{"id":39847,"date":"2016-10-05T23:11:39","date_gmt":"2016-10-06T04:11:39","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/28-de-junio-de-1984-concelebracion-eucaristica-en-el-policlinico-universitario-agostino-gemelli\/"},"modified":"2016-10-05T23:11:39","modified_gmt":"2016-10-06T04:11:39","slug":"28-de-junio-de-1984-concelebracion-eucaristica-en-el-policlinico-universitario-agostino-gemelli","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/28-de-junio-de-1984-concelebracion-eucaristica-en-el-policlinico-universitario-agostino-gemelli\/","title":{"rendered":"28 de junio de 1984, Concelebraci\u00f3n eucar\u00edstica en el Policl\u00ednico Universitario Agostino Gemelli"},"content":{"rendered":"<p><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA <br \/> CON OCASI&Oacute;N DEL XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE<br \/> DEL PADRE AGOSTINO GEMELLI <\/font><\/p>\n<p> <\/font> <\/font><br \/>\n<font face=\"Times\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"4\" color=\"#663300\"> <\/p>\n<p align=\"center\"> <b><i>H<\/i><\/b><\/p>\n<p><\/font><b><i><font size=\"4\" color=\"#663300\">OMIL&Iacute;A<\/font><\/i><\/b><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><i><b><font color=\"#663300\" size=\"4\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/font> <\/font><br \/>\n<font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Jueves 28 de junio de 1984<\/i><\/font><\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p>1. &laquo;Aprended de m&iacute;, que soy manso y humilde de coraz&oacute;n (<i>Mt <\/i>11, 29). <\/p>\n<p>Es Cristo quien habla. Con los ojos de la fe le contemplamos en la concreci&oacute;n de su Humanidad, gracias a la cual es en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado. Semejante en todo y, por tanto tambi&eacute;n en el hecho de tener <i>un coraz&oacute;n que late en su pecho<\/i>, activando en sus venas el flujo vital de la circulaci&oacute;n sangu&iacute;nea. A este coraz&oacute;n es, precisamente, al que alude, cuando nos habla a nosotros aqu&iacute; reunidos en torno al altar: &laquo;Aprended de m&iacute;, que soy manso y humilde de coraz&oacute;n&raquo;. <\/p>\n<p>Hoy, solemnidad lit&uacute;rgica del Sagrado Coraz&oacute;n, en esta instituci&oacute;n universitaria y hospitalaria dedicada al Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, nos sentimos invitados a meditar sobre el <i>misterio de aquel Coraz&oacute;n divino<\/i>, en el que late el amor infinito de Dios por el hombre, por todo hombre, por cada uno de nosotros. Aquel amor, que ya testimoniaba Mois&eacute;s entre sus compatriotas, record&aacute;ndoles: &laquo;Yav&eacute; se ha aliado con vosotros y os ha elegido, no por ser vosotros los m&aacute;s en n&uacute;mero entre todos los pueblos, pues sois el m&aacute;s peque&ntilde;o de todos, sino porque Yav&eacute; os am&oacute;&raquo; <i>(Dt <\/i>7, 7-8). Aquel amor en que el ap&oacute;stol Juan vio la s&iacute;ntesis de todo tratado acerca de Dios, hasta el punto de poder afirmar: &laquo;Quien no ama no ha conocido a Dios, porque <i>Dios es amor<\/i>&raquo; (1 <i>Jn <\/i>4, 81. <\/p>\n<p>&iquest;C&oacute;mo no exclamar con el salmista: &laquo;El Se&ntilde;or es bueno y grande en el amor&raquo; (<i>Salmo responsorial<\/i>)?