de una vez, y como sucede siempre, en la historia de las ideolog&iacute;as humanas. El dice sencillamente a sus disc&iacute;pulos: &quot;os perseguir&aacute;n&quot;. Os entregar&aacute;n a los organismos de las diversas autoridades, os meter&aacute;n en la c&aacute;rcel, os llevar&aacute;n ante los diversos tribunales. Todo esto &quot;por amor de mi nombre&quot;<i> (Lc<\/i> 21, 12).<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;La substancia del martirio est&aacute; vinculada, desde el comienzo y en el curso de todos los siglos, con este nombre! Nosotros llamamos m&aacute;rtires a los cristianos que, en el curso de la historia, han padecido sufrimientos, frecuentemente terribles por su crueldad, &quot;in odium fidei&quot;. A aquellos a quienes &quot;in odium fidei&quot; se les inflig&iacute;a finalmente la muerte. Por lo tanto, a aquellos que aceptando, en este mundo, los sufrimientos y padeciendo la muerte, <i>dieron un testimonio particular de Cristo.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Poniendo ante los ojos de sus disc&iacute;pulos la imagen de los sufrimientos que les esperan, a causa de su nombre, el Maestro dice: &quot;Ser&aacute; para vosotros ocasi&oacute;n de dar testimonio&quot; <i>(Lc<\/i> 21, 13).<\/p>\n<p align=\"left\">2.&nbsp;Hace 500 a&ntilde;os, aqu&iacute;, en Otranto, 800 disc&iacute;pulos de Cristo dieron precisamente este testimonio, aceptando la muerte por el nombre de Cristo. A ellos se refieren las palabras que el Se&ntilde;or Jes&uacute;s pronunci&oacute; sobre el martirio: &quot;ser&eacute;is aborrecidos de todos a causa de mi nombre&quot; <i>(Lc<\/i> 21, 17). S&iacute;. Fueron objeto de odio.<i> Bebieron, por el nombre de Cristo, el c&aacute;liz<\/i> de este odio<i> hasta el fondo,<\/i> a semejanza de su<i> Maestro, <\/i>que, desde la Cena pascual se traslad&oacute; directamente a Getseman&iacute; y all&iacute; oraba: &quot;Padre, si quieres, aparta de m&iacute; este c&aacute;liz&quot;<i> (Lc<\/i> 22, 42). Sin embargo, el c&aacute;liz del odio humano, de la crueldad y de la cruz no se alej&oacute;; Cristo, obediente al Padre, lo vaci&oacute; hasta el fondo: &quot;no se haga mi voluntad, sino la tuya&quot;<i> (Lc <\/i>22, 42).<\/p>\n<p align=\"left\">El testimonio de Getseman&iacute; y de la cruz es un sello definitivo, impreso sobre todo lo que Jes&uacute;s ha hecho y ense&ntilde;ado. El, aceptando la muerte, dio su vida por la salvaci&oacute;n del mundo. Los M&aacute;rtires de Otranto, aceptando la muerte, dieron su vida por Cristo. Y de este modo dieron un testimonio particular de Cristo.<\/p>\n<p align=\"left\"><i>El testimonio de los m&aacute;rtires<\/i>&nbsp;los introduce de modo particular tambi&eacute;n<i> en el misterio pascual de Cristo. <\/i>&quot;Por vuestra paciencia \u2014dice Jes&uacute;s\u2014 salvar&eacute;is vuestras almas&quot;<i> (Lc <\/i>21, 19). Como El mismo conquist&oacute; la nueva vida, aceptando la muerte, as&iacute; los m&aacute;rtires, aceptando la muerte, conquistan la vida, a la que Cristo con su resurrecci&oacute;n dio comienzo.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &quot;Esa&quot; Vida: la Vida nueva y plena<i> desmiente, en cierto sentido, la experiencia de la muerte.<\/i> Desmiente, sobre todo, la certeza de aquellos que, al infligir la muerte, cre&iacute;an haber quitado la vida a los m&aacute;rtires, haberlos privado de la vida y haberles arrancado, de manera definitiva, de la tierra de los vivientes.<\/p>\n<p align=\"left\">&quot;A los ojos de los necios parecen haber muerto, y su partida es reputada por desdicha. Su salida de entre nosotros, por aniquilamiento&quot;. As&iacute; proclamaba el autor del Libro de la Sabidur&iacute;a (3, 2-3), ya mucho tiempo antes de que Cristo pronunciase sus palabras sobre el martirio.<\/p>\n<p align=\"left\"><i>&quot;&#8230;pero gozan de paz&quot; (Sab<\/i>&nbsp;3-3). &iexcl;Pero ellos viven en la paz!