{"id":40096,"date":"2016-10-05T23:34:54","date_gmt":"2016-10-06T04:34:54","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-2-de-junio-de-1997-gorzow\/"},"modified":"2016-10-05T23:34:54","modified_gmt":"2016-10-06T04:34:54","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-2-de-junio-de-1997-gorzow","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-2-de-junio-de-1997-gorzow\/","title":{"rendered":"Viaje apost\u00f3lico a Polonia, 2 de junio de 1997, Gorzow"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><b>CELEBRACI&Oacute;N DE LA PALABRA<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/> <\/font><\/b><\/i><br \/><i>Gorz&oacute;w, 2 de junio de 1997<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;&laquo;&iquest;<i>Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo<\/i>?&raquo; (<i>Rm <\/i>8, 35). Es la pregunta que hace san Pablo en la carta a los Romanos. Hoy la repetimos en la liturgia, con ocasi&oacute;n de la visita a la Iglesia de Gorz&oacute;w Wielkopolski. Con el esp&iacute;ritu de este amor, saludo cordialmente a todo el pueblo de Dios de la di&oacute;cesis. Saludo a monse&ntilde;or Adam, pastor de esta Iglesia, y a sus obispos auxiliares, al clero y tambi&eacute;n a los peregrinos que han venido de las di&oacute;cesis vecinas y del extranjero. Me alegra poder orar hoy junto con vosotros, celebrando esta liturgia de la Palabra. Doy gracias a la divina Providencia por este encuentro. <\/p>\n<p align=\"left\">Doy las gracias a los cardenales, a los arzobispos y a los obispos que participan en nuestro encuentro. <\/p>\n<p align=\"left\">Vuestra comunidad tiene como patronos a algunos m&aacute;rtires que, junto con san Adalberto, son los testigos m&aacute;s antiguos de Cristo en tierra polaca. La tradici&oacute;n de la Iglesia ha conservado el recuerdo de estos eremitas, cuyos nombres eran: Benito, Juan, Mateo, Isaac y Cristino. Vivieron aqu&iacute;, en vuestra regi&oacute;n, en tiempos del rey Boleslao el Intr&eacute;pido. Su martirio, como la muerte por martirio de san Adalberto, est&aacute; descrito en la cr&oacute;nica de san Bruno de Querfurt, ap&oacute;stol y obispo misionero que, en tiempos de Boleslao el Intr&eacute;pido, realiz&oacute; una obra de evangelizaci&oacute;n en los territorios del oeste y del norte de Polonia. Se les suele llamar Hermanos Polacos, aunque algunos eran extranjeros. Dos vinieron a Polonia desde Italia, para implantar aqu&iacute; la vida mon&aacute;stica seg&uacute;n la regla de san Benito. <i>Su muerte por martirio, al igual que la de san Adalberto, se sit&uacute;a, en cierto sentido, en el umbral del milenio del cristianismo en nuestra tierra. <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">2.&nbsp;Los m&aacute;rtires son testigos excepcionales del Dios alt&iacute;simo, Padre, Hijo y Esp&iacute;ritu Santo. El texto de la carta a los Romanos que acabamos de leer nos recuerda el misterio trinitario, por el que comienza la redenci&oacute;n del mundo. Dios \u2014escribe el Ap&oacute;stol\u2014 &laquo;no perdon&oacute; ni a su propio Hijo, antes bien le entreg&oacute; por todos nosotros&raquo;. Bas&aacute;ndose en esa constataci&oacute;n, san Pablo pregunta: &laquo;&iquest;c&oacute;mo no nos dar&aacute; con &eacute;l graciosamente todas las cosas?&raquo; (<i>Rm <\/i>8, 32). Jesucristo, que por nosotros muri&oacute; y al tercer d&iacute;a resucit&oacute;, est&aacute; a la diestra de Dios e intercede por nosotros. Precisamente de este amor de Cristo nada nos podr&aacute; separar (cf. <i> Rm <\/i>8, 34-35). Estamos unidos a &eacute;l mediante la fe. Y esta fe en el poder redentor de la muerte y de la resurrecci&oacute;n de Cristo es la fuente de la victoria: &laquo;En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos am&oacute;&raquo; (<i>Rm <\/i>8, 37). <i>Su amor redentor nos une a Dios. Es la fuente de nuestra justificaci&oacute;n. En &eacute;l encontramos la certeza de la victoria que anuncia el Ap&oacute;stol. <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">Los primeros