<i> <\/i>La liturgia de hoy nos pone en los labios las expresiones adecuadas para manifestar nuestro reconocimiento ante una generosidad tan imprevisible y estupenda: &laquo;Bendice al Se&ntilde;or, alma m&iacute;a, todo lo que hay en m&iacute; bendiga tu santo nombre &#8230; El perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva del hoyo tu vida, te corona de gracia y misericordia &#8230; &raquo; (<i>Salmo responsorial<\/i>)<i>. <\/i><\/p>\n<p>2. Meditemos sobre las &laquo;maravillas&raquo; del amor de Dios, contemplando el <i>misterio del Coraz&oacute;n de Cristo<\/i>. Es conocida la riqueza de reminiscencias antropol&oacute;gicas que, en el lenguaje b&iacute;blico, despierta la palabra &laquo;coraz&oacute;n&raquo;. Con ella no s&oacute;lo se evocan los sentimientos propios de la esfera afectiva, sino tambi&eacute;n todos aquellos recuerdos, pensamientos, razonamientos, proyectos que constituyen el mundo m&aacute;s &iacute;ntimo del hombre. El coraz&oacute;n, en la cultura b&iacute;blica y tambi&eacute;n en gran parte de las otras culturas, es el centro esencial de la personalidad; centro en el que el hombre est&aacute; ante Dios como totalidad de cuerpo y esp&iacute;ritu, como yo pensante que quiere y ama, como centro en el cual el recuerdo del pasado se abre a la proyecci&oacute;n del futuro. <\/p>\n<p>Ciertamente del coraz&oacute;n humano se interesan el anatomista, el fisi&oacute;logo, el cardi&oacute;logo, el cirujano, etc.; y su aportaci&oacute;n cient&iacute;fica \u2014me complace reconocerlo en una sede como &eacute;sta\u2014 reviste gran importancia para el sereno y armonioso desarrollo del hombre en el curso de su existencia terrena. Pero el significado seg&uacute;n el cual nos referimos ahora al coraz&oacute;n, trasciende de esas consideraciones parciales, para alcanzar el santuario de la autoconciencia personal, en el que se resume, y \u2014por as&iacute; decirlo\u2014 se condensa la esencia concreta del hombre; el centro en el que cada uno decide de s&iacute; ante los otros, ante el mundo, ante Dios mismo. <\/p>\n<p>S&oacute;lo del hombre puede decirse propiamente que <i>tiene un coraz&oacute;n<\/i>; no del esp&iacute;ritu puro, como es evidente, ni tampoco del animal. El &laquo;redire ad cor&raquo;<i> <\/i>desde la dispersi&oacute;n en las m&uacute;ltiples experiencias exteriores es una posibilidad reservada &uacute;nicamente al hombre. <\/p>\n<p>3. Por la fe sabemos, que en un momento determinado de la historia, &laquo;el Verbo de Dios se hizo carne y habit&oacute; entre nosotros&raquo; <i>(Jn <\/i>1,14). Desde aquel momento <i>Dios comenz&oacute; a amar con coraz&oacute;n de hombre.<\/i> Un coraz&oacute;n verdadero, capaz de latir de un modo intenso, tierno, apasionado. El Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s ha experimentado verdaderamente sentimientos de alegr&iacute;a ante el esplendor de la naturaleza, el candor de los ni&ntilde;os, ante la mirada de un joven puro; sentimientos de amistad hacia los ap&oacute;stoles, hacia L&aacute;zaro, hacia sus disc&iacute;pulos; sentimientos de compasi&oacute;n para los enfermos, los pobres y tantas personas probadas por el luto, por la soledad, por el pecado; sentimientos de indignaci&oacute;n hacia los vendedores del templo, los hip&oacute;critas, los profanadores de la inocencia; sentimientos de angustia ante la perspectiva del sufrimiento y ante el misterio de la muerte. No hay sentimiento aut&eacute;nticamente humano que no haya probado el coraz&oacute;n de Jes&uacute;s. <\/p>\n<p>Hoy estamos en adorante oraci&oacute;n ante aquel coraz&oacute;n, en el que el Verbo eterno ha querido experimentar directamente nuestra