{"id":39804,"date":"2016-10-05T23:02:06","date_gmt":"2016-10-06T04:02:06","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-1982-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-castelgandolfo\/"},"modified":"2016-10-05T23:02:06","modified_gmt":"2016-10-06T04:02:06","slug":"15-de-agosto-de-1982-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-castelgandolfo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-1982-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-castelgandolfo\/","title":{"rendered":"15 de agosto de 1982, Solemnidad de la Asunci\u00f3n de la Virgen Mar\u00eda, Castelgandolfo"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SOLEMNI<font face=\"Times New Roman\">DAD DE L<\/font>A ASUNCI&Oacute;N DE LA VIRGEN MAR&Iacute;A<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Castelgandolfo <br \/> Domingo<\/i><\/font><i><font color=\"#663300\"> 15 de agosto de 198<\/font><\/i><font color=\"#663300\"><i>2<\/i><\/font><\/p>\n<\/p>\n<p>1. &laquo;Tu trono subsistir&aacute; por siempre jam&aacute;s, \/<i> <\/i>cetro de equidad es el cetro de tu reino&#8230; \/ Toda radiante de gloria entra la hija del rey; \/ su vestido est&aacute; tejido de oro&raquo; (cfr. <i>Sal <\/i>44, [451, 7. 14). <\/p>\n<p>La liturgia de la Iglesia recurre hoy a las palabras del Salmo para presentar incluso, con im&aacute;genes humanas un gran misterio de la fe. <\/p>\n<p>Es <i>el misterio de la Asunci&oacute;n <\/i>de la Sant&iacute;sima Madre de Dios, la Virgen Mar&iacute;a. <\/p>\n<p>Sin embargo, a&uacute;n m&aacute;s que las analog&iacute;as que se sacan del Salmo 44, son elocuentes <i>sus mismas palabras. <\/i>Mar&iacute;a se presenta en el umbral de la casa de Isabel, su pariente, y \u2014cuando &eacute;sta la saluda como &laquo;la madre del Se&ntilde;or&raquo;\u2014 pronuncia las palabras del <i>Magn&iacute;ficat: <\/i>&laquo;Proclama mi alma la grandeza del Se&ntilde;or, se alegra mi esp&iacute;ritu en Dios, mi <i>salvador &#8230; <\/i>Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por m&iacute;; su nombre es santo&raquo; <i>(Lc <\/i>1, 46-47. 49). <\/p>\n<p>2. Cuando Mar&iacute;a pronunci&oacute; estas palabras, se hab&iacute;a realizado ya en Ella, mediante &laquo;la anunciaci&oacute;n del &Aacute;ngel&raquo;, <i>el misterio de la Encarnaci&oacute;n. <\/i>El Hijo de Dios, el Verbo Eterno, se hab&iacute;a hecho hombre en su seno por obra del Esp&iacute;ritu Santo. <\/p>\n<p>Al dirigirse &laquo;a la monta&ntilde;a&raquo; para <i>visitar <\/i>a Isabel, Mar&iacute;a era ya <i>la Madre del Hijo de Dios: <\/i>llevaba en s&iacute; el m&aacute;s grande misterio de la historia del hombre. <\/p>\n<p>De lo profundo de este misterio nacen las palabras del himno del <i>Magn&iacute;ficat. De lo profundo de este misterio <\/i>Mar&iacute;a alaba al Omnipotente porque &laquo;ha hecho cosas grandes&raquo; por Ella (<i>Lc<\/i> 1, 49). <\/p>\n<p>Y no s&oacute;lo por Ella. Por toda la humanidad: por todos los hombres y por cada uno de los hombres Dios ha hecho &laquo;grandes cosas&raquo; <i>haci&eacute;ndose hombre. <\/i>Pero Ella, la Virgen de Nazaret, ha sido objeto de una elevaci&oacute;n especial, de una dignidad particular. Pues ha llegado a ser la Madre del Dios-Hombre. <\/p>\n<p>Hoy, <i>en el d&iacute;a de la Asunci&oacute;n, <\/i>la liturgia de la Iglesia pone en los