{"id":39657,"date":"2016-10-05T22:57:19","date_gmt":"2016-10-06T03:57:19","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-abril-de-1980-santa-misa-en-el-vi-centenario-de-la-muerte-de-santa-catalina-de-siena\/"},"modified":"2016-10-05T22:57:19","modified_gmt":"2016-10-06T03:57:19","slug":"29-de-abril-de-1980-santa-misa-en-el-vi-centenario-de-la-muerte-de-santa-catalina-de-siena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-abril-de-1980-santa-misa-en-el-vi-centenario-de-la-muerte-de-santa-catalina-de-siena\/","title":{"rendered":"29 de abril de 1980, Santa Misa en el VI centenario de la muerte de santa Catalina de Siena"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/> EN EL VI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTA CATALINA DE SIENA<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Martes 29 de abril de 1980<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. Una innumerable falange de &quot;v&iacute;rgenes prudentes&quot;, como &eacute;sas alabadas por la par&aacute;bola evang&eacute;lica que hemos escuchado, han sabido, a lo largo de los siglos cristianos, esperar al Esposo con sus l&aacute;mparas encendidas, bien provistas de aceite, para participar con El en la fiesta de la gracia en la tierra, y de la gloria en el cielo. Entre ellas, hoy fulgura ante nuestra mirada la grande y amada Santa Catalina de Siena, flor espl&eacute;ndida de Italia, gema precios&iacute;sima de la Orden Dominicana, estrella de incomparable belleza en el firmamento de la Iglesia, a la que honramos aqu&iacute; en el sexto centenario de su muerte, acaecida una ma&ntilde;ana de domingo, hacia las tres, el 29 de abril de 1380, mientras se celebraba la fiesta de San Pedro M&aacute;rtir, tan amado por ella.<\/p>\n<p align=\"left\">Feliz al poder daros una primera se&ntilde;al de mi viva participaci&oacute;n en la celebraci&oacute;n del centenario, os saludo cordialmente a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas que, para conmemorar dignamente la gloriosa fecha, os hab&eacute;is reunido en esta Bas&iacute;lica Vaticana, donde parece aletear el esp&iacute;ritu ardiente de la gran Santa de Siena. Saludo de modo particular al maestro general de los Hermanos Predicadores, padre Vincent de Couesnongle, y al arzobispo de Siena, mons. Ismaele Mario Castellano, promotores principales de esta celebraci&oacute;n; saludo a los miembros de la Tercera Orden Dominicana y de la Asociaci&oacute;n Ecum&eacute;nica de los Caterinos, y a los participantes en el Congreso internacional de estudios sobre Santa Catalina, y a todos vosotros, queridos peregrinos que hab&eacute;is recorrido tantos caminos de Italia y de Europa para uniros en este centro de la catolicidad, un d&iacute;a de fiesta tan bello y significativo.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Nosotros miramos hoy a Santa Catalina ante todo para admirar en ella lo que inmediatamente impresionaba a cuantos se la acercaron: la extraordinaria riqueza de humanidad, que nada ofusc&oacute;, sino que m&aacute;s bien aument&oacute; y perfeccion&oacute; la gracia, que hac&iacute;a de ella casi una imagen viviente de ese aut&eacute;ntico y sano &quot;humanismo&quot; cristiano, cuya ley fundamental fue formulada por el hermano y maestro de Catalina, Santo Tom&aacute;s de Aquino, con el conocido aforisma: &quot;La gracia no suprime a la naturaleza, sino que la supone y perfecciona&quot; (<i>S. Th.<\/i> I, q. 1, a. 8, ad 2). <i>El hombre de dimensiones completas es aquel que se realiza en la gracia de Cristo<\/i>.