{"id":39628,"date":"2016-10-05T22:56:33","date_gmt":"2016-10-06T03:56:33","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/2-de-julio-de-1980-ordenacion-de-diaconos-en-el-estadio-de-maracana-rio-de-janeiro\/"},"modified":"2016-10-05T22:56:33","modified_gmt":"2016-10-06T03:56:33","slug":"2-de-julio-de-1980-ordenacion-de-diaconos-en-el-estadio-de-maracana-rio-de-janeiro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/2-de-julio-de-1980-ordenacion-de-diaconos-en-el-estadio-de-maracana-rio-de-janeiro\/","title":{"rendered":"2 de julio de 1980, Ordenaci\u00f3n de di\u00e1conos en el estadio de Maracan\u00e1, R\u00edo de Janeiro"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/holy_father\/john_paul_ii\/travels\/sub_index1980\/trav_brazil_sp.htm\">VIAJE APOST&Oacute;LICO DE JUAN PABLO II A BRASIL<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/> Y ORDENACI&Oacute;N SACERDOTAL DE DI&Aacute;CONOS<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/> <\/font><\/b><\/i><br \/> <i>Estadio de Maracan&aacute;<br \/> Mi&eacute;rcoles 2 de julio de 1980<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Venerables hermanos y car&iacute;simos hijos:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1. Es solemne esta hora. El Se&ntilde;or est&aacute; presente aqu&iacute;, en medio de nosotros. Para darnos seguridad sobre esto, bastar&iacute;a su promesa: &quot;Donde est&aacute;n dos o tres congregados en mi nombre, all&iacute; estoy Yo en medio de ellos&quot;<i> (Mt<\/i> 18, 20), Y en su nombre estamos reunidos para la ordenaci&oacute;n sacerdotal de estos j&oacute;venes que est&aacute;n aqu&iacute;, delante del altar. Sobre ellos, elegidos de entre la maravillosa y generosa tierra de Brasil con afecto de predilecci&oacute;n, Jes&uacute;s har&aacute; descender, dentro de poco, el Esp&iacute;ritu del Padre y el Suyo. Y el Esp&iacute;ritu Santo, marc&aacute;ndolos con su sello a trav&eacute;s de la imposici&oacute;n de las manos del obispo, enriqueci&eacute;ndolos de gracias y poderes particulares, realizar&aacute; en ellos una misteriosa y real configuraci&oacute;n con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y har&aacute; de ellos sus ministros<i> para siempre.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Conviene, en este momento del solemne rito, detenernos a meditar. El Evangelio que hemos escuchado y la ceremonia lit&uacute;rgica que precedi&oacute; a su lectura son temas capaces de fijar nuestra mente en una contemplaci&oacute;n sin fin. Es natural que en este momento de intensa alegr&iacute;a, yo me dirija de modo especial a vosotros, car&iacute;simos ordenandos, que sois el motivo de esta celebraci&oacute;n. Y lo hago con las palabras del Ap&oacute;stol Pablo: &quot;Os nostrum patet ad vos&#8230; cor nostrum dilatatum est&quot;. &quot;Os abrimos nuestra boca&#8230; ensanchamos nuestro coraz&oacute;n&quot;<i> (2 Cor <\/i>6, 11). Deseo ardientemente ayudaros a comprender la grandeza y el significado del paso que os dispon&eacute;is a dar. Esta solemne hora tendr&aacute; indudablemente un reflejo sobre todas las que vendr&aacute;n despu&eacute;s en el transcurso de vuestra existencia. Deber&eacute;is volver muchas veces a recordar este momento a fin de tomar impulso para continuar, con renovado ardor y generosidad, el servicio que hoy sois llamados a ejercer en la Iglesia.