{"id":39671,"date":"2016-10-05T22:57:41","date_gmt":"2016-10-06T03:57:41","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/16-de-marzo-de-1980-visita-pastoral-a-la-parroquia-romana-de-san-ignacio-de-antioquia\/"},"modified":"2016-10-05T22:57:41","modified_gmt":"2016-10-06T03:57:41","slug":"16-de-marzo-de-1980-visita-pastoral-a-la-parroquia-romana-de-san-ignacio-de-antioquia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/16-de-marzo-de-1980-visita-pastoral-a-la-parroquia-romana-de-san-ignacio-de-antioquia\/","title":{"rendered":"16 de marzo de 1980, Visita pastoral a la\u00a0parroquia romana de San Ignacio de Antioqu\u00eda"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN IGNACIO DE ANTIOQU&Iacute;A<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Domingo 16 de marzo de 1980<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Queridos fieles de la parroquia de San Ignacio de Antioqu&iacute;a:<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1. Ante todo, deseo manifestaros la alegr&iacute;a de estar entre vosotros, que os hab&eacute;is reunido tan numerosos en este encuentro con vuestro Obispo para participar en la celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a y ofrecer juntos con &eacute;l &quot;el s&iacute;mbolo de esa caridad y unidad del Cuerpo m&iacute;stico, sin la cual no puede haber salvaci&oacute;n&quot; (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/i>, 26).<\/p>\n<p align=\"left\">Animados por la presencia santificadora de Cristo, dirijamos juntos nuestro pensamiento de veneraci&oacute;n y de oraci&oacute;n, implorando su intercesi&oacute;n, al gran obispo y m&aacute;rtir Ignacio, protector de esta parroquia, el cual, Sucesor de San Pedro en la sede de Antioqu&iacute;a, y condenado a las fieras por su testimonio cristiano, sufri&oacute; el martirio en Roma hacia finales del mes de diciembre del a&ntilde;o 107. Sus restos descansan en la bas&iacute;lica de San Clemente, en la v&iacute;a Labicana. Al santificar con su sangre el suelo romano, se convirti&oacute; en uno de los Padres m&aacute;s ilustres de la fe de esta nuestra gloriosa Iglesia, la cual \u2014como &eacute;l dec&iacute;a\u2014 ,&quot;digna de Dios, digna de gloria, digna de ser llamada dichosa&#8230;, preside a la universal comunidad del amor&quot; (<i>Carta a los Romanos<\/i>, 1). A prop&oacute;sito de su deseo ardent&iacute;simo de testificar la fe y de ser inmolado por Cristo, me es grato recordar en este momento algunos c&eacute;lebres pasajes de su Carta a los Romanos: &quot;Soy trigo de Dios y debo ser triturado por los dientes de las fieras, para convertirme en pan puro de Cristo.. Entonces ser&eacute; verdadero disc&iacute;pulo de Jes&uacute;s, cuando mi cuerpo sea sustra&iacute;do de la vista del mundo. Vosotros suplicad a Cristo por m&iacute;, a fin de que me convierta en hostia para Dios&quot; (<i>Carta a los Romanos<\/i>, 4).<\/p>\n<p align=\"left\">Un contenido fundamental de la ense&ntilde;anza de San Ignacio, se refiere a la unidad de la Iglesia, que solamente se construye en torno al obispo. Escuchemos lo que &eacute;l escrib&iacute;a a los fieles de Esmirna: &quot;Obedeced todos al obispo, como Jesucristo obedece al Padre&#8230; Ninguno haga nada de lo que pertenece a la Iglesia sin el obispo. Donde est&aacute; el obispo, all&iacute; est&eacute; tambi&eacute;n la multitud de los fieles, como donde est&aacute; Jesucristo, all&iacute; est&aacute; la Iglesia cat&oacute;lica&quot; (<i>Carta a los fieles de Esmirna<\/i>, 8).<\/p>\n<p align=\"left\">Con este esp&iacute;ritu de unidad y de caridad os dirijo mi saludo afectuoso a los que est&aacute;is aqu&iacute; presentes, y a los 8.000 fieles de la parroquia; en particular quiero llegar con mi pensamiento de buenos deseos a los enfermos, a los ni&ntilde;os y a cuantos se hallan en necesidad.