{"id":40278,"date":"2016-10-05T23:40:11","date_gmt":"2016-10-06T04:40:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-ecumenica-presidida-por-el-papa-en-drohiczyn-10-de-junio-de-1999\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:11","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:11","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-ecumenica-presidida-por-el-papa-en-drohiczyn-10-de-junio-de-1999","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-ecumenica-presidida-por-el-papa-en-drohiczyn-10-de-junio-de-1999\/","title":{"rendered":"Viaje Apost\u00f3lico a Polonia: Liturgia ecum\u00e9nica presidida por el Papa en Drohiczyn (10 de junio de 1999)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/font><\/p>\n<p><center><br \/>\n <font size=\"3\"> <\/font><\/p>\n<p><font size=\"3\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b><\/i> <\/font><\/font><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/font> <\/p>\n<p> <font size=\"3\" color=\"#663300\"> <\/p>\n<p><i>Drohiczyn, jueves 10 de junio 1999<\/i><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<\/center> <\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. &laquo;<i>Os doy un mandamiento nuevo: que os am&eacute;is los unos a los otros, como yo os he amado<\/i>&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 34).<\/p>\n<p align=\"left\">Acabamos de escuchar las palabras de Cristo que san Juan nos transmite en su evangelio. El Se&ntilde;or las dirigi&oacute; a los disc&iacute;pulos en el discurso de despedida antes de su pasi&oacute;n y muerte en cruz, cuando lav&oacute; los pies a los Ap&oacute;stoles. Es casi su &uacute;ltima exhortaci&oacute;n a la humanidad, con la que expresa un deseo ardiente: &laquo;Que os am&eacute;is los unos a los otros&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">Con estas palabras de Cristo saludo a todos los presentes en este encuentro lit&uacute;rgico, que es al mismo tiempo una oraci&oacute;n ecum&eacute;nica por la unidad de los cristianos. Saludo cordialmente a mons. Antoni Pacyfik Dydycz, o.f.m. cap., pastor de la di&oacute;cesis de Drohiczyn, al obispo Jan Szarek, presidente del Consejo ecum&eacute;nico polaco, as&iacute; como a los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales miembros de ese Consejo. Saludo a los hermanos y hermanas de la Iglesia ortodoxa de Polonia y a los que vienen del extranjero. Saludo en particular al arzobispo Sawa, metropolita de Varsovia y de toda Polonia, al que agradezco las palabras que me acaba de dirigir. Saludo asimismo a todos los obispos de la Iglesia ortodoxa en Polonia.<\/p>\n<p align=\"left\">Deseo saludar cordialmente a los se&ntilde;ores cardenales, a los arzobispos y obispos procedentes de Polonia y del extranjero. Abrazo de coraz&oacute;n a todo el pueblo de Dios de la di&oacute;cesis de Drohiczyn, muy querida para m&iacute;. De modo especial saludo a los hermanos sacerdotes, a las personas consagradas, a los alumnos del seminario mayor de Drohiczyn. A los ancianos, a los enfermos, a los minusv&aacute;lidos, a los j&oacute;venes y a los ni&ntilde;os aqu&iacute; presentes los saludo con intenso afecto. Saludo tambi&eacute;n a los peregrinos de Bielorrusia, Lituania y Ucrania. Su presencia me llena de particular alegr&iacute;a.<\/p>\n<p align=\"left\">Te saludo, tierra de Podlasia, tierra enriquecida por la hermosura de la naturaleza y, ante todo, santificada por la fidelidad de este pueblo que, a lo largo de su historia, muchas veces fue duramente probado y tuvo que luchar para superar enormes contrariedades de todo tipo. Sin embargo, permaneci&oacute; siempre fiel a la Iglesia, y lo sigue siendo. Me alegra encontrarme aqu&iacute; con vosotros para desempe&ntilde;ar mi servicio pastoral. <\/p>\n<p align=\"left\">Recuerdo con emoci&oacute;n mis numerosas visitas a Drohiczyn, especialmente con ocasi&oacute;n de las celebraciones del milenario, cuando los obispos de toda Polonia, junto con el Primado del milenio, dieron gracias a Dios por el don del santo bautismo, por la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad. Aqu&iacute; particip&eacute; en el &uacute;ltimo viaje del prelado mitrado mons. Krzywicki, administrador apost&oacute;lico de la di&oacute;cesis de Pinsk. Algunos a&ntilde;os despu&eacute;s, volv&iacute; para concluir la peregrinaci&oacute;n de la copia de la imagen de la Virgen de Czestochowa. Estos recuerdos reviven hoy en m&iacute; mientras, como Pont&iacute;fice peregrino, me encuentro entre vosotros.