<\/p>\n<p align=\"left\">2. &quot;&iquest;Qui&eacute;n soy yo? &iquest;Qu&eacute; se exige de m&iacute;? &iquest;Cu&aacute;l es mi identidad?&quot; Es esta la angustiosa pregunta que m&aacute;s frecuentemente se plantea hoy el sacerdote, ciertamente expuesto a los contraataques de la crisis de transformaci&oacute;n que sacude al mundo.<\/p>\n<p align=\"left\">Vosotros, car&iacute;simos hijos, no sent&iacute;s ciertamente la necesidad de haceros esas preguntas. La luz que hoy os invade os da una certeza casi sensible de lo que sois, de aquello para lo que est&aacute;is llamados. Pero puede suceder que encontr&eacute;is ma&ntilde;ana a hermanos en el sacerdocio que, en medio de incertidumbres, se pregunten sobre su propia identidad. Puede suceder que, adormecido y distante el primer fervor, llegu&eacute;is tambi&eacute;n vosotros un d&iacute;a a interrogaros. Por eso, yo quisiera proponeros algunas reflexiones sobre la verdadera fisonom&iacute;a del sacerdote, que sirviesen de poderosa ayuda para vuestra fidelidad sacerdotal.<\/p>\n<p align=\"left\">Ciertamente, no encontraremos nuestra respuesta en las ciencias del comportamiento humano ni en las estad&iacute;sticas socio-religiosas, pero s&iacute; en Cristo y en la fe. Interrogaremos humildemente al Divino Maestro y le preguntaremos qui&eacute;nes somos, c&oacute;mo quiere El que seamos, cu&aacute;l es, ante El, nuestra identidad.<\/p>\n<p align=\"left\">3.&nbsp;Una primera respuesta se nos da inmediatamente: somos<i> llamados.<\/i> La historia de nuestro sacerdocio comienza por un llamamiento divino, como sucedi&oacute; a los Ap&oacute;stoles. Al elegirlos, es manifiesta la intenci&oacute;n de Jes&uacute;s. Es El quien toma la iniciativa. El mismo lo har&aacute; notar: &quot;No me hab&eacute;is elegido vosotros a m&iacute;, sino que yo os eleg&iacute; a vosotros&quot; (<i>Jn<\/i> 15, 16). Las sencillas y enternecedoras escenas que nos representan la llamada de cada disc&iacute;pulo revelan la actuaci&oacute;n precisa de determinadas preferencias (cf.&nbsp;<i>Lc<\/i> 6, 13), sobre las cuales es conveniente meditar.<\/p>\n<p align=\"left\"><i>&iquest;A qui&eacute;n<\/i>&nbsp;elige El? No parece que considere la clase social de sus elegidos (cf. <i>1 Cor<\/i> 1, 27), ni que cuente con entusiasmos superficiales (cf.<i> Mt<\/i> 8, 19-22). Una cosa es cierta: somos llamados por Cristo, por Dios. Lo que quiere decir que somos amados por Cristo, por Dios. &iquest;Pensamos en esto bastante? En realidad, la vocaci&oacute;n al sacerdocio es una se&ntilde;al de predilecci&oacute;n por parte de Aquel que, escogi&eacute;ndoos entre tantos hermanos, os llam&oacute; a participar, de un modo totalmente especial, de su amistad: &quot;Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su se&ntilde;or; pero os digo amigos, porque todo lo que o&iacute; de mi Padre os lo he dado a conocer&quot;<i> <\/i> (<i>Jn<\/i> 15, 15). Nuestro llamamiento al sacerdocio, al se&ntilde;alar el momento m&aacute;s alto en el uso de nuestra libertad, provoc&oacute; la grande e irrevocable opci&oacute;n de nuestra vida y, por tanto, la p&aacute;gina m&aacute;s bella en la historia de nuestra experiencia humana. &iexcl;Nuestra felicidad consiste en no despreciarla jam&aacute;s!<\/p>\n<p align=\"left\">4.&nbsp;Con el rito de la sagrada ordenaci&oacute;n ser&eacute;is introducidos, hijos car&iacute;simos, en un nuevo g&eacute;nero de vida, que os separa de todo y os une a Cristo con un v&iacute;nculo original, inefable, irreversible. As&iacute;, vuestra identidad se enriquece con otra distinci&oacute;n: sois<i> consagrados.