<\/p>\n<p align=\"left\">En el acto del martirio, pues, tiene lugar, por decirlo as&iacute;, una radical contraposici&oacute;n de los criterios y de los fundamentos mismos del pensar. La muerte humana de los m&aacute;rtires, la muerte unida al sufrimiento y al tormento \u2014as&iacute; como la muerte de Cristo en la cruz\u2014<i> cede, en cierto sentido, ante<\/i> otra realidad<i> superior.<\/i> El autor del Libro de la Sabidur&iacute;a escribe: &quot;Las almas de los justos est&aacute;n en las manos de Dios, y el tormento no los alcanzar&aacute;&quot;<i> (Sab <\/i> 3. 1).<\/p>\n<p>Esta otra realidad superior no anula el hecho del tormento y de la muerte, as&iacute; como no anul&oacute; el hecho de la pasi&oacute;n y de la muerte de Cristo. Ella, la<i> &quot;mano&quot; invisible de Dios solamente transforma este hecho humano.<\/i> Lo transforma ya incluso en su trama terrestre, mediante la potencia de la fe, que se revela en las almas de los m&aacute;rtires ante el tormento y el sufrimiento:<\/p>\n<p>&quot;Aunque a los ojos de los hombres fueran atormentados, su esperanza est&aacute; llena de inmortalidad&quot; (<i>Sab <\/i>3, 4).<\/p>\n<p>La fuerza de esta fe y la fuerza de la esperanza que proviene de Dios son m&aacute;s potentes que el castigo y que la misma muerte. Los m&aacute;rtires dan testimonio de Cristo precisamente por esta fuerza de la fe y de la esperanza. En efecto, ellos, semejantes a El en la pasi&oacute;n y en la muerte, proclaman, al mismo tiempo, la potencia de su resurrecci&oacute;n. Basta recordar aqu&iacute; c&oacute;mo mor&iacute;a el primer m&aacute;rtir de Cristo, el di&aacute;cono Esteban; se consumi&oacute; gritando: &quot;Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios&quot;<i> (Act<\/i> 7, 56).<\/p>\n<p>As&iacute;, pues,<i> gracias a la fuerza de la fe y a la potencia de la esperanza, <\/i> cambian, en cierto sentido, las proporciones: las proporciones de la vida y de la muerte, de la derrota y de la victoria, del despojamiento y de la elevaci&oacute;n. El autor del Libro de la Sabidur&iacute;a escribe a continuaci&oacute;n: &quot;Despu&eacute;s de un breve castigo ser&aacute;n colmados de bendiciones, porque Dios los prob&oacute; y los hall&oacute; dignos de s&iacute;&quot; (<i>Sab<\/i> 3, 5).<\/p>\n<p>4. Aqu&iacute; tocamos un punto especialmente importante en el hecho del martirio. El<i> martirio<\/i> es una<i> gran prueba,<\/i> en cierto sentido, es la prueba definitiva y radical. Es la prueba mayor del hombre, la prueba de la dignidad del hombre<i> delante de Dios mismo.<\/i> Es dif&iacute;cil, a este prop&oacute;sito, decir m&aacute;s de lo que afirma precisamente el Libro de la Sabidur&iacute;a: &quot;Dios los prob&oacute; y los hall&oacute; dignos de s&iacute;&quot; (<i>Sab<\/i> 3, 5). No existe una medida mayor de la dignidad del hombre que la que se halla en Dios mismo, en los ojos de Dios. El martirio es, pues, &quot;la&quot; prueba del hombre que tiene lugar ante los ojos de Dios, una prueba en la que el hombre, ayudado por la potencia de Dios, obtiene la victoria.<\/p>\n<p>A trav&eacute;s de &eacute;sta prueba han pasado, en el curso de la historia, numerosos confesores y disc&iacute;pulos de Cristo. A trav&eacute;s de esta prueba pasaron los M&aacute;rtires de Otranto, hace 500 a&ntilde;os.<i> A trav&eacute;s de esta prueba<\/i> han pasado y pasan los m&aacute;rtires de nuestro siglo, m&aacute;rtires frecuentemente desconocidos, o poco conocidos, aun cuando no se hallan lejos de nosotros.<\/p>\n<p>Y as&iacute; en estas circunstancias de hoy no puedo menos de dirigir mi mirada, m&aacute;s all&aacute; del mar, a la no distante heroica Iglesia en Albania, sacudida por dura y prolongada persecuci&oacute;n, pero enriquecida por el testimonio de sus m&aacute;rtires: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y simples fieles.<\/p>\n<p>Adem&aacute;s de a ellos, mi pensamiento se dirige tambi&eacute;n a los hermanos cristianos y a todos los creyentes en Dios, que sufren una parecida suerte de privaciones en esa naci&oacute;n.