{"id":39746,"date":"2016-10-05T23:00:19","date_gmt":"2016-10-06T04:00:19","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-marzo-1981-xv-centenario-del-nacimiento-de-san-benito-y-santa-escolastica\/"},"modified":"2016-10-05T23:00:19","modified_gmt":"2016-10-06T04:00:19","slug":"21-marzo-1981-xv-centenario-del-nacimiento-de-san-benito-y-santa-escolastica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/21-marzo-1981-xv-centenario-del-nacimiento-de-san-benito-y-santa-escolastica\/","title":{"rendered":"21 marzo 1981, XV centenario del nacimiento de San Benito y Santa Escol\u00e1stica"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA PARA LA CLAUSURA <br \/> DEL XV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN BENITO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/> <\/font><\/b><br \/> San Pablo Extramuros<br \/> S&aacute;bado 21 marzo de 1981<\/i><\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerados hermanos e hijos querid&iacute;simos:<\/i><\/p>\n<p><i>1.&nbsp;&quot;El benedicam tibi&#8230; erisque benedictus&quot; (G&eacute;n 12,<\/i>&nbsp;3). Como culmen de los diversos encuentros y de las palabras que, en distintas fechas, he tenido ocasi&oacute;n de pronunciar durante el a&ntilde;o centenario de los Santos Benito y Escol&aacute;stica, en <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1980\/trav_umbria.html\">Nursia<\/a>, <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1980\/trav_cassino.html\">Montecassino<\/a> y <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1980\/trav_subiaco.html\">Subiaco<\/a>, me es grato tomar \u2014como acaba de hacerlo la sagrada liturgia\u2014 esta bella expresi&oacute;n b&iacute;blica, que contiene una de las arcanas promesas hechas por Dios al Patriarca Abraham, y aplicarla al Patriarca del monaquismo occidental, igualmente bendito por el nombre y por las obras. Efectivamente, considero muy oportuno y significativo el rito de esta tarde, junto a la tumba del Ap&oacute;stol de las Gentes, con el fin de honrar todav&iacute;a a Benito, y concluir dignamente las fructuosas celebraciones conmemorativas, as&iacute; como con ocasi&oacute;n del XIV centenario de su pi&iacute;simo tr&aacute;nsito hizo ya, en esta misma bas&iacute;lica, mi predecesor P&iacute;o XII, de venerada memoria, en septiembre de 1947. Despu&eacute;s del dram&aacute;tico conflicto que hab&iacute;a devastado y ensangrentado a tantas naciones, &eacute;l quiso precisamente aqu&iacute; invocar la protecci&oacute;n especial de Benito,<i> Europae altor et pater, <\/i>para el renacimiento espiritual y material no s&oacute;lo del continente europeo, sino tambi&eacute;n de todo el mundo (cf. P&iacute;o XII, <i>Discorsi e Radiomessaggi,<\/i> vol. IX, p&aacute;ginas 237-241).<\/p>\n<p>2.&nbsp;Deseo saludaros cordialmente a todos los que est&aacute;is aqu&iacute; presentes, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos: me dirijo, ante todo, a la comunidad local benedictina con su abad ordinario y con el abad presidente de la congregaci&oacute;n casinense. Saludo tambi&eacute;n a los superiores y miembros de las familias mon&aacute;sticas, masculinas y femeninas, de Roma, reunidas aqu&iacute; con otros muchos representantes de &oacute;rdenes y congregaciones religiosas, para celebrar con esp&iacute;ritu de aut&eacute;ntica comuni&oacute;n fraterna al gran maestro de la vida consagrada. Y, finalmente, saludo a los fieles de la parroquia de San Pablo, a quienes los mismos padres benedictinos del monasterio anexo dedican, por una tradici&oacute;n m&aacute;s que secular, su apreciado servicio, dando as&iacute; testimonio del ideal mon&aacute;stico y, al mismo tiempo, de su capacidad de irradiaci&oacute;n apost&oacute;lica.