{"id":39754,"date":"2016-10-05T23:00:30","date_gmt":"2016-10-06T04:00:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-febrero-de-1981-misa-de-ordenacion-sacerdotal-de-15-diaconos-nagasaki-japon\/"},"modified":"2016-10-05T23:00:30","modified_gmt":"2016-10-06T04:00:30","slug":"25-de-febrero-de-1981-misa-de-ordenacion-sacerdotal-de-15-diaconos-nagasaki-japon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-febrero-de-1981-misa-de-ordenacion-sacerdotal-de-15-diaconos-nagasaki-japon\/","title":{"rendered":"25 de febrero de 1981: Misa de ordenaci\u00f3n sacerdotal de 15 di\u00e1conos, Nagasaki (Jap\u00f3n)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/sub_index1981\/trav_far-east.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A EXTREMO ORIENTE<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><font color=\"#663300\">MISA DE ORDENACI&Oacute;N SACERDOTAL DE 15 DI&Aacute;CONOS<\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Catedral de Nagasaki, Jap&oacute;n<br \/> Mi&eacute;rcoles 25 de febrero de 1981<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Queridos hermanos y hermanas en Cristo:<\/i><\/p>\n<p>Doy gracias a Dios que me ha permitido venir a Nagasaki, ciudad que cuenta con una historia marcada al mismo tiempo por<i> la gloria y la tragedia,<\/i> y dirigirme a vosotros, que sois los descendientes y sucesores de aquellos que alcanzaron la gloria y superaron la tragedia. Os saludo con gran afecto, sintiendo a la vez un profundo respeto por la admirable tradici&oacute;n cat&oacute;lica de esta Iglesia local.<\/p>\n<p>Es &eacute;ste ciertamente<i> un momento cumbre de mi viaje apost&oacute;lico<\/i> a Jap&oacute;n, en el que el Sucesor de Pedro se dispone a la ordenaci&oacute;n de sacerdotes en uno de los puntos m&aacute;s alejados de su sede de Roma, dando as&iacute; vivo testimonio de la universalidad de su misi&oacute;n.<\/p>\n<p>Este es<i> un momento solemne y conmovedor<\/i> para el Papa. Pero lo es a&uacute;n m&aacute;s para vosotros, queridos hijos, que vais a ser consagrados sacramentalmente como &quot;ministros de Jesucristo entre los gentiles, encargados de un ministerio sagrado en el Evangelio de Dios&quot; (<i>Rom <\/i>15, 16) y &quot;administradores de los misterios de Dios&quot; (<i>1 Cor&nbsp;4,<\/i>&nbsp;1).<\/p>\n<p>&Uacute;nicamente a trav&eacute;s de largos a&ntilde;os de fidelidad al don que vais a recibir hoy es como llegar&eacute;is poco a poco a comprender cada vez mejor este acontecimiento y la maravilla que encierra. En efecto, toda una vida no es suficiente para comprender en su plenitud lo que significa ser sacerdote de Jesucristo. Y ahora s&oacute;lo podemos presentar <i>algunos aspectos de este misterio,<\/i> sirvi&eacute;ndonos de las lecturas de esta solemnidad.<\/p>\n<p>1. Las primeras palabras que se refieren a vosotros son las que emplea el Profeta Isa&iacute;as para describir su vocaci&oacute;n: &quot;El esp&iacute;ritu del Se&ntilde;or, Yav&eacute;, est&aacute; sobre m&iacute;, pues<i> Yav&eacute; me ha ungido&quot; <\/i>(<i>Is<\/i> 61, 1).<\/p>\n<p>Estas palabras son aplicables a cualquier sacerdote. Se aplican, pues, a vosotros. Quieren decir que en la ra&iacute;z de toda vocaci&oacute;n sacerdotal no se da una iniciativa humana y personal, con sus inevitables limitaciones humanas, sino una <i>iniciativa misteriosa por parte de Dios. <\/i>La Carta a los Hebreos nos dice sobre el sacerdocio de Cristo: &quot;Cristo no se exalt&oacute; a S&iacute; mismo, haci&eacute;ndose Pont&iacute;fice, sino el que le dijo: Hijo m&iacute;o eres T&uacute;&quot;<i> (Heb<\/i> 5, 5). Esto es verdad no s&oacute;lo de Cristo, sino tambi&eacute;n de cuantos participan en su sacerdocio.