{"id":39993,"date":"2016-10-05T23:28:12","date_gmt":"2016-10-06T04:28:12","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-junio-de-1992-celebracion-del-corpus-christi-en-la-plaza-de-la-victoria-de-lodi-visita-pastoral-a-lombardia\/"},"modified":"2016-10-05T23:28:12","modified_gmt":"2016-10-06T04:28:12","slug":"20-de-junio-de-1992-celebracion-del-corpus-christi-en-la-plaza-de-la-victoria-de-lodi-visita-pastoral-a-lombardia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/20-de-junio-de-1992-celebracion-del-corpus-christi-en-la-plaza-de-la-victoria-de-lodi-visita-pastoral-a-lombardia\/","title":{"rendered":"20 de junio de 1992, Celebraci\u00f3n del \u00abCorpus Christi\u00bb en la Plaza de la Victoria de Lodi &#8211; Visita pastoral a Lombard\u00eda"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/1992\/travels\/documents\/trav_lombardia.html\">VISITA PASTORAL A LOMBARD&Iacute;A<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><b>SOLEMNIDAD DEL &laquo;CORPUS CHRISTI&raquo;<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Plaza de la Victoria &#8211; Lodi<br \/> S&aacute;bado 20 de junio de 1992<\/font><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>1. &laquo;Si uno come de este pan, vivir&aacute; para siempre&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 51).<\/p>\n<p>La <i>liturgia<\/i> de la solemnidad del <i>Corpus Christi<\/i> nos lleva a lo largo del camino de la revelaci&oacute;n, que <i>une ambas alianzas: la nueva y la antigua.<\/i> La antigua alianza ya orientaba hacia la verdad sobre el pan bajado del cielo. Mois&eacute;s habla de &eacute;l a los hijos de Israel en el relato del Deuteronomio: &laquo;Acu&eacute;rdate de todo el camino que el Se&ntilde;or tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta a&ntilde;os en el desierto para&#8230; probarte y conocer lo que hab&iacute;a en tu coraz&oacute;n&raquo; (<i>Dt<\/i> 8, 2). Y m&aacute;s adelante leemos: &laquo;<i>Te dio de comer el man&aacute;,<\/i> que ni t&uacute; ni tus padres hab&iacute;ais conocido, para mostrarte que no s&oacute;lo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Se&ntilde;or&raquo; (<i>Dt<\/i> 8, 3).<\/p>\n<p>2. Entre la antigua y la nueva alianza pasa el camino de las figuras y los anuncios, de las analog&iacute;as y las &laquo;afinidades&raquo;. Gracias a este hecho, san Agust&iacute;n pudo decir que todo lo que est&aacute; escondido en el antiguo testamento se revela en el nuevo (&laquo;<i>quod in Vetere latet in Novo patet<\/i>&raquo;). Entre esas &laquo;afinidades&raquo; y analog&iacute;as el man&aacute;, alimento bajado del cielo, constituye una preparaci&oacute;n singular al misterio de la Eucarist&iacute;a. Cristo la revela en un momento determinado de su anuncio y la instituye la v&iacute;spera de su muerte, durante la &uacute;ltima cena.<\/p>\n<p>3. Esta v&iacute;spera de la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Se&ntilde;or nos lleva precisamente al recuerdo de la &uacute;ltima cena. <i>Entremos juntos en el cen&aacute;culo<\/i> para revivir el misterio de la Eucarist&iacute;a, para volver a escuchar las palabras de Jes&uacute;s y para acoger el don de su amor, que renueva la comunidad de los creyentes. Cristo nos invita a ser <i>testigos de este nuevo testamento<\/i>, herencia preciosa de la Iglesia para la salvaci&oacute;n del mundo entero.<\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, os saludo a todos con afecto. Me alegra estar entre vosotros esta tarde para escuchar nuevamente con conmoci&oacute;n, en esta mesa eucar&iacute;stica, la promesa del Redentor: &laquo;Si uno come de esta pan, vivir&aacute; para siempre&raquo;.<\/p>\n<p>Agradezco cordialmente al pastor de esta di&oacute;cesis, el querido mons. Giacomo Capuzzi, las expresiones de bienvenida que me ha dirigido al comienzo de este rito sagrado. Saludo, junto con &eacute;l, a todos los prelados presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y al conjunto de vuestra familia diocesana en sus m&uacute;ltiples articulaciones apost&oacute;licas.<\/p>\n<p>Dirijo un pensamiento deferente a las autoridades administrativas, pol&iacute;ticas y militares que han deseado intervenir en esta celebraci&oacute;n solemne.<\/p>\n<p>Un recuerdo afectuoso para vosotros, queridos j&oacute;venes, que en la Eucarist&iacute;a encontr&aacute;is vigor para vuestra juventud; para vosotras, familias cristianas de Lodi, que del sacramento eucar&iacute;stico sac&aacute;is el alimento diario para vuestra cohesi&oacute;n y armon&iacute;a; para vosotros, queridos enfermos, a quienes en el &laquo;pan bajado del cielo&raquo; se ofrece apoyo y consuelo en la prueba.