miseria, &laquo;no retuvo &aacute;vidamente el ser igual a Dios. Sino que se despoj&oacute; de s&iacute; mismo tomando condici&oacute;n de siervo, haci&eacute;ndose semejantes a los hombres&raquo; (cf. <i>Fil<\/i> 2, 6-7). Del infinito poder que es propio de Dios el coraz&oacute;n de Cristo s&oacute;lo ha conservado la inerme potencia del amor que perdona. Y en la soledad radical de la cruz ha aceptado ser atravesado por la lanza del centuri&oacute;n, para que la herida abierta vertiese sobre las suciedades del mundo el torrente inagotable de una misericordia que lava, purifica y renueva. <\/p>\n<p>En el coraz&oacute;n de Cristo se encuentran, pues, riqueza divina y pobreza humana, poder de la gracia y fragilidad de la naturaleza, llamada de Dios y respuesta del hombre. En &eacute;l tiene su apoyo definitivo la historia de la humanidad, porque &laquo;el Padre ha entregado todo juicio al Hijo&raquo; (cf. <i>Jn <\/i>5, 22). Al coraz&oacute;n de Cristo, debe, pues referirse, lo quiera o no lo quiera, todo coraz&oacute;n humano. <\/p>\n<p>4. &iexcl;Nuestro coraz&oacute;n! La Biblia no ahorra <i>expresiones pesimistas acerca del coraz&oacute;n humano<\/i>, en el que se esconde a menudo la doblez como en el caso de aquellos que &laquo;hablan de paz a su pr&oacute;jimo, pero tienen la malicia en el coraz&oacute;n&raquo; (<i>Sal <\/i>28, 3); o se insin&uacute;a la infidelidad respecto a la alianza, como lamentaba el salmista a prop&oacute;sito del pueblo hebreo: &laquo;Su coraz&oacute;n no era sincero con El, y no eran fieles a su alianza&raquo; (<i>Sal<\/i> 78<i>, <\/i>37). &iquest;Qui&eacute;n no recuerda la amarga comprobaci&oacute;n: &laquo;este pueblo me honra con los labios, pero su coraz&oacute;n est&aacute; lejos de m&iacute;&raquo; (<i>Is <\/i>29, 13)? El hombre no debe pues, olvidar que si le es posible enga&ntilde;ar a sus semejantes, eso no sucede con Dios, por que si &laquo;el hombre mira a las apariencias, Dios mira al coraz&oacute;n&raquo; (<i>1 Sam <\/i>16, 7). <\/p>\n<p>Ante la realidad decepcionante de un coraz&oacute;n &laquo;desviado e ind&oacute;cil&raquo; (<i>Jer <\/i>5, 23), queda s&oacute;lo una esperanza: la de una iniciativa divina que renueve el coraz&oacute;n humano y lo haga todav&iacute;a capaz de amar a Dios y a los hermanos, con &iacute;mpetu sincero y generoso. Es lo que el Se&ntilde;or ha prometido por boca del profeta Ezequiel: &laquo;Yo os purificar&eacute; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros &iacute;dolos; os dar&eacute; un coraz&oacute;n nuevo, pondr&eacute; dentro de vosotros un esp&iacute;ritu nuevo, quitar&eacute; de vosotros el coraz&oacute;n de piedra y os dar&eacute; un coraz&oacute;n de carne&raquo; (36, 25 s). <\/p>\n<p>5. La promesa se ha realizado en Cristo. En el encuentro con El, se ofrece al hombre la posibilidad de <i>rehacerse un coraz&oacute;n nuevo<\/i>, un coraz&oacute;n no ya &laquo;de piedra&raquo; sino &laquo;de carne&raquo;. Para llegar a esto, sin embargo, es preciso ante todo que &laquo;renazca del agua y del Esp&iacute;ritu Santo&raquo;, como se dijo, una noche, &laquo;a un hombre llamado Nicodemo&raquo; (cf. <i>Jn <\/i>3, 1 ss.); y es preciso tambi&eacute;n que <i>entre en la escuela de Jes&uacute;s<\/i> para aprender de El c&oacute;mo se ama concretamente. Esto es precisamente lo que El mismo ha pedido. En efecto, ha dicho: &laquo;Aprended de m&iacute;, que soy manso y humilde de coraz&oacute;n&raquo;. Con la palabra y con el ejemplo, Cristo