<\/p>\n<p align=\"left\">2. <i>&laquo;Os doy un mandamiento nuevo: que os am&eacute;is los unos a los otros, como yo os he amado&raquo;<\/i> (<i>Jn <\/i>13, 34).<\/p>\n<p align=\"left\">Estas palabras de Cristo irradian una gran fuerza. Cuando muri&oacute; en la cruz, en su horrible pasi&oacute;n, en el anonadamiento y el abandono, precisamente entonces mostr&oacute; al mundo todo el significado y la profundidad de esas palabras. Contemplando la agon&iacute;a de Cristo, los disc&iacute;pulos tomaron conciencia de la empresa a la que los hab&iacute;a llamado dici&eacute;ndoles: &laquo;Amaos los unos a los otros como yo os he amado&raquo;. San Juan, al recordar ese acontecimiento, escribir&aacute; en su evangelio: &laquo;Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los am&oacute; hasta el extremo&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 1). Cristo nos am&oacute; primero, nos am&oacute; a pesar de nuestro pecado y nuestra debilidad humana. &Eacute;l nos hizo dignos de su amor, que no tiene l&iacute;mites y no acaba jam&aacute;s. Es un amor definitivo y perfect&iacute;simo, pues Cristo nos redimi&oacute; con su precios&iacute;sima sangre.<\/p>\n<p align=\"left\">Tambi&eacute;n a nosotros nos ha ense&ntilde;ado ese amor y nos ha dicho: &laquo;Os doy un mandamiento nuevo&raquo; (<i>Jn <\/i>13, 34). Eso significa que este mandamiento es siempre actual. Si queremos responder al amor de Cristo, debemos cumplirlo siempre, en cualquier tiempo y lugar: debe ser para el hombre un camino nuevo, una semilla nueva, que renueve las relaciones entre los hombres. Este amor nos transforma en disc&iacute;pulos de Cristo, hombres nuevos, herederos de las promesas divinas. Nos hace a todos hermanos y hermanas en el Se&ntilde;or. Nos convierte en el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, en la que todos deber&iacute;amos amar a Cristo y en &eacute;l amarnos los unos a los otros.<\/p>\n<p align=\"left\">&Eacute;ste es el verdadero amor, que se manifest&oacute; en la cruz de Cristo. Hacia esta cruz todos debemos mirar; hacia ella debemos orientar nuestros deseos y nuestros esfuerzos. En ella tenemos el mayor modelo que imitar.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &laquo;<i>Se&ntilde;or, ens&eacute;&ntilde;anos tus caminos, para que sigamos tus senderos<\/i>&raquo; (cf.<i> Is<\/i> 2, 3).<\/p>\n<p align=\"left\">La visi&oacute;n del profeta Isa&iacute;as, recogida en la primera lectura de la liturgia de hoy, nos muestra a todos los pueblos y naciones reunidos en torno al monte Si&oacute;n. Manifiesta la presencia de Dios. La profec&iacute;a anuncia un reino universal de justicia y paz. Se puede referir a la Iglesia, tal como Cristo la quiso, es decir, una Iglesia en la que reine el principio irrenunciable de la unidad.<\/p>\n<p align=\"left\">Es preciso que nosotros los cristianos, reunidos hoy para esta oraci&oacute;n com&uacute;n, oremos con las palabras de Isa&iacute;as: &laquo;Se&ntilde;or ens&eacute;&ntilde;anos tus caminos, para que sigamos tus senderos&raquo;, para que avancemos juntos, confesando la misma fe en Cristo, por esos senderos, hacia el futuro. En particular, la cercan&iacute;a del gran jubileo debe impulsarnos a realizar el esfuerzo de buscar nuevos caminos en la vida de la Iglesia, Madre com&uacute;n de todos los cristianos. <\/p>\n<p align=\"left\">En la carta apost&oacute;lica <i>Tertio millennio adveniente<\/i> expres&eacute; un ardiente