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Esa misi&oacute;n del sacerdocio no es un simple t&iacute;tulo jur&iacute;dico. No consiste precisamente en un servicio eclesial prestado a la comunidad, delegado por ella y, por tanto, revocable por la misma comunidad o renunciable por libre decisi&oacute;n del &quot;funcionario&quot;. Se trata, por el contrario, de una real e &iacute;ntima transformaci&oacute;n por la que&nbsp;pas&oacute;&nbsp;vuestro organismo sobrenatural gracias a una &quot;se&ntilde;al&quot; divina, el &quot;car&aacute;cter&quot;, que os habilita para obrar &quot;in persona Christi&quot; (haciendo las veces de Cristo), y por eso os califica en relaci&oacute;n a El como instrumentos vivos de su acci&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Comprender&eacute;is ahora c&oacute;mo el sacerdote se convierte en un &quot;segregatus in Evangelium Dei&quot; (elegido para anunciar el Evangelio de Dios, cf.<i> Rom<\/i> 1, 1); no pertenece a este mundo, sino que se halla, de ahora en adelante, en un estado de exclusiva propiedad del Se&ntilde;or. El car&aacute;cter sagrado le afecta de modo tan profundo que orienta integralmente todo su ser y su obrar hacia un destino sacerdotal. De modo que no queda en &eacute;l ya nada de lo que pueda disponer como si no fuese sacerdote y, menos todav&iacute;a, como si estuviese en contraste con tal dignidad. Aun cuando realiza acciones que, por su naturaleza son de orden temporal, el sacerdote es siempre ministro de Dios. En &eacute;l, todo, incluso lo profano, debe convertirse en &quot;sacerdotalizado&quot;, como en Jes&uacute;s, que siempre fue sacerdote, siempre actu&oacute; como sacerdote, en todas las manifestaciones de su vida.<\/p>\n<p align=\"left\">Jes&uacute;s nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confiri&oacute;, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es El quien act&uacute;a por medio de nosotros. &quot;Por el sacramento del orden \u2014dijo alguien acertadamente\u2014, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Se&ntilde;or la voz, las manos, todo su ser. Es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagraci&oacute;n, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre&quot; (cf. J. M. Escriv&aacute; de Balaguer,<i> Sacerdote para la eternidad,<\/i> p&aacute;g. 20. Madrid, 1973). Y podemos a&ntilde;adir: Es el propio Jes&uacute;s quien, en el sacramento de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: &quot;Tus pecados te son perdonados&quot;<i> (Mt<\/i> 9, 2; <i>Lc<\/i> 5, 20; 7, 48; cf.<i> Jn<\/i> 20, 23). Y es El quien habla, cuando el sacerdote, ejerciendo su ministerio en nombre y en el esp&iacute;ritu de la Iglesia, anuncia la Palabra de Dios. Es el propio Cristo quien cuida los enfermos, los ni&ntilde;os y los pecadores, cuando les envuelve el amor y la solicitud pastoral de los ministros sagrados.<\/p>\n<p align=\"left\">Como veis, nos encontramos aqu&iacute; en la culminaci&oacute;n del sacerdocio de Cristo, del que somos part&iacute;cipes y que hac&iacute;a exclamar al autor de la Carta a los Hebreos: &quot;&#8230; Grandis sermo et in&iacute;nterpretabilis ad dicendum&quot;, &quot;tenemos mucho que decir, de dif&iacute;cil inteligencia&quot;<i> (Heb <\/i>5,11).