{"id":40017,"date":"2016-10-05T23:30:48","date_gmt":"2016-10-06T04:30:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-diciembre-de-1994-concelebracion-eucaristica-en-la-solemnidad-de-la-inmaculada-concepcion\/"},"modified":"2016-10-05T23:30:48","modified_gmt":"2016-10-06T04:30:48","slug":"8-de-diciembre-de-1994-concelebracion-eucaristica-en-la-solemnidad-de-la-inmaculada-concepcion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-diciembre-de-1994-concelebracion-eucaristica-en-la-solemnidad-de-la-inmaculada-concepcion\/","title":{"rendered":"8 de diciembre de 1994, Concelebraci\u00f3n eucar\u00edstica en la Solemnidad de la Inmaculada Concepci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA <br \/>SOLEMNI<font face=\"Times New Roman\">DAD DE LA INMACULADA CONCEPCI&Oacute;N<\/font><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HOMIL&Iacute;A<\/i><\/b><\/font><b><font color=\"#663300\" size=\"4\"><i> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/i><\/font><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Bas&iacute;lica de Santa Mar&iacute;a la Mayor<br \/> Jueves 8 de diciembre de 1994<\/i><\/font><\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p>&iexcl;Alabado sea Jesucristo! <\/p>\n<p>1. <i>&laquo;Bendito sea Dios, Padre de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo&raquo; <\/i>(<i>Ef <\/i>1,3). <\/p>\n<p>As&iacute; leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, que la liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepci&oacute;n nos propone: &laquo;Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo. (&#8230;) Nos ha elegido en &eacute;l antes de la creaci&oacute;n del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia&raquo; (<i>Ef <\/i>1, 3-4). <\/p>\n<p>Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, se nos invita a atravesar el conf&iacute;n del adviento hist&oacute;rico, para remontarnos hasta lo que sucedi&oacute; <i>&laquo;antes de la creaci&oacute;n del mundo&raquo;. <\/i>Entonces Dios, &laquo;Aquel que era, que es y que va a venir&raquo; (<i>Ap <\/i>4 8) <i>nos hab&iacute;a predestinado <\/i>por amor &laquo;<i>a<\/i> <i>ser sus hijos adoptivos <\/i>por medio de Jesucristo&raquo; (<i>Ef <\/i>1, 5). Antes de revelarse a trav&eacute;s de la obra de la creaci&oacute;n, el Padre eterno ya nos amaba en su Hijo eterno. En &eacute;l amaba a toda la creaci&oacute;n, y de modo particular al hombre, creado a su imagen y semejanza (cf. <i>Gn <\/i>1, 27). Manifestaci&oacute;n de ese amor fue &laquo;el hecho de predestinarnos <i>a la dignidad de hijos adoptivos de Dios&raquo;. <\/i>Precisamente de esto habla la carta de san Pablo a los Efesios. En esa predestinaci&oacute;n <i>la imagen y semejanza de Dios en el hombre alcanza su cumbre. <\/i>La adopci&oacute;n como hijos a semejanza de Jesucristo constituye el cumplimiento de cuanto se hallaba contenido desde el inicio en esa <i>imagen y semejanza de Dios <\/i>seg&uacute;n la cual fue creado el hombre. <\/p>\n<p>2. El Ap&oacute;stol explica, en efecto, el contenido que se encierra en la palabra <i>gracia. Gracia: don que el Padre nos otorga en su Hijo amado eternamente. <\/i>En virtud de ese don el hombre existe &laquo;para la gloria de la divina Majestad&raquo; (cf. <i>Ef <\/i>1, 6). San Ireneo lo expresar&aacute; en la c&eacute;lebre frase: &laquo;Gloria Dei, vivens homo; vita autem hominis, visio Dei&raquo; <i>(Adversus haereses, <\/i>IV, 20, 7). <\/p>\n<p>La explicaci&oacute;n paulina de la expresi&oacute;n b&iacute;blica <i>gracia <\/i>es indispensable para comprender correcta y adecuadamente las palabras dirigidas a la Virgen de Nazaret en el momento de la Anunciaci&oacute;n: &laquo;Al&eacute;grate, llena de gracia&raquo; <i>(Lc <\/i>1, 28). Esa <i>&laquo;plenitud de gracia&raquo; indica la Inmaculada Concepci&oacute;n: <\/i>misterio que la Iglesia profesa y vive de manera especial durante este d&iacute;a. <\/p>\n<p>3.