<\/p>\n<p align=\"left\">Cuando en mi ministerio insisto en llamar la atenci&oacute;n de todos sobre la dignidad y los valores del hombre, que hoy es necesario defender, respetar y servir, hablo sobre todo de esta naturaleza salida de las manos del Creador y renovada en la sangre de Cristo redentor: una naturaleza buena en s&iacute;, y por lo tanto sanable en sus debilidades y perfectible en sus dotes, llamada a recibir eso &quot;de m&aacute;s&quot; que la hace part&iacute;cipe de la naturaleza divina y de la &quot;vida eterna&quot;. Cuando este elemento sobrenatural se injerta en el hombre y puede actuar all&iacute; con toda su fuerza, se tiene el prodigio de la &quot;nueva creatura&quot;, que en su altura trascendente no anula, sino que hace m&aacute;s rico, m&aacute;s denso, m&aacute;s s&oacute;lido lo que es simplemente humano.<\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; nuestra Santa, en su naturaleza de mujer dotada abundantemente de fantas&iacute;a, de intuici&oacute;n, de sensibilidad, de vigor volitivo y operativo, de capacidad y de fuerza comunicativa, de disponibilidad a la entrega de s&iacute; y al servicio, se transfigura, pero no empobrecida, en la luz de Cristo que la llama a ser su esposa y a identificarse m&iacute;sticamente con El en la profundidad del &quot;conocimiento interior&quot;, como tambi&eacute;n a comprometerse en la acci&oacute;n caritativa, social e incluso pol&iacute;tica, en medio de grandes y peque&ntilde;os, de ricos y pobres, de doctos e ignorantes. Y ella, casi analfabeta, es capaz de hacerse o&iacute;r, y leer, y ser tenida en cuenta por gobernadores de ciudades y de reinos, por pr&iacute;ncipes y prelados de la Iglesia, por monjes y te&oacute;logos, muchos de los cuales la veneraban incluso como &quot;maestra&quot; y &quot;madre&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">Es una mujer prodigiosa, que en esa segunda mitad del siglo XIV muestra en s&iacute; de lo que es capaz una criatura humana \u2014insisto\u2014, una mujer hija de humildes tintoreros, cuando sabe escuchar la voz del &uacute;nico Pastor y Maestro, y nutrirse en la mesa del Esposo divino, al que, como &quot;virgen prudente&quot;, ha consagrado generosamente su vida.<\/p>\n<p align=\"left\">Se trata de una obra maestra de la gracia renovadora y elevadora de la criatura hasta la perfecci&oacute;n de la santidad, que es tambi&eacute;n realizaci&oacute;n plena de los valores fundamentales de la humanidad.<\/p>\n<p align=\"left\">3. El secreto de Catalina al responder tan d&oacute;cil, fiel y provechosamente a la llamada de su Esposo divino, se puede captar por las mismas explicaciones y aplicaciones de la par&aacute;bola de las &quot;v&iacute;rgenes prudentes&quot;, que ella hizo muchas veces en las cartas a sus disc&iacute;pulos. Especialmente en la que envi&oacute; a una joven sobrina que quiere ser &quot;esposa de Cristo&quot;, fija una peque&ntilde;a s&iacute;ntesis de vida espiritual, que vale sobre todo para quien se consagra a Dios en el estado religioso, pero que sirve de orientaci&oacute;n y gu&iacute;a para todos.<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;Si quieres ser verdadera esposa de Cristo \u2014escribe la Santa\u2014, te conviene tener la l&aacute;mpara, el aceite y la luz&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;&iquest;Sabes lo que se da a entender con esto, hijita m&iacute;a?&raquo;. .