m&aacute;rtires en tierra polaca tuvieron esta certeza. Y la tuvieron tambi&eacute;n los m&aacute;rtires de la Iglesia de todos los tiempos. Sin embargo, mientras admiramos su testimonio, que manifiesta que &laquo;el amor es m&aacute;s fuerte que la muerte&raquo; (cf. <i>Ct <\/i>8, 6), en el coraz&oacute;n de cada uno de nosotros brota espont&aacute;nea la pregunta: &iquest;me bastar&iacute;a la fe, la esperanza y la caridad que poseo, para dar un testimonio tan heroico? Al parecer, la plegaria lit&uacute;rgica que acabo de rezar nos brinda la respuesta: &laquo;Oh Dios, que has santificado los inicios de la fe en la naci&oacute;n polaca con la sangre de los santos m&aacute;rtires Benito, Juan, Mateo, Isaac y Cristino, <i>sost&eacute;n con tu gracia nuestra debilidad<\/i>, para que, imitando a los m&aacute;rtires que por ti no dudaron en morir, demos un testimonio valiente de ti con nuestra vida&raquo;. Dios es quien, con su gracia, sostiene nuestra debilidad. Con el poder de su esp&iacute;ritu nos fortalece, para que seamos capaces de dar un testimonio valiente de nuestra fe. <\/p>\n<p align=\"left\">3.&nbsp;&laquo;En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos am&oacute;&raquo; (<i>Rm <\/i>8, 37). Hermanos y hermanas, donde no es preciso dar el testimonio del martirio, debe ser a&uacute;n m&aacute;s visible el testimonio de la vida diaria. Se debe dar testimonio de Dios con palabras y obras por doquier, en todo ambiente: en la familia, en los lugares de trabajo, en las oficinas y en las escuelas. En los lugares donde el hombre trabaja y donde descansa. <\/p>\n<p align=\"left\">Es preciso manifestar nuestra fe en Dios mediante la ferviente participaci&oacute;n en la vida de la Iglesia; prestando ayuda a los d&eacute;biles y a los que sufren, y tambi&eacute;n asumiendo la propia responsabilidad en los asuntos p&uacute;blicos, interes&aacute;ndose por el futuro de la naci&oacute;n, construido sobre la base de la verdad del Evangelio. Una actitud de este tipo exige una fe madura y un compromiso personal. Requiere que se encarne en hechos concretos. A veces, una actitud as&iacute; debe pagarse con el hero&iacute;smo de una abnegaci&oacute;n total. &iquest;No hemos experimentado tambi&eacute;n en nuestros tiempos y en nuestra vida, varias formas de humillaci&oacute;n, por mantener la fidelidad a Cristo y conservar as&iacute; la dignidad cristiana? <i>Todo cristiano est&aacute; llamado, siempre y donde lo sit&uacute;e la Providencia, a reconocer a Cristo ante los hombres <\/i>(cf.<i>&nbsp;Mt <\/i>10, 32). <\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;C&oacute;mo no recordar aqu&iacute; el testimonio de fidelidad a la tradici&oacute;n y a la Iglesia, que disteis en tiempos para vosotros muy dif&iacute;ciles! Muchos de vosotros llev&aacute;is en vuestro coraz&oacute;n las dolorosas experiencias de la segunda guerra mundial. Cuando acab&oacute; esa guerra, en estos territorios, en cierto sentido, comenzasteis una nueva vida, viniendo de varias partes de Polonia e incluso de fuera de sus fronteras. A pesar de estar desarraigados de vuestros territorios de origen, hab&eacute;is conservado las ra&iacute;ces de la fe. En el dif&iacute;cil per&iacute;odo de las transformaciones, hab&eacute;is estado cerca de la Iglesia, que trataba de ayudaros en vuestras necesidades espirituales y materiales, como una buena madre, sol&iacute;cita por sus hijos. <\/p>\n<p align=\"left\">Expreso mi gratitud al clero y a las religiosas, que no dudaron en dejar sus di&oacute;cesis de origen para prestar aqu&iacute; un generoso servicio. Todos ayudabais a construir la casa com&uacute;n, no s&oacute;lo la material, sino ante todo la espiritual, en el coraz&oacute;n de los hombres. En los momentos dif&iacute;ciles erais el apoyo de esta gente, llev&aacute;ndoles la luz de la fe y se&ntilde;al&aacute;ndoles a Cristo como &uacute;nica fuente de esperanza.