<\/p>\n<p>Es un deber especial de todos los cristianos, seg&uacute;n la tradici&oacute;n heredada de los primeros siglos, estar espiritualmente cercanos a todos aquellos que sufren violencia a causa de su fe. Dir&iacute;a m&aacute;s: aqu&iacute; se trata tambi&eacute;n de una solidaridad debida a las personas y a las comunidades, cuyos derechos fundamentales son violados o incluso totalmente conculcados. Debemos orar para que el Se&ntilde;or sostenga a estos hermanos nuestros con su gracia en estas dif&iacute;ciles pruebas. Y queremos orar tambi&eacute;n por quien los persigue, repitiendo la invocaci&oacute;n de Cristo en la cruz, dirigida al Padre: &quot;Perd&oacute;nalos, porque no saben lo que hacen&quot;.<\/p>\n<p>Muy frecuentemente se trata de calificar a los m&aacute;rtires como &quot;culpables de reatos pol&iacute;ticos&quot;. Tambi&eacute;n Cristo fue condenado a muerte aparentemente por este motivo: porque afirmaba que era rey (cf.<i> Lc<\/i> &nbsp;23, 2). Por esto, no olvidemos<i> a los m&aacute;rtires de nuestro tiempo.<\/i> No nos comportemos como si no existieran. Demos gracias a Dios porque ellos han superado victoriosamente la prueba. Imploremos la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo para los perseguidos que todav&iacute;a deben medirse con esta prueba. Que se cumplan en ellos las palabras del Maestro: &quot;Yo os dar&eacute; un lenguaje y una sabidur&iacute;a a la que no podr&aacute;n resistir ni contradecir todos vuestros adversarios&quot; <i>(Lc<\/i> 21, 15).<\/p>\n<p>Permanezcamos en comuni&oacute;n<i> con los m&aacute;rtires.<\/i> Ellos abren el cauce m&aacute;s profundo del r&iacute;o divino de la historia. Ellos construyen los fundamentos m&aacute;s consistentes de esa ciudad divina que se eleva hacia la eternidad. El autor del Libro de la Sabidur&iacute;a proclama: &quot;(Dios) los prob&oacute; como el oro en el crisol, y le fueron aceptados como sacrificio de holocausto&quot;<i> (Sab<\/i> 3, 6).<\/p>\n<p>5. En la Iglesia<i> terrena<\/i> permanece el recuerdo y la veneraci&oacute;n de los Santos M&aacute;rtires, como aqu&iacute; en Otranto, y en tantos otros lugares de Italia, de Europa y del mundo. <i>En el Reino de Dios<\/i> reciben junto a Cristo una particular fuerza y poder en el misterio de la Comuni&oacute;n de los Santos y en toda<i> la econom&iacute;a divina de la verdad y del amor.<\/i><\/p>\n<p>&quot;Dominar&aacute;n sobre los pueblos, y su Se&ntilde;or reinar&aacute; por los siglos. Los que conf&iacute;an en El conocer&aacute;n la verdad, y los fieles a su amor permanecer&aacute;n con El, porque la gracia y la misericordia son la parte de sus elegidos&quot; (<i>Sab<\/i> 3, 8-9).<\/p>\n<p>Los m&aacute;rtires, ante la Majestad de la divina justicia, podr&aacute;n gritar, tal como leemos en el Apocalipsis: &quot;&iquest;Hasta cu&aacute;ndo, Se&ntilde;or, Santo, Verdadero, no juzgar&aacute;s y vengar&aacute;s nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?&quot;<i> (Ap<\/i> 6, 10). Sin embargo, en la<i> luz eterna de la Sant&iacute;sima Trinidad,<\/i> unidos en la suprema Verdad y en el perfecto amor, ellos se convertir&aacute;n en<i> portavoz de la gracia y de la misericordia<\/i> para sus hermanos y hermanas en la tierra. A&uacute;n m&aacute;s, lo ser&aacute;n para sus mismos perseguidores. Lo ser&aacute;n sobre todo para la Iglesia, que, seg&uacute;n los designios misericordiosos de Dios, debe ser la &quot;ciudad divina&quot; elevada entre los pueblos, debe ser &quot;en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la<i> uni&oacute;n<\/i> &iacute;ntima<i> con Dios<\/i> y de la unidad de todo el g&eacute;nero humano&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>, <\/i> 1).