{"id":39766,"date":"2016-10-05T23:00:48","date_gmt":"2016-10-06T04:00:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-febrero-de-1981-santa-misa-para-los-enfermos\/"},"modified":"2016-10-05T23:00:48","modified_gmt":"2016-10-06T04:00:48","slug":"11-de-febrero-de-1981-santa-misa-para-los-enfermos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-febrero-de-1981-santa-misa-para-los-enfermos\/","title":{"rendered":"11 de febrero de 1981, Santa Misa para los enfermos"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA PARA LOS ENFERMOS<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\"><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica de San Pedro<br \/> Mi&eacute;rcoles 11 de febrero de 1981<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>1.&nbsp;&quot;Bendita t&uacute; entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre&quot;<i> (Lc<\/i> 1<i>, <\/i>42). Las palabras que Isabel dirigi&oacute; a la Virgen Sant&iacute;sima, el d&iacute;a de la Visitaci&oacute;n, suben espont&aacute;neamente a nuestros labios mientras, reunidos en comuni&oacute;n de fe y de amor en torno al altar de Cristo, testimoniamos nuestra gratitud a la Madre celestial por cuanto Ella ha hecho y contin&uacute;a haciendo en esa &quot;encrucijada espiritual&quot; del mundo moderno, que es la ciudad de Lourdes.<\/p>\n<p>Ante todo, deseo dirigir mi saludo cordial a cuantos han intervenido en esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, promovida por la Obra Romana de Peregrinaciones y por UNITALSI. En particular, mi saludo se dirige a usted, se&ntilde;or cardenal, a los obispos y a los sacerdotes que promueven, con la ayuda de laicos celosos, esta forma tan meritoria de pastoral; y, luego, a los que han ido en peregrinaci&oacute;n a Lourdes y que esta tarde han querido encontrarse de nuevo juntos en esta bas&iacute;lica, como para revivir las inolvidables emociones experimentadas en aquel lugar de gracia. Saludo a los enfermos, que son los invitados de honor en este encuentro de oraci&oacute;n. Con ellos saludo a todos los que se han ofrecido generosamente para asegurar la ayuda necesaria; y, finalmente, a todos los que participan en esta Eucarist&iacute;a para expresar su devoci&oacute;n a la Virgen y manifestar, adem&aacute;s, su solidaridad con tantos hermanos que sufren.<\/p>\n<p>2.&nbsp;Mar&iacute;a est&aacute; espiritualmente presente en medio de nosotros: hemos o&iacute;do resonar su voz en la p&aacute;gina evang&eacute;lica, proclamada hace un momento. Nosotros la miramos con los mismos ojos con los que la mir&oacute; Isabel, cuando la vio llegar con paso presuroso y escuch&oacute; la voz de su saludo: &quot;En cuanto tu saludo lleg&oacute; a mis o&iacute;dos, la criatura salt&oacute; de alegr&iacute;a en mi vientre&quot;<i> (Lc<\/i> 1, 44).<\/p>\n<p>&iquest;C&oacute;mo no recoger esta primera invitaci&oacute;n a la reflexi&oacute;n? El sobresalto de alegr&iacute;a que sinti&oacute; Isabel, subraya el don que puede encerrarse<i> en un simple saludo,<\/i> cuando parte de un coraz&oacute;n lleno de Dios. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen a un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!<\/p>\n<p>Una palabra buena se dice pronto; sin embargo, a veces se nos hace dif&iacute;cil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen las preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia ego&iacute;sta. As&iacute; sucede que pasamos al lado de personas a las cuales, aun conoci&eacute;ndolas, apenas les miramos el rostro y no nos damos cuenta de lo que frecuentemente est&aacute;n sufriendo por esa sutil, agotadora pena, que proviene de sentirse ignoradas. Bastar&iacute;a una palabra cordial, un gesto afectuoso e inmediatamente algo se despertar&iacute;a en ellas: una se&ntilde;al de atenci&oacute;n y de cortes&iacute;a puede ser una r&aacute;faga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento. El saludo de Mar&iacute;a llen&oacute; de alegr&iacute;a el coraz&oacute;n de su anciana prima Isabel.<\/p>\n<p>3.