<\/p>\n<p align=\"left\">No puedo enumerar aqu&iacute; todos los nombres, pero al menos quiero recordar con gratitud a monse&ntilde;or Wilhelm Pluta, ya fallecido, gran pastor de esta di&oacute;cesis. En cierto sentido, fue &eacute;l quien puso los cimientos de esta di&oacute;cesis, en tiempos muy dif&iacute;ciles para nuestro pa&iacute;s. Durante muchos a&ntilde;os gobern&oacute; la Iglesia de Gorz&oacute;w, primero como administrador y luego como su primer obispo. Hoy est&aacute; ciertamente presente aqu&iacute; entre nosotros. Te agradezco, monse&ntilde;or Wilhelm, todo lo que hiciste por la Iglesia en estas tierras. Te agradezco tu esfuerzo, tu valent&iacute;a, tu sabidur&iacute;a y tu gran religiosidad. Te agradezco tambi&eacute;n lo que hiciste por la Iglesia en Polonia. <\/p>\n<p align=\"left\">Una gran contribuci&oacute;n al desarrollo de la vida religiosa en estos territorios ha dado vuestro seminario mayor, del que han salido numerosos sacerdotes, tan anhelados y tan necesarios aqu&iacute;. Hoy todo esto produce una mies abundante. Demos gracias a la divina Providencia porque hoy la Iglesia en vuestra di&oacute;cesis se desarrolla con tanto &eacute;xito. Esta tierra, en sus or&iacute;genes, fue regada con la sangre de los santos Hermanos Polacos m&aacute;rtires, los cuales, como antorchas encendidas, gu&iacute;an hoy vuestra Iglesia hacia los tiempos nuevos. Los tiempos nuevos, el tercer milenio, que ya se est&aacute; aproximando, seguir&aacute;n exigiendo vuestro testimonio. Ante vosotros se presentan nuevas tareas. No teng&aacute;is miedo de asumirlas.<\/p>\n<p align=\"left\">Las tareas que Dios nos pide son las adecuadas a cada uno de nosotros. No est&aacute;n por encima de nuestras posibilidades. Dios nos ayuda en los momentos de debilidad. S&oacute;lo &eacute;l la conoce verdaderamente. La conoce mejor que nosotros mismos y, a pesar de ello, no nos rechaza. Al contrario, en su amor misericordioso se inclina hacia el hombre para confortarlo. <i>Esta confortaci&oacute;n el hombre la recibe mediante el contacto vivo con Dios. <\/i> <\/p>\n<p align=\"left\">Quisiera llamar vuestra atenci&oacute;n sobre este aspecto. En medio de las ocupaciones humanas normales no podemos perder el contacto con Cristo. Necesitamos momentos especiales destinados exclusivamente a la oraci&oacute;n. La oraci&oacute;n es indispensable, tanto en la vida personal como en el apostolado. No puede haber testimonio cristiano aut&eacute;ntico sin contar con la fuerza de la oraci&oacute;n, que es fuente de inspiraci&oacute;n, de energ&iacute;a, de valor ante las dificultades y los obst&aacute;culos; es fuente de la perseverancia y de la capacidad de tomar iniciativas con nuevas fuerzas. <\/p>\n<p align=\"left\">La vida de oraci&oacute;n se alimenta, ante todo, de la participaci&oacute;n en la liturgia de la Iglesia. La vida interior, para desarrollarse, exige participar en la santa misa y acudir al sacramento de la reconciliaci&oacute;n. De este modo, toda la existencia est&aacute; impregnada de Cristo: por &eacute;l mismo y por su gracia. En efecto, &eacute;l nos dice: &laquo;El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en m&iacute;, y yo en &eacute;l&raquo; (<i>Jn <\/i>6, 56). La Eucarist&iacute;a es el alimento espiritual que nos proporciona, de manera especial, la fuerza espiritual para dar testimonio y para producir fruto abundante. Por eso es tan importante la participaci&oacute;n en la santa misa dominical.<\/p>\n<p align=\"left\">Ni las preocupaciones familiares, ni otras cuestiones deber&iacute;an quedar fuera del &aacute;mbito de la vida espiritual. <i>Toda actividad humana cobra en Cristo un significado m&aacute;s profundo, convirti&eacute;ndose en aut&eacute;ntico testimonio. <\/i>El alma, arraigada en el esp&iacute;ritu de oraci&oacute;n, se abre al Dios infinito y eterno. Quiere servir a ese Dios y encontrar en &eacute;l la fuerza y la luz para su vida cristiana. Gracias a la fe, reconocemos en nuestra vida la realizaci&oacute;n del plan divino de amor, descubrimos la constante solicitud del Padre que est&aacute; en los cielos. <\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, los Hermanos