<\/p>\n<p>Y por eso precisamente, esta Iglesia, reunida hoy en Otranto, ante la insigne tumba de los M&aacute;rtires, desea elevar, por medio de ellos, en el esp&iacute;ritu de la misi&oacute;n que le es propia, su plegaria a Dios. En esta plegaria se colocan en el primer lugar<i> los problemas<\/i> que hoy nosotros, desde esta insigne tumba de los M&aacute;rtires de Otranto, despu&eacute;s de 500 a&ntilde;os, vemos<i> de modo nuevo <\/i>y con una nueva claridad, en la perspectiva de la cruz de Cristo y de la misi&oacute;n de la Iglesia.<\/p>\n<p>6. El Concilio Vaticano II, el cual ha afirmado que &quot;la Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la uni&oacute;n &iacute;ntima con Dios y de la unidad de todo el g&eacute;nero humano&quot;<i> (<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>, <\/i>1), ha manifestado tambi&eacute;n su actitud coherente con esta profesi&oacute;n en relaci&oacute;n a esos acontecimientos que, en el pasado, contrapusieron rec&iacute;procamente a musulmanes y cristianos como enemigos: &quot;Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren sinceramente una mutua comprensi&oacute;n, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad<i> (<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html\">Nostra aetate<\/a>,<\/i>&nbsp;3).<\/p>\n<p>Para nosotros tienen una importancia decisiva estas palabras. En el mismo esp&iacute;ritu ya he tenido ocasi&oacute;n de hablar m&aacute;s de una vez: en Ankara, capital de Turqu&iacute;a, <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1979\/trav_turkey_sp.htm\">durante mi visita a ese pa&iacute;s el a&ntilde;o pasado<\/a>, y tambi&eacute;n en Nairobi, en Acra, en Uagadug&uacute; y en Abiy&aacute;n, durante<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1980\/trav_africa_sp.htm\"> mi reciente viaje a tierra africana<\/a>.<\/p>\n<p>Hoy, junto a las tumbas gloriosas de los M&aacute;rtires de Otranto, invoco la intercesi&oacute;n de aquellos cuyas &quot;almas est&aacute;n en las manos de Dios&quot;, y, juntamente con toda la Iglesia, elevo una oraci&oacute;n ferviente para que las palabras de la ense&ntilde;anza. del Concilio Vaticano II lleguen a ser cada vez m&aacute;s una realidad. En este momento dirijo un deferente y cordial recuerdo a la Iglesia de Bizancio, que tuvo v&iacute;nculos hist&oacute;ricos con la Iglesia local de Otranto.<\/p>\n<p>Desde esta antigua tierra de Pulla, extendida como una cabeza de puente hacia levante, miramos con atenci&oacute;n y simpat&iacute;a a las regiones de Oriente y particularmente all&aacute; donde tuvieron origen hist&oacute;rico las tres grandes religiones monote&iacute;stas, es decir, el cristianismo, el juda&iacute;smo y el islamismo. Tenemos presente en la memoria lo que el Concilio dice de &quot;aquel pueblo que recibi&oacute; los testamentos y las promesas y del que naci&oacute; Cristo seg&uacute;n la carne (cf.<i> Rom <\/i> 9, 45). Por causa de los padres es un pueblo amad&iacute;simo en raz&oacute;n de la elecci&oacute;n, pues Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocaci&oacute;n (cf.<i> Rom<\/i> 11, 28-29)&quot;. Y a continuaci&oacute;n leemos en la misma p&aacute;gina del Concilio Vaticano II: &quot;Pero el designio de salvaci&oacute;n abarca tambi&eacute;n a los que reconocen al Creador, entre los cuales est&aacute;n en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios &uacute;nico, misericordioso, que juzgar&aacute; a los hombres en el d&iacute;a postrero&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>,<\/i> 16).<\/p>\n<p>Al mismo tiempo no podemos cerrar los ojos ante situaciones particularmente delicadas que all&iacute; se han creado y todav&iacute;a subsisten. Han estallado dur&iacute;simos conflictos; la regi&oacute;n de Oriente Medio est&aacute; invadida por tensiones y contiendas, con el peligro siempre amenazador de que vuelvan a explotar nuevas guerras. Es doloroso advertir que frecuentemente los choques se han producido siguiendo las l&iacute;neas de divisi&oacute;n entre grupos confesionales diversos, de manera que ha sido posible para algunos, por desgracia, alimentarlos artificiosamente apoy&aacute;ndose en el sentimiento religioso.