labios de Mar&iacute;a sus mismas palabras: &laquo;El Poderoso ha hecho obras grandes por m&iacute;&raquo;. <\/p>\n<p>Entre la Visitaci&oacute;n y la Asunci&oacute;n hay <i>continuidad. <\/i>Aqu&eacute;lla que ha sido elegida eternamente para ser Madre del Verbo Encarnado; Aqu&eacute;lla en la que <i>Dios mismo ha habitado <\/i>en la persona del Hijo, comienza a <i>morar <\/i>de modo particular <i>en Dios: <\/i>Padre, Hijo y Esp&iacute;ritu Santo. <\/p>\n<p>He aqu&iacute; el misterio que meditamos con veneraci&oacute;n hoy: el misterio de la Asunci&oacute;n. <\/p>\n<p>3. Aqu&eacute;lla en la que Dios mismo tom&oacute; morada en la Persona del Hijo, fue <i>concebida inmaculada: <\/i>est&aacute; libre de la herencia del pecado original. <\/p>\n<p>De este modo fue tambi&eacute;n preservada <i>de la ley de la muerte, <\/i>que entr&oacute; en la historia del hombre junto con el pecado. <\/p>\n<p>Escribe San Pablo (y estas palabras las leemos en la liturgia de hoy): &laquo;Si por un hombre <i>vino <\/i>la muerte, por un hombre ha venido la resurrecci&oacute;n. Si por Ad&aacute;n murieron todos, por Cristo todos volver&aacute;n a la <i>vida, <\/i>pero cada uno en su puesto&raquo; (<i>1 Cor <\/i>15, 21-23). <\/p>\n<p>Libre \u2014por obra de Cristo\u2014 del pecado original, <i>redimida de modo <\/i>particular y excepcional, Mar&iacute;a fue incluida en su resurrecci&oacute;n tambi&eacute;n de modo particular y excepcional. <i>La resurrecci&oacute;n de Cristo venci&oacute; en Ella la ley del pecado y de la muerte <\/i>ya mediante la Inmaculada Concepci&oacute;n. Ya entonces se realiz&oacute; en ella la <i>victoria <\/i>sobre el pecado y sobre la ley de la muerte, pena del pecado; y hoy <i>se revela en toda la plenitud. <\/i><\/p>\n<p>Era necesario que Ella, que era Madre del Resucitado, participase <i>la primera entre los hombres <\/i>en el pleno poder de su resurrecci&oacute;n. <\/p>\n<p>Era necesario que Ella, en la que habit&oacute; el Hijo de Dios como autor de la <i>victoria <\/i>sobre el pecado y sobre la muerte, tambi&eacute;n <i>la primera <\/i>habitase en Dios, libre del pecado y de la corrupci&oacute;n del sepulcro: <\/p>\n<p>\u2014 del pecado, mediante la Inmaculada Concepci&oacute;n; <\/p>\n<p>\u2014 de la corrupci&oacute;n del sepulcro, mediante la Asunci&oacute;n. <\/p>\n<p>Creemos que &laquo;la Virgen Inmaculada, terminado el curso de su <i>vida <\/i>terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste&raquo; (P&iacute;o XII, Constituci&oacute;n Apost&oacute;lica <i>Munificentissimus Deus, <\/i>1 noviembre de 1950). <\/p>\n<p>4. Contemplamos hoy de modo particular a la Madre de Dios. Fijamos la mirada en su definitiva morada en Dios. En su gloria. <\/p>\n<p><i>Ella es aquel &laquo;signo&raquo; grandioso <\/i>que, seg&uacute;n las palabras de San Juan en el Apocalipsis, apareci&oacute; en el cielo (cfr. <i>Ap <\/i>12, 1). <\/p>\n<p>Este signo est&aacute; al mismo tiempo <i>unido <\/i>estrechamente <i>con la tierra. <\/i>Es, ante todo, <i>el signo de la lucha <\/i>&laquo;con el drag&oacute;n&raquo; (cfr. <i>Ap <\/i>12, 4), y en esta lucha releemos toda la historia de la Iglesia en la tierra: la lucha contra satan&aacute;s, la lucha contra las <i>fuerzas de las tinieblas, <\/i>que no cesan de lanzar sus ataques al Reino de Dios. <\/p>\n<p>Este es, al mismo tiempo, <i>el