deseo, que renuevo hoy: &laquo;Que el jubileo sea la ocasi&oacute;n adecuada para una fruct&iacute;fera colaboraci&oacute;n en la puesta en com&uacute;n de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente m&aacute;s que las que nos separan&raquo; (n. 16). La fe nos dice que la unidad de la Iglesia no s&oacute;lo es una esperanza para el futuro: en cierta medida, esa unidad ya existe. A&uacute;n no ha logrado entre los cristianos una forma plenamente visible. Su edificaci&oacute;n constituye, por tanto, &laquo;un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad&raquo; (<i>Ut unum sint,<\/i> 8), dado que &laquo;creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comuni&oacute;n de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad&raquo; (<i>ib.,<\/i> 9). <\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; pues, estamos llamados a edificar la unidad. La unidad presente en los comienzos de la vida de la Iglesia nunca puede perder su valor esencial. Sin embargo, es preciso constatar con tristeza que esa unidad originaria se ha debilitado seriamente a lo largo de los siglos y especialmente en el &uacute;ltimo milenio.<\/p>\n<p align=\"left\">4. El camino de la Iglesia no es f&aacute;cil. &laquo;Lo podemos comparar -escribe el te&oacute;logo ortodoxo Pavel Evdokimov- al v&iacute;a crucis de Cristo. Pero no dura algunas horas; dura siglos&raquo;. Donde aumentan las divisiones entre los disc&iacute;pulos de Cristo, queda herido su Cuerpo m&iacute;stico. Aparecen las sucesivas &laquo;estaciones&raquo; del v&iacute;a crucis en la historia de la Iglesia. Pero Cristo fund&oacute; una sola Iglesia y desea que as&iacute; permanezca para siempre. Por tanto, todos, en el umbral de un nuevo per&iacute;odo de la historia, debemos hacer un examen de conciencia sobre la responsabilidad por las divisiones existentes. Debemos admitir las culpas cometidas y perdonarnos rec&iacute;procamente. En efecto, hemos recibido el mandamiento nuevo del amor mutuo, que tiene su fuente en el amor de Cristo. San Pablo nos exhorta a este amor con las palabras: &laquo;Cristo nos am&oacute; y se entreg&oacute; por nosotros como oblaci&oacute;n y v&iacute;ctima de suave aroma. Sed, pues, imitadores de Dios y vivid en el amor&raquo; (cf. <i>Ef<\/i> 5, 1-2).<\/p>\n<p align=\"left\">El amor debe inducirnos a una reflexi&oacute;n com&uacute;n sobre el pasado, para avanzar con perseverancia y valent&iacute;a por la senda que lleva hacia la unidad.<\/p>\n<p align=\"left\">El amor es la &uacute;nica fuerza que abre los corazones a la palabra de Jes&uacute;s y a la gracia de la Redenci&oacute;n. Es la &uacute;nica fuerza capaz de impulsarnos a compartir fraternalmente todo lo que somos y todo lo que tenemos por voluntad de Cristo. Es un poderoso est&iacute;mulo al di&aacute;logo, en el que nos escuchamos y nos conocemos mutuamente.<\/p>\n<p align=\"left\">El amor nos abre unos a otros; es la base de las relaciones humanas. Nos hace capaces de superar la barrera de nuestras debilidades y de nuestros prejuicios. Purifica la memoria, ense&ntilde;a nuevas sendas, abre a la perspectiva de una aut&eacute;ntica reconciliaci&oacute;n, premisa indispensable para dar un testimonio com&uacute;n del Evangelio, tan necesario para el mundo actual.<\/p>\n<p align=\"left\">En v&iacute;speras del tercer milenio, debemos acelerar el paso hacia la perfecta y fraterna reconciliaci&oacute;n, para poder testimoniar juntos, en el pr&oacute;ximo milenio, la salvaci&oacute;n a un mundo que espera con anhelo este signo de unidad.<\/p>\n<p align=\"left\">Es muy oportuno que hablemos de la gran causa del ecumenismo precisamente en Drohiczyn, en el centro de Podlasia, donde desde hace siglos conviven las tradiciones cristianas de Oriente y Occidente. Es una ciudad que siempre ha estado abierta a los cat&oacute;licos, a los ortodoxos y a los protestantes. Sin embargo, hay muchos momentos en la historia de esta tierra que, m&aacute;s que en cualquier otro lugar