<\/p>\n<p align=\"left\">Y he aqu&iacute; el simbolismo de la <i>l&aacute;mpara<\/i>. &laquo;Con la l&aacute;mpara se da a entender el coraz&oacute;n, que debe asemejarse a una l&aacute;mpara. T&uacute; ves bien que la l&aacute;mpara es ancha por arriba y estrecha por debajo: y as&iacute; es de hecho nuestro coraz&oacute;n, Para significar que debernos tenerlo siempre <i>ancho por arriba<\/i>, mediante los pensamientos santos, las santas imaginaciones y la oraci&oacute;n continua; con la memoria siempre dispuesta a recordar los beneficios de Dios y m&aacute;s que nada el beneficio de la Sangre por la que hemos sido rescatados&#8230;<\/p>\n<p align=\"left\">&raquo;Te he dicho tambi&eacute;n que la l&aacute;mpara es <i>estrecha por debajo<\/i>: as&iacute; es tambi&eacute;n nuestro coraz&oacute;n, para significar que debe ser estrecho hacia estas cosas terrenas, no dese&aacute;ndolas ni am&aacute;ndolas desordenamente, ni apeteci&eacute;ndolas en mayor cantidad de cuanto Dios nos las quiera dar, pero debemos darle gracias siempre, al admirar c&oacute;mo El nos provee dulcemente, de manera que jam&aacute;s nos falte nada&#8230;&raquo; (<i>Carta<\/i> 23).<\/p>\n<p align=\"left\">En la l&aacute;mpara se necesita el <i>aceite<\/i>. No bastar&iacute;a la l&aacute;mpara si no estuviese dentro el aceite. Y por aceite se entiende esa dulce virtud peque&ntilde;a de la humildad profunda&#8230; Las cinco v&iacute;rgenes necias, glori&aacute;ndose s&oacute;lo y vanamente de la integridad y virginidad del cuerpo, perdieron la virginidad del alma, porque no llevaron consigo el aceite de la humildad&#8230; (<i>ib<\/i>.).<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;Finalmente, es necesario que la l&aacute;mpara est&eacute; encendida y que arda su <i>llama<\/i>: de otro modo no ser&iacute;a capaz de hacernos ver. Esta llama es la luz de la fe sant&iacute;sima. Digo la fe viva, porque dicen los santos que la fe sin las obras est&aacute; muerta&#8230;&raquo; (<i>ib<\/i>.; cf. <i>Cartas<\/i> 79, 360).<\/p>\n<p align=\"left\">En su vida, Catalina aliment&oacute; efectivamente con gran humildad la l&aacute;mpara de su coraz&oacute;n, y mantuvo encendida la luz de la fe; el fuego de la caridad, el celo de las buenas obras realizadas por amor de Dios, incluso en las horas de tribulaci&oacute;n y de padecimientos, cuando su alma alcanz&oacute; la m&aacute;xima conformaci&oacute;n con Cristo crucificado, hasta que un d&iacute;a el Se&ntilde;or celebr&oacute; con ella las bodas m&iacute;sticas en la peque&ntilde;a celda donde habitaba, quedando toda fulgurante por aquella divina presencia (cf. <i>Vida<\/i>, n&uacute;ms. 114-115).<\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;Si los hombres de hoy, y especialmente los cristianos, llegasen a descubrir de nuevo las maravillas que se pueden conocer y gozar en la &quot;celda interior&quot;, y m&aacute;s a&uacute;n en el coraz&oacute;n de Cristo! &iexcl;Entonces, s&iacute;, el hombre volver&iacute;a a encontrarse a s&iacute; mismo, las razones de su dignidad, el fundamento de cada uno de sus valores, la altura de su vocaci&oacute;n eterna!