<i> &laquo;Para ser santos e inmaculados en su presencia&raquo; <\/i>(<i>Ef <\/i>1, 4). <\/p>\n<p>El libro del G&eacute;nesis, especialmente en sus primeros cap&iacute;tulos, refiere que Dios creo al hombre <i>inmaculado. <\/i>Ante Dios, <i>viv&iacute;a toda la sencillez de su esencia humana; <\/i>Ad&aacute;n y Eva se trataban con confianza rec&iacute;proca y, a pesar de estar desnudos, no sent&iacute;an verg&uuml;enza (cf. <i>Gn <\/i>2, 25). <\/p>\n<p>En esa <i>inocencia original <\/i>del hombre creado por Dios entr&oacute;, sin embargo, el <i>primer pecado; <\/i>y, como est&aacute; descrito dram&aacute;ticamente en la primera lectura de la liturgia de hoy, <i>cambi&oacute; totalmente la relaci&oacute;n del hombre con Dios, influyendo fatalmente tambi&eacute;n en la relaci&oacute;n que existe entre el hombre y la mujer. <\/i><\/p>\n<p>El libro del G&eacute;nesis muestra, en primer lugar a <i>Dios que busca al hombre. &laquo;&iquest;Donde est&aacute;s?&raquo; <\/i>(cf. <i>Gn <\/i>3, 9), le pregunta. Y el hombre responde: &laquo;Te o&iacute; andar por el jard&iacute;n y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escond&iacute;&raquo; (<i>Gn <\/i>3, 10). El Interlocutor divino sabe que ese miedo tiene ra&iacute;ces mucho m&aacute;s profundas. El hombre siente la necesidad de esconderse ante Dios, porque <i>sigui&oacute; una llamada <\/i>diversa de la del Se&ntilde;or. Al comer del fruto prohibido, nuestros primeros padres cedieron a la tentaci&oacute;n de llegar a ser <i>como dioses, <\/i>capaces de conocer el bien y el mal (cf. <i>Gn <\/i>3, 5), es decir, capaces de <i>decidir aut&oacute;nomamente lo que est&aacute; bien y lo que est&aacute; mal, seg&uacute;n su propio criterio. <\/i> <\/p>\n<p>As&iacute; apareci&oacute; el pecado en el mismo momento en que el hombre, cediendo ante, la persuasi&oacute;n del esp&iacute;ritu maligno, crey&oacute; que pod&iacute;a llegar a ser como Dios. S&iacute;, crey&oacute; que su tarea consist&iacute;a en llegar a ser <i>un dios contra el &uacute;nico Dios. <\/i>El <i>non serviam <\/i>se convirti&oacute;, a la medida del hombre, en el reflejo del <i>non serviam <\/i>que hab&iacute;a pronunciado antes el esp&iacute;ritu del mal. <\/p>\n<p>4. Aqu&iacute; casi estamos tocando la ra&iacute;z del misterio. El misterio de la solemnidad de hoy, la <i>Inmaculada Concepci&oacute;n, <\/i>indica que Mar&iacute;a, ya desde el primer instante de su concepci&oacute;n, qued&oacute; <i>preservada de la herencia del pecado original. <\/i>Fue librada porque, desde toda la eternidad estaba destinada a ser la Madre de Cristo redentor. <\/p>\n<p><i>El primer anuncio <\/i>de ese misterio lo escuchamos en el libro del G&eacute;nesis. Dirigi&eacute;ndose a la serpiente, que simboliza el esp&iacute;ritu del mal, Dios dice: &laquo;Enemistad pondr&eacute; entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: &eacute;l te pisar&aacute; la cabeza mientras acechas t&uacute; su calca&ntilde;ar&raquo; (<i>Gn <\/i>3, 15). Estas palabras suelen definirse como <i>&laquo;protoevangelio&raquo;. <\/i>Es decir, son el primer anuncio de la buena nueva sobre la salvaci&oacute;n que Cristo iba a traer <i>en la plenitud de los tiempos. <\/i>En efecto, esa salvaci&oacute;n se realizar&aacute; por obra del <i>linaje, <\/i>o sea, del hijo de la mujer, el cual, para derrotar al esp&iacute;ritu del mal, se entregar&aacute; a la muerte de cruz. Esa verdad pertenece ya completamente al Nuevo Testamento, al Evangelio, pero en cierta manera se halla anunciada ya en las palabras que refiere el libro del G&eacute;nesis. Por eso se suele llamar <i>protoevangelio. <\/i><\/p>\n<p>El primer anuncio refleja el proyecto eterno de Dios, al que hace referencia la carta a los Efesios. En efecto, el pecado, presente ya desde el principio, no cambia el designio de Dios, que &laquo;nos ha elegido en &eacute;l antes de la creaci&oacute;n del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia&raquo;. Por consiguiente, as&iacute;, ya desde el inicio, <i>la gracia <\/i>aparece <i>m&aacute;s fuerte que el pecado. <\/i><\/p>\n<p>5. De modo especial, la gracia ha demostrado poseer m&aacute;s fuerza que el pecado en la Mujer que desde la eternidad fue escogida para ser la Madre del Redentor del mundo. El &aacute;ngel Gabriel le comunica esa elecci&oacute;n y la saluda <i>llena de gracia.