{"id":40273,"date":"2016-10-05T23:40:02","date_gmt":"2016-10-06T04:40:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-de-la-palabra-en-la-catedral-de-san-miguel-y-san-florian-de-varsovia-praga-13-de-junio-de-1999\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:02","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:02","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-de-la-palabra-en-la-catedral-de-san-miguel-y-san-florian-de-varsovia-praga-13-de-junio-de-1999","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-de-la-palabra-en-la-catedral-de-san-miguel-y-san-florian-de-varsovia-praga-13-de-junio-de-1999\/","title":{"rendered":"Viaje Apost\u00f3lico a Polonia: Liturgia de la Palabra en la catedral de San Miguel y San Flori\u00e1n de Varsovia-Praga (13 de junio de 1999)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/font><\/p>\n<p><center><br \/>\n <font size=\"3\"> <\/font><\/p>\n<p><font size=\"3\"><i><b><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b><\/i> <\/font><i><b><font size=\"+1\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/p>\n<p> <font size=\"3\"> <\/p>\n<p><i>Domingo 13 de junio 1999<\/i><\/p>\n<p><i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/i><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<\/center> <\/p>\n<p align=\"left\">1. &laquo;Acud&iacute;an asiduamente a la ense&ntilde;anza de los ap&oacute;stoles, a la comuni&oacute;n, a la fracci&oacute;n del pan y a las oraciones&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 42).<\/p>\n<p align=\"left\">San Lucas, evangelista y a la vez autor de los Hechos de los Ap&oacute;stoles, con la descripci&oacute;n sint&eacute;tica que acabamos de escuchar, nos introduce en la vida de la primera comunidad de Jerusal&eacute;n. Es una comunidad ya confortada por la venida del Esp&iacute;ritu Santo, es decir, despu&eacute;s de Pentecost&eacute;s. En otro pasaje, san Lucas escribe: &laquo;La multitud de los creyentes no ten&iacute;a sino un solo coraz&oacute;n y una sola alma&raquo; (<i>Hch<\/i> 4, 32). Los Hechos de los Ap&oacute;stoles muestran c&oacute;mo en la santa ciudad de Jerusal&eacute;n, marcada por los acontecimientos de la reciente Pascua, estaba naciendo la Iglesia. Esta joven Iglesia, ya desde el inicio, &laquo;perseveraba en la comuni&oacute;n&raquo;, es decir, formaba la comuni&oacute;n corroborada por la gracia del Esp&iacute;ritu Santo. Y as&iacute; es hasta el d&iacute;a de hoy. Jesucristo en su misterio pascual constituye el centro de esta comunidad. &Eacute;l hace que la Iglesia viva, crezca y se realice como un cuerpo &laquo;bien trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren seg&uacute;n la actividad propia de cada miembro&raquo; (<i>Ef<\/i> 4, 16).<\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, con el esp&iacute;ritu de esta unidad, en el nombre de Jesucristo, os saludo cordialmente a todos los que est&aacute;is aqu&iacute; reunidos para esta liturgia de la Palabra. Saludo a la joven di&oacute;cesis de Varsovia-Praga, y a su pastor, mons. Kazimierz Romaniuk; saludo al obispo em&eacute;rito, al obispo auxiliar, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, as&iacute; como a todo el pueblo de Dios de esta Iglesia, y a todos los que a trav&eacute;s de la radio y la televisi&oacute;n participan en este encuentro de oraci&oacute;n, junto con nosotros. En particular quiero saludar a los enfermos, a los que por medio de sus sufrimientos obtienen bienes espirituales para la Iglesia.<\/p>\n<p align=\"left\">Hace poco visit&eacute; un lugar particularmente importante en nuestra historia nacional. Sigue vivo en nuestro coraz&oacute;n el recuerdo de la batalla de Varsovia, que tuvo lugar cerca de aqu&iacute;, en el mes de agosto de 1920. Fue una gran victoria del ej&eacute;rcito polaco, una victoria tan grande que no se pod&iacute;a explicar de modo puramente natural y por eso ha sido llamada &laquo;el milagro del V&iacute;stula&raquo;. La victoria estuvo precedida por una ferviente oraci&oacute;n nacional. El Episcopado polaco, reunido en Jasna G&oacute;ra, consagr&oacute; toda la naci&oacute;n