<\/p>\n<p align=\"left\">Mi esp&iacute;ritu se dirige ahora con agradecimiento al cardenal Vicario, al obispo auxiliar de la zona, mons, Giulio Salimei, al benem&eacute;rito p&aacute;rroco, mons. Giovanni Scorza, a sus celosos colaboradores y a cuantos han preparado con celo generoso este encuentro.<\/p>\n<p align=\"left\">Saludo a los religiosos y a las religiosas, a las varias asociaciones cat&oacute;licas, al grupo de catequistas, al grupo de las Damas de San Vicente, y a cuantos colaboran con el p&aacute;rroco y los sacerdotes en las diversas iniciativas, para la continua conversi&oacute;n de las almas, de las familias y de las instituciones sociales, a esos valores espirituales que deben caracterizar a una comunidad cristiana.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Hoy, IV domingo de Cuaresma, la Iglesia, mediante la liturgia, quiere dirigirnos una llamada firme a la <i>reconciliaci&oacute;n con Dios<\/i>. El Evangelio nos la presenta , como actitud fundamental, como contenido primario de nuestra vida de fe. En este tiempo especial para el esp&iacute;ritu, como es el cuaresmal, la invitaci&oacute;n a la reconciliaci&oacute;n debe resonar con fuerza particular en nuestros corazones y en nuestras conciencias. Si somos verdaderamente disc&iacute;pulos y confesores de Cristo, que ha reconciliado al hombre con Dios, no podemos vivir sin buscar, por nuestra parte, esta reconciliaci&oacute;n interior. No podemos permanecer en el pecado y no esforzarnos para encontrar el camino que lleva a la casa del Padre, que siempre est&aacute; esperando nuestro retorno.<\/p>\n<p align=\"left\">En el curso de la Cuaresma, la Iglesia nos llama a la b&uacute;squeda de este camino: &quot;Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios&quot; (<i>2 Cor<\/i> 5, 20). S&oacute;lo reconcili&aacute;ndonos con Dios en nombre de Cristo, podemos gustar &quot;qu&eacute; bueno es el Se&ntilde;or&quot; (<i>Sal<\/i> 33 [34], 9), comprob&aacute;ndolo, por decirlo as&iacute;, experimentalmente.<\/p>\n<p align=\"left\">No hablan de la severidad de Dios&nbsp;los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino m&aacute;s bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces despu&eacute;s de muchos a&ntilde;os y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de &eacute;l, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegr&iacute;a y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesi&oacute;n no podr&aacute;n encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino s&oacute;lo Dios. Y el hombre que <i>consigue<\/i> esta <i>remisi&oacute;n<\/i>, recibe la gracia de una vida nueva del esp&iacute;ritu, que s&oacute;lo, Dios puede concederle en su infinita bondad.<\/p>\n<p align=\"left\">&quot;Si el afligido invoca al Se&ntilde;or, El lo escucha y lo salva de sus angustias&quot;&#8217; (<i>Sal<\/i> 33 [54], 7).<\/p>\n<p align=\"left\">3. Por medio de la <i>par&aacute;bola<\/i> del <i>hijo pr&oacute;digo<\/i>, el Se&ntilde;or ha querido grabar y profundizar esta verdad, espl&eacute;ndida y riqu&iacute;sima, no s&oacute;lo en nuestro entendimiento, sino tambi&eacute;n en nuestra imaginaci&oacute;n, en nuestro coraz&oacute;n y en nuestra conciencia. Cu&aacute;ntos hombres en el curso de los siglos, cu&aacute;ntos de los de nuestro tiempo pueden encontrar en esta par&aacute;bola los rasgos fundamentales de propia historia personal. Son tres los momentos clave en la historia de ese hijo, con el que se identifica, en cierto sentido, cada uno de nosotros, cuando se da al pecado. <\/p>\n<p align=\"left\"><i>Primer momento:<\/i> El&nbsp; alejamiento. Nos alejamos de Dios, como se hab&iacute;a alejado ese hijo del padre, cuando empezamos a comportarnos respecto a cada uno de los bienes que hay en nosotros, tal