nos ha ense&ntilde;ado la mansedumbre y la humildad, como cualidades indispensables para amar realmente; nos ha ense&ntilde;ado que el Hijo del Hombre &laquo;no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la propia vida como rescate por muchos&raquo; (<i>Mt. <\/i>20,28). El amor aut&eacute;ntico <i>no se sirve<\/i> del otro, sino que <i>lo sirve<\/i>, gast&aacute;ndose por &eacute;l incluso hasta el sacrificio total de s&iacute; y de las propias cosas. <\/p>\n<p>6. Pero precisamente en este anonadarse por amor reside <i>el secreto de la verdadera sabidur&iacute;a<\/i>, que llega a entrever algo del misterio de Dios y a percibir la sabidur&iacute;a superior de las normas que surgen de su voluntad tres veces santa. Jes&uacute;s lo revela no sin un temblor de &iacute;ntima alegr&iacute;a: &laquo;Yo te alabo, Padre, Se&ntilde;or del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los peque&ntilde;uelos. S&iacute;, Padre, porque as&iacute; te plugo&raquo; (<i>Mt <\/i>11, 27 ss.). <\/p>\n<p>Escuchamos de nuevo estas palabras en un ambiente que institucionalmente se dedica a los estudios superiores de medicina, entre personas que han hecho de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica la raz&oacute;n de su vida. Las escuchan los muchos j&oacute;venes aqu&iacute; reunidos, que han emprendido los estudios universitarios, movidos por el deseo de hacer propias las adquisiciones de una disciplina que tantos y tan extraordinarios progresos ha efectuado en este siglo nuestro. &iquest;Hay quiz&aacute; en las palabras de Cristo alguna expresi&oacute;n de desconfianza frente al empe&ntilde;o con que el hombre se lanza hacia el conocimiento cada vez m&aacute;s profundo de s&iacute; y del mundo? <\/p>\n<p>Ciertamente no, desde el momento en que, como Verbo de Dios, Cristo es la sabidur&iacute;a personificada y, como hombre, el evangelista lo presenta dedicado a crecer &laquo;en sabidur&iacute;a&raquo;, adem&aacute;s de &laquo;en edad y gracia ante Dios y ante los hombres&raquo; (cf. <i> Lc <\/i>2, 52). <\/p>\n<p>La Iglesia nunca ha tenido dudas al respecto y, por eso, en el curso de su historia milenaria ha suscitado continuamente en todos los lugares centros de estudios no s&oacute;lo sagrados, sino tambi&eacute;n profanos, en la convicci&oacute;n de que todo progreso en el conocimiento de la verdad constituye objetivamente un homenaje a Dios, Verdad subsistente &laquo;qua veritate \u2014por decirlo con Santo Tom&aacute;s\u2014 omnia vera sunt vera&raquo; (<i>In Ev. Io. <\/i>1, lect. I, n. 33).<\/p>\n<p>&iquest;Acaso no nos hemos reunido aqu&iacute; esta tarde para recordar, en el XXV aniversario de su muerte, al fundador de uno de estos centros de estudio m&aacute;s prestigioso? Cuando el padre Agostino Gemelli da comienzo a la Universidad Cat&oacute;lica del Sagrado Coraz&oacute;n, la ve como &laquo;obra destinada al progreso de la vida sobrenatural de los hombres, tanto mediante la educaci&oacute;n de los j&oacute;venes, como mediante la investigaci&oacute;n y la defensa de la verdad&raquo; (Agostino Gemelli, <i> Testamento<\/i>, Pascua de 1954). Y, en el &uacute;ltimo tramo de su vida, ese ideal hizo que se dedicara a la realizaci&oacute;n de esta Facultad de Medicina con su Hospital policl&iacute;nico, que sinti&oacute; como la coronaci&oacute;n del sue&ntilde;o que hab&iacute;a brotado muchos a&ntilde;os antes en su coraz&oacute;n de m&eacute;dico y sacerdote, que deseaba de crear en los repartos del hospital &laquo;una atmosfera en la que el enfermo percibe un v&iacute;nculo con quienes le curan&raquo;.