{"id":40172,"date":"2016-10-05T23:37:13","date_gmt":"2016-10-06T04:37:13","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-1998-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/"},"modified":"2016-10-05T23:37:13","modified_gmt":"2016-10-06T04:37:13","slug":"29-de-junio-de-1998-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-1998-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/","title":{"rendered":"29 de junio de 1998, Solemnidad de san Pedro y san Pablo"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">IMPOSICI&Oacute;N DEL PALIO A 17 METROPOLITANOS<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\"><b><i> <font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II <br \/><\/font><\/i><br \/><\/b><i>Solemnidad de San Pedro y San Pablo<\/i> <br \/><i>Lunes 29 de junio de 1998<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><font face=\"Times New Roman\">1.&nbsp;La solemne memoria de los ap&oacute;stoles Pedro y Pablo nos invita, una vez m&aacute;s, a ir en peregrinaci&oacute;n espiritual al cen&aacute;culo de Jerusal&eacute;n, el d&iacute;a de la resurrecci&oacute;n de Cristo. Las puertas &laquo;estaban cerradas, por miedo a los jud&iacute;os&raquo; (<i>Jn <\/i>20, 19); los Ap&oacute;stoles presentes, ya probados &iacute;ntimamente por la pasi&oacute;n y muerte del Maestro, estaban turbados por las noticias sobre la tumba vac&iacute;a, que se hab&iacute;an difundido a lo largo de aquel d&iacute;a. Y, repentinamente, a pesar de que las puertas estaban cerradas, aparece Jes&uacute;s: &laquo;La paz con vosotros \u2014les dice \u2014. Como el Padre me envi&oacute;, tambi&eacute;n yo os env&iacute;o (&#8230;). Recibid el Esp&iacute;ritu Santo. A quienes perdon&eacute;is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is, les quedan retenidos &raquo; (<i>Jn <\/i>20, 21-23). <\/font><\/p>\n<p align=\"left\">&Eacute;l afirma esto con <i>una fuerza que no deja lugar a dudas<\/i>. Y los Ap&oacute;stoles le creen, porque lo reconocen: es el mismo que hab&iacute;an conocido; es el mismo que hab&iacute;an escuchado; es el mismo que tres d&iacute;as antes hab&iacute;a sido crucificado en el G&oacute;lgota y sepultado no muy lejos de all&iacute;. &Eacute;l es el mismo: est&aacute; vivo. Para asegurarles que es precisamente &eacute;l, les muestra las heridas de las manos, de los pies y del costado. <i>Sus heridas constituyen la prueba principal de lo que acaba de decirles y de la misi&oacute;n que les conf&iacute;a. <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute;, los disc&iacute;pulos experimentan plenamente la identidad de su Maestro y, al mismo tiempo, comprenden a fondo de d&oacute;nde le viene <i>el poder de perdonar los pecados<\/i>; poder que pertenece s&oacute;lo a Dios. Una vez, Jes&uacute;s hab&iacute;a dicho a un paral&iacute;tico: &laquo;Tus pecados te son perdonados &raquo;, y ante los fariseos indignados, como signo de su poder, lo hab&iacute;a curado (cf. <i>Lc <\/i>5, 17-26). Ahora vuelve a donde estaban los Ap&oacute;stoles, despu&eacute;s de haber realizado el mayor milagro: su resurrecci&oacute;n, en la que de modo singular y elocuente est&aacute; inscrito el poder de perdonar los pecados. &iexcl;S&iacute;, es verdad! S&oacute;lo Dios puede perdonar los pecados, pero Dios quiso realizar esta obra mediante el Hijo crucificado y resucitado, para que todo hombre, en el momento en que recibe el perd&oacute;n de sus culpas, sepa con claridad <i>que de ese modo pasa de la muerte a la vida. <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">2.&nbsp;Si nos detenemos a reflexionar en la per&iacute;copa evang&eacute;lica que acabamos de proclamar, volvemos m&aacute;s atr&aacute;s a&uacute;n en la vida de Cristo, para meditar en un episodio altamente significativo, que tuvo lugar en las cercan&iacute;as de Cesarea de Filipo, cuando &eacute;l pregunt&oacute; a los disc&iacute;pulos: &laquo;&iquest;Qui&eacute;n dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (&#8230;). Y vosotros &iquest;qui&eacute;n dec&iacute;s que soy yo?