<\/i><\/p>\n<p>As&iacute; da a entender que la gracia y la santidad, que brotan de su excelsa elecci&oacute;n <i>son anteriores en ella al momento de su<\/i> <i>concepci&oacute;n. <\/i>Todos los hombres son redimidos despu&eacute;s de haber sido contaminados por el pecado, al menos por el pecado original. Cristo redimi&oacute; a la Mujer que estaba predestinada a ser su Madre, preserv&aacute;ndola inmune del pecado original. As&iacute;, Mar&iacute;a vino al mundo Inmaculada, y en ning&uacute;n momento de su existencia terrena el pecado pudo manchar su alma. <\/p>\n<p>Por eso, es totalmente santa: santa <i>de una manera mucho m&aacute;s sublime que la de los dem&aacute;s santos, <\/i>los cuales tambi&eacute;n deben su santidad a la obra de la Redenci&oacute;n. Y, puesto que Mar&iacute;a es santa, de este modo podr&aacute; concebir al Hijo de Dios por obra del Esp&iacute;ritu Santo, como leemos en el evangelio: &laquo;El Esp&iacute;ritu Santo vendr&aacute; sobre ti y el poder del Alt&iacute;simo te cubrir&aacute; con su sombra; por eso el que ha de nacer ser&aacute; santo y ser&aacute; llamado Hijo de Dios&raquo; (<i>Lc <\/i>1, 35). <\/p>\n<p>&laquo;He aqu&iacute; la esclava del Se&ntilde;or h&aacute;gase en mi seg&uacute;n tu palabra&raquo; (<i>Lc <\/i>1, 38): as&iacute; responde Mar&iacute;a y de ese modo revela que <i>el Esp&iacute;ritu de Dios dispone de ella. <\/i>Del <i>non serviam <\/i>original no hay en ella huella alguna. La tentaci&oacute;n original de llegar a ser <i>dios contra Dios <\/i>le es totalmente ajena. Precisamente por eso puede convertirse en la Madre del Hijo de Dios, y, al convertirse en tal, puede ayudar a todos los hombres a &laquo;ser hijos e hijas adoptivos por obra de Jesucristo&raquo; (cf. <i>Ef <\/i>1, 5). <\/p>\n<p>6. Hoy la Iglesia anuncia el misterio de la Inmaculada Concepci&oacute;n de Mar&iacute;a, que es misterio de la fe, y la Iglesia lo vive con solemnidad. En el <i>per&iacute;odo de Adviento <\/i>el misterio de la Inmaculada Concepci&oacute;n nos prepara de modo especial para la venida de Jesucristo. Esta fiesta encierra ya algo de la alegr&iacute;a de la Navidad, alegr&iacute;a tambi&eacute;n de Mar&iacute;a, Madre de Dios. <\/p>\n<p>Cuando <i>el concilio de &Eacute;feso <\/i>confirm&oacute; la fe de la Iglesia en la <i>Theot&oacute;kos, <\/i>reson&oacute; esta verdad con gran eco en Roma. La bas&iacute;lica de Santa Mar&iacute;a la Mayor, en la que hoy tenemos el gozo de encontrarnos, constituye un testimonio concreto de la alegr&iacute;a que experimentaron entonces los creyentes en Cristo, tanto en &Eacute;feso como en Roma. Y cuando, en el siglo pasado, <i>el Papa P&iacute;o IX <\/i>defini&oacute; el dogma de la Inmaculada Concepci&oacute;n, la alegr&iacute;a de la Iglesia estall&oacute; de nuevo, precisamente en Roma, y se manifest&oacute; concretamente en el monumento erigido en la plaza de Espa&ntilde;a, en honor de la Inmaculada Madre de Dios. <\/p>\n<p><i>&laquo;Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. <\/i>Aclama al Se&ntilde;or, tierra entera; gritad, vitoread, tocad&raquo; (<i>Sal <\/i>98, 3-4). El Se&ntilde;or ha manifestado su salvaci&oacute;n en la Mujer que hab&iacute;a predestinado para ser la Madre de su Hijo eterno. <\/p>\n<p> &laquo;Al&eacute;grate, llena de gracia. El Se&ntilde;or est&aacute; contigo&raquo; (<br \/>\n<i>Lc <\/i>1, 28). Al&eacute;grate, Mar&iacute;a. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios,<br \/>\n<i>Salus populi romani. <\/i>Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 1994 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCI&Oacute;N HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Bas&iacute;lica de Santa Mar&iacute;a la Mayor Jueves 8 de diciembre de 1994 &nbsp; &iexcl;Alabado sea Jesucristo! 1. &laquo;Bendito sea Dios, Padre de nuestro Se&ntilde;or Jesucristo&raquo; (Ef 1,3). 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