&nbsp; <\/p>\n<p>No es pues la verdadera ciencia la que cierra al hombre el conocimiento de Dios y de su misterio. La ciencia que se siente sierva de la verdad y no due&ntilde;a, que no pierde el sentido del misterio, porque sabe que \u2014m&aacute;s all&aacute; del horizonte limitado que puede alcanzar con los propios medios\u2014 existen unas perspectivas sin l&iacute;mite que se pierden en aquel abismo de luz que tiene por nombre Dios; esa ciencia no s&oacute;lo no cierra, sino que, m&aacute;s a&uacute;n, dispone a la revelaci&oacute;n de los secretos de Dios. <\/p>\n<p>A esta ciencia est&aacute;n llamados cuantos, como vosotros, ilustres profesores y queridos estudiantes han hecho de su compromiso de estudio una elecci&oacute;n de fe. Formar parte de una universidad cat&oacute;lica, que lleva el nombre del Sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, es un hecho que os honra y a la vez os compromete altamente. &iquest;Qui&eacute;n, sino vosotros, deber&aacute; entrar en la escuela de aquel Coraz&oacute;n divino que con sus latidos mueve la historia del mundo y la historia personal de cada uno de nosotros? En aquel Coraz&oacute;n &laquo;se esconden todos los tesoros de la sabidur&iacute;a y de la ciencia&raquo; (<i>Col <\/i>2, 31. &iexcl;Qu&eacute; perspectiva para quien ha hecho de la investigaci&oacute;n de la verdad la raz&oacute;n de su vida! <\/p>\n<p>7. Pero tambi&eacute;n pod&eacute;is recurrir al Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s vosotros, querid&iacute;simos enfermos, que luch&aacute;is con la enfermedad que os ha golpeado y ten&eacute;is necesidad de tanta fuerza moral para no ceder a la tentaci&oacute;n del abatimiento y la desconfianza. &iquest;No ha dicho El: &laquo;Venid a m&iacute; todos los que est&aacute;is fatigados y agobiados, y yo os aliviar&eacute;&raquo; <i>(Mt <\/i>11, 28)? <\/p>\n<p>Estas palabras, cargadas de tanta humana dulzura, os la repite tambi&eacute;n a vosotros, enfermos, que en este Policl&iacute;nico hall&aacute;is asistencia cuidadosa y atenciones adecuadas; las repite a cuantos se prodigan a vuestro servicio, como enfermeras y enfermeros, con dedicaci&oacute;n entregada; las repite a vuestros familiares, que comparten con vosotros la inquietud por la enfermedad y la esperanza de una pronta curaci&oacute;n; las repite a todos nosotros: &laquo;Venid a m&iacute;&raquo; <\/p>\n<p>Si estamos &laquo;fatigados y agobiados&raquo;, acojamos la invitaci&oacute;n tan amorosamente insistente: vayamos a El y, aprendamos de El, confi&eacute;monos a El. Experimentaremos la verdad de aquella promesa: encontraremos aquel &laquo;descanso del alma&raquo; que anhela nuestro coraz&oacute;n cansado. <\/p>\n<p>&iexcl;As&iacute; sea! <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\" face=\"Times New Roman\"> &copy; Copyright 1984 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p> <\/font> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONCELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA CON OCASI&Oacute;N DEL XXV ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL PADRE AGOSTINO GEMELLI H OMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Jueves 28 de junio de 1984 &nbsp; 1. &laquo;Aprended de m&iacute;, que soy manso y humilde de coraz&oacute;n (Mt 11, 29). Es Cristo quien habla. 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