&nbsp;&quot;Dichosa la que ha cre&iacute;do que se cumplir&aacute; lo que se le ha dicho de parte del Se&ntilde;or&quot;<i> (Lc<\/i> 1, 45). As&iacute; dijo Isabel, correspondiendo al saludo de la Virgen. Se trata de palabras dictadas por el Esp&iacute;ritu Santo (cf.<i> Lc<\/i> 1, 41). Ponen de manifiesto la virtud principal de Mar&iacute;a:<i> la fe.<\/i> Los Padres de la Iglesia se han detenido a reflexionar sobre el significado de esta virtud en las vicisitudes espirituales de la Virgen y no han vacilado en manifestar valoraciones que nos pueden parecer sorprendentes. Baste citar, por todos, a San Agust&iacute;n: &quot;Su parentesco de madre no habr&iacute;a tra&iacute;do ninguna utilidad a Mar&iacute;a, si Ella no hubiese llevado con m&aacute;s riqueza a Cristo en el coraz&oacute;n que en el cuerpo&quot;<i> (De sancta Virgin.,<\/i> 3, 3).<\/p>\n<p>La fe permiti&oacute; a Mar&iacute;a asomarse sin temor al abismo inexplorado del designio salv&iacute;fico de Dios: no resultaba f&aacute;cil creer que Dios pudiese &quot;hacerse carne&quot; y venir a &quot;habitar entre nosotros&quot; (cf.<i> Jn <\/i>1,<i> <\/i>14), esto es, que quisiese ocultarse en la insignificancia de nuestra vida ordinaria, visti&eacute;ndose de nuestra fragilidad humana, sometida a tantos y tan humillantes condicionamientos. Mar&iacute;a se atrevi&oacute; a creer en este proyecto &quot;imposible&quot;, se fi&oacute; del Omnipotente y se convirti&oacute; en la principal cooperadora de esa admirable iniciativa divina, que ha abierto de nuevo nuestra historia a la esperanza.<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n el cristiano est&aacute; llamado a una semejante actitud de fe, que lo lleva a mirar valientemente &quot;m&aacute;s all&aacute;&quot; de las posibilidades y de los l&iacute;mites del acontecimiento meramente humano. El sabe que puede contar con Dios, el cual, para afirmar la propia libertad soberana con relaci&oacute;n a los condicionamientos humanos, no raramente elige lo. que en el mundo es d&eacute;bil y despreciado para confundir a los sabios y a los fuertes, &quot;para que nadie pueda gloriarse ante Dios&quot; (<i>1 Cor<\/i> 1, 29).<\/p>\n<p>En la bimilenaria historia de la Iglesia pueden citarse pruebas clamorosas de esta actuaci&oacute;n singular de Dios, que contin&uacute;a dejando perplejos a cuantos buscan explicaciones simplemente humanas a los designios de la Providencia. Baste citar solamente el nombre de Santa Bernardita. Pero son m&aacute;s numerosos sin comparaci&oacute;n los acontecimientos, cuyo realce social queda por ahora oculto: es la multitud inmensa de las almas que han pasado su existencia gast&aacute;ndose en el anonimato de la casa, de la f&aacute;brica, de la oficina; que se han consumido en la soledad orante del claustro; que se han inmolado en el martirio cotidiano de la enfermedad. Cuando todo quede manifiesto en la parus&iacute;a, entonces aparecer&aacute; el papel decisivo que ellas han desempe&ntilde;ado a pesar de las apariencias contrarias, en el desarrollo de la historia del mundo. Y esto ser&aacute; tambi&eacute;n motivo de alegr&iacute;a para los bienaventurados, que sacar&aacute;n de ello tema de alabanza perenne al Dios tres veces Santo.<\/p>\n<p>4. Un gusto anticipado de esta alegr&iacute;a se concede ya desde aqu&iacute; abajo a los &quot;peque&ntilde;os&quot;, a los cuales revela el Padre sus designios (cf.<i> Mt<\/i> 11, 25). Mar&iacute;a gu&iacute;a la falange de estos &quot;peque&ntilde;os&quot;, que tienen en el coraz&oacute;n la sabidur&iacute;a de Dios. Por esto Ella pudo pronunciar ante Isabel el canto del &quot;Magnificat&quot;, que contin&uacute;a siendo durante los siglos la expresi&oacute;n m&aacute;s pura de la alegr&iacute;a _ que brota en cada una de las almas fieles.<\/p>\n<p>Es la alegr&iacute;a que surge del estupor <i>ante la fuerza omnipotente de Dios,<\/i> que puede permitirse realizar &quot;cosas grandes&quot;,, a pesar<i> de<\/i> la desproporci&oacute;n de los instrumentos humanos (cf.