{"id":39620,"date":"2016-10-05T22:56:21","date_gmt":"2016-10-06T03:56:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-julio-de-1980-misa-inaugural-del-x-congreso-eucaristico-de-brasil-fortaleza\/"},"modified":"2016-10-05T22:56:21","modified_gmt":"2016-10-06T03:56:21","slug":"9-de-julio-de-1980-misa-inaugural-del-x-congreso-eucaristico-de-brasil-fortaleza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-julio-de-1980-misa-inaugural-del-x-congreso-eucaristico-de-brasil-fortaleza\/","title":{"rendered":"9 de julio\u00a0 de 1980, Misa inaugural del X Congreso Eucar\u00edstico de Brasil, Fortaleza"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1980\/trav_brazil_sp.htm\">VIAJE APOST&Oacute;LICO DE JUAN PABLO II A BRASIL<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">MISA INAUGURAL DEL X CONGRESO EUCAR&Iacute;STICO DE BRASIL<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II <br \/> <\/font><\/b> <br \/> Explanada del Estadio Castel&atilde;o, Fortaleza<br \/> Mi&eacute;rcoles 9 de julio de 1980<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Se&ntilde;or cardenal Alo&iacute;sio Lorscheider, arzobispo de Fortaleza,<br \/> mis amados hermanos en el Episcopado, en el sacerdocio,<br \/> hijos e hijas car&iacute;simos:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;&quot;Banquete sagrado en el cual Cristo es el pan, en el cual su pasi&oacute;n es por nosotros revivida: nuestra alma se llena de gracia y se nos ofrece en prenda la eternidad&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">A partir de este momento, y durante varios d&iacute;as, Fortaleza se convierte, de modo especial&iacute;simo, en el cen&aacute;culo donde se celebra ese banquete de que habla la liturgia, cantando y afirmando la fe de la Iglesia en el Sant&iacute;simo Sacramento.<\/p>\n<p align=\"left\">Esta celebraci&oacute;n nos recuerda nuevamente que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contemple con indiferencia la suerte de los hombres, sus afanes, sus luchas y sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos, hasta el punto de enviarles a su Hijo, a su Verbo, &quot;para que tengan vida y la tengan en abundancia&quot; (<i>Jn<\/i>&nbsp;10, 10).<\/p>\n<p align=\"left\">Es ese Padre amoroso, que ahora nos atrae suavemente, por la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo que habita en nuestros corazones (cf.<i>&nbsp;Rom<\/i>&nbsp;5, 5).<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;Cu&aacute;ntas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman! Durante la horrenda y dura guerra, en mi juventud, vi partir a j&oacute;venes sin esperanza de volver, a padres arrancados de casa sin saber si volver&iacute;an alg&uacute;n d&iacute;a a encontrar a los suyos. Y en la hora de la partida, un gesto, una fotograf&iacute;a, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de alg&uacute;n modo la presencia en la ausencia., Y nada m&aacute;s. El amor humano s&oacute;lo es capaz de estos s&iacute;mbolos.<\/p>\n<p align=\"left\">En testimonio y como lecci&oacute;n de amor, en el momento de la despedida, &quot;viendo Jes&uacute;s que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am&oacute; hasta el fin&quot; (<i>Jn<\/i>13, 1). Y as&iacute;. en las v&iacute;speras de aquella &uacute;ltima Pascua pasada en este mundo con sus amigos, Jes&uacute;s &quot;tom&oacute; el pan y, despu&eacute;s de dar gracias, lo parti&oacute; y dijo: esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria m&iacute;a. Y asimismo, despu&eacute;s de cenar, tom&oacute; el c&aacute;liz, diciendo: Este es el c&aacute;liz de la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo beb&aacute;is, haced esto en memoria m&iacute;a&quot; (<i>1&nbsp;Cor <\/i>11, 23-25).