<\/p>\n<p>Realmente, en esta bas&iacute;lica la instituci&oacute;n mon&aacute;stica est&aacute; llamada a dar prueba de su consistencia: est&aacute; llamada a ofrecer el ejemplo del m&aacute;s esmerado estilo lit&uacute;rgico, del m&aacute;s asiduo inter&eacute;s por el indispensable ministerio sacramental de la reconciliaci&oacute;n, de la hospitalaria acogida a los peregrinos y visitantes, que provienen de todas las partes del mundo; pero est&aacute; llamada, a la vez, a preparar un programa apropiado de encuentros religiosos, de iniciativas en defensa de la convivencia familiar, de di&aacute;logos ecum&eacute;nicos. Y todo esto constituye una preciosa aportaci&oacute;n no s&oacute;lo para la pastoral diocesana, sino tambi&eacute;n para la animaci&oacute;n de toda la Iglesia. Aqu&iacute;, m&aacute;s que en otros monasterios colocados en el coraz&oacute;n de la vida eclesial y civil, la espiritualidad de la contemplaci&oacute;n se pone al servicio del compromiso apost&oacute;lico, seg&uacute;n la ense&ntilde;anza de San Gregorio Magno, el cual, a poca distancia del Patriarca de Casino, comprometi&oacute; a los monjes en la ardua empresa de la evangelizaci&oacute;n de Inglaterra, dando impulso a esa admirable serie de viajes misioneros que abrieron la Europa Occidental al cristianismo y a la civilizaci&oacute;n; lo mismo que en la oriental trabajaron con id&eacute;ntico fervor pastoral los grandes ap&oacute;stoles del mundo eslavo, Cirilo y Metodio.<\/p>\n<p>3. Como fruto del a&ntilde;o centenario, en el curso del cual la figura y la obra de San Benito han difundido en la Iglesia y en la sociedad un sorprendente mensaje de luz, se puede ya advertir m&aacute;s claramente la necesidad de que el monaquismo haga revivir sus genuinas y m&uacute;ltiples tradiciones, tanto de vida estrictamente claustral, como de activa presencia en los sectores de la pastoral, de la artesan&iacute;a o de la agricultura, de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, etc. Todo esto tendr&aacute; m&aacute;s f&aacute;cil aplicaci&oacute;n y m&aacute;s segura eficacia, solamente si se afirman el primado de la b&uacute;squeda de Dios en la liturgia y en la<i> lectio divina,<\/i> el respeto a las exigencias connaturales de la vida comunitaria y la adhesi&oacute;n fiel al trabajo en sus diversas formas.<\/p>\n<p>Volviendo a tomar cuanto se afirm&oacute; al final del simposio, que en el pasado septiembre vio reunidos a los abades y abadesas y a los superiores benedictinos, cistercienses y trapenses, gustosamente hago votos para que &quot;las comunidades monacales proclamen que todas las generaciones, mentalidades, razas y clases sociales pueden encontrarse en Cristo; que sean ellas centros de oraci&oacute;n, en los que la Palabra de Dios sea comprendida y recibida; que est&eacute;n cercanas a los oprimidos y a los peque&ntilde;os de este mundo con la sencillez de su vida; que busquen la paz y la justicia para todos, que sensibilicen a nuestros contempor&aacute;neos sobre los males del consumismo, del individualismo y de la violencia&quot; (cf.<i> Mensaje del simposio mon&aacute;stico).<\/i><\/p>\n<p>Como al fin de la Edad Antigua San Benito y sus monjes supieron hacerse constructores y custodios de la civilizaci&oacute;n, as&iacute; en esta Edad nuestra, marcada por una r&aacute;pida<i> evoluci&oacute;n cultural,<\/i> urge tomar conciencia de los desaf&iacute;os que nos vienen del mundo moderno y afirmar, al mismo tiempo, la sincera adhesi&oacute;n a los valores perennes.<i> El primero e inagotable valor es la Palabra de Dios, <\/i>que debe ser escuchada cada d&iacute;a para la continua conversi&oacute;n de la vida, con referencia precisa a los problemas presentes y a los que se perfilan en el horizonte: el Tercer Mundo, la crisis de la familia, la difusi&oacute;n de la droga y de la violencia, la amenaza de los armamentos, las mismas dificultades de orden econ&oacute;mico.<\/p>\n<p>Si realmente, como en Benito, es profunda la espiritualidad en el cristiano, en el religioso, en el sacerdote; si cada uno es \u2014como debe ser\u2014 &quot;hombre de Dios&quot;, entonces podr&aacute; ser eficazmente &quot;siervo del hombre&quot;. La escucha atenta de Dios que habla abrir&aacute; su alma al discernimiento de los signos de los tiempos, como sucedi&oacute; en este monasterio el 25 de enero de 1959, cuando el Papa Juan XXIII anunci&oacute;, adem&aacute;s del S&iacute;nodo de la di&oacute;cesis de Roma, el gran Concilio Ecum&eacute;nico, que fue el Vaticano II con todos los copiosos frutos que ya ha dado y que dar&aacute; a&uacute;n para todo el Pueblo de Dios.