<\/p>\n<p>Son conocidos los t&eacute;rminos del drama medio-oriental: el pueblo jud&iacute;o, despu&eacute;s de experiencias tr&aacute;gicas, unidas al exterminio de tantos hijos e hijas, impulsado por el ansia de seguridad, dio vida al Estado de Israel; al mismo tiempo se cre&oacute; la dolorosa condici&oacute;n del pueblo palestino, excluido en parte muy notable de su tierra. Son hechos que est&aacute;n ante los ojos de todos. Y otros pa&iacute;ses, como el L&iacute;bano, sufren por una crisis que amenaza con volverse cr&oacute;nica. Finalmente, en estos d&iacute;as, un encarnizado conflicto tiene lugar en una regi&oacute;n cercana, entre Irak e Ir&aacute;n.<\/p>\n<p>Reunidos hoy aqu&iacute;, junto a las tumbas de los M&aacute;rtires de Otranto, meditemos sobre las palabras de la liturgia, que proclaman su gloria y su potencia en el Reino de Dios: &quot;Dominar&aacute;n sobre los pueblos, y su Se&ntilde;or reinar&aacute; por los siglos&quot;. En uni&oacute;n, pues, con estos M&aacute;rtires, presentemos al Dios &uacute;nico, al Dios viviente, al Padre de todos los hombres los problemas de la paz en Oriente Medio y tambi&eacute;n el problema, que nos resulta tan entra&ntilde;able, del acercamiento y del verdadero di&aacute;logo con aquellos a los que nos une \u2014a pesar de las diferencias\u2014 la fe en un solo Dios, la fe heredada de Abraham. Que el esp&iacute;ritu de unidad, de rec&iacute;proco respeto y entendimiento se manifieste m&aacute;s potente que lo que divide y contrapone.<\/p>\n<p>L&iacute;bano, Palestina, Egipto, la Pen&iacute;nsula Ar&aacute;bica, Mesopotamia nutrieron desde milenios las ra&iacute;ces de tradiciones sagradas para cada uno de los tres grupos religiosos; all&iacute; tambi&eacute;n, durante siglos, han convivido en los mismos territorios comunidades cristianas, jud&iacute;as e isl&aacute;micas; en esas regiones; la Iglesia cat&oacute;lica se glor&iacute;a de comunidades insignes, por antig&uuml;edad de historia, vitalidad; variedad de ritos, caracter&iacute;sticas espirituales propias.<\/p>\n<p>Destaca en alto sobre todo este mundo, como un centro ideal, un cofre precioso que guarda los tesoros de las memorias m&aacute;s venerandas, y ella misma es el primero de estos tesoros, la Ciudad Santa, Jerusal&eacute;n, objeto hoy de una disputa que parece sin soluci&oacute;n, ma&ntilde;ana \u2014&iexcl;si se quiere!\u2014, ma&ntilde;ana, encrucijada de reconciliaci&oacute;n y de paz.<\/p>\n<p>S&iacute;, recemos para que Jerusal&eacute;n, en vez de ser, como es hoy, objeto de contienda y divisi&oacute;n, se convierta en el punto de encuentro hacia el que contin&uacute;en dirigi&eacute;ndose las miradas de los cristianos, de los jud&iacute;os y de los musulmanes, como al propio hogar com&uacute;n, en torno al cual se sientan hermanos, ninguno superior, ninguno deudor de los otros; hacia el cual vuelvan a dirigir sus pasos los peregrinos, seguidores de Cristo, o fieles de la ley mosaica, o miembros de la comunidad del Islam.<\/p>\n<p>7. Y ahora nuestro pensamiento se dirige una vez m&aacute;s hacia la liturgia de los m&aacute;rtires. Miremos con los ojos del autor del Apocalipsis y veamos en el insigne cementerio de Otranto, y, al mismo tiempo, en la perspectiva de la Jerusal&eacute;n eterna&#8230; veamos &quot;bajo el altar las almas de los que hab&iacute;an sido degollados por la Palabra de Dios y por el testimonio que guardaban&#8230; Y a cada uno le fue dada una t&uacute;nica blanca, y les fue dicho que estuvieran callados un poco de tiempo a&uacute;n, hasta que se completara el n&uacute;mero de sus consiervos y hermanos&quot; <i>(Ap<\/i> 6, 9. 11).<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A OTRANTO CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 5 de octubre de 1980 &nbsp; 1.&nbsp;El recuerdo de los M&aacute;rtires nos ha hecho venir hoy aqu&iacute;, a Otranto. 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