{"id":40257,"date":"2016-10-05T23:39:40","date_gmt":"2016-10-06T04:39:40","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-octubre-de-1999-inauguracion-del-ano-academico-en-las-universidades-pontificias\/"},"modified":"2016-10-05T23:39:40","modified_gmt":"2016-10-06T04:39:40","slug":"15-de-octubre-de-1999-inauguracion-del-ano-academico-en-las-universidades-pontificias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/15-de-octubre-de-1999-inauguracion-del-ano-academico-en-las-universidades-pontificias\/","title":{"rendered":"15 de octubre de 1999, Inauguraci\u00f3n del a\u00f1o acad\u00e9mico en las universidades pontificias"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\">JUAN PABLO II<\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\">Homil&iacute;a durante la misa de inauguraci&oacute;n del <br \/>a&ntilde;o acad&eacute;mico en las universidades pontificias<\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i>Viernes 15 de octubre 1999<\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;&quot;Crey&oacute; Abraham en Dios y le fue reputado como justicia&quot; (<i>Rm<\/i> 4, 3). Las palabras del ap&oacute;stol san Pablo, que acaban de resonar en esta bas&iacute;lica, nos introducen en el centro de la liturgia de hoy, con la que inauguramos el a&ntilde;o acad&eacute;mico 1999-2000.<\/p>\n<p align=\"left\">Con gran afecto saludo al se&ntilde;or cardenal Pio Laghi, prefecto de la Congregaci&oacute;n para la educaci&oacute;n cat&oacute;lica. Os saludo a vosotros, queridos rectores, profesores y alumnos, que hab&eacute;is querido participar en esta solemne celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica. A todos os deseo un provechoso a&ntilde;o acad&eacute;mico. &Eacute;ste ser&aacute; un a&ntilde;o particular, puesto que coincide con el gran jubileo del a&ntilde;o 2000. Quiera Dios que este tiempo de alegr&iacute;a sea para vosotros una ocasi&oacute;n propicia no s&oacute;lo para profundizar el conocimiento teol&oacute;gico, sino sobre todo para crecer en la fe en Jesucristo.<\/p>\n<p align=\"left\">2.&nbsp;El Ap&oacute;stol habla de esta fe, presentando el ejemplo de Abraham, padre de los creyentes. Ilustra un punto fundamental de su predicaci&oacute;n apost&oacute;lica:&nbsp; la fe como fundamento de la justificaci&oacute;n. El hombre es justificado ante Dios mediante la fe. La justicia que salva al hombre no deriva de las obras de la ley, sino de la fe, es decir, de su actitud de apertura total y acogida plena de la gracia de Dios, que transforma al ser humano y lo convierte en una nueva criatura.<\/p>\n<p align=\"left\">El acto de fe no consiste simplemente en la adhesi&oacute;n del intelecto a las verdades reveladas por Dios; y tampoco en una actitud de entrega confiando en la acci&oacute;n de Dios. Es, m&aacute;s bien, la s&iacute;ntesis de ambos elementos, porque implica tanto la esfera intelectual como la afectiva, al ser un acto integral de la persona humana.<\/p>\n<p align=\"left\">Estas reflexiones sobre la naturaleza de la fe tienen consecuencias inmediatas para el modo de elaborar, ense&ntilde;ar y aprender la teolog&iacute;a. En efecto, si el acto de fe que lleva a la justificaci&oacute;n del hombre implica a la persona en su totalidad, tambi&eacute;n la reflexi&oacute;n teol&oacute;gica sobre la revelaci&oacute;n divina y sobre la respuesta humana ha de tener debidamente en cuenta los m&uacute;ltiples aspectos -intelectual, afectivo, moral y espiritual-, que intervienen en la relaci&oacute;n de comuni&oacute;n entre Dios y el creyente.<\/p>\n<p align=\"left\">3.&nbsp;&quot;Dije:&nbsp; &quot;confesar&eacute; al Se&ntilde;or mi pecado&quot;&quot; (<i>Sal <\/i>32, 5). El Salmo responsorial que hemos repetido juntos subraya la conciencia tanto de la imposibilidad de llegar a Dios &uacute;nicamente con nuestras fuerzas como de nuestra condici&oacute;n de pecadores. La persona humana, partiendo de la toma de conciencia de que est&aacute; alejada de Dios, busca el encuentro con &eacute;l y se abre a la acci&oacute;n de la gracia.<\/p>\n<p align=\"left\">Mediante la fe, el hombre acoge la salvaci&oacute;n que le ofrece el Padre en Jesucristo. Es verdaderamente dichoso el hombre a quien el Se&ntilde;or da la salvaci&oacute;n (cf. <i>estribillo del Salmo responsorial<\/i>); el coraz&oacute;n de quien est&aacute; en paz con Dios rebosa alegr&iacute;a:&nbsp; &quot;Alegraos, justos, y gozad con el Se&ntilde;or; aclamadlo todos los de recto coraz&oacute;n&quot; (<i>Sal<\/i> 32, 11).