<\/p>\n<p>La credibilidad del mensaje cristiano depende de la integraci&oacute;n entre la catequesis, la liturgia y la justicia perfeccionada en la caridad. La proclamaci&oacute;n de la Palabra en las celebraciones sagradas, la reflexi&oacute;n encauzada en la catequesis, deben ser obra de<i> testigos de justicia y de caridad,<\/i> de comunidades decididas a la continua conversi&oacute;n en la caridad y en la misericordia. La Palabra debe llevar al oyente a la conciencia personal de los problemas y de los compromisos, debe estimular la comunidad a opciones de servicio, con preferencia por los pobres, como dice el Evangelio (cf.<i> Mt<\/i> 11, 5;<i> Lc<\/i> 4, 18).<\/p>\n<p>4. A este prop&oacute;sito, me parece que \u2014por una singular y, dir&iacute;a, providencial coincidencia\u2014 el final del centenario de San Benito puede introducir, con atenci&oacute;n particular a la pobreza, el VIII centenario del nacimiento de San Francisco, que comenzar&aacute; el pr&oacute;ximo octubre. De hecho, se trata de una de las exigencias m&aacute;s importantes que surgieron de los encuentros mon&aacute;sticos del ya pasado centenario benedictino: por lo dem&aacute;s, no era posible cerrar los ojos ante la oleada de materialismo, hedonismo, ate&iacute;smo te&oacute;rico y pr&aacute;ctico que desde los pa&iacute;ses occidentales se ha volcado sobre el resto del mundo. Los monjes del gran &aacute;rbol benedictino, los hijos de las diversas familias franciscanas, y en general todos los religiosos tienen la responsabilidad de volver a introducir en la sociedad, con testimonio un&iacute;voco, por medio de la conversi&oacute;n del coraz&oacute;n y del estilo de vida, los valores de la pobreza real, de la sencillez de vida, del amor fraterno y de la coparticipaci&oacute;n generosa. Tambi&eacute;n aqu&iacute;, haciendo m&iacute;as las palabras del mensaje de los benedictinos y benedictinas de Asia, deseo que el ejemplo de los Santos Benito y Francisco nos lleve a &quot;tomar conciencia de nuestra llamada a ser pobres con Cristo pobre y nos impulsen a seguirle gozosamente a trav&eacute;s de una mayor solidaridad con los m&aacute;s pobres de nuestros pa&iacute;ses y de todo el mundo. De este modo creemos poder llegar a comprender, con toda la humanidad, m&aacute;s profundamente el amor de Dios a los hombres y a comprometernos concretamente en favor de nuestros semejantes&quot;. Por otra parte, tambi&eacute;n los obispos de Europa han puesto de relieve este mismo compromiso en favor del hombre y de la sociedad humana con el mensaje &quot;Por una Europa de los hombres y de los pueblos&quot;, difundido desde Subiaco en el pasado septiembre.<\/p>\n<p>5. Pero es evidente, hermanos e hijos querid&iacute;simos, que este compromiso global y los particulares deberes y ministerios en que se articula, hacen volver <i>a todos<\/i> y<i> siempre<\/i> a su fuente espiritual. &iquest;Qui&eacute;n ignora que la acci&oacute;n supone la contemplaci&oacute;n? Y &eacute;sta, especialmente en las &oacute;rdenes mon&aacute;sticas y mendicantes, &iquest;acaso no exige, no presupone una ferviente celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, una fiel liturgia coral y una comprometida forma comunitaria, para evitar el predominio del &quot;hacer&quot; sobre el &quot;ser&quot;, o el desarrollo de un activismo desequilibrado con relaci&oacute;n al primado de la vida interior? S&iacute;, porque en todo ministerio apost&oacute;lico, por cualquiera que se desarrolle y de cualquier forma sea desarrollado, el servicio tiene necesidad de la catequesis, y el compromiso necesita la oraci&oacute;n, a fin de que la caridad no se reduzca a simple filantrop&iacute;a, sino que el amor al pr&oacute;jimo est&eacute; ordenado, animado y enriquecido con el amor de Dios.<\/p>\n<p>Por esto,<i> tambi&eacute;n<\/i> nosotros ahora<i> queremos orar, debemos orar.<\/i> Si el centenario benedictino, que ya concluye, nos ha hecho retornar \u2014me refiero a nosotros Pastores de la Iglesia de Dios y a todos vosotros, religiosos y religiosas, y tambi&eacute;n a los laicos que sent&iacute;s con m&aacute;s fuerza la vocaci&oacute;n al apostolado\u2014 a esta dimensi&oacute;n primaria como base y presupuesto de cualquier actividad ministerial, podemos servirnos inmediata y muy oportunamente de la<i> profunda palabra del Evangelio<\/i> que acabamos de escuchar. Efectivamente, Jes&uacute;s mismo est&aacute; orando en el Cen&aacute;culo y nos ofrece un insuperable modelo de estilo y de contenido en orden a nuestras oraciones, sean personales o comunitarias, sean lit&uacute;rgicas o privadas. Habiendo llegado ya al momento culminante de su misi&oacute;n, <i>pridie quam pateretur.