<\/p>\n<p align=\"left\">4. Pero la espiritualidad cristiana no se agota en un c&iacute;rculo intimista, ni impulsa a un aislamiento individualista y egoc&eacute;ntrico. La elevaci&oacute;n de la persona se realiza en la sinfon&iacute;a de la comunidad. Y Catalina, que aunque guarda para s&iacute; la celda de su casa y de su coraz&oacute;n, vive desde los a&ntilde;os juveniles <i>en comuni&oacute;n con muchos otros hijos de Dios; en los que siente vibrar el misterio de la Iglesia:<\/i> con los religiosos de Santo Domingo, a los que se une en esp&iacute;ritu tambi&eacute;n cuando la campana los llama al coro, de noche, para Maitines; con las religiosas &quot;Mantelatas&quot; de Siena, entre las que fue admitida para el ejercicio de las obras de caridad y la pr&aacute;ctica com&uacute;n de la oraci&oacute;n; con sus disc&iacute;pulos, que van creciendo para constituir en torno a ella un cen&aacute;culo de cristianos fervientes, que acogen sus exhortaciones a la vida espiritual y los est&iacute;mulos para la renovaci&oacute;n y reforma que ella dirige a todos en el nombre de Cristo; y se puede decir, con todo el &quot;Cuerpo m&iacute;stico de la Iglesia&quot; (cf. <i>Di&aacute;logo<\/i>, c. 166), con el cual y por el cual Catalina ora, trabaja, sufre, se ofrece, y finalmente muere.<\/p>\n<p align=\"left\">Su gran sensibilidad por los problemas de la Iglesia de su tiempo se transforma as&iacute; en una comuni&oacute;n con el <i>Christus patiens<\/i> y con la <i>Ecclesia patiens<\/i>. Esta comuni&oacute;n est&aacute; en el origen de la misma actividad exterior que, en cierto momento, la Santa es impulsada a desarrollar primero con la acci&oacute;n caritativa y con el apostolado laical en su ciudad y, bien pronto, en un plano m&aacute;s amplio con el compromiso a nivel social, pol&iacute;tico, eclesial.<\/p>\n<p align=\"left\">En todo caso, Catalina saca de esa fuente interior la valent&iacute;a de la acci&oacute;n y esa inagotable esperanza que la sostiene incluso en las horas m&aacute;s dif&iacute;ciles, aun cuando todo parece perdido, y le permite influir sobre los dem&aacute;s, tambi&eacute;n a los m&aacute;s altos niveles eclesi&aacute;sticos, con la fuerza de su fe y la fascinaci&oacute;n de su persona completamente ofrecida a la causa de la Iglesia.<\/p>\n<p align=\"left\">En una reuni&oacute;n de cardenales en presencia de Urbano VI, ateni&eacute;ndonos a la narraci&oacute;n del Beato Raimundo, Catalina &laquo;demostr&oacute; que la Divina Providencia est&aacute; siempre presente, m&aacute;xime cuando la Iglesia sufre&raquo;; y lo hizo con tal ardor, que el Pont&iacute;fice, al final, exclam&oacute;: &laquo;&iquest;A qui&eacute;n debe temer el Vicario de Jesucristo, si aun cuando todo el mundo se le pusiese en contra, Cristo es m&aacute;s potente que el mundo, y no es posible que abandone su Iglesia?&quot; (<i>Vida,<\/i> n&uacute;m. 334).<\/p>\n<p align=\"left\">5. Se trataba de un momento excepcionalmente grave para la Iglesia y para la Sede Apost&oacute;lica. El demonio de la divisi&oacute;n hab&iacute;a penetrado en el pueblo cristiano. Bull&iacute;an por todas partes discusiones y peleas. En la misma Roma hab&iacute;a quien tramaba contra el Papa, sin excluir amenazarlo de muerte. El pueblo se amotinaba.<\/p>\n<p align=\"left\">Catalina, que no cesaba de reanimar a Pastores y fieles, sent&iacute;a, sin embargo, que hab&iacute;a llegado la hora de una suprema ofrenda de s&iacute;, como v&iacute;ctima de expiaci&oacute;n y de reconciliaci&oacute;n unida a Cristo. Y por esto oraba al Se&ntilde;or: &laquo;Por el honor de tu nombre y por tu Santa Iglesia, yo beber&eacute; gustosamente el c&aacute;liz de pasi&oacute;n y de muerte, como siempre lo he deseado beber; T&uacute; eres testigo de ello, desde cuando, por tu gracia, comenc&eacute; a amarte con toda la mente y con todo el coraz&oacute;n&raquo; (<i>Vida,<\/i> n&uacute;m. 346).