<\/p>\n<p>4. &laquo;Yo soy el pan vivo, bajado del cielo&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 51), dijo Cristo a la multitud que lo hab&iacute;a seguido hasta Cafarna&uacute;m, despu&eacute;s de haber asistido a la multiplicaci&oacute;n milagrosa de los panes. A esas personas, descendientes del pueblo jud&iacute;o probado por la falta de pan durante el &eacute;xodo desde Egipto hacia la tierra prometida, <i>Jes&uacute;s les habla<\/i> m&aacute;s adelante <i>del pan que es &eacute;l mismo:<\/i> &laquo;No como el que comieron vuestros padres, y murieron&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 58).<\/p>\n<p>El Maestro se refiere al man&aacute; \u2014que tambi&eacute;n era pan bajado del cielo\u2014 como a un don extraordinario del Se&ntilde;or para el pueblo elegido. Desde luego existe una semejanza, pero m&aacute;s fuerte a&uacute;n es la diferencia: <i>all&iacute; &laquo;comieron y murieron&raquo;; aqu&iacute;, &laquo;si uno come de este pan, vivir&aacute; para siempre&raquo;<\/i> (<i>Jn<\/i> 6, 58).<\/p>\n<p>5. Con estas expresiones, pronunciadas en los alrededores de Cafarna&uacute;m, Jes&uacute;s prepara lo que se realizar&aacute; durante la &uacute;ltima cena: &laquo;El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 51). Las palabras de san Pablo en la carta a los Corintios, que se remontan aproximadamente al a&ntilde;o 50, suenan como un eco de esa afirmaci&oacute;n: &laquo;<i>Y el pan que partimos &iquest;no es comuni&oacute;n con el cuerpo de Cristo?<\/i>&raquo; (<i>1 Co<\/i> 10, 16).<\/p>\n<p>La Iglesia, pueblo de Dios de la nueva alianza, se ha alimentado siempre con la Eucarist&iacute;a. Es m&aacute;s, se ha construido a trav&eacute;s de la Eucarist&iacute;a: &laquo;Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan&raquo; (<i>1 Co<\/i> 10, 17).<\/p>\n<p><i>La Iglesia se refleja en el sacramento eucar&iacute;stico<\/i>&nbsp;como en la fuente de la que brota su propia vida. All&iacute; est&aacute; el n&uacute;cleo incandescente y el coraz&oacute;n palpitante de la Iglesia, que puede leer en &eacute;l <i>la historia de su propia vocaci&oacute;n.<\/i> Desde su origen, <i>la Iglesia de Lodi revela este dinamismo eucar&iacute;stico.<\/i> En efecto, nacida de la sangre de los m&aacute;rtires V&iacute;ctor, Nabor y F&eacute;lix, en cuya muerte cruenta se refleja el sacrificio mismo de Jes&uacute;s, se ha enriquecido con el ejemplo de numerosos santos engendrados por la Eucarist&iacute;a. Mi pensamiento va, en particular, a santa Francesca Saverio Cabrini, misionera de los emigrantes, que llev&oacute; al mundo el testimonio de un amor apasionado al Coraz&oacute;n de Cristo; una pasi&oacute;n alimentada diariamente en la mesa eucar&iacute;stica, en la que experimentaba siempre el desbordante amor trinitario.<\/p>\n<p>En el horizonte de la fiesta de las bodas del Cordero, que con los signos de su pasi&oacute;n vive una vida inmortal, toda la existencia del cristiano, incluso sus experiencias cotidianas m&aacute;s duras, quedan abarcadas en el misterio de la Eucarist&iacute;a: todo nuestro ser debe participar en la actitud de abandono disponible e incondicional a la voluntad del Padre, propia de Cristo.<\/p>\n<p>6. La Iglesia ve en la Eucarist&iacute;a el sacramento que, adem&aacute;s de constituirla, <i>da forma<\/i> a su existencia. &iquest;Acaso no es la Eucarist&iacute;a el signo de la unidad y el v&iacute;nculo de la caridad que une el cuerpo eclesial? En la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica presidida por el obispo, la Iglesia se encuentra a s&iacute; misma en su plenitud. Cristo, presente en la palabra anunciada, en el ministerio ordenado, en la oraci&oacute;n de toda la asamblea y, sobre todo, en su cuerpo y sangre (cf. <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html\">Sacrosanctum concilium<\/a>,<\/i> 7), es el fundamento de la unidad articulada del pueblo de Dios. De esta manera, la <i>comuni&oacute;n eucar&iacute;stica l<\/i>lega a ser la forma de la <i>comuni&oacute;n eclesial.<\/i><\/p>\n<p>Subrayar ese aspecto significa recordar la tarea que compromete a todo el pueblo de Dios a ser &laquo;signo e instrumento de la uni&oacute;n &iacute;ntima con Dios y de la unidad de todo el g&eacute;nero humano&raquo; (<i><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a>,<\/i> 1).