signo de la victoria definitiva; <\/i>en el misterio de su Asunci&oacute;n, Mar&iacute;a es el signo de esa <i>victoria <\/i>definitiva<i>, <\/i>de la que habla el autor del Apocalipsis: <i>&laquo;Ya llega la victoria, <\/i>el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mes&iacute;as&raquo; <i>(Ap <\/i>12,<i> <\/i>10). <\/p>\n<p>5. La solemnidad de hoy es una gran fiesta de la fe. Se debe <i>aguzar la mirada de la fe, <\/i>para que el misterio de la Asunci&oacute;n pueda actuar libremente en nuestra mente y en nuestro coraz&oacute;n: <\/p>\n<p>a fin de que se haga <i>tambi&eacute;n para nosotros <\/i>el signo de la victoria definitiva, la cual est&aacute; precedida del trabajo y de la lucha respecto a las fuerzas de las tinieblas. <\/p>\n<p>Se debe aguzar la mirada de la fe para <i>vislumbrar <\/i>a <i>trav&eacute;s <\/i>de las fatigas y los sufrimientos de esta vida temporal <i>la dimensi&oacute;n definitiva de la eternidad:&nbsp; <\/i> <\/p>\n<p>a semejanza de la Madre de Cristo debemos tambi&eacute;n nosotros <i>habitar &laquo;en Dios&raquo;, <\/i>mediante la uni&oacute;n eterna con El. <\/p>\n<p>&iexcl;Cu&aacute;nto debemos esforzarnos mientras vivimos aqu&iacute; en la tierra a fin de que <i>Dios habite &laquo;en nosotros&raquo;! <\/i>En Mar&iacute;a, en la cual tom&oacute; morada mediante el misterio de la Encarnaci&oacute;n como Hijo en el seno de la Madre, El mor&oacute; antes que nada <i>mediante la gracia. <\/i><\/p>\n<p>Y tambi&eacute;n en nosotros quiere habitar mediante la <i>gracia: <\/i>&laquo;Dios te salve, Mar&iacute;a, llena eres de gracia &#8230; &raquo;. <\/p>\n<p>Que la solemnidad de hoy reavive en nosotros el ardiente <i>deseo de vivir en gracia, <\/i>de perseverar en la gracia de Dios. <\/p>\n<p><i>&laquo;Creo <\/i>en la resurrecci&oacute;n de la carne y en la vida eterna &#8230; &raquo;. Si, a semejanza de Mar&iacute;a, debemos habitar eternamente en Dios, <i>es necesario <\/i>que aqu&iacute; en la tierra Dios encuentre su habitaci&oacute;n en nuestra alma. <\/p>\n<p>Am&eacute;n. <\/p>\n<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1982 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p><font color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOLEMNIDAD DE LA ASUNCI&Oacute;N DE LA VIRGEN MAR&Iacute;A HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Castelgandolfo Domingo 15 de agosto de 1982 1. &laquo;Tu trono subsistir&aacute; por siempre jam&aacute;s, \/ cetro de equidad es el cetro de tu reino&#8230; \/ Toda radiante de gloria entra la hija del rey; \/ su vestido est&aacute; tejido de &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-agosto-de-1982-solemnidad-de-la-asuncion-de-la-virgen-maria-castelgandolfo\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab15 de agosto de 1982, Solemnidad de la Asunci\u00f3n de la Virgen Mar\u00eda, Castelgandolfo\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-39804","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39804","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=39804"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/39804\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=39804"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=39804"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=39804"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}