{"id":39600,"date":"2016-10-05T22:55:48","date_gmt":"2016-10-06T03:55:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/28-de-septiembre-de-1980-visita-pastoral-a-subiaco\/"},"modified":"2016-10-05T22:55:48","modified_gmt":"2016-10-06T03:55:48","slug":"28-de-septiembre-de-1980-visita-pastoral-a-subiaco","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/28-de-septiembre-de-1980-visita-pastoral-a-subiaco\/","title":{"rendered":"28 de septiembre de 1980, Visita pastoral a Subiaco"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1980\/trav_subiaco_sp.htm\"> VISITA PASTORAL A SUBIACO<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II <br \/> EN LA MISA CELEBRADA PARA EL PUEBLO<\/font><\/p>\n<p> <\/b>Domingo 28 de septiembre de 1980<\/i><\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Querid&iacute;simos fieles de Subiaco:<\/i><\/p>\n<p>1. Me es grato, al terminar la peregrinaci&oacute;n con los obispos europeos a la Santa Cueva, poder encontrarme con vosotros y daros testimonio del afecto profundo que alimento hacia vuestra comunidad, cuyo nombre, gracias a San Benito, es conocido en el mundo entero. Con el reverend&iacute;simo padre abad, os saludo a todos vosotros, y con especial intensidad de sentimiento, a las personas ancianas y a las que sufren. Mi saludo cordial se dirige tambi&eacute;n a los ni&ntilde;os y los j&oacute;venes, que alegran con su presencia jovial esta nuestra asamblea lit&uacute;rgica.<\/p>\n<p>Nos hemos reunido en torno al altar de Dios para celebrar el memorial de la pasi&oacute;n, de la muerte y de la resurrecci&oacute;n de Cristo. Hemos escuchado la lectura de los pasajes b&iacute;blicos, que nos ofrece la liturgia de hoy, y ahora estamos invitados a meditar sobre las advertencias que contienen: son palabras de juicio y son palabras de promesa.<\/p>\n<p>En este lugar y en este momento no podemos prescindir de pensar que sobre estas p&aacute;ginas tambi&eacute;n fij&oacute; la propia reflexi&oacute;n San Benito durante su vida terrena. &iexcl;Con qu&eacute; eco tan profundo debieron resonar en su alma las amenazas contra los ricos y contra las aberraciones que ordinariamente acompa&ntilde;an a la posesi&oacute;n de excesivos bienes materiales!<\/p>\n<p>Y qu&eacute; vibraci&oacute;n &iacute;ntima de consentimiento y de adhesi&oacute;n debi&oacute; suscitar en &eacute;l la palabra de Pablo a Timoteo, que tambi&eacute;n acabamos de o&iacute;r: &quot;Pero t&uacute;, hombre de Dios, huye de estas cosas y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. Combate los buenos combates de la fe, aseg&uacute;rate la vida eterna, para la cual fuiste llamado y de cual hiciste solemne profesi&oacute;n delante de muchos testigos&quot; (<i>1Tim<\/i> 6, 11-12)<\/p>\n<p>2. Benito fue<i> hombre de Dios<\/i> y se convirti&oacute; en tal, siguiendo el camino de las virtudes tan claramente indicadas por los Ap&oacute;stoles. Sigui&eacute;ndolo constante e incesantemente. Fue un aut&eacute;ntico<i> peregrino <\/i>del Reino de Dios, un aut&eacute;ntico<i> &quot;homo viator&quot;.<\/i> No se detuvo a lo largo del camino, no se desvi&oacute; hacia caminos m&aacute;s f&aacute;ciles. Todo su empe&ntilde;o estuvo orientado a seguir la consigna: combatir el buen combate de la fe para &quot;conservar sin tacha ni culpa el mandato hasta la manifestaci&oacute;n de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo&quot; (<i>1 Tim <\/i>6, 14).<\/p>\n<p>En esta lucha emple&oacute; todo el tiempo que el Eterno Padre quiso concederle sobre esta tierra.<i> Fue una batalla dura que mantuvo consigo mismo,<\/i> derrotando &quot;al hombre viejo&quot; y haciendo en s&iacute; cada vez m&aacute;s espacio para el &quot;hombre nuevo\u00bb, que crece para la &quot;manifestaci&oacute;n de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo&quot;. Y el Se&ntilde;or, mediante el Esp&iacute;ritu Santo, hizo ciertamente que esta transformaci&oacute;n no quedase solamente en &eacute;l; dispuso en su Providencia admirable que la experiencia de Benito se convirtiese en <i>una fuente de irradiaci&oacute;n,<\/i> que ha penetrado la historia de los hombres, que, sobre todo, ha penetrado la historia de Europa.