<\/p>\n<p>Todo sacerdote puede decir: &quot;El Se&ntilde;or me ha ungido&quot;. El Se&ntilde;or me ha ungido, ante todo,<i> desde la eternidad,<\/i> aun antes de que yo existiera, cuando El dijo mi nombre. &quot;Yav&eacute; me llam&oacute; desde el seno materno&quot;, dice Isa&iacute;as, &quot;desde las entra&ntilde;as de mi madre me llam&oacute; por mi nombre&quot; (<i>Is<\/i> 49, 1). Una comprensi&oacute;n completa de lo que es la vocaci&oacute;n sacerdotal requiere necesariamente hacer referencia a esta unci&oacute;n por parte del amor singular de Dios para con una persona determinada, incluso antes de su existencia, y a la llamada que Dios dirige a dicha persona a causa de ese mismo amor.<\/p>\n<p>Un&nbsp;sacerdote puede decir tambi&eacute;n que el Se&ntilde;or le ha ungido cuando, en la infancia o en la juventud, su coraz&oacute;n respondi&oacute; a<i> la llamada del Se&ntilde;or: &quot;S&iacute;gueme&quot;.<\/i> No siempre es f&aacute;cil precisar este momento e identificar el acontecimiento que dio origen a la llamada: &iquest;el ejemplo de un sacerdote o de un amigo?, &iquest;la experiencia de un vac&iacute;o que &uacute;nicamente puede llenarse mediante un total servicio de Dios?, &iquest;un deseo de responder de manera perfecta y eficaz al sufrimiento material, moral o espiritual? Pero, en cualquier circunstancia, es Dios quien ha llamado. Le sea posible<i> <\/i> o no al sacerdote fijar el d&iacute;a en que se&ntilde;al&oacute; rumbo a su vida, respondiendo a la sugerencia del Se&ntilde;or \u2014lo que el Profeta Jerem&iacute;as llama la seducci&oacute;n del Se&ntilde;or (cf.<i> Jer<\/i> 20, 7)\u2014, lo cierto es que ser&aacute; consciente de que Dios le ha llamado.<\/p>\n<p>En tercer lugar, un sacerdote puede decir que el Se&ntilde;or le ha ungido<i> el d&iacute;a de su ordenaci&oacute;n,<\/i> el d&iacute;a en que finalmente y para siempre se convierte en sacerdote de Jesucristo. Es el d&iacute;a de la unci&oacute;n propiamente dicha por manos de un obispo. Los sacerdotes debemos recordar siempre este d&iacute;a. Pablo exhorta encarecidamente a Timoteo, dici&eacute;ndole: &quot;Haz revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposici&oacute;n de mis manos&quot; (<i>2 Tim<\/i> 1, 6). Debemos recordar siempre nuestra ordenaci&oacute;n con el prop&oacute;sito de reavivar constantemente el fervor que tuvimos al principio y de sacar fuerzas de ese recuerdo, a fin de vivir una vida que sea conforme con su profundo significado. La unci&oacute;n que va a tener lugar hoy es para vosotros, queridos hijos, el signo visible y actual de un sello permanente en vuestras personas. Es el signo sacramental de una gracia, por la que Cristo Sacerdote os consagra para una misi&oacute;n especial al servicio de su Reino, haciendo de vosotros sacerdotes de Jesucristo para siempre.<\/p>\n<p>2. &iquest;Qu&eacute; est&aacute;is llamados a hacer como sacerdotes? La respuesta nos la da otro pasaje de la liturgia de hoy: &quot;Vosotros sois la luz del mundo&quot;<i> (Mt<\/i> 5, 14).<\/p>\n<p>Nos desconcierta, conscientes como somos de nuestra peque&ntilde;ez y miseria, ver que estas palabras concretas est&aacute;n dirigidas nosotros: &quot;Vosotros sois la luz del mundo&quot;. Los Ap&oacute;stoles debieron quedarse asustados al o&iacute;rlas. Lo mismo les ha ocurrido a miles de personas desde entonces. Y el Se&ntilde;or sabe que dice estas palabras a personas humanas, limitadas y pecadoras. Pero sabe tambi&eacute;n que deben ser luz, no por sus propias fuerzas, sino <i>reflejando y comunicando la luz recibida de El,<\/i> pues El mismo nos dice de S&iacute;: &quot;Yo soy la luz del mundo&quot;<i> (Jn<\/i> 8, 12; 9, 5; cf. 1, 5. 9; 3, 19; 12, 46).<\/p>\n<p>Todo sacerdote advierte que puede iluminar a los que est&aacute;n en tinieblas &uacute;nicamente en la medida que &eacute;l mismo ha aceptado la luz del Maestro, Jesucristo. Sin embargo, se halla rodeado de peligrosa oscuridad y ya no es capaz de iluminar a otros cuando se aparta del &uacute;nico manantial de toda luz verdadera. Por tanto, queridos hijos, ten&eacute;is que<i> permanecer siempre unidos a Cristo<\/i> Sacerdote, escuchando asiduamente su palabra, celebrando sus misterios en la Eucarist&iacute;a y mediante una profunda y constante amistad con El. La gente reconocer&aacute; vuestra comuni&oacute;n con Cristo en vuestra &iquest;capacidad de ser luz verdadera para un mundo que con demasiada frecuencia se siente todo &eacute;l en tinieblas.