&raquo; (<i>Mt<\/i> 16, 13-15). Sim&oacute;n Pedro responde en nombre de todos: &laquo;T&uacute; eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo&raquo; (<i>Mt <\/i>16, 16). A esta confesi&oacute;n de fe siguen las conocidas palabras de Jes&uacute;s, destinadas a marcar para siempre el futuro de Pedro y de la Iglesia: &laquo;Bienaventurado eres Sim&oacute;n, hijo de Jon&aacute;s, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que est&aacute; en los cielos. Y yo a mi vez te digo que t&uacute; eres Pedro, y sobre esta piedra edificar&eacute; mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecer &aacute;n contra ella. A ti te dar&eacute; las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedar&aacute; atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedar&aacute; desatado en los cielos&raquo; (<i>Mt <\/i>16, 17-19). <\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">El poder de las llaves. El Ap&oacute;stol es el depositario de las llaves de un tesoro inestimable: <i>el tesoro de la redenci&oacute;n<\/i>. Tesoro que trasciende ampliamente la dimensi&oacute;n temporal. Es el tesoro de la vida divina, de la vida eterna. Despu&eacute;s de la resurrecci&oacute;n, fue confiado definitivamente a Pedro y a los Ap&oacute;stoles: &laquo;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo. A quienes perdon&eacute;is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is, les quedan retenidos&raquo; (<i>Jn <\/i>20, 22-23). Quien posee las llaves tiene la facultad y la responsabilidad de cerrar y abrir. Jes&uacute;s habilita a Pedro y a los Ap&oacute;stoles para que dispensen la gracia de la remisi&oacute;n de los pecados y abran definitivamente las puertas del reino de los cielos. Despu&eacute;s de su muerte y resurrecci&oacute;n, ellos comprenden bien la tarea que se les ha confiado y, con esa conciencia, se dirigen al mundo, impulsados por el amor a su Maestro. Van por doquier como sus embajadores (cf. <i>2 Co <\/i>5, 14. 20), puesto que el tiempo del Reino se ha convertido ya en su herencia. <\/p>\n<p align=\"left\">3.&nbsp;Hoy la Iglesia, en particular la que est&aacute; en Roma, celebra la solemnidad de San Pedro y San Pablo. Roma, coraz&oacute;n de la comunidad cat&oacute;lica esparcida por el mundo; Roma, lugar que la Providencia ha dispuesto como sede del testimonio definitivo ofrecido a Cristo por estos dos Ap&oacute;stoles. <\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">O Roma felix! En tu largu&iacute;sima historia, el d&iacute;a de su martirio es seguramente el m&aacute;s importante. Ese d&iacute;a, mediante el testimonio de Pedro y Pablo, muertos por amor a Cristo, los designios de Dios se inscribieron en tu rico patrimonio de acontecimientos. La Iglesia, acerc&aacute;ndose al comienzo del tercer milenio \u2014<i>tertio millennio adveniente<\/i>\u2014, no deja de anunciar esos designios a toda la humanidad. <\/p>\n<p align=\"left\">4.&nbsp;En este d&iacute;a tan solemne vienen a Roma, seg&uacute;n una significativa tradici&oacute;n, los <i>arzobispos metropolitanos <\/i>nombrados durante el &uacute;ltimo a&ntilde;o. Han venido de diferentes partes del mundo, para recibir del Sucesor de Pedro el <i>sagrado palio<\/i>, signo de comuni&oacute;n con &eacute;l y con la Iglesia universal. <\/p>\n<p align=\"left\">Con gran alegr&iacute;a os acojo, venerados hermanos en el episcopado, y os abrazo en el Se&ntilde;or. Expreso mi sincera gratitud a cada uno de vosotros por vuestra presencia, que manifiesta de modo singular tres de las notas esenciales de la Iglesia, es decir, que es <i>una, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica<\/i>; en cuanto a su <i>santidad<\/i>, resalta con claridad en el testimonio de las &laquo;columnas &raquo; Pedro y Pablo. <\/p>\n<p align=\"left\">Al celebrar con vosotros la Eucarist&iacute;a, oro de modo particular por las comunidades eclesiales encomendadas a vuestro cuidado pastoral; invoco sobre ellas la abundante efusi&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo; que las gu&iacute;e para cruzar, rebosantes de fe, esperanza y amor, el umbral del tercer milenio cristiano. <\/p>\n<p align=\"left\">5.