{"id":39644,"date":"2016-10-05T22:56:57","date_gmt":"2016-10-06T03:56:57","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-mayo-de-1980-solemnidad-de-pentecostes\/"},"modified":"2016-10-05T22:56:57","modified_gmt":"2016-10-06T03:56:57","slug":"25-de-mayo-de-1980-solemnidad-de-pentecostes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-mayo-de-1980-solemnidad-de-pentecostes\/","title":{"rendered":"25 de mayo de 1980, Solemnidad de Pentecost\u00e9s"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<br \/> <\/font><\/b> <br \/> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Domingo 25 de mayo de 1980<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Venerados hermanos y querid&iacute;simos hijos:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1. He aqu&iacute; que ha llegado de nuevo para nosotros, de acuerdo con el orden del calendario lit&uacute;rgico, &quot;el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s&quot;&#8230; (<i>Act<\/i> 2, 1), d&iacute;a de particular solemnidad que, por dignidad de celebraci&oacute;n y riqueza de contenido espiritual, se equipara al d&iacute;a mismo de la Pascua. &iquest;Es posible establecer un parang&oacute;n entre el Pentecost&eacute;s, de que hablan los <i>Hechos de los Ap&oacute;stoles<\/i>, que tuvo lugar 50 d&iacute;as despu&eacute;s de la Resurrecci&oacute;n del Se&ntilde;or, y el Pentecost&eacute;s de hoy? S&iacute;, no s&oacute;lo es posible, sino que es cierta, indudable y corroborante esta conexi&oacute;n <i>en la vida y para la vida<\/i> de la Iglesia, a nivel tanto de su historia bimilenaria, como de la actualidad del tiempo que estamos viviendo, como hombres de esta generaci&oacute;n. Nosotros tenemos el derecho, el deber y la alegr&iacute;a de decir que Pentecost&eacute;s contin&uacute;a. Hablamos leg&iacute;timamente de &quot;perennidad&quot; de Pentecost&eacute;s. Efectivamente, sabemos que cincuenta d&iacute;as despu&eacute;s de la Pascua los Ap&oacute;stoles, reunidos en el mismo Cen&aacute;culo que hab&iacute;a sido antes el lugar de la primera Eucarist&iacute;a y, luego, del primer encuentro con el Resucitado, <i>descubren en s&iacute; la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo<\/i> que descendi&oacute; sobre ellos, la fuerza de Aquel que el Se&ntilde;or les hab&iacute;a prometido repetidamente a precio de su padecer mediante la cruz, y fortalecidos con esta fuerza, comienzan a actuar, esto es, a realizar su servicio. Nace la <i>Iglesia apost&oacute;lica<\/i>. Pero <i>hoy tambi&eacute;n<\/i> \u2014he aqu&iacute; la conexi&oacute;n\u2014 la bas&iacute;lica de San Pedro, aqu&iacute; en Roma, es como una prolongaci&oacute;n, es una continuaci&oacute;n del primitivo Cen&aacute;culo jerosolimitano, como lo es todo templo y capilla, como lo es todo lugar en el que se re&uacute;nen los disc&iacute;pulos y los confesores del Se&ntilde;or: y nosotros estamos aqu&iacute; reunidos <i>para renovar el misterio de este gran d&iacute;a<\/i>.<\/p>\n<p align=\"left\">Este misterio se debe manifestar de modo particular \u2014como sab&eacute;is\u2014 mediante el sacramento de la confirmaci&oacute;n que hoy, despu&eacute;s de la preparaci&oacute;n conveniente, van a recibir los numerosos muchachos y j&oacute;venes cristianos de la di&oacute;cesis de Roma, que se han reunido aqu&iacute;. A estos hijos, precisamente porque son los destinatarios del &quot;don de Dios Alt&iacute;simo&quot; y beneficiarios de la acci&oacute;n inefable de su Esp&iacute;ritu, se dirige esta ma&ntilde;ana mi primer saludo, que quiere significar la predilecci&oacute;n y la confianza que siento por ellos. Y mi saludo se extiende, despu&eacute;s, a sus padrinos y madrinas, a sus padres y familiares y a cuantos participan en esta significativa y sugestiva celebraci&oacute;n, en uni&oacute;n de intenciones y de sentimientos.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Ahora debemos reflexionar que <i>Pentecost&eacute;s<\/i> comenz&oacute; <i>precisamente la tarde misma de la Resurrecci&oacute;n<\/i>, cuando el Se&ntilde;or resucitado \u2014como ha referido el Evangelio que se acaba de proclamar (<i>Jn<\/i> 20, 19-20)\u2014 vino por vez primera a sus disc&iacute;pulos en el Cen&aacute;culo y, despu&eacute;s de saludarles con el deseo de la paz, alent&oacute; sobre ellos y dijo: &quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les ser&aacute;n perdonados&#8230;&quot; (<i>ib.