<\/p>\n<p>Subiaco fue y sigue siendo una etapa importante de este proceso: el lugar del ocultamiento de San Benito de Nursia y, al mismo tiempo, el lugar de su manifestaci&oacute;n.<\/p>\n<p>3.<i> Hombre de Dios<\/i> fue Benito, porque se esforz&oacute; en hacer su vida totalmente transparente al Evangelio. En efecto, no se content&oacute; con leer el Evangelio para conocerlo; quiso conocerlo para traducirlo,<i> todo entero en cada uno de los aspectos de su vida.<\/i> Ley&oacute; el Evangelio en su conjunto y, al mismo tiempo, cada uno de sus pasajes, cada una de las per&iacute;copes que la Iglesia vuelve a leer en su liturgia, cada uno de sus fragmentos. Efectivamente, en cada fragmento del Evangelio se contiene, en cierto sentido, el conjunto: el conjunto vive en cada fragmento, igual que cada fragmento vive del conjunto. &raquo;<\/p>\n<p>Bajo esta luz debemos pensar en este fragmento que<i> volvemos a leer hoy<\/i> aqu&iacute;, es decir, la par&aacute;bola del rico epul&oacute;n y del pobre L&aacute;zaro. &quot;Hab&iacute;a un hombre rico que vest&iacute;a de p&uacute;rpura y lino&#8230;&quot;.<\/p>\n<p>El hombre, de Dios, Benito, vibraba en sinton&iacute;a con el relato, mientras le&iacute;a con toda la profundidad de su alma estas palabras eternas, absorbiendo, en cierto sentido, toda la sencillez de la verdad encerrada en este fragmento. Y la verdad es la que emerge, fulgurante, del ejemplo de Cristo, el cual \u2014como pone de relieve San Pablo\u2014 &quot;siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza&quot; (<i>2 Cor<\/i> 8, 9).<\/p>\n<p>4. La verdad est&aacute;, pues, en una profunda &quot;inversi&oacute;n de tendencia&quot;: es necesario sustituir el af&aacute;n de poseer cada vez m&aacute;s por el compromiso del alejamiento de los bienes de la tierra; es necesario contraponer a la l&oacute;gica de la competici&oacute;n para adue&ntilde;arse de una riqueza cada vez m&aacute;s grande, el esfuerzo por llevar a un justo bienestar al mayor n&uacute;mero posible de hombres; a una mentalidad, que considera los bienes materiales como objeto de presa, es necesario sustituirla por una mentalidad que ve en ellos los medios de amistad y de comuni&oacute;n. <\/p>\n<p>Por desgracia, la riqueza es normalmente ocasi&oacute;n de divisi&oacute;n e incentivo para la lucha; en cambio, debe convertirse en instrumento de participaci&oacute;n com&uacute;n en la alegr&iacute;a de una vida digna de seres humanos: riqueza, pues, como fuente de elevaci&oacute;n para todos, con la posibilidad de acceder a los valores de la cultura, del conocimiento rec&iacute;proco, de la misma experiencia religiosa, favorecida por, una disponibilidad mayor de tiempo y por la libertad interior de las ansias de un ma&ntilde;ana incierto.<\/p>\n<p>Se trata, de valores que s&oacute;lo puede captar el &quot;hombre nuevo&quot;, el cual, al renacer en Cristo, descubre el significado verdadero de las cosas. Es necesaria la conversi&oacute;n del coraz&oacute;n para poder mirar a las realidades mundanas con los ojos de Cristo, que, con la palabra y con el ejemplo, nos ha revelado que la verdadera riqueza est&aacute; en el alejamiento, la verdadera fuerza en lo que la gente, considera debilidad, la verdadera libertad en ponerse voluntariamente al servicio de los hermanos.<\/p>\n<p>5. Benito,<i> hombre de Dios,<\/i> asimil&oacute; esta verdad hasta en sus profundidades m&aacute;s rec&oacute;nditas. De ello es prueba la &quot;regla&quot; que se inspira en esta verdad en cada una de las partes: el monje es un hombre qu&eacute; renuncia a competir con los dem&aacute;s para superarlos y para dominarlos, pero se compromete, en cambio, a competir consigo mismo en dominar las propias codicias, para ponerse al servicio de los otros por el amor.