como &eacute;l hizo con la parte de los bienes recibidos en herencia. Olvidamos que ese <i>bien<\/i> nos lo ha dado Dios como <i>deber<\/i>, como talento evang&eacute;lico. Al operar con &eacute;l, debemos multiplicar nuestra herencia, y, de ese modo, dar gloria a Aquel de quien la hemos recibido. Por desgracia, nos comportamos, a veces, como si ese bien que hay en nosotros, &eacute;l bien del alma y del cuerpo, las capacidades, las facultades, las fuerzas, fuesen de nuestra propiedad exclusiva, de la que podemos servirnos y abusar de cualquier manera, derroch&aacute;ndola y disip&aacute;ndola.<\/p>\n<p align=\"left\">Efectivamente, el pecado es siempre un <i>derroche de nuestra humanidad<\/i>, el derroche de nuestros valores m&aacute;s preciosos. Esta es la aut&eacute;ntica realidad, aun cuando pueda parecer, a veces, que precisamente el pecado nos permite conseguir &eacute;xitos. El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucci&oacute;n en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad, y disipa en s&iacute; mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia.<\/p>\n<p align=\"left\"><i>El segundo momento<\/i> en nuestra par&aacute;bola es el del retorno a la recta raz&oacute;n y del proceso de <i>conversi&oacute;n<\/i>. El hombre debe encontrar de nuevo dolorosamente lo que ha perdido, aquello de que se ha privado al cometer el pecado, al vivir en el pecado, para que madure en &eacute;l ese paso decisivo: &quot;Me levantar&eacute; e ir&eacute; a mi Padre&quot; (<i>Lc<\/i> 15, 18). Debe ver de nuevo el rostro de ese Padre, al que ha vuelto las espaldas y con quien ha roto los puentes para poder pecar &quot;libremente&quot;, para poder derrochar &quot;libremente&quot; los bienes recibidos. Debe encontrarse con el rostro del Padre, d&aacute;ndose cuenta, como el joven de la par&aacute;bola, de haber perdido la dignidad de hijo, de no merecer acogida alguna en la casa paterna. Al mismo tiempo, deber&aacute; <i>desear<\/i> ardientemente <i>retornar<\/i>. La certeza de la bondad y del amor que pertenecen a la esencia de la paternidad de Dios, deber&aacute; conseguir en &eacute;l la victoria sobre la conciencia de la culpa y de la propia indignidad. M&aacute;s a&uacute;n, esta certeza deber&aacute; presentarse como el &uacute;nico camino de salida, para emprenderlo con &aacute;nimo y confianza.<\/p>\n<p align=\"left\">Finalmente <i>el tercer momento<\/i>: El retorno. El retorno se desarrollar&aacute; como habla Cristo de &eacute;l en la par&aacute;bola. El Padre espera y olvida todo el mal que el hijo ha cometido, y no tiene en consideraci&oacute;n todo el derroche de que es culpable el hijo. Para el Padre solo hay una cosa importante: que el hijo ha sido encontrado; que no ha perdido hasta el fondo la propia humanidad; que, a pesar de todo, vuelva con el prop&oacute;sito resuelto de vivir de nuevo como hijo, precisamente en virtud de la conciencia adquirida de la indignidad y de la culpa.<\/p>\n<p align=\"left\">&quot;Padre, he pecado&#8230;, no soy digno de llamarme hijo tuyo&quot; (<i>Lc<\/i> 15, 21).<\/p>\n<p align=\"left\">4. <i>La Cuaresma es el tiempo de una espera particularmente amorosa de nuestro Padre<\/i> en relaci&oacute;n con cada uno de nosotros, que, aun cuando sea el m&aacute;s pr&oacute;digo de los hijos, se haga, sin embargo, consciente de la dilapidaci&oacute;n perpetrada, llame por su hombre al propio pecado, y finalmente se dirija hac&iacute;a Dios con plena sinceridad.