<\/i>, 22-23). Este es, pues, el don pascual, porque estamos en el primer d&iacute;a, es decir, como en el elemento generador de esa serie num&eacute;rica de d&iacute;as, en la que el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s es exactamente el cincuenta; porque estamos en el punto de partida, que es la realidad de la resurrecci&oacute;n, en virtud de la cual, seg&uacute;n una relaci&oacute;n de causalidad m&aacute;s que de cronolog&iacute;a <i>Cristo ha dado el Esp&iacute;ritu Santo<\/i> a la Iglesia como <i>el don divino<\/i> y como <i>la fuente<\/i> incesante e inagotable <i>de la santificaci&oacute;n<\/i>. En otras palabras, debemos considerar que, la tarde misma de su resurrecci&oacute;n, con una puntualidad impresionante, Cristo cumple la promesa hecha tanto en privado como en p&uacute;blico, hecha a la mujer de Samaria y a la multitud de los jud&iacute;os, cuando hablaba de un agua viva y saludable, e invitaba a ir a El para poderla sacar en abundancia y apagar con ella para siempre la sed (cf. <i>Jn<\/i> 4, 10. 13-14; 7, 37). &quot;Esto dijo \u2014comenta el Evangelista\u2014 del Esp&iacute;ritu, que hab&iacute;an de recibir los que creyeran en El, pues a&uacute;n no hab&iacute;a sido dado el Esp&iacute;ritu, porque Jes&uacute;s no hab&iacute;a sido glorificado&quot; (<i>Jn<\/i> 7, 39). As&iacute;, pues, apenas lleg&oacute; la glorificaci&oacute;n, esa misma promesa del env&iacute;o-venida (<i>quem mittet; cum venerit<\/i>) del Esp&iacute;ritu Par&aacute;clito, confirmada formalmente &quot;pridie quam pateretur&quot;&nbsp; a sus Ap&oacute;stoles (<i>Jn<\/i> 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7-8. 13) fue inmediatamente cumplida.<\/p>\n<p align=\"left\">&quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo&#8230;&quot;, y este don de santidad comienza a actuar enseguida: la santificaci&oacute;n empieza \u2014seg&uacute;n las palabras mismas de Jes&uacute;s\u2014 por la remisi&oacute;n de los pecados. Primero est&aacute; <i>el bautismo<\/i>, el sacramento de la cancelaci&oacute;n total de las culpas, cualquiera que sea su n&uacute;mero y su gravedad; luego, est&aacute; la <i>penitencia<\/i>, el sacramento de la reconciliaci&oacute;n con Dios y con la Iglesia, y todav&iacute;a <i>la unci&oacute;n de los enfermos<\/i>. Pero esta obra de santificaci&oacute;n siempre alcanza su culmen en la <i>Eucarist&iacute;a<\/i>, el sacramento de la plenitud de santidad y de gracia: &quot;Meas impletur gratia&quot;. Y en este admirable flujo de vida sobrenatural, &iquest;qu&eacute; lugar corresponde a la confirmaci&oacute;n? Es necesario decir que la misma santificaci&oacute;n se manifiesta tambi&eacute;n en el robustecimiento, precisamente en la <i>confirmaci&oacute;n<\/i>. Efectivamente, tambi&eacute;n en ella est&aacute; en sobreabundante plenitud el Esp&iacute;ritu Santo y santificante, en ella est&aacute; el Esp&iacute;ritu de Jes&uacute;s para actuar en una direcci&oacute;n peculiar y con una eficacia totalmente propia: es la direcci&oacute;n din&aacute;mica, es la eficacia de la acci&oacute;n interiormente inspirada y dirigida. Tambi&eacute;n esto estaba previsto y predicho: &quot;Pero hab&eacute;is de permanecer en la ciudad hasta que se&aacute;is revestidos del poder de lo alto&quot; (<i>Lc<\/i> 24, 49); &quot;Pero recibir&eacute;is el poder del Esp&iacute;ritu Santo, que vendr&aacute; sobre vosotros&quot; (<i>Act<\/i> 1, 8). La naturaleza del sacramento de la confirmaci&oacute;n brota de esta <i>concesi&oacute;n<\/i> de fuerza que el Esp&iacute;ritu de Dios comunica a cada bautizado, para convertirlo \u2014seg&uacute;n la conocida terminolog&iacute;a catequ&iacute;stica en cristiano perfecto y soldado de Cristo, dispuesto a testimoniar con valent&iacute;a su resurrecci&oacute;n y su virtud redentora: &quot;Y vosotros ser&eacute;is mis testigos&quot; (<i>Act<\/i> 1, 8).