<\/p>\n<p>Pero en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, no le basta al sacerdote con reflejar, m&aacute;s o menos imperfectamente, la luz de Cristo: tiene que ocultarse y dejar brillar directamente a Cristo. &laquo;<i>Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jes&uacute;s, <\/i>Se&ntilde;or&#8230; Porque Dios, que dijo: &quot;Brille la luz del seno de las tinieblas&quot;, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo&raquo; (<i>2 Cor<\/i> 4, 5-6).<\/p>\n<p>Vais a ser, como sacerdotes, ministros de la luz que brilla en el rostro de Cristo mediante la fe. Por consiguiente, vuestra misi&oacute;n consiste, primera y principalmente, en dedicaros a esa predicaci&oacute;n, de la que nace la fe en quien la oye (cf.<i> Rom<\/i> 10, 17). El Concilio Vaticano II define a los sacerdotes como &quot;educadores en la fe&quot; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a>,<\/i> 6). Vuestro servicio fundamental es proclamar en medio de todos a Cristo como la Verdad y las verdades de fe, alentar constantemente la fe, fortalecerla donde sea d&eacute;bil y defenderla frente a toda amenaza.<\/p>\n<p>No es necesario afirmar que ser&eacute;is mejores educadores en la fe en la medida <i> que vosotros mismos pose&aacute;is<\/i> una<i> fe<\/i> profundamente arraigada, madura, valiente y contagiosa. Los evangelistas describen los a&ntilde;os que Jes&uacute;s pas&oacute; en compa&ntilde;&iacute;a de los Doce como un proceso de maduraci&oacute;n de la fe de los Ap&oacute;stoles: &quot;Jes&uacute;s&#8230; manifest&oacute; su gloria y creyeron en El sus disc&iacute;pulos&quot; (<i>Jn<\/i> 2, 11; cf. 11, 15). Vosotros, al igual que los Doce, hab&eacute;is pasado unos a&ntilde;os con Jes&uacute;s antes de llegar a este momento. Ten&eacute;is que ser disc&iacute;pulos con una fe probada y madura, firmemente anclados en la palabra del Maestro y dispuestos para la lucha. Nunca dej&eacute;is de uniros a la oraci&oacute;n humilde y fervorosa de los Ap&oacute;stoles: &quot;Acrecienta nuestra fe&quot;<i> (Lc<\/i> 17, 5), y ojal&aacute; escuch&eacute;is siempre como respuesta lo que Jes&uacute;s dijo a Pedro: &quot;Yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe&quot; (<i>Lc<\/i> 22, 32). De esta manera estar&eacute;is preparados para conducir a muchos otros a la fe.<\/p>\n<p>Existe una especial obligaci&oacute;n por parte de cada sacerdote y del<i> presbyterium <\/i>como tal en promover vocaciones al sacerdocio. A este prop&oacute;sito es esencial la oraci&oacute;n; pero es tambi&eacute;n esencial para los j&oacute;venes sentirse apoyados por el ejemplo de santidad y de alegr&iacute;a que ven en sus sacerdotes. Por esta raz&oacute;n Jesucristo ha confiado en verdad esta ma&ntilde;ana a estos j&oacute;venes sacerdotes una importante misi&oacute;n que cumplir: llegar con el ejemplo a los corazones de los j&oacute;venes.<\/p>\n<p>4. Quisiera decir ahora unas palabras a las<i> familias<\/i> de los nuevos sacerdotes y tambi&eacute;n a todas las familias cristianas de Jap&oacute;n.<\/p>\n<p>Recuerdo con profunda emoci&oacute;n el encuentro que tuvo lugar aqu&iacute; en Nagasaki entre un misionero que acababa de llegar y un grupo de personas que, una vez convencidas de que era un sacerdote cat&oacute;lico, le dijeron: &quot;Hemos estado esper&aacute;ndote durante siglos&quot;. Hab&iacute;an estado sin sacerdote, sin iglesias y sin culto durante m&aacute;s de doscientos a&ntilde;os. Y, sin embargo, a pesar de las circunstancias adversas, la fe cristiana no hab&iacute;a desaparecido; se hab&iacute;a transmitido dentro de la familia de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. De esta manera la familia cristiana demuestra la inmensa importancia que ella tiene en lo que se refiere a la<i> vocaci&oacute;n a ser cristiano.