<\/p>\n<p align=\"left\">La primera parte del pasaje evang&eacute;lico de hoy se refiere a esta sincera confesi&oacute;n de los propios pecados y a la necesidad de abrirse a la acci&oacute;n de Dios. Jes&uacute;s define &quot;levadura de los fariseos&quot; la dureza del coraz&oacute;n que no quiere reconocer las propias culpas y la incapacidad para acoger el don de Dios:&nbsp; &quot;Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocres&iacute;a&quot; (<i>Lc<\/i> 12, 1). Con estas palabras, Jes&uacute;s no s&oacute;lo condena la actitud de falsedad y el af&aacute;n de hacerse notar, sino tambi&eacute;n la presunci&oacute;n de creerse justos, que excluye toda posibilidad de aut&eacute;ntica conversi&oacute;n y de fe en Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">El acto de fe considerado en su integridad debe traducirse necesariamente en actitudes y decisiones concretas. De este modo, es posible superar la aparente contraposici&oacute;n entre la fe y las obras. Una fe entendida en sentido pleno no es un elemento abstracto, separado de la vida diaria; al contrario, abarca todas las dimensiones de la persona, incluidos sus &aacute;mbitos existenciales y sus experiencias vitales.<\/p>\n<p align=\"left\">Un ejemplo elocuente de esta s&iacute;ntesis entre fe y obras, contemplaci&oacute;n y acci&oacute;n, es la santa carmelita Teresa de &Aacute;vila, doctora de la Iglesia, cuya fiesta celebramos precisamente hoy. Alcanz&oacute; la cumbre de la intimidad con Dios y, al mismo tiempo, fue siempre muy activa desde el punto de vista apost&oacute;lico y muy concreta en su acci&oacute;n. Su experiencia m&iacute;stica, como la de todos los santos, demuestra claramente que en quien busca a Dios todo converge hacia un &uacute;nico centro:&nbsp; la respuesta total a Dios que se comunica. Tambi&eacute;n la teolog&iacute;a, fiel a su &iacute;ndole de reflexi&oacute;n sapiencial sobre la fe, desemboca por su misma naturaleza en los campos de la moral y la espiritualidad.<\/p>\n<p align=\"left\">4.&nbsp;En el texto de san Lucas que acabamos de proclamar, leemos:&nbsp; &quot;Nada hay oculto que no haya de descubrirse&quot; (<i>Lc<\/i> 12, 2). Esta expresi&oacute;n no indica simplemente el hecho de que Dios escruta el coraz&oacute;n de todo hombre. Lo que est&aacute; oculto y ha de ser revelado reviste un significado mucho m&aacute;s amplio y tiene alcance universal:&nbsp; se trata del anuncio evang&eacute;lico sembrado en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de las conciencias, que hay que proclamar hasta los confines de la tierra.<\/p>\n<p align=\"left\">Estas palabras de Jes&uacute;s a&ntilde;aden un elemento importante a la reflexi&oacute;n sobre el acto de fe:&nbsp; el paso de la esfera personal y, por decirlo as&iacute;, de la intimidad del hombre, a la esfera comunitaria y misionera. La fe, para que sea plena y madura, tiene que ser comunicada, prolongando en cierto sentido el movimiento que parte del amor trinitario y tiende a abrazar a la humanidad y a la creaci&oacute;n entera.<\/p>\n<p align=\"left\">5.&nbsp;El anuncio evang&eacute;lico no carece de riesgos. La historia de la Iglesia est&aacute; llena de ejemplos de fidelidad heroica al Evangelio. Tambi&eacute;n durante nuestro siglo, incluso en nuestros d&iacute;as, numerosos hermanos y hermanas en la fe han sellado con el supremo sacrificio de la vida su adhesi&oacute;n plena a Cristo y su servicio al reino de Dios.<\/p>\n<p align=\"left\">Ante la perspectiva de la renuncia y del sacrificio, que en algunos casos puede llevar hasta el martirio, nos sostienen las palabras consoladoras de Jes&uacute;s:&nbsp; &quot;No tem&aacute;is a los que matan el cuerpo, y despu&eacute;s de esto no pueden hacer m&aacute;s&quot; (<i>Lc<\/i>&nbsp;12, 4). Las fuerzas del mal intentan entorpecer el progreso del Evangelio, tratan de anular la obra de la salvaci&oacute;n y matar a los testigos de Cristo; pero precisamente el sacrificio de estos valientes obreros de la vi&ntilde;a del Se&ntilde;or constituye la prueba elocuente del poder de Dios. &iexcl;Cu&aacute;ntos momentos de prueba ha superado la Iglesia con la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo! &iexcl;Cu&aacute;ntos m&aacute;rtires de nuestro siglo han entregado su vida por la causa de Cristo! De su sacrificio han brotado abundantes frutos para la Iglesia y para el reino de Dios.<br \/> Por eso, al comienzo de este nuevo a&ntilde;o acad&eacute;mico nos consuelan y animan las palabras de Jes&uacute;s:&nbsp; &quot;No tem&aacute;is&quot; (<i>Lc<\/i>&nbsp;12, 7). Queridos hermanos, no tengamos miedo de abrir las puertas de nuestro coraz&oacute;n a la fe, de convertirla en experiencia viva en nuestra existencia y de anunciarla continuamente a nuestros hermanos.<\/p>\n<p align=\"left\">La sant&iacute;sima Virgen, modelo de fe y sede de la Sabidur&iacute;a divina, nos haga disc&iacute;pulos fieles de su Hijo Jes&uacute;s y heraldos generosos de su Palabra.<\/p>\n<p align=\"left\">Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"justify\"> <font face=\"Times\" size=\"3\">&nbsp;&nbsp; <\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUAN PABLO II Homil&iacute;a durante la misa de inauguraci&oacute;n del a&ntilde;o acad&eacute;mico en las universidades pontificias Viernes 15 de octubre 1999 &nbsp;&nbsp;&nbsp; 1.&nbsp;&quot;Crey&oacute; Abraham en Dios y le fue reputado como justicia&quot; (Rm 4, 3). 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