<\/p>\n<p align=\"left\">3. Si &eacute;ste es el significado particular de la confirmaci&oacute;n para vigorizar m&aacute;s en nosotros &quot;al hombre interior&quot;, en la triple l&iacute;nea de la fe, de la esperanza y de la caridad, es f&aacute;cil comprender c&oacute;mo la confirmaci&oacute;n tiene, por consecuencia directa, un gran significado tambi&eacute;n <i>para la construcci&oacute;n de la comunidad de la Iglesia<\/i>, como Cuerpo de Cristo (cf. II lectura de <i>1 Cor<\/i> 12). Tambi&eacute;n es preciso dar el debido realce a este segundo significado, porque permite captar, adem&aacute;s de la dimensi&oacute;n personal, la dimensi&oacute;n comunitaria y, propiamente, eclesial en la acci&oacute;n fortificante del Esp&iacute;ritu. Hemos escuchado a Pablo que nos hablaba de esta acci&oacute;n y de la distribuci&oacute;n, por el Esp&iacute;ritu, de sus carismas &quot;para utilidad com&uacute;n&quot;. &iquest;Acaso no es verdad que en esta elevada perspectiva se encuadra la amplia y tan actual tem&aacute;tica del apostolado y, de modo especial, del apostolado de los laicos? Si &quot;a cada uno se le da una manifestaci&oacute;n particular del Esp&iacute;ritu para utilidad com&uacute;n&quot;, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a un cristiano sentirse extra&ntilde;o o indiferente o exonerado en la obra de edificaci&oacute;n de la Iglesia? De aqu&iacute; se deriva la exigencia del apostolado laical y se define como respuesta debida a los dones recibidos. A este respecto, pienso que ser&aacute; bueno volver a tomar en la mano \u2014me limito a una simple alusi&oacute;n\u2014 ese texto conciliar que, sobre los fundamentos b&iacute;blico-teol&oacute;gicos de nuestra inserci&oacute;n <i>por medio del bautismo<\/i> en el Cuerpo m&iacute;stico de Cristo, y de la fuerza recibida del Esp&iacute;ritu Santo <i>por medio de la confirmaci&oacute;n<\/i>, presenta el ministerio que corresponde a cada uno de los miembros de la Iglesia como una &quot;gloriosa tarea de trabajar&quot;. &quot;Para el ejercicio de este apostolado \u2014se a&ntilde;ade\u2014, el Esp&iacute;ritu Santo da a los fieles tambi&eacute;n dones particulares&quot;, de modo que se deriva de ellos correlativamente la obligaci&oacute;n de <i>trabajar<\/i> y de <i>cooperar<\/i> a la &quot;edificaci&oacute;n de todo el Cuerpo en la caridad&quot; (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651118_apostolicam-actuositatem_sp.html\">Apostolicam actuositatem<\/a><\/i>, proem. y n&uacute;m. 3).<\/p>\n<p align=\"left\">4. La confirmaci&oacute;n \u2014como todos sabemos y como se os ha explicado, queridos j&oacute;venes y muchachos, a quienes se os confiere hoy\u2014 se recibe una sola vez en la vida. Sin embargo, debe dejar una <i>huella duradera<\/i>: precisamente porque sella indeleblemente el alma, jam&aacute;s podr&aacute; reducirse a un recuerdo lejano o a una evanescente pr&aacute;ctica religiosa que se agota enseguida. Por tanto, es necesario preguntarse c&oacute;mo el encuentro sacramental y vital con el Esp&iacute;ritu Santo que hemos recibido de las manos de los Ap&oacute;stoles mediante la confirmaci&oacute;n, pueda y deba <i>perdurar<\/i> y <i>arraigarse m&aacute;s profundamente<\/i> en la vida de cada uno de nosotros. Nos lo demuestra espl&eacute;ndidamente la Secuencia de Pentecost&eacute;s <i>Veni Sancte Spiritus<\/i>: ella nos recuerda, ante todo, que debemos invocar con fe, con insistencia, este don admirable, y nos ense&ntilde;a tambi&eacute;n c&oacute;mo debemos invocarlo. Ven, Esp&iacute;ritu Santo, env&iacute;anos un rayo de tu luz&#8230; Consolador perfecto, danos tu dulce consuelo, el descanso en la fatiga y alivio en el llanto. Danos tu fuerza, porque sin ella nada hay en nosotros, nada hay sin culpa.<\/p>\n<p align=\"left\">5. Como alud&iacute; al principio, Pentecost&eacute;s es d&iacute;a de alegr&iacute;a, y me place expresar una vez m&aacute;s este sentimiento por el hecho de que podemos de tal manera renovar el misterio de Pentecost&eacute;s en la bas&iacute;lica de San Pedro. Pero el Esp&iacute;ritu de Dios no est&aacute; circunscrito: sopla donde quiere (<i>Jn<\/i> 3, 8), penetra por todas partes, con soberana y universal libertad. Por esto desde el interior de esta bas&iacute;lica, como humilde Sucesor de ese Pedro, que precisamente el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s inaugur&oacute; con valent&iacute;a intr&eacute;pidamente apost&oacute;lica el ministerio de la Palabra, encuentro ahora la fuerza para gritar <i>Urbi et Orbi:<\/i> &quot;Ven, Esp&iacute;ritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor&quot;. Que as&iacute; sea para toda la Iglesia, para toda la humanidad.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNIDAD DE PENTECOST&Eacute;S HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Bas&iacute;lica de San Pedro Domingo 25 de mayo de 1980 &nbsp; Venerados hermanos y querid&iacute;simos hijos: 1. 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