&nbsp;Adem&aacute;s, es motivo de particular alegr&iacute;a y consuelo la presencia en esta celebraci&oacute;n de los venerados <i>hermanos de la Iglesia ortodoxa<\/i>, delegados del Patriarca ecum&eacute;nico de Constantinopla. Les agradezco de coraz&oacute;n este renovado signo de homenaje a la memoria de los santos ap&oacute;stoles Pedro y Pablo, y recuerdo con emoci&oacute;n que hace tres a&ntilde;os, en esta solemne celebraci&oacute;n, Su Santidad Bartolom&eacute; I quiso venir a encontrarse conmigo en Roma: juntos tuvimos entonces la alegr&iacute;a de profesar la fe ante la tumba de Pedro y bendecir a los fieles. <\/p>\n<p align=\"left\">Estos signos de rec&iacute;proca cercan&iacute;a espiritual son providenciales, especialmente en este tiempo de preparaci&oacute;n inmediata del gran jubileo del a&ntilde;o 2000: todos los cristianos y, de modo especial los pastores, est&aacute;n invitados a realizar gestos de caridad que, en el respeto a la verdad, manifiesten el compromiso evang&eacute;lico en favor de la unidad plena y, al mismo tiempo, la promuevan, seg &uacute;n la voluntad del &uacute;nico Se&ntilde;or Jes&uacute;s. La fe nos dice que el itinerario ecum&eacute;nico est&aacute; firme en las manos de Dios, pero pide la cooperaci&oacute;n sol&iacute;cita de los hombres. Encomendamos hoy su destino a la intercesi&oacute;n de san Pedro y san Pablo, que derramaron su sangre por la Iglesia. <\/p>\n<p align=\"left\">6.&nbsp;Jerusal&eacute;n y Roma, los dos polos de la vida de Pedro y Pablo. Los dos polos de la Iglesia, que la liturgia de hoy nos ha hecho evocar: del cen&aacute;culo de Jerusal&eacute;n al &laquo;cen&aacute;culo&raquo; de esta bas&iacute;lica vaticana. El testimonio de Pedro y Pablo empez&oacute; en Jerusal&eacute;n y culmin&oacute; en Roma. As&iacute; lo quiso la divina Providencia, que los libr&oacute; de los anteriores peligros de muerte, pero permiti&oacute; que terminaran su carrera en Roma (cf. <i>2 Tm <\/i>4, 7) y recibieran aqu&iacute; la corona del martirio. <\/p>\n<p align=\"left\">Jerusal&eacute;n y Roma son tambi&eacute;n los dos polos del gran jubileo del a&ntilde;o 2000, hacia el cual la presente celebraci&oacute;n nos hace avanzar con &iacute;ntimo impulso de fe. &iexcl;Ojal&aacute; que el testimonio de los santos Ap&oacute;stoles recuerde a todo el pueblo de Dios el verdadero sentido de esta meta que, desde luego, es hist&oacute;rica, pero que trasciende la historia y la transforma con el dinamismo espiritual propio del reino de Dios! <\/p>\n<p align=\"left\">Desde esta perspectiva, la Iglesia hace suyas las palabras del Ap&oacute;stol de los gentiles: &laquo;El Se&ntilde;or seguir&aacute; libr&aacute;ndome de todo mal, me salvar&aacute; y me llevar&aacute; a su reino del cielo. A &eacute;l la gloria por los siglos de los siglos. Am&eacute;n&raquo; (<i>2 Tm<\/i> 4, 18). <\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\" size=\"3\">Copyright &copy; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font face=\"Times New Roman\" color=\"#663300\">&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>IMPOSICI&Oacute;N DEL PALIO A 17 METROPOLITANOS HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Solemnidad de San Pedro y San Pablo Lunes 29 de junio de 1998 &nbsp; 1.&nbsp;La solemne memoria de los ap&oacute;stoles Pedro y Pablo nos invita, una vez m&aacute;s, a ir en peregrinaci&oacute;n espiritual al cen&aacute;culo de Jerusal&eacute;n, el d&iacute;a de la resurrecci&oacute;n &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/29-de-junio-de-1998-solemnidad-de-san-pedro-y-san-pablo\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab29 de junio de 1998, Solemnidad de san Pedro y san Pablo\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40172","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40172","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40172"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40172\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40172"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40172"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40172"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}