<\/i><\/p>\n<p>La familia cristiana es tambi&eacute;n, en grado supremo, algo vital para las<i> vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa.<\/i> La mayor&iacute;a de estas vocaciones brotan y se desarrollan en familias profundamente cristianas. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia el primer seminario (cf.<i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\"> Optatam totius<\/a>, <\/i>2). Estoy convencido de que numerosas vocaciones del &quot;peque&ntilde;o reba&ntilde;o&quot; de la comunidad cat&oacute;lica en Jap&oacute;n han nacido y han crecido en el seno de familias animadas por un esp&iacute;ritu de fe, de caridad y de piedad.<\/p>\n<p>En el momento en que me dispongo, como Sucesor de Pedro, a ordenar nuevos sacerdotes para vuestra naci&oacute;n, quiero exhortar a cada familia cristiana de Jap&oacute;n a ser verdaderamente una<i> &quot;iglesia domestica&quot;:<\/i> un lugar donde se d&eacute; gracias y alabanza a Dios, un lugar donde su palabra sea escuchada y su ley obedecida, un lugar donde se eduque para la fe y donde la fe se alimente y se fortalezca. un lugar de caridad fraterna y de mutuo servicio, un lugar de apertura a los dem&aacute;s, especialmente a los pobres y necesitados.<\/p>\n<p><i>Estad abiertos a las vocaciones<\/i>&nbsp;que surjan entre vosotros. Orad para que, como se&ntilde;al de su amor especial, el Se&ntilde;or se digne llamar a uno o a m&aacute;s miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegr&iacute;a y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocaci&oacute;n vaya creciendo y fortaleci&eacute;ndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elecci&oacute;n hecha con libertad.<\/p>\n<p>Prosigamos ahora con fe y devoci&oacute;n cuantos estamos aqu&iacute; reunidos esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica del Sacrificio de Cristo Sacerdote. Recordando a los sacerdotes, religiosos y seglares japoneses que en este mismo lugar dieron el supremo testimonio de sus vidas por amor a Jesucristo,<i> oremos<\/i> por las familias cristianas de esta tierra, para que sepan vivir con intensidad su vocaci&oacute;n cristiana. Pidamos al Se&ntilde;or se digne conceder que surjan de entre ellas muchos sacerdotes, como &eacute;stos que van a comenzar hoy su vida sacerdotal y su ministerio, y que surjan tambi&eacute;n muchos religiosos, para gloria de Jesucristo y para la salvaci&oacute;n del mundo. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1981 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A EXTREMO ORIENTE MISA DE ORDENACI&Oacute;N SACERDOTAL DE 15 DI&Aacute;CONOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Catedral de Nagasaki, Jap&oacute;n Mi&eacute;rcoles 25 de febrero de 1981 &nbsp; Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Doy gracias a Dios que me ha permitido venir a Nagasaki, ciudad que cuenta con una historia marcada al &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-febrero-de-1981-misa-de-ordenacion-sacerdotal-de-15-diaconos-nagasaki-japon\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab25 de febrero de 1981: Misa de ordenaci\u00f3n sacerdotal de 15 di\u00e1conos, Nagasaki (Jap\u00f3n)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39754","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39754","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39754"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39754\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39754"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39754"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39754"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}