al Sagrado Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s y la encomend&oacute; a la protecci&oacute;n de Mar&iacute;a Reina de Polonia. Hoy nuestro pensamiento va a todos los que, en Radzymin y en muchos otros lugares de esa hist&oacute;rica batalla, dieron su vida en defensa de la patria y de la libertad, que estaba en peligro. Entre otros, recordemos al heroico sacerdote Ignacio Skorupka, que perdi&oacute; la vida en Oss&oacute;w, no lejos de aqu&iacute;. Encomendemos a la misericordia divina sus almas. Durante decenios se ha hablado poco del &laquo;milagro del V&iacute;stula&raquo;. En cierto sentido, la divina Providencia encomienda hoy a la nueva di&oacute;cesis de Varsovia-Praga la tarea de mantener el recuerdo de aquel gran acontecimiento de la historia de nuestra naci&oacute;n y de toda Europa, que tuvo lugar en el sector oriental de Varsovia.<\/p>\n<p align=\"left\">Al referirme a la tradici&oacute;n de estas tierras, quisiera recordar tambi&eacute;n al siervo de Dios don Ignacio Klopotowski, fundador de la congregaci&oacute;n de las Hermanas de la Virgen de Loreto. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os de su vida fue p&aacute;rroco en la iglesia de san Flori&aacute;n, actualmente catedral de esta di&oacute;cesis. Con amor de buen samaritano atendi&oacute; a los pobres y a los que no ten&iacute;an hogar. Por eso, hizo venir de Cracovia a los hijos e hijas espirituales de san Alberto. Aqu&iacute; se dedic&oacute; tambi&eacute;n al apostolado de la palabra de Dios mediante el trabajo editorial. En esta tierra naci&oacute; nuestro gran poeta de la &eacute;poca del romanticismo, Cyprian Norwid, el cual, conmovido, recuerda a menudo en sus obras la infancia y los a&ntilde;os de juventud transcurridos aqu&iacute;. <\/p>\n<p align=\"left\">Te saludo, amada tierra de Masovia, con tu rica tradici&oacute;n religiosa y con tu gloriosa historia.<\/p>\n<p align=\"left\">2. &laquo;Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jes&uacute;s que hab&iacute;a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am&oacute; hasta el extremo&raquo; (<i>Jn <\/i>13, 1). Para comprender el plan de Dios con respecto a la Iglesia, es preciso volver a lo que se realiz&oacute; en la v&iacute;spera de la pasi&oacute;n y muerte de Cristo. Es preciso volver al cen&aacute;culo de Jerusal&eacute;n. La lectura del evangelio de san Juan nos lleva precisamente al cen&aacute;culo, el Jueves santo: &laquo;Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jes&uacute;s que hab&iacute;a llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am&oacute; hasta el extremo&raquo;. Ese &laquo;hasta el extremo&raquo; parece testimoniar aqu&iacute; el car&aacute;cter definitivo de ese amor. En la prosecuci&oacute;n de la descripci&oacute;n evang&eacute;lica es Jes&uacute;s mismo quien, lavando los pies a los disc&iacute;pulos, explica de modo concreto en qu&eacute; consiste ese amor. Con ese gesto muestra que no vino al mundo &laquo;para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos&raquo; (<i>Mc<\/i> 10, 45). Jes&uacute;s se pone a s&iacute; mismo como modelo de ese amor: &laquo;Os he dado ejemplo, para que tambi&eacute;n vosotros hag&aacute;is como yo he hecho con vosotros&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 15). A quien cree en &eacute;l le ense&ntilde;a el amor del que es modelo y le pide que viva ese amor, deseando que crezca como un gran &aacute;rbol en toda la tierra.<\/p>\n<p align=\"left\">Sin embargo, ese &laquo;hasta el extremo&raquo; no se cumpli&oacute; en plenitud en el gesto humilde del lavatorio de los pies. S&oacute;lo alcanz&oacute; su perfecci&oacute;n cuando &laquo;Jes&uacute;s tom&oacute; pan, lo bendijo, lo parti&oacute; y, d&aacute;ndoselo a sus disc&iacute;pulos, dijo: &#8216;Tomad y comed, &eacute;ste es mi cuerpo&#8217;. Del mismo modo, acabada la cena, tom&oacute; el c&aacute;liz y, dando gracias, se lo dio diciendo: &#8216;Tomad y bebed, porque &eacute;ste es el c&aacute;liz de mi sangre, de la nueva y eterna alianza, derramada por muchos para el perd&oacute;n de los pecados&#8217;&raquo; (cf. <i>Mt <\/i>26, 26-28).