<\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute;, al despedirse, el Se&ntilde;or Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un s&iacute;mbolo, sino la realidad de S&iacute; mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las especies del pan y del vino est&aacute; El, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y divinidad. As&iacute;, como dec&iacute;a un cl&aacute;sico de vuestra lengua (fray Antonio das Chagas,<i> Serm&otilde;es,<\/i> 1764, p&aacute;g. 220, San Cayetano): &quot;junt&aacute;ndose un infinito poder con un infinito amor, &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla?&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">Cada vez que nos congregamos para celebrar, como Iglesia pascual que somos, la fiesta del Cordero inmolado y vuelto a la vida, del Resucitado presente en medio de nosotros, por fuerza hay que tener bien vivo en la mente el significado del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo (cf.<i>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae_sp.html\">Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el Misterio y culto de la Sagrada Eucarist&iacute;a<\/a>,<\/i>&nbsp;24 febrero, 1980, n&uacute;m. 4).<\/p>\n<p align=\"left\">2.&nbsp;De esta conciencia, madura en la fe, brota la respuesta m&aacute;s profunda y agradecida a la pregunta que orienta a la reflexi&oacute;n en este Congreso Eucar&iacute;stico Nacional: &quot;&iquest;D&oacute;nde vas?&quot;. &iquest;Hacia qu&eacute; horizontes se dirigen los esfuerzos con los que construyes fatigosamente tu ma&ntilde;ana? &iquest;Cu&aacute;les son las metas que esperas alcanzar a trav&eacute;s de las luchas, del trabajo, de los sacrificios, a que te sometes en tu vivir cotidiano? S&iacute;;<i>&nbsp;&iquest;hacia d&oacute;nde va el hombre peregrino por el camino del mundo y de la historia? <\/i>Creo que, si prest&aacute;semos atenci&oacute;n a la respuestas, decididas o vacilantes, esperanzadas o dolorosas, que tales preguntas suscitan en cada persona \u2014no solamente en este pa&iacute;s, sino tambi&eacute;n en otras regiones de la tierra\u2014, quedar&iacute;amos sorprendidos con la identidad sustancial que hay entre ellas. Los caminos de los hombres son, frecuentemente, muy diferentes entre s&iacute;, los objetivos inmediatos que se proponen, presentan normalmente caracter&iacute;sticas no s&oacute;lo divergentes, sino a veces hasta contrarias. Y sin embargo, la meta &uacute;ltima hacia la que todos indistintamente se dirigen es siempre la misma: todos buscan la plena felicidad personal en el contexto de una verdadera comuni&oacute;n de amor. Si tratarais de penetrar hasta en lo m&aacute;s profundo de vuestros anhelos y de los anhelos de quienes pasan por vuestro lado, descubrir&iacute;ais que es &eacute;sta la aspiraci&oacute;n com&uacute;n de todos, &eacute;sta la esperanza que, despu&eacute;s de los fracasos, resurge siempre en el coraz&oacute;n humano, de las cenizas de toda desilusi&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Nuestro coraz&oacute;n busca la felicidad y quiere experimentarla en un contexto de amor verdadero. Pues bien; el cristiano sabe que la satisfacci&oacute;n aut&eacute;ntica de esta aspiraci&oacute;n s&oacute;lo se puede encontrar en Dios, a cuya imagen el hombre fue creado (cf.<i>&nbsp;G&eacute;n<\/i>&nbsp;1, 27). &quot;Nos hiciste para Ti, y nuestro coraz&oacute;n est&aacute; inquieto hasta que descanse en Ti&quot; (<i>Confes<\/i>. 1, 1). Cuando Agust&iacute;n, de vuelta de una tortuosa e in&uacute;til b&uacute;squeda de la felicidad en toda clase de placer y de vanidad, escrib&iacute;a en la primera p&aacute;gina de sus <i>Confesiones<\/i> estas famosas palabras, no hac&iacute;a sino dar expresi&oacute;n a la exigencia esencial que surge de lo m&aacute;s profundo de nuestro ser.<\/p>\n<p align=\"left\">3.