<\/p>\n<p align=\"left\">La expresi&oacute;n &quot;Sacerdos, alter Christus&quot;, &quot;el sacerdote es otro Cristo&quot;, acu&ntilde;ada por la intuici&oacute;n del pueblo cristiano, no es un simple modo de hablar, una met&aacute;fora, sino una maravillosa, sorprendente y consoladora realidad.<\/p>\n<p align=\"left\">5. Este don del sacerdocio, no os olvid&eacute;is nunca de ello, es un prodigio que fue realizado<i> en vosotros,<\/i> pero no<i> para vosotros.<\/i> Lo fue<i> para la Iglesia,<\/i> lo que quiere decir para que el mundo se salve. La dimensi&oacute;n sagrada del sacerdocio est&aacute; totalmente ordenada a la dimensi&oacute;n apost&oacute;lica; es decir, a la misi&oacute;n, al ministerio pastoral. &quot;Como me envi&oacute; mi Padre, as&iacute; os env&iacute;o yo&quot;<i> (Jn<\/i> 20, 21).<\/p>\n<p align=\"left\">El sacerdote es, por tanto,<i> un enviado. <\/i>Es &eacute;sta otra nota esencial de la identidad sacerdotal.<\/p>\n<p align=\"left\">El sacerdote es el hombre de la comunidad, ligado de forma total e irrevocable a su servicio, lo explic&oacute; claramente el Concilio (cf.<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a>, <\/i>12). Bajo este aspecto, est&aacute;is destinados al cumplimiento de una doble funci&oacute;n, que bastar&iacute;a, de por s&iacute;, para una interminable meditaci&oacute;n sobre el sacerdocio. Revisti&eacute;ndoos de la persona de Cristo ejercer&eacute;is de alg&uacute;n modo su funci&oacute;n de mediador. Ser&eacute;is int&eacute;rpretes de la Palabra de Dios, dispensadores de los misterios divinos (cf.<i> 1 Cor<\/i> 4<i>,<\/i> 1; 2<i> Cor<\/i> 6, 4) ante el pueblo. Y ser&eacute;is, ante Dios, los representantes del pueblo en todos sus componentes: los ni&ntilde;os, los j&oacute;venes, las familias, los trabajadores, los pobres, los humildes, los enfermos, e incluso los distanciados y los enemigos. Ser&eacute;is los portadores de sus ofrendas. Ser&eacute;is su voz orante y suplicante, alegre y llorosa. Ser&eacute;is su expiaci&oacute;n (cf. <i>2 Cor<\/i> 5, 21).<\/p>\n<p align=\"left\">Llevemos, por tanto, grabada en la memoria y en el coraz&oacute;n la palabra del Ap&oacute;stol: &quot;Pro Cristo legatione fungimur, tamquam Deo exhortante per nos&quot;, &quot;Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros&quot; (<i>2 Cor<\/i> 5, 20), para hacer de nuestra vida una &iacute;ntima, progresiva y firme imitaci&oacute;n de Cristo Redentor.<\/p>\n<p align=\"left\">6. Queridos hijos: con esta r&aacute;pida exposici&oacute;n he procurado trazaros los rasgos fundamentales del perfil del sacerdote.<\/p>\n<p align=\"left\">Deseo ahora sacar algunas consecuencias pr&aacute;cticas que os ayudar&aacute;n en el cumplimiento de vuestra actividad sacerdotal, dentro o fuera de la sociedad eclesial.<\/p>\n<p align=\"left\">Ante todo, en el mundo<i> eclesial.<\/i> Sab&eacute;is que la doctrina del sacerdocio com&uacute;n de los fieles, tan ampliamente desarrollada por el Concilio, ofreci&oacute; al laicado la ocasi&oacute;n providencial de descubrir cada vez m&aacute;s la vocaci&oacute;n de todo bautizado al apostolado y su necesario compromiso, activo y consciente, con la tarea de la Iglesia. De ello result&oacute; un amplio y consolador florecimiento de iniciativas y de obras que constituyen una inestimable contribuci&oacute;n para el anuncio del mensaje cristiano, tanto en tierras de misi&oacute;n como en pa&iacute;ses como el vuestro, donde se siente m&aacute;s agudamente la necesidad de suplir, con el auxilio de los laicos, la presencia del sacerdote.