<\/p>\n<p align=\"left\">&Eacute;sa es la entrega total. El Hijo de Dios, antes de dar su vida en la cruz para la salvaci&oacute;n del hombre, lo hizo de modo sacramental. Da su Cuerpo y su Sangre a los disc&iacute;pulos para que, consum&aacute;ndolos, participen en los frutos de su muerte salv&iacute;fica. &laquo;Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos&raquo; (<i>Jn<\/i> 15, 13). Cristo dej&oacute; a los Ap&oacute;stoles este signo sacramental del amor. Les dijo: &laquo;Haced esto en conmemoraci&oacute;n m&iacute;a&raquo; (cf.<i> 1 Co<\/i> 11, 24). Los Ap&oacute;stoles lo hicieron as&iacute;, y, al transmitir a sus disc&iacute;pulos el Evangelio, transmit&iacute;an tambi&eacute;n la Eucarist&iacute;a. Ya desde la &uacute;ltima cena la Iglesia se construye y se forma mediante la Eucarist&iacute;a. La Iglesia celebra la Eucarist&iacute;a y la Eucarist&iacute;a forma la Iglesia. As&iacute; ha sucedido en todos los lugares donde las nuevas generaciones de disc&iacute;pulos de Cristo se iban integrando en la Iglesia. As&iacute; sucedi&oacute; en Polonia y as&iacute; sucede tambi&eacute;n hoy, mientras nos acercamos al umbral del tercer milenio: a los que vengan despu&eacute;s de nosotros les transmitiremos el Evangelio y la Eucarist&iacute;a.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &laquo;Acud&iacute;an asiduamente (&#8230;) a la fracci&oacute;n del pan y a las oraciones&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 42).<\/p>\n<p align=\"left\">La primera comunidad cristiana, que san Lucas en los Hechos de los Ap&oacute;stoles nos presenta como ejemplo, se fortalec&iacute;a con la Eucarist&iacute;a. La celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a tiene gran importancia para la Iglesia y para cada uno de sus miembros. Es &laquo;fuente y cima de toda la vida cristiana&raquo; (<i>Lumen gentium,<\/i> 11). San Agust&iacute;n la llama &laquo;v&iacute;nculo de amor&raquo; (<i>In Evangelium Ioannis tractatus<\/i>, 26, 6, 13). Como leemos en los Hechos de los Ap&oacute;stoles, ese &laquo;v&iacute;nculo de amor&raquo; ya desde el inicio era fuente de la unidad de la comunidad de los disc&iacute;pulos de Cristo. De &eacute;l brotaba la solicitud por los hermanos necesitados hasta el punto de que &laquo;vend&iacute;an sus posesiones y sus bienes y repart&iacute;an el precio entre todos, seg&uacute;n la necesidad de cada uno&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 45). Era fuente de alegr&iacute;a, de sencillez de coraz&oacute;n y de benevolencia rec&iacute;proca. Gracias a este &laquo;v&iacute;nculo de amor&raquo; eucar&iacute;stico, la comunidad pod&iacute;a tener una sola alma, acudir al templo y alabar a Dios con un solo coraz&oacute;n (cf. <i>Hch<\/i> 2, 46-47) y todo esto era un testimonio visible para el mundo: &laquo;El Se&ntilde;or agregaba cada d&iacute;a a la comunidad a los que se hab&iacute;an de salvar&raquo; (<i>Hch<\/i> 2, 47).<\/p>\n<p align=\"left\">La unidad en el amor que brota de la Eucarist&iacute;a no s&oacute;lo es expresi&oacute;n de la solidaridad humana, sino tambi&eacute;n participaci&oacute;n en el amor mismo de Dios. Sobre esa unidad se construye la Iglesia. Es la condici&oacute;n de la eficacia de su misi&oacute;n salv&iacute;fica.<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;Os he dado ejemplo, para que tambi&eacute;n vosotros hag&aacute;is como yo he hecho con vosotros&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 15). Estas palabras de Cristo encierran un gran desaf&iacute;o para la Iglesia, para todos los que la constituimos -obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos-: testimoniar ese amor, hacerlo visible y actuarlo cada d&iacute;a. Hoy el mundo necesita ese testimonio de amor, de unidad y de perseverancia en la comunidad, para que, como dijo Cristo, los hombres &laquo;vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que est&aacute; en los cielos&raquo; (cf. <i>Mt<\/i> 5, 16). Aqu&iacute; se trata, ante todo, de la unidad dentro de la Iglesia a ejemplo de la unidad del Hijo con el Padre en el don del Esp&iacute;ritu Santo. &laquo;Toda la Iglesia -dice san Cipriano- se muestra como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Esp&iacute;ritu Santo&raquo;. Todo creyente aporta a esta comunidad su contribuci&oacute;n, sus talentos, seg&uacute;n la vocaci&oacute;n y el papel que debe desempe&ntilde;ar. La unidad y, al mismo tiempo, la variedad son una gran riqueza de la Iglesia, que le asegura un desarrollo constante y din&aacute;mico. Con esp&iacute;ritu de gran responsabilidad frente a Cristo siempre presente en la Iglesia, tratemos de realizar esa unidad para el bien de toda la comunidad.