<\/p>\n<p>As&iacute;, pues, el criterio principal que gui&oacute; a San Benito en la redacci&oacute;n de las normas de convivencia dentro del monasterio, fue precisamente el de la caridad mutua, por la cual los &quot;hermanos&quot; deb&iacute;an ser inducidos a una actitud de constante atenci&oacute;n rec&iacute;proca y de diligente disponibilidad para prestarse unos a otros&nbsp;los servicios necesarios. Hay un cap&iacute;tulo de la &quot;regla&quot;, el 72, que traza un cuadro sugestivo de las relaciones que deben establecerse dentro de la familia mon&aacute;stica. Se trata de la p&aacute;gina a la que deber&iacute;a mirar como a un est&iacute;mulo ideal no s&oacute;lo la familia cristiana, sino a la que puede tender &uacute;ltimamente tambi&eacute;n la comunidad civil, para sacar de ella inspiraci&oacute;n en el planteamiento de las propias relaciones de convivencia.<\/p>\n<p>Al ilustrar, pues, &quot;el fervor que debe animar a los monjes con ardent&iacute;simo esp&iacute;ritu de caridad&quot;, Benito establece: &quot;Antic&iacute;pense a honrarse unos a otros; tol&eacute;rense con suma paciencia sus flaquezas, as&iacute; f&iacute;sicas como morales; pr&eacute;stense obediencia a porf&iacute;a mutuamente; nadie busque lo que juzgue &uacute;til para s&iacute;, sino m&aacute;s bien para los dem&aacute;s; practiquen la caridad fraterna castamente; teman a Dios con amor&#8230; y nada absolutamente antepongan a Cristo, el &#8216;cual nos lleve a todos a la vida eterna&quot; (LXXII- 3-9. 11-12).<\/p>\n<p>No cabe duda de que son indicaciones muy elevadas, cuya pr&aacute;ctica puede parecer reservada a pocos esp&iacute;ritus privilegiados. Sin embargo, no se debe olvidar que Benito se atrevi&oacute; a proponer tal ideal a hombres que proven&iacute;an de una sociedad en decadencia, en la que predominaban el arbitrio, la violencia, la explotaci&oacute;n. Y bas&aacute;ndose en estas normas fue como del mundo decr&eacute;pito de la romanidad, reducido ya a una apariencia inconsistente, pudieron surgir en varias partes de Italia y de Europa los lozanos n&uacute;cleos sociales de los monasterios, en los cuales hombres diversos por edad, raza, cultura, se encontraron hermanados en la obra cicl&oacute;pea de la construcci&oacute;n de una nueva civilizaci&oacute;n.<\/p>\n<p>6. Sobre estos valores tambi&eacute;n nuestra sociedad, corro&iacute;da interiormente por peligrosos g&eacute;rmenes de disgregaci&oacute;n y desmoronamiento, puede encontrar de nuevo factores decisivos de cohesi&oacute;n y de restauraci&oacute;n; Benito nos ofrece la prueba incontrovertible de c&oacute;mo se puede hacer penetrar el Evangelio en la historia concreta de los hombres, aport&aacute;ndole un dinamismo transformador, capaz de impensados, ben&eacute;ficos desarrollos. La experiencia benedictina, fuerte ya con la prueba de casi XV siglos de historia, est&aacute; bajo nuestros ojos para demostrarnos c&oacute;mo el amor, que se abre a los hermanos para compartir con ellos dotes personales, energ&iacute;as, bienes, se revela como verdadero &quot;resorte&quot; del progreso, el &uacute;nico capaz de hacer avanzar a la sociedad, sin sacrificar jam&aacute;s al hombre.<\/p>\n<p>Que Dios conceda a los hombres de hoy acoger esta lecci&oacute;n fecunda y caminar con decisi&oacute;n, siguiendo las huellas de San Benito, por los caminos del respeto rec&iacute;proco, de la apertura leal, del compartir generoso, del compromiso concorde, en una palabra, por los caminos del amor. El futuro lo construye no quien odia, sino quien ama.<\/p>\n<p>Lo volvemos a afirmar en esta celebraci&oacute;n lit&uacute;rgica, en la que Cristo nos acoge en torno a su mesa, para distribuirnos ese Pan que hace de todos nosotros una sola cosa con El y en El. La participaci&oacute;n en el Cuerpo y en la Sangre del Se&ntilde;or compromete a los cristianos \u2014est&aacute; bien recordarlo de vez en cuando\u2014 para ser en el mundo los testigos del amor de Aquel que, dej&aacute;ndose clavar en la cruz, &quot;perdi&oacute; la propia vida&quot; (<i>Mt<\/i> 10, 39), para permitir al hombre que se encuentre a s&iacute; mismo.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A SUBIACO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN LA MISA CELEBRADA PARA EL PUEBLO Domingo 28 de septiembre de 1980 &nbsp; Querid&iacute;simos fieles de Subiaco: 1. 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