<\/p>\n<p align=\"left\">Es algo consolador y debemos ser los primeros en alegrarnos con esta colaboraci&oacute;n del laicado y alentarla.<\/p>\n<p align=\"left\">Urge decir, mientras tanto, que nada de eso disminuye en modo alguno la importancia y la necesidad del ministerio sacerdotal, ni puede justificar un menor inter&eacute;s por las vocaciones eclesi&aacute;sticas. Menos a&uacute;n, puede justificar el intento de trasladar a la asamblea o a la comunidad el poder que Cristo confiri&oacute; exclusivamente a los ministros sagrados. El papel del sacerdote sigue siendo insustituible. Debemos, ciertamente, solicitar, de todos modos, la colaboraci&oacute;n de los laicos. Pero, en la econom&iacute;a de la Redenci&oacute;n, existen tareas y funciones \u2014como la ofrenda del sacrificio eucar&iacute;stico, el perd&oacute;n de los pecados, el oficio del magisterio\u2014 que Cristo quiso ligar esencialmente al sacerdocio y en las cuales nadie nos podr&aacute; sustituir sin haber recibido las sagradas &oacute;rdenes. Sin el ministerio sacerdotal, la vitalidad religiosa corre el riesgo de ver cortadas sus fuentes; la comunidad cristiana, de disgregarse; y la Iglesia, de secularizarse.<\/p>\n<p align=\"left\">Es verdad que la gracia de Dios puede actuar de igual modo, especialmente donde existe la imposibilidad de tener un ministro de Dios, y donde nadie tiene culpa del hecho de no tenerlo. Es necesario, sin embargo, no olvidar que el camino normal y seguro de los bienes de la Redenci&oacute;n pasa a trav&eacute;s de los medios instituidos por Cristo y en las formas establecidas por El.<\/p>\n<p align=\"left\">De aqu&iacute; se deduce tambi&eacute;n el inter&eacute;s que cada uno de nosotros debemos tener por el problema de las vocaciones. Os exhortamos a consagrar las primeras y m&aacute;s desveladas preocupaciones de vuestro ministerio a este sector. Es un problema de la Iglesia (cf.<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a>,<\/i> 2). Es un problema que sobresale entre todos. De &eacute;l depende la certeza del futuro religioso de vuestra patria. Podr&aacute;n tal vez desanimaros las dificultades reales para hacer llegar al mundo joven la invitaci&oacute;n de la Iglesia. Pero &iexcl;tened confianza! Tambi&eacute;n la juventud de nuestro tiempo siente poderosamente la atracci&oacute;n hacia las alturas, hacia las cosas arduas, hacia los grandes ideales. No os ilusion&eacute;is con que la perspectiva de un sacerdocio menos austero en sus exigencias de sacrificio y de renuncia \u2014como por ejemplo en la disciplina del celibato eclesi&aacute;stico\u2014 pueda aumentar el n&uacute;mero de quienes pretenden comprometerse en el seguimiento de Cristo. Por el contrario, m&aacute;s bien es una mentalidad de fe vigorosa y consciente lo que falta y se hace necesario crearla en nuestras comunidades. All&iacute; donde el sacrificio cotidiano mantiene despierto el ideal evang&eacute;lico y eleva a alto nivel el amor de Dios, las vocaciones contin&uacute;an siendo numerosas. Lo confirma la situaci&oacute;n religiosa en el mundo. Los pa&iacute;ses donde la Iglesia es perseguida son, parad&oacute;jicamente, aquellos en que las vocaciones son m&aacute;s florecientes y algunas veces incluso m&aacute;s abundantes.