<\/p>\n<p>Os compromete a vosotros, queridos sacerdotes, a ser ministros de esa caridad pastoral que &laquo;no s&oacute;lo fluye de la Eucarist&iacute;a, sino que encuentra su m&aacute;s alta realizaci&oacute;n en su celebraci&oacute;n&raquo; (<i><a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_25031992_pastores-dabo-vobis.html\">Pastores dabo vobis<\/a>,<\/i> 23); os llama a vosotros, queridos seminaristas, a asumir esas &iacute;ntimas disposiciones que esa caridad promueve, como por ejemplo la gratitud por los beneficios recibidos de Io alto, la actitud oblativa que impulsa a unir a la ofrenda eucar&iacute;stica de Cristo la propia ofrenda personal, la caridad alimentada por un sacramento que es signo de unidad y de participaci&oacute;n, y el deseo de contemplaci&oacute;n y adoraci&oacute;n ante Cristo realmente presente bajo la especies eucar&iacute;sticas (cf. <i>ib.<\/i>, n. 48).<\/p>\n<p>Para vosotros, personas consagradas, la Eucarist&iacute;a es el manantial del don siempre renovado de vosotros mismos a Dios y a su Iglesia. Para todos vosotros, fieles laicos, <i>christifideles laici,<\/i> comprometidos en las diversas actividades apost&oacute;licas, la Eucarist&iacute;a es el alimento que sustenta eI empe&ntilde;o misionero y asegura su eficacia profunda.<\/p>\n<p>Por tanto, la Iglesia, en la acci&oacute;n eucar&iacute;stica, <i>regresa a su fuente<\/i>. Realmente la Eucarist&iacute;a es la que hace a la Iglesia y la alimenta como anta&ntilde;o el man&aacute; aliment&oacute; al pueblo de la antigua alianza y le permiti&oacute; sobrevivir durante los cuarenta a&ntilde;os de camino por el desierto. Durante cuarenta a&ntilde;os, pero nada m&aacute;s. S&oacute;lo la Eucarist&iacute;a permite vencer la muerte.<\/p>\n<p>7. Precisamente a esto alud&iacute;a Jes&uacute;s en el pasaje evang&eacute;lico que hemos escuchado. Preparando la instituci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a, dijo: &laquo;<i>El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,<\/i> y yo le resucitar&eacute; el &uacute;ltimo d&iacute;a&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 54).<\/p>\n<p>El man&aacute; de la antigua alianza era s&oacute;lo un anuncio. El simbolismo encerrado en &eacute;l superaba la realidad: &laquo;Vuestros padres comieron el man&aacute; en el desierto y murieron&raquo; (<i>Jn<\/i> 6, 49). Por el contrario, &laquo;el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna&raquo;.<\/p>\n<p>8. &laquo;No se engr&iacute;a tu coraz&oacute;n hasta el punto de que olvides al Se&ntilde;or tu Dios que te sac&oacute; del pa&iacute;s de Egipto, de la casa de servidumbre&raquo; (<i>Dt<\/i> 8,14), dec&iacute;a Mois&eacute;s a los hijos y a las hijas de Israel, record&aacute;ndoles el man&aacute; del desierto.<\/p>\n<p>En la nueva alianza, la Iglesia de Jesucristo ha instituido la <i>solemnidad del Corpus Domini,<\/i> a fin de que el pueblo redimido por el sacrificio de Cristo no olvide el don de la Eucarist&iacute;a, le tribute su mayor devoci&oacute;n y obtenga de &eacute;l la vida: la vida que nos dio el Hijo de Dios, asumiendo su cuerpo de la Virgen Mar&iacute;a y ofreci&eacute;ndolo como sacrificio de redenci&oacute;n por los pecados del mundo entero. Nos dio la vida.<\/p>\n<p>&laquo;No s&oacute;lo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que <i>sale de la boca de Dios&raquo;<\/i> (<i>Mt<\/i> 4, 4).<\/p>\n<p>De la boca de Dios sale la revelaci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a: la <i>verdad de la Eucarist&iacute;a.<\/i> Esta verdad divina es una <i>revelaci&oacute;n de la vida eterna,<\/i> en la que Cristo nos ha introducido, ofreciendo su vida humana como sacrifico en la cruz: &laquo;para la vida del mundo&raquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Bone Pastor, panis vere&#8230;&raquo;. Con &iacute;ntima devoci&oacute;n hagamos nuestras las bellas palabras de la secuencia lit&uacute;rgica: &laquo;Buen pastor, verdadero pan, oh Jes&uacute;s, ten piedad de nosotros; alim&eacute;ntanos y defi&eacute;ndenos, ll&eacute;vanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos&raquo;. Am&eacute;n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VISITA PASTORAL A LOMBARD&Iacute;A SOLEMNIDAD DEL &laquo;CORPUS CHRISTI&raquo; HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Plaza de la Victoria &#8211; Lodi S&aacute;bado 20 de junio de 1992 &nbsp; 1. &laquo;Si uno come de este pan, vivir&aacute; para siempre&raquo; (Jn 6, 51). 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