<i> Lc<\/i> 1, 47-49). Es la alegr&iacute;a<i> por la justicia superior de Dios<\/i> que &quot;derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes;&quot; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vac&iacute;os&quot;<i> (Lc <\/i>1,<i> <\/i>52 s.). Finalmente, es la alegr&iacute;a<i> por la misericordia de Dios<\/i> que, fiel a las promesas, acoge bajo las alas de su amor a los hijos de Abraham, &quot;de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n&quot;, socorri&eacute;ndolos en cada una de sus necesidades (cf.<i> Lc<\/i> 1, 50. 54-55).<\/p>\n<p><i>Este es el canto de Mar&iacute;a. Debe convertirse en el canto de cada d&iacute;a de nuestra vida:<\/i>&nbsp;efectivamente, no hay situaci&oacute;n humana que no pueda encontrar en &eacute;l una interpretaci&oacute;n adecuada. La Virgen lo pronuncia mientras en su esp&iacute;ritu se acumulan los interrogantes sobre las reacciones del esposo, que todav&iacute;a desconoce la intervenci&oacute;n divina, y sobre todos los interrogantes acerca del futuro de este Hijo, sobre el cual gravitan inquietantes palabras prof&eacute;ticas (cf. <i>Is<\/i> 53).<\/p>\n<p>5. Podremos cantar el &quot;Magnificat&quot; con esp&iacute;ritu exultante, si tratamos de tener en nosotros<i> los sentimientos de Mar&iacute;a:<\/i> su fe, su humildad, su candor. Hay una hermosa expresi&oacute;n de Ambrosio, con la que el santo obispo de Mil&aacute;n nos exhorta a esto precisamente: &quot;Que en todos \u2014dice &eacute;l\u2014 resida el alma de Mar&iacute;a para glorificar al Se&ntilde;or; que en todos est&eacute; el esp&iacute;ritu de Mar&iacute;a para alegrarse en Dios. Si corporalmente no hay m&aacute;s que una madre de Cristo, por la fe, en cambio. Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condici&oacute;n de que sin mancha, preservada de los vicios, guarde la castidad de una pureza intachable&quot; <i>(Expos. Ev. sec. Lucam<\/i> II, 26).<\/p>\n<p>He aqu&iacute;, querid&iacute;simos hermanos y hermanas, lo que nos ha querido decir esta tarde la Virgen. Si sabemos escuchar su voz, Ella repetir&aacute; por nosotros, reunidos en torno al altar de su Hijo, las palabras que hemos escuchado en la primera lectura: &quot;Como un ni&ntilde;o a quien su madre consuela, as&iacute; os consolar&eacute; yo. En Jerusal&eacute;n ser&eacute;is consolados&quot;<i> (Is <\/i>66, 13).<\/p>\n<p>Sabemos a qu&eacute; Jerusal&eacute;n se alude: es a la Jerusal&eacute;n &quot;de all&aacute; arriba&quot;<i> (Gal <\/i> 4, 26), a la que Juan vio &quot;que descend&iacute;a del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo&quot;<i> (Ap<\/i> 21, 2). Hacia esta Jerusal&eacute;n se elevan nuestros ojos, hacia ella tiende nuestra esperanza, porque en ella se realizar&aacute; finalmente la promesa prof&eacute;tica, que hemos escuchado una vez m&aacute;s: &quot;Vuestros huesos florecer&aacute;n como un prado; la mano del Se&ntilde;or se manifestar&aacute; a sus siervos&quot;<i> (Is<\/i> 66, 14).<\/p>\n<p>Con la esperanza de esta manifestaci&oacute;n suprema de la &quot;mano del Se&ntilde;or&quot;, proseguimos, mientras tanto, el camino por el sendero que, d&iacute;a tras d&iacute;a, la Providencia abre ante nosotros. Tenemos con nosotros el &quot;pan de los peregrinos&quot;, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, que se nos ofrece como fuente inagotable, para sacar de ella fuerza, serenidad, confianza en cada momento de la existencia. &quot;Tu qui cuncta seis et vales \u2014le repetimos con efusi&oacute;n\u2014 qui nos pascis hic mortales; tuos ibi commensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium&quot;. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1981 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA PARA LOS ENFERMOS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Bas&iacute;lica de San Pedro Mi&eacute;rcoles 11 de febrero de 1981 &nbsp; 1.&nbsp;&quot;Bendita t&uacute; entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre&quot; (Lc 1, 42). 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