<\/p>\n<p align=\"left\">Por esta raz&oacute;n, la Iglesia atribuye tanta importancia a la participaci&oacute;n en la Eucarist&iacute;a, especialmente en el d&iacute;a del Se&ntilde;or, es decir, el domingo, en el que celebramos la memoria de la resurrecci&oacute;n de Cristo. En la Iglesia que est&aacute; en Polonia ha sido siempre intenso el culto a la Eucarist&iacute;a, y los fieles siempre han participado el domingo en la santa misa. En el umbral del tercer milenio pido a todos mis compatriotas: conservad esta buena tradici&oacute;n. Respetad el mandamiento de Dios de santificar el d&iacute;a del Se&ntilde;or. Que sea, de verdad, el principal de todos los d&iacute;as y la principal de todas las fiestas. Expresad vuestro amor a Cristo y a los hermanos participando en la Eucarist&iacute;a, el banquete dominical de la nueva alianza.<\/p>\n<p align=\"left\">De modo particular me dirijo a los padres, para que sostengan y cultiven esta santa costumbre cristiana de participar en la santa misa junto con sus hijos. Que los ni&ntilde;os y los j&oacute;venes mantengan vivo el sentido de ese deber. Que la gracia del amor que obtenemos recibiendo el Pan eucar&iacute;stico fortalezca los v&iacute;nculos familiares. Que se transforme en fuente del dinamismo apost&oacute;lico de la familia cristiana.<\/p>\n<p align=\"left\">Me dirijo tambi&eacute;n a vosotros, queridos hermanos en el episcopado: encended en los corazones humanos la devoci&oacute;n y el amor a la Eucarist&iacute;a. Mostrad qu&eacute; gran bien para toda la Iglesia es este sacramento del Cuerpo y la Sangre del Se&ntilde;or, sacramento de amor y de unidad. Permaneced un&aacute;nimes en la oraci&oacute;n en vuestras comunidades diocesanas y religiosas. Perseverad en la fracci&oacute;n del pan; progresad en la vida eucar&iacute;stica y cultivad vuestra vida espiritual en el clima de la Eucarist&iacute;a. La Eucarist&iacute;a es la raz&oacute;n de ser principal y central del sacramento del sacerdocio. Por eso, el sacerdote est&aacute; unido de modo singular y excepcional a la Eucarist&iacute;a. En cierto modo, nace de ella y vive para ella. Tambi&eacute;n es particularmente responsable de ella. Los fieles esperan del sacerdote un testimonio particular de veneraci&oacute;n y amor a la Eucarist&iacute;a, para que tambi&eacute;n ellos puedan ser edificados y vivificados.<\/p>\n<p align=\"left\">4. Es sorprendente constatar c&oacute;mo la Iglesia, desarroll&aacute;ndose en el tiempo y en el espacio, gracias al Evangelio y a la Eucarist&iacute;a sigue siendo la misma. Se puede afirmar eso incluso contemplando desde fuera la historia de la Iglesia; pero esa verdad se experimenta sobre todo desde dentro. La experimentamos todos los que celebramos la Eucarist&iacute;a, y los que participan en ella. Es el memorial y la renovaci&oacute;n de la &uacute;ltima cena. Y en la &uacute;ltima cena se hizo presente sacramentalmente la pasi&oacute;n y la muerte de Cristo en la cruz, el sacrificio de la Redenci&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrecci&oacute;n, y, unidos en el amor que brota de ti, esperamos tu venida gloriosa. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;&nbsp;&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 13 de junio 1999 &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 1. &laquo;Acud&iacute;an asiduamente a la ense&ntilde;anza de los ap&oacute;stoles, a la comuni&oacute;n, a la fracci&oacute;n del pan y a las oraciones&raquo; (Hch 2, 42). 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