<\/p>\n<p align=\"left\">7. Es necesario, adem&aacute;s, que tom&eacute;is conciencia, amados sacerdotes, de que vuestro ministerio se desarrolla hoy en el &aacute;mbito de una sociedad secularizada, cuya caracter&iacute;stica es el eclipse progresivo de lo sagrado y la eliminaci&oacute;n sistem&aacute;tica de los valores religiosos. Est&aacute;is llamados a realizar en ella la salvaci&oacute;n como <i>signos e instrumentos del mundo invisible.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Prudentes, pero confiados, vivir&eacute;is entre los hombres para compartir sus angustias y esperanzas, para alentarles en sus esfuerzos de liberaci&oacute;n y de justicia. No os dej&eacute;is, sin embargo, poseer por el mundo ni por su pr&iacute;ncipe, el maligno (cf.<i> Jn <\/i>17, 14-15). No os acomod&eacute;is a las opiniones y a los gustos de este mundo, como exhorta San Pablo: &quot;Nol&iacute;te conformari huic saeculo&quot; (<i>Rom<\/i> 12, 1-2). Por el contrario, ajustad vuestra personalidad, con sus aspiraciones, a la l&iacute;nea de la voluntad de Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">La fuerza del signo no est&aacute; en el conformismo, sino en la distinci&oacute;n. La luz es distinta de las tinieblas para poder iluminar el camino de quien anda en la oscuridad. La sal es distinta de la comida para darle sabor. El fuego es distinto del hielo para calentar los miembros ateridos por el fr&iacute;o. Cristo nos llama luz y sal de la tierra. En un mundo disipado y confuso como el nuestro, la fuerza del signo est&aacute; exactamente en ser diferente. El signo debe destacarse tanto m&aacute;s cuanto que la acci&oacute;n apost&oacute;lica exige mayor inserci&oacute;n en la masa humana.<\/p>\n<p align=\"left\">A este prop&oacute;sito, &iquest;c&oacute;mo negar que una cierta absorci&oacute;n de la mentalidad del mundo, la frecuentaci&oacute;n de ambientes disipadores, as&iacute; como tambi&eacute;n el abandono del modo externo de presentarse, distintivo de los sacerdotes, pueden disminuir la sensibilidad del propio valor del signo?<\/p>\n<p align=\"left\">Cuando se pierden de vista esos horizontes luminosos, la figura del sacerdote se oscurece, su identidad entra en crisis, sus deberes peculiares no se justifican ya y se contradicen, se debilita su raz&oacute;n de ser.<\/p>\n<p align=\"left\">Y no se recupera esa fundamental raz&oacute;n de ser haci&eacute;ndose el sacerdote &quot;un hombre para los dem&aacute;s&quot;. &iquest;Acaso no lo debe ser quienquiera que desee seguir al Divino Maestro? . &quot;Hombre para los dem&aacute;s&quot; el sacerdote lo es, ciertamente, pero en virtud de su manera peculiar de ser &quot;hombre para Dios&quot;. El servicio de Dios es el cimiento sobre el que hay que construir el genuino servicio de los hombres, el que consiste en liberar a las almas de la esclavitud del pecado y volver a conducir al hombre al necesario servicio de Dios. Dios, en efecto, quiere hacer de la humanidad un pueblo que lo adore, &quot;en esp&iacute;ritu y en verdad&quot; (<i>Jn<\/i> 4, 23).