<\/p>\n<p align=\"left\">Desde ese momento comenz&oacute; a debilitarse r&aacute;pidamente. Cada ma&ntilde;ana de esa Cuaresma de 1380, &laquo;iba a la iglesia de San Pedro, Pr&iacute;ncipe de los Ap&oacute;stoles, donde o&iacute;a Misa, permanec&iacute;a largamente orando; no volv&iacute;a a casa hasta la hora de V&iacute;speras&raquo;, agotada. Al d&iacute;a siguiente, muy de madrugada, &laquo;yendo por la calle llamada <i>V&iacute;a del Papa<\/i> (hoy de Santa Clara), donde estaba su casa, entre la Minerva y Campo dei Fiori, marchaba r&aacute;pida, r&aacute;pida a San Pedro, recorriendo un camino que cansar&iacute;a hasta a un sano&raquo; (<i>Vida<\/i>, n&uacute;m. 348; cf. <i>Carta<\/i> 373).<\/p>\n<p align=\"left\">Pero a fines de abril no logr&oacute; levantarse m&aacute;s. Reuni&oacute; entonces en torno al lecho a su familia espiritual. En la larga despedida, declar&oacute; a sus disc&iacute;pulos: &laquo;Pongo la vida, la muerte y todo en las manos de mi Esposo eterno&#8230; Si le agrada que yo muera, tened por seguro, hijos querid&iacute;simos, que he dado la vida por la Santa Iglesia, y esto lo creo por gracia excepcional que me ha concedido el Se&ntilde;or&raquo; (<i>Vida,<\/i> n&uacute;m. 363).<\/p>\n<p align=\"left\">Poco despu&eacute;s muri&oacute;. S&oacute;lo ten&iacute;a 33 a&ntilde;os: una bell&iacute;sima juventud ofrecida al Se&ntilde;or por la &quot;virgen prudente&quot; que hab&iacute;a llegado al final de su espera y de su servicio.<\/p>\n<p align=\"left\">Nosotros estamos aqu&iacute; reunidos, a seiscientos a&ntilde;os de aquella ma&ntilde;ana (<i>ib.<\/i>, n&uacute;m. 348), <i>para conmemorar esa muerte y sobre todo para celebrar esa suprema ofrenda de la vida por la Iglesia<\/i>.<\/p>\n<p align=\"left\">Mis queridos hermanos y hermana: Es consolador que vosotros hay&aacute;is acudido tan numerosos para glorificar e invocar a la Santa en esta fausta efem&eacute;rides.<\/p>\n<p align=\"left\">Es justo que el humilde Vicario de Cristo, lo mismo que tantos de sus predecesores, os inspire, os preceda y os gu&iacute;e para tributar un homenaje de alabanza y de gratitud a aquella que tanto am&oacute; a la Iglesia, y tanto trabaj&oacute; y sufri&oacute; por su renovaci&oacute;n. Y yo lo he hecho de todo coraz&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Ahora permitidme que os deje un recuerdo final, que quiere ser un mensaje una exhortaci&oacute;n, una invitaci&oacute;n a la esperanza, un est&iacute;mulo a la acci&oacute;n: lo saco de las palabras que Catalina dirig&iacute;a a su disc&iacute;pulo Stefano Maconi y a todos sus compa&ntilde;eros de acci&oacute;n y de pasi&oacute;n por la Iglesia: &quot;Si sois lo que deb&eacute;is ser, pondr&eacute;is fuego en toda Italia&#8230;&quot; (<i>Carta<\/i> 568); m&aacute;s a&uacute;n, yo a&ntilde;ado: en toda la Iglesia, en todo el mundo. De este fuego tiene necesidad la humanidad tambi&eacute;n hoy, y quiz&aacute; hoy m&aacute;s que ayer. La palabra y el ejemplo de Catalina susciten en muchas almas generosas el deseo de ser llamas que ardan y que, como ella, se consuman para dar a los hermanos la luz de la fe y el calor de la caridad &quot;que jam&aacute;s decae&quot; (<i>1 Cor<\/i> 13, 8).<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN EL VI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTA CATALINA DE SIENA HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Bas&iacute;lica de San Pedro Martes 29 de abril de 1980 &nbsp; 1. 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