<\/p>\n<p align=\"left\">Este hombre debe llegar a la casa del Padre. El camino que all&iacute; conduce, pasa a trav&eacute;s del <i>examen de conciencia, el arrepentimiento y el prop&oacute;sito de la enmienda<\/i>. Como en la par&aacute;bola del hijo pr&oacute;digo, &eacute;stas son las etapas al mismo tiempo l&oacute;gicas y sicol&oacute;gicas de la conversi&oacute;n. Cuando el hombre supere en s&iacute; mismo, en lo &iacute;ntimo de su humanidad todas estas etapas; nacer&aacute; en &eacute;l la <i>necesidad de la confesi&oacute;n<\/i>. Esta necesidad quiz&aacute; lucha en lo vivo del alma con la verg&uuml;enza, pero cuando la conversi&oacute;n es verdadera y aut&eacute;ntica, la necesidad vence a la verg&uuml;enza: la necesidad de la confesi&oacute;n, de la liberaci&oacute;n de lo pecados es m&aacute;s fuerte. Los confesamos a Dios mismo, aunque en el confesonario los escucha el hombre-sacerdote. Este hombre es el humilde y fiel servidor de ese gran misterio que se ha realizad, entre el hijo que retorna y el Padre.<\/p>\n<p align=\"left\">En el per&iacute;odo de Cuaresma esperan los confesonarios; esperan los confesores; espera el Padre. Podr&iacute;amos decir que se trata de un per&iacute;odo de particular solicitud de Dios para perdonar y absolver los pecados: el tiempo de la reconciliaci&oacute;n:<\/p>\n<p align=\"left\">5. Nuestra reconciliaci&oacute;n con Dios, el retorno a la casa del Padre, se realiza <i>mediante Cristo<\/i>. Su pasi&oacute;n y muerte en la cruz se colocan entre cada una de las conciencias humanas, cada uno de los pecados humanos, y el infinito amor del Padre. Este amor, pronto aliviar y perdonar, no es otra cosa que la misericordia. Cada uno de nosotros en la conversi&oacute;n personal, en el arrepentimiento, en el firme prop&oacute;sito de la enmienda, finalmente en la confesi&oacute;n, acepta realizar una personal fatiga espiritual, que es prolongaci&oacute;n y <i>reverbero<\/i> lejano de esa <i>fatiga salv&iacute;fica<\/i>, que <i>emprendi&oacute;<\/i> nuestro <i>Redentor<\/i>. He aqu&iacute; c&oacute;mo se expresa el Ap&oacute;stol de la reconciliaci&oacute;n con Dios: &quot;A quien no conoci&oacute; el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en El fu&eacute;ramos justicia de Dios&quot; (<i>2 Cor<\/i> 5, 21). Por lo tanto emprendamos nuestro esfuerzo de conversi&oacute;n y de penitencia por El, con El y en El. Si no lo emprendemos, no somos dignos del nombre de Cristo, no somos dignos de la herencia de la redenci&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">&quot;El que es de Cristo se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pas&oacute;, se ha hecho nuevo. Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el <i>ministerio de la reconciliaci&oacute;n&quot;<\/i> (<i>2 Cor<\/i> 5, 17-18).<\/p>\n<p align=\"left\">6. Deseo, pues, a vuestra querida parroquia, que se honra con el nombre del gran m&aacute;rtir Ignacio de Antioqu&iacute;a, ferviente amante de la pasi&oacute;n de Cristo, que se convierta en esta Cuaresma en un lugar privilegiado de ese servicio de la reconciliaci&oacute;n de los hombres con Dios, que se celebra en el sacramento de la penitencia.<\/p>\n<p align=\"left\">Que no nos falten a ninguno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, la paciencia y el &aacute;nimo de enmendarnos de los propios pecados, confes&aacute;ndolos en el sacramento de la penitencia. Que no nos falte sobre todo el amor por Cristo que se ha entregado a S&iacute; mismo por nosotros, mediante la pasi&oacute;n y la muerte en la cruz. Que este amor haga brotar en nuestros corazones la misma confianza profunda que brot&oacute; en el coraz&oacute;n del hijo de la par&aacute;bola de hoy: &quot;Me levantar&eacute; e ir&eacute; a mi Padre y le dir&eacute;: Padre, he pecado&quot;.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1980 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN IGNACIO DE ANTIOQU&Iacute;A HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 16 de marzo de 1980 &nbsp; Queridos fieles de la parroquia de San Ignacio de Antioqu&iacute;a: 1. 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