Polacos m&aacute;rtires nos dan ejemplo de esa vida. Benito, Juan, Mateo, Isaac y Cristino, en el silencio de sus eremitorios, dedicaron mucho tiempo a la oraci&oacute;n y as&iacute; se prepararon para la gran tarea que Dios, en sus inescrutables designios, hab&iacute;a destinado para ellos: dar el sumo testimonio de &eacute;l, entregar su vida por el Evangelio. Los Hermanos Polacos, como solemos llamarlos, mediante su tributo de sangre, ofrecido a Dios en los comienzos de nuestra naci&oacute;n y de la Iglesia en esta naci&oacute;n, quer&iacute;an decir a todos los que vendr&iacute;an despu&eacute;s que para dar testimonio de Cristo es preciso prepararse. En efecto, el testimonio nace, madura y se ennoblece en la atm&oacute;sfera de oraci&oacute;n, de la profunda y misteriosa conversaci&oacute;n con Dios. De rodillas. No puede mostrar a Cristo a los dem&aacute;s quien antes no se ha encontrado con &eacute;l en su propia vida. S&oacute;lo entonces el testimonio tendr&aacute; aut&eacute;ntico valor. Se convertir&aacute; en germen para la humanidad, sal de la tierra y luz que disipa las tinieblas a nuestros hermanos que avanzan por los caminos de este mundo. <\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;<i>&iquest;Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo<\/i>?&raquo;. As&iacute; exclama hoy para nosotros, san Pablo. &iexcl;Ojal&aacute; que este grito penetre hasta lo m&aacute;s &iacute;ntimo en los corazones y las mentes! Velad para que nada os separe de este amor: ning&uacute;n falso eslogan, ninguna ideolog&iacute;a err&oacute;nea, ninguna tentaci&oacute;n de ceder a componendas con lo que no es de Dios, o con la b&uacute;squeda de los propios intereses. Rechazad todo lo que destruye y debilita la comuni&oacute;n con Cristo. Sed fieles a los mandamientos de Dios y a los compromisos del bautismo. <\/p>\n<p align=\"left\">4.&nbsp;&laquo;<i>Y no tem&aacute;is a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma<\/i>&raquo; (<i>Mt <\/i>10, 28). Son palabras de Cristo, tomadas del evangelio de san Mateo. La Iglesia las refiere a los m&aacute;rtires, y en nuestro contexto a san Adalberto y a los santos Hermanos Polacos. El martirio es la expresi&oacute;n m&aacute;s alta de la fortaleza de un hombre que, colaborando con la gracia, se hace capaz de dar un testimonio heroico. En el martirio la Iglesia ve &laquo;un signo preclaro&raquo; de su santidad. Un signo valioso para la Iglesia y para el mundo, a fin de que &laquo;no se caiga en la crisis m&aacute;s peligrosa que puede afectar al hombre: la confusi&oacute;n del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los m&aacute;rtires, y de manera m&aacute;s amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada &eacute;poca de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos trasgreden la ley&raquo; (<i><a href=\"\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/i>, 93). <i>Contemplando el ejemplo de los m&aacute;rtires, no teng&aacute;is miedo de dar testimonio. No teng&aacute;is miedo a la santidad. Tened la valent&iacute;a de aspirar a la plena medida de la humanidad<\/i>. Exig&iacute;oslo a vosotros mismos, aunque otros no se lo exijan a s&iacute; mismos. <\/p>\n<p align=\"left\">El hombre tiene un miedo natural no s&oacute;lo al sufrimiento y a la muerte, sino tambi&eacute;n a las opiniones diferentes a la suya, especialmente si son difundidas por medios de comunicaci&oacute;n tan poderosos que se convierten en medios de presi&oacute;n. Por eso, a menudo prefiere adaptarse al ambiente, a la moda vigente, en vez de correr el riesgo de testimoniar la fidelidad al Evangelio de Cristo. <\/p>\n<p align=\"left\"> <i>Los m&aacute;rtires recuerdan que la dignidad de la persona humana no tiene precio<\/i>; &laquo;es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades&raquo; (<i>ib.<\/i>, 92). &laquo;&iquest;De qu&eacute; le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?