<\/p>\n<p align=\"left\">Quede as&iacute; bien claro que el servicio sacerdotal, si quiere permanecer fiel a s&iacute; mismo, es un servicio excelente y esencialmente espiritual. Que se acent&uacute;e esto hoy, contra las multiformes tendencias a secularizar el servicio del cura, reduci&eacute;ndolo a una funci&oacute;n meramente filantr&oacute;pica. Su servicio no es el del m&eacute;dico, del asistente social, del pol&iacute;tico o del sindicalista. En ciertos casos, tal vez, el cura podr&aacute; prestar, quiz&aacute; de manera supletoria, esos servicios y, en el pasado, los prest&oacute; de forma muy notable. Pero hoy, esos servicios son realizados adecuadamente por otros miembros de la sociedad, mientras que nuestro servicio se especifica cada vez m&aacute;s claramente como un servicio espiritual. Es en el campo de las almas, de sus relaciones con Dios, y de su relaci&oacute;n interior con sus semejantes, donde el sacerdote tiene una funci&oacute;n esencial que desempe&ntilde;ar. Es ah&iacute; donde debe realizar su asistencia a los hombres de nuestro tiempo. Ciertamente, siempre que las circunstancias lo exijan, no debe eximirse de prestar tambi&eacute;n una asistencia material, mediante las obras de caridad y la defensa de la justicia. Pero, como he dicho, eso es en definitiva un servicio secundario, que no debe jam&aacute;s perder de vista el servicio principal, que es el de ayudar a las almas a descubrir al Padre, abrirse a El y amarlo sobre todas las cosas.<\/p>\n<p align=\"left\">Solamente as&iacute;, es como el sacerdote jam&aacute;s podr&aacute; sentirse un in&uacute;til, un fracasado, aun cuando se viere obligado a renunciar a alguna actividad exterior. El Santo Sacrifico de la Misa, la oraci&oacute;n, la penitencia, lo mejor, \u2014m&aacute;s a&uacute;n, lo esencial\u2014 de su sacerdocio, permanecer&iacute;a &iacute;ntegro, como lo fue para Jes&uacute;s en los treinta a&ntilde;os de su vida oculta. A Dios le ser&iacute;a dada una gloria todav&iacute;a m&aacute;s inmensa. La Iglesia y el mundo no quedar&iacute;an privados de un aut&eacute;ntico servicio espiritual.<\/p>\n<p align=\"left\">8. Queridos ordenandos, car&iacute;simos sacerdotes: al llegar aqu&iacute;, mi pl&aacute;tica se transforma en oraci&oacute;n, en una oraci&oacute;n que deseo confiar a la intercesi&oacute;n de Mar&iacute;a Sant&iacute;sima, Madre de la Iglesia y Reina de los Ap&oacute;stoles. En la ansiosa espera del sacerdocio, os colocasteis ciertamente cerca de Ella, como los Ap&oacute;stoles en el Cen&aacute;culo. Que Ella os obtenga las gracias que m&aacute;s necesit&aacute;is para vuestra santificaci&oacute;n y para la prosperidad religiosa de vuestro pa&iacute;s. Que Ella os conceda sobre todo el amor, su amor, el que le dio la gracia de engendrar a Cristo, para ser capaces de cumplir la misi&oacute;n de engendrar a Cristo en las almas. Que Ella os ense&ntilde;e a ser puros, como Ella lo fue, os haga fieles al llamamiento divino, os haga comprender, toda la belleza, la alegr&iacute;a y la fuerza de un ministerio vivido sin reservas en la dedicaci&oacute;n y en la inmolaci&oacute;n por el servicio de Dios y de las almas. Pedimos finalmente a Mar&iacute;a, para vosotros y para todos nosotros los aqu&iacute; presentes, que nos ayude a decir, a ejemplo suyo, la gran palabra: S&Iacute; a la voluntad de Dios, aun cuando sea exigente, aun cuando sea incomprensible, aun cuando sea dolorosa para nosotros. &iexcl;As&iacute; sea!<\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO DE JUAN PABLO II A BRASIL CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA Y ORDENACI&Oacute;N SACERDOTAL DE DI&Aacute;CONOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Estadio de Maracan&aacute; Mi&eacute;rcoles 2 de julio de 1980 &nbsp; Venerables hermanos y car&iacute;simos hijos: 1. Es solemne esta hora. 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