<\/i> El nos ense&ntilde;a en este pasaje conclusivo de la llamada &quot;oraci&oacute;n sacerdotal&quot;<i> qu&eacute;<\/i> debemos pedir, <i>por qui&eacute;n<\/i> debemos pedir y<i> para qu&eacute; <\/i>debemos pedir. En di&aacute;logo directo con el Padre, en contacto &iacute;ntimo con El <i>(tu in me et ego in te),<\/i> Jes&uacute;s ruega no s&oacute;lo por sus Ap&oacute;stoles a quienes ve reunidos a su alrededor, sino tambi&eacute;n por aquellos que, gracias a su predicaci&oacute;n, creer&aacute;n en El: es decir, ruega por los fieles de todas las edades y gene, a-iones sucesivas, y ruega &quot;para que sean una sola cosa&quot;.<\/p>\n<p>&iquest;Cu&aacute;ntas veces resuena en este texto sublime la invocaci&oacute;n, o mejor, la llamada y el anhelo de la unidad? Se trata de la unidad de los &quot;suyos&quot;, de la unidad como nota distintiva de &quot;su&quot; Iglesia; de la unidad que, con eficacia simult&aacute;nea, une &iacute;ntimamente a los que <i>ya<\/i> tienen la fe y, al mismo tiempo, impulsa al mundo a aceptar la fe, o sea, a los que<i> todav&iacute;a no<\/i> creen:<i> ut omnes unum sint&#8230; ut credat mundus <\/i>(v. 21)&#8230;,<i> et cognoscat mundus<\/i> (v. 23). El Se&ntilde;or nos lo dice todo sobre la unidad: el modo, la medida, la naturaleza y el efecto, la causa ejemplar que es la unidad existente entre El mismo y el Padre, la causa final que es la fe que hay que suscitar en quien todav&iacute;a no la tiene.<\/p>\n<p>Ahora bien, &iquest;c&oacute;mo negar que estas palabras adquieren un gran relieve y una fuerza particular<i> en este lugar sagrado <\/i>y<i> en una ocasi&oacute;n como &eacute;sta<\/i>? Adem&aacute;s de un modelo de oraci&oacute;n, constituyen un programa de trabajo, tienen el valor y el m&eacute;rito de armonizar<i> contemplaci&oacute;n <\/i>y<i> acci&oacute;n.<\/i> Y, ante todo, nos impresionan mucho m&aacute;s porque &eacute;ste es el lugar donde reposa el Ap&oacute;stol Pablo, que fue mensajero infatigable de la unidad de la Iglesia de Cristo entre las gentes, con la visi&oacute;n estupenda de la Iglesia como Cuerpo m&iacute;stico y como Esposa m&iacute;stica (cf. <i>1 Cor<\/i> 12, 12-27;<i> G&aacute;l<\/i> 3, 28;<i> Ef <\/i>4, 1-5); y adem&aacute;s, porque la circunstancia que aqu&iacute; nos ha reunido es el centenario de Benito de Nursia, el Santo del<i> ora et labora,<\/i> el cual or&oacute; y trabaj&oacute; por la unidad con el Evangelio y con la cruz, contribuyendo eficazmente a construir la unidad en el mundo europeo, que era la gran parte del mundo entonces conocido.<\/p>\n<p>He aqu&iacute; por qu&eacute; esta palabra-oraci&oacute;n de Cristo, nuestro Maestro y Se&ntilde;or, recogida muy pronto y difundida por Pablo, escuchada y realizada m&aacute;s tarde por Benito, debe grabarse en nuestro esp&iacute;ritu, como t&eacute;rmino irrevocable de nuestra misma oraci&oacute;n y par&aacute;metro permanente de nuestra actividad apost&oacute;lica. <i>Ut omnes unum sint!<\/i> Esta palabra que encierra y expresa el<i> sacramentum unitatis<\/i> (cf. San Cipriano,<i> De Ecclesiae catholicae unitate,<\/i> cap. 7:<i> PL,<\/i> tom. IV, col. 504), es como una palabra de orden y, por la ocasi&oacute;n en la que fue pronunciada primeramente, tiene el valor de un legado testamentario, y por esto debe iluminar y guiar cada una de las iniciativas pastorales y ecum&eacute;nicas, coordinando y orientando todo hacia la dimensi&oacute;n suprema de la caridad: &quot;Para que el amor con que t&uacute; me has amado est&eacute; con ellos&quot; (v. 26). Este \u2014no lo olvidemos jam&aacute;s\u2014 es el punto de llegada, &eacute;sta es la meta final, porque unidad y caridad en la vida eclesial van juntas. La unidad es caridad, y la caridad es unidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1981 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA PARA LA CLAUSURA DEL XV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN BENITO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II San Pablo Extramuros S&aacute;bado 21 marzo de 1981 &nbsp; Venerados hermanos e hijos querid&iacute;simos: 1.&nbsp;&quot;El benedicam tibi&#8230; erisque benedictus&quot; (G&eacute;n 12,&nbsp;3). 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