&raquo; (<i>Mc <\/i>8, 36). Por eso, repito con Cristo, una vez m&aacute;s: &laquo;No tem&aacute;is a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma&raquo; (<i>Mt <\/i>10, 28) &iquest;No es m&aacute;s importante la dignidad de la conciencia que cualquier beneficio exterior? <\/p>\n<p align=\"left\">Los Hermanos Polacos m&aacute;rtires, que hoy recordamos en la liturgia, san Adalberto, san Estanislao, san Andr&eacute;s Bobola, san Maximiliano Mar&iacute;a Kolbe y los m&aacute;rtires de todos los tiempos, <i>testimonian el primado de la conciencia y su indestructible dignidad, el primado del esp&iacute;ritu sobre el cuerpo, el primado de lo eterno sobre lo temporal<\/i>. Lo que sucedi&oacute; aqu&iacute; al inicio de este milenio del cristianismo, en tiempos de Boleslao el Intr&eacute;pido, se ha repetido muchas veces en la historia y, por &uacute;ltimo, tambi&eacute;n en la historia de nuestro siglo. <\/p>\n<p align=\"left\">&iexcl;Cu&aacute;ntos hombres y mujeres en nuestro siglo han confesado heroicamente a Cristo ante los dem&aacute;s! <i>Creemos que la muerte que sufrieron por ser fieles a su conciencia, por ser fieles a Cristo, encontrar&aacute; una respuesta en los corazones de los creyentes: su testimonio fortalecer&aacute; a los d&eacute;biles y a los pusil&aacute;nimes; ser&aacute; la semilla de una nueva vitalidad de la Iglesia en esta tierra de los Piast<\/i>. Cristo nos asegura que reconocer&aacute; ante el Padre celestial a todos los que no dudaron en reconocerlo ante los hombres (cf. <i>Mt <\/i>10, 32-33), incluso a costa de los mayores sacrificios. Cristo nos pone en guardia tambi&eacute;n contra la negaci&oacute;n de la fe y contra la renuncia a testimoniarlo ante los dem&aacute;s. <\/p>\n<p align=\"left\">Y la Iglesia entera recibe hoy abundantes gracias en virtud de la mediaci&oacute;n de los m&aacute;rtires. La Iglesia entera se alegra por su valiente profesi&oacute;n de fe, en la que halla fuerza nuestra debilidad. Para nosotros es el signo de la esperanza. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo? (&#8230;) Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los &aacute;ngeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podr&aacute; separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jes&uacute;s, Se&ntilde;or nuestro&raquo; (<i>Rm <\/i>8, 35.38-39). <\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos, al contemplar esta gran asamblea del pueblo de Dios de la di&oacute;cesis de Gorz&oacute;w, vuelven a mi memoria tiempos pasados, no muy lejanos. Vuelve a mi memoria el milenario del bautismo de Polonia que celebramos juntos aqu&iacute; en 1966. Y precisamente entonces, todos los obispos polacos aprendimos a conocer nuestra patria. Aprendimos a conocer, una tras otra, todas las di&oacute;cesis polacas. Por doquier cantamos juntos: &laquo;Te Deum laudamus&raquo;. Hoy, desde aqu&iacute;, deseo dar gracias por ese particular don que fue para m&iacute; el milenario del bautismo de Polonia. <\/p>\n<p align=\"left\">El 16 de octubre de 1978, memoria lit&uacute;rgica de santa Eduvigis de Silesia, durante el c&oacute;nclave, despu&eacute;s de mi elecci&oacute;n, el Primado del milenio me dijo: &laquo;Ahora debes conducir la Iglesia al tercer milenio&raquo;. Por este motivo, queridos hermanos, he venido a Polonia, al Congreso eucar&iacute;stico de Wroc&#x142;aw, a Gniezno para las celebraciones del milenario de san Adalberto. He venido para pedir, en estos itinerarios milenarios, la gracia de poder cumplir esa misi&oacute;n que tal vez la divina Providencia me ha confiado, seg&uacute;n las palabras del gran Primado del milenio. Pero, queridos hermanos, los a&ntilde;os pasan y deb&eacute;is pedir a Dios de rodillas que yo pueda cumplirla. <\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA CELEBRACI&Oacute;N DE LA PALABRA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Gorz&oacute;w, 2 de junio de 1997 &nbsp; 1.&nbsp;&laquo;&iquest;Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo?&raquo; (Rm 8, 35). Es la pregunta que hace san Pablo en la carta a los Romanos. 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