&nbsp;Es una exigencia que no est&aacute; destinada a la decepci&oacute;n y a la frustraci&oacute;n: la fe nos asegura que<i>&nbsp;Dios vino al encuentro del hombre en la persona de Cristo,<\/i>&nbsp;en el cual &quot;habita toda la plenitud de la divinidad&quot;<i>&nbsp;(Col<\/i>&nbsp;2, 9). As&iacute;, pues, si el hombre desea encontrar satisfacci&oacute;n para la sed de felicidad que le abrasa el coraz&oacute;n, debe orientar sus pasos hacia Cristo. Cristo no est&aacute; lejos de &eacute;l. Nuestra vida aqu&iacute;, en la tierra, es en realidad un continuo sucederse de encuentros con Cristo; con Cristo presente en la Sagrada Escritura, como Palabra de Dios; con Cristo, presente en sus ministros, como Maestro, sacerdote y Pastor; con Cristo presente en el pr&oacute;jimo, especialmente en los pobres, en los enfermos, en los marginados, que constituyen sus miembros dolientes; con Cristo presente en los sacramentos, que son canales de su acci&oacute;n salvadora; con Cristo, hu&eacute;sped silencioso de nuestros corazones, donde habita comunicando su vida divina.<\/p>\n<p align=\"left\">Todo encuentro con Cristo deja marcas profundas. Sean encuentros nocturnos, como el de Nicodemus; encuentros casuales, como el de la samaritana; encuentros buscados, como el de la pecadora arrepentida; encuentros suplicantes como el del ciego a las puertas de Jeric&oacute;; o encuentros por curiosidad, como el de Zaqueo; o tambi&eacute;n, encuentros de intimidad, como los de los Ap&oacute;stoles llamados para seguirlo; encuentros fulgurantes, como el de Pablo en el camino de Damasco.<\/p>\n<p align=\"left\">Pero el encuentro m&aacute;s &iacute;ntimo y transformador, hacia el cual se ordenan todos los otros encuentros, es el encuentro en la &quot;mesa del misterio eucar&iacute;stico, esto es, en la mesa del pan del Se&ntilde;or&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae_sp.html\">Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el Misterio y culto de la Sagrada Eucarist&iacute;a<\/a>, <\/i>11)<i>. <\/i>Aqu&iacute; es Cristo en persona quien acoge al hombre, maltratado por las asperezas del camino y lo conforta con el calor de su comprensi&oacute;n y de su amor. En la Eucarist&iacute;a hallan su plena actuaci&oacute;n las dulc&iacute;simas palabras: &quot;Venid a M&iacute;, todos los que est&aacute;is fatigados y cargados, que yo os aliviar&eacute;&quot;<i>&nbsp;<\/i>(<i>Mt<\/i>&nbsp;11, 28). Ese alivio personal y profundo, que constituye la raz&oacute;n &uacute;ltima de toda nuestra fatiga por los caminos del mundo, lo podemos encontrar \u2014al menos como participaci&oacute;n y pregustaci&oacute;n\u2014 en ese Pan divino que Cristo nos ofrece en la mesa eucar&iacute;stica.<\/p>\n<p align=\"left\">4.&nbsp;<i>Una mesa.<\/i>&nbsp;No fue casualidad que el Se&ntilde;or, deseando darse por entero a nosotros, eligiera la forma de comida en familia. El encuentro en torno a una mesa dice relaci&oacute;n interpersonal y posibilidad de conocimiento rec&iacute;proco, de cambios mutuos, de di&aacute;logo enriquecedor. El convite eucar&iacute;stico se hace as&iacute;<i>&nbsp;signo <\/i>expresivo de comuni&oacute;n, de perd&oacute;n y de amor.<\/p>\n<p align=\"left\">&iquest;No son estas las realidades de las que se siente necesitado nuestro coraz&oacute;n peregrino? No puede pensarse en una felicidad humana aut&eacute;ntica, fuera de este contexto de conciliaci&oacute;n y de amistad sincera. Pues bien, la Eucarist&iacute;a no s&oacute;lo significa esta realidad, sino que la promueve eficazmente. San Pablo tiene una frase sumamente clara a este respecto: &quot;Nosotros \u2014observa\u2014 somos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese &uacute;nico pan&quot;<i>&nbsp;(1 Cor<\/i>&nbsp;10, 17). El alimento eucar&iacute;stico, haci&eacute;ndonos &quot;consangu&iacute;neos&quot; de Cristo, nos hace hermanos y hermanas entre nosotros. San Juan Cris&oacute;stomo sintetiza as&iacute;, con estilo incisivo, los efectos de la participaci&oacute;n en la Eucarist&iacute;a: &quot;Nosotros somos ese mismo cuerpo. &iquest;Qu&eacute; es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. &iquest;Qu&eacute; se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo. De hecho, como el pan es el resultado de muchos granos que, aunque sigan siendo ellos mismos, sin embargo no se distinguen porque est&aacute;n unidos, as&iacute; tambi&eacute;n nosotros nos unimos mutuamente con Cristo. No se alimenta uno de&nbsp;un cuerpo y otro de otro cuerpo distinto, sino todos del mismo cuerpo&quot; (<i>Comentario a la Primera Carta a los Corintios<\/i>).<\/p>\n<p align=\"left\">La comuni&oacute;n eucar&iacute;stica constituye, pues, el<i>&nbsp;signo de reuni&oacute;n de todos los fieles.<\/i>&nbsp;Signo verdaderamente sugestivo porque en la sagrada mesa desaparece toda diferencia de raza o de clase social permaneciendo solamente la participaci&oacute;n de todos en el mismo alimento sagrado. Esa participaci&oacute;n, id&eacute;ntica en todos, significa y realiza la supresi&oacute;n de todo lo que divide a los hombres y efect&uacute;a el encuentro de todos a un nivel superior, donde toda oposici&oacute;n queda eliminada. La Eucarist&iacute;a se hace de ese modo <i>el gran instrumento de aproximaci&oacute;n de los hombres entre si.<\/i>&nbsp;Siempre que los fieles participan de ella con coraz&oacute;n sincero, no pueden dejar de recibir un nuevo impulso para una mejor relaci&oacute;n entre s&iacute;, con el reconocimiento rec&iacute;proco de los propios derechos y tambi&eacute;n de los correspondientes deberes. De esa forma, se facilita el cumplimiento de las exigencias pedidas por la justicia, debido precisamente al clima particular de relaciones interpersonales que la caridad fraterna va creando dentro de la propia comunidad.<\/p>\n<p align=\"left\">Es instructivo recordar, a este respecto, lo que suced&iacute;a entre los cristianos de los primeros tiempos, a quienes los Hechos de los Ap&oacute;stoles los describen &quot;asiduos&#8230; en la fracci&oacute;n del pan&quot;<i>&nbsp;(Act <\/i>2, 42). De ellos se dec&iacute;a que &quot;viv&iacute;an unidos, teniendo todos sus bienes en com&uacute;n; pues vend&iacute;an sus posesiones y haciendas y las distribu&iacute;an entre todos seg&uacute;n la necesidad de cada uno&quot;<i>&nbsp;(ib., <\/i>vv. 44-45). Con tal procedimiento, los primeros cristianos pon&iacute;an en pr&aacute;ctica espont&aacute;neamente &quot;el principio, seg&uacute;n el cual los bienes de este mundo est&aacute;n destinados por el Creador para atender las necesidades de todos, sin excepci&oacute;n&quot; (cf. Pablo VI, <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/paul_vi\/messages\/lent\/documents\/hf_p-vi_mes_19780207_lent-1978_sp.html\">Mensaje de Cuaresma de 1978<\/a><\/i>). La caridad, alimentada en la com&uacute;n &quot;fracci&oacute;n del pan&quot;, se expresaba con natural continuidad en la alegr&iacute;a de gozar juntos de los bienes que Dios generosamente hab&iacute;a puesto a disposici&oacute;n de todos. De la Eucarist&iacute;a brota, como actitud cristiana, fundamental, la<i>&nbsp;repartici&oacute;n fraterna.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">5. A este respecto y bajo esta luz, me viene espont&aacute;neamente al alma la dif&iacute;cil condici&oacute;n de aquellos que, por razones diversas, deben abandonar su tierra de origen y trasladarse a otras regiones:<i>&nbsp;los emigrantes.<\/i>&nbsp;La pregunta: &quot;&iquest;D&oacute;nde vas?&quot; adquiere en su caso una dimensi&oacute;n especialmente realista: la dimensi&oacute;n de malestar y de soledad y, a menudo, la dimensi&oacute;n de incomprensi&oacute;n y de repulsa.<\/p>\n<p align=\"left\">El cuadro de la movilidad humana, en este vuestro pa&iacute;s, es amplio y complejo. Amplio, porque abarca millones de personas de todas las categor&iacute;as. Complejo, por las causas que supone, por las consecuencias que provoca, por las decisiones que exige. El n&uacute;mero de los que emigran dentro de esta inmensa naci&oacute;n alcanza, por lo que he podido saber, alturas que preocupan a los responsables; una buena parte de esos emigrantes va en busca de mejores condiciones de vida, saliendo de ambientes saturados de poblaci&oacute;n, hacia lugares m&aacute;s deshabitados, o de mejores condiciones de clima, que ofrecen, por eso mismo, la posibilidad de un progreso econ&oacute;mico y social m&aacute;s f&aacute;cil. Y no son pocos tambi&eacute;n los brasile&ntilde;os que traviesan la frontera.<\/p>\n<p align=\"left\">Pero Brasil, como tambi&eacute;n los otros pa&iacute;ses del continente americano, es una naci&oacute;n que ya dio mucho y debe mucho a la inmigraci&oacute;n; quiero recordar aqu&iacute; a los portugueses, los espa&ntilde;oles, los polacos, los italianos, los alemanes, los franceses, los holandeses y tantos otros de &Aacute;frica, del Medio y del Extremo Oriente, pr&aacute;cticamente del mundo entero, que aqu&iacute; encontraron vida y bienestar. Y todav&iacute;a hoy, no son pocos los extranjeros que piden trabajo y casa a este siempre generoso Brasil. En esta compleja situaci&oacute;n, &iquest;c&oacute;mo no pensar, por tanto, en el desarraigo cultural y tal vez ling&uuml;&iacute;stico, en la separaci&oacute;n, temporal o definitiva, de la familia, en las dificultades de inserci&oacute;n y de integraci&oacute;n en el nuevo ambiente, en el desequilibrio socio-pol&iacute;tico, en los dramas sicol&oacute;gicos y en tantas otras consecuencias, especialmente, de car&aacute;cter interior y espiritual?<\/p>\n<p align=\"left\">La Iglesia en Brasil ha querido unir la celebraci&oacute;n de este Congreso Eucar&iacute;stico con el problema de las migraciones. &quot;&iquest;D&oacute;nde vas?&quot;. Es una pregunta a la cual cada uno debe dar su respuesta, que respete las leg&iacute;timas aspiraciones de los dem&aacute;s. La Iglesia nunca se cans&oacute; ni se cansar&aacute; de proclamar los derechos fundamentales del hombre: &quot;el derecho a habitar libremente en el propio pa&iacute;s, a tener una patria, a emigrar por el interior y hacia el extranjero y establecerse por motivos leg&iacute;timos; o convivir en cualquier lugar con la propia familia; a disponer de los bienes necesarios para la vida; a conservar y desarrollar el propio patrimonio &eacute;tnico, cultural, ling&uuml;&iacute;stico; a profesar p&uacute;blicamente la propia religi&oacute;n, a ser reconocido y tratado en conformidad con la dignidad de persona en cualquier circunstancia&quot;<i>&nbsp;(Iglesia y movilidad humana,<\/i>&nbsp;1978, II, 3;<i>&nbsp;L&#8217;Osservatore Romano, <\/i>Edici&oacute;n en Lengua Espa&ntilde;ola, 4 de junio, 1978, p&aacute;g. 9). Por ese motivo la Iglesia no puede eximirse de denunciar las situaciones que obligan a muchos a la emigraci&oacute;n como lo hizo en Puebla (cf. <i>Documento,<\/i>&nbsp;n&uacute;ms. 29 y 71).<\/p>\n<p align=\"left\">Es, sin embargo, necesario, que esta denuncia de la Iglesia sea confirmada con una acci&oacute;n pastoral concreta, que empe&ntilde;e todas sus energ&iacute;as. Las de las Iglesias del punto de procedencia, a trav&eacute;s de una preparaci&oacute;n adecuada de quienes se disponen a emigrar. Las de las Iglesias del lugar de llegada, que deber&aacute;n sentirse responsables de una buena acogida, que deber&aacute; traducirse en gestos fraternos para con los emigrantes.<\/p>\n<p align=\"left\">Que esta fraternidad, la cual encuentra en la Eucarist&iacute;a su punto m&aacute;s alto, se haga aqu&iacute; una realidad cada d&iacute;a m&aacute;s vigorosa. Al lado de los indios, primeros moradores de estas tierras, los emigrantes, procedentes de todas las partes del mundo, formaron un pueblo s&oacute;lido y din&aacute;mico que, amalgamado por la&nbsp;Eucarist&iacute;a, supo afrontar y superar en el pasado grandes dificultades. Mi deseo es que la fe cristiana, alimentada en la mesa eucar&iacute;stica, contin&uacute;e siendo el fermento unificador de las nuevas generaciones, de tal modo que Brasil pueda mirar serenamente su futuro y avanzar por el camino de un progreso humano aut&eacute;ntico.<\/p>\n<p>6. Al comienzo de esta celebraci&oacute;n cantasteis con entusiasmo: &quot;Reuniste en un solo pueblo \/ emigrantes, nordestinos \/ extranjeros y nativos: \/ somos todos peregrinos&quot;.<\/p>\n<p>Es una verificaci&oacute;n plenamente ligada a la realidad. S&iacute;; todos somos peregrinos; perseguidos por el tiempo que pasa, errantes por las veredas de la tierra, caminamos en las sombras de lo temporal en busca de la paz verdadera, de esa alegr&iacute;a segura que tanto necesita nuestro coraz&oacute;n cansado. En el banquete eucar&iacute;stico, Cristo viene a nuestro encuentro para ofrecernos, bajo las humildes apariencias de pan y de vino, la prenda de aquellos bienes supremos hacia los cuales tiende nuestra esperanza. Dig&aacute;mosle, pues, con fe renovada:<\/p>\n<p>&quot;Nosotros formamos tu pueblo \/ que es santo y pecador: \/ crea en nosotros corazones nuevos \/ transformados por el amor&quot;.<\/p>\n<p>Hombres de coraz&oacute;n nuevo, un coraz&oacute;n transformado por el amor: esto es lo que necesita Brasil para caminar confiado al encuentro de su futuro. Por eso, mi petici&oacute;n, mi deseo es que esta naci&oacute;n pueda prosperar siempre espiritual, moral y materialmente, animada con ese esp&iacute;ritu fraterno, que Cristo vino a traer al mundo. Que desapar&eacute;zcanlo se reduzcan progresivamente al m&iacute;nimo, en su interior, las diferencias entre regiones dotadas de especial bienestar material y regiones menos afortunadas. &iexcl;Que desaparezcan la pobreza, la miseria moral y espiritual, la marginaci&oacute;n, y que todos los ciudadanos se reconozcan y se abracen como aut&eacute;nticos hermanos en Cristo!<\/p>\n<p>Todo eso ser&aacute; ciertamente posible si una nueva era de vida eucar&iacute;stica vuelve a animar la vida de la Iglesia en Brasil. &iexcl;Que el amor y la adoraci&oacute;n de Jes&uacute;s Sacramentado sean, pues, la se&ntilde;al m&aacute;s luminosa de vuestra fe, de la fe del pueblo brasile&ntilde;o!<\/p>\n<p>&iexcl;Oh Jes&uacute;s Eucarist&iacute;a, bendice a tu Iglesia, bendice a esta gran naci&oacute;n, y conc&eacute;dele la prosperidad tranquila y la paz aut&eacute;ntica! &iexcl;Am&eacute;n!<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\">***<\/p>\n<p align=\"left\"><i>(Antes de rezar la oraci&oacute;n final, el Santo Padre record&oacute; la desgracia ocurrida al alba de ese mismo d&iacute;a cuando la multitud que esperaba junto al estadio de Castel<font face=\"Times New Roman\">&atilde;<\/font>o forz&oacute; una de las verjas, y tres personas resultaron muertas, quince heridas levemente y otras quince de mayor gravedad.) <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos<b> y<\/b> hermanas: Me acaban de informar sobre el triste accidente ocurrido esta ma&ntilde;ana en el estadio. Me ha impresionado fuertemente, pues estos hermanos nuestros hab&iacute;an venido a participar en el Congreso Eucar&iacute;stico. El hecho me ha causado inmenso dolor. Quiero expresar aqu&iacute; mi p&eacute;same y condolencia. Deseo decir una palabra de consuelo a los heridos<b> y<\/b> a las familias afectadas. Os invito a rezar conmigo en sufragio del alma de las personas fallecidas. Dales, Se&ntilde;or, el descanso eterno. Descansen en paz en los esplendores de la luz perdurable.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO DE JUAN PABLO II A BRASIL MISA INAUGURAL DEL X CONGRESO EUCAR&Iacute;STICO DE BRASIL HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Explanada del Estadio Castel&atilde;o, Fortaleza Mi&eacute;rcoles 9 de julio de 1980 &nbsp; Se&ntilde;or cardenal Alo&iacute;sio Lorscheider, arzobispo de Fortaleza, mis amados hermanos en el Episcopado, en el sacerdocio, hijos e hijas car&iacute;simos: &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/9-de-julio-de-1980-misa-inaugural-del-x-congreso-eucaristico-de-brasil-fortaleza\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab9 de julio\u00a0 de 1980, Misa inaugural del X Congreso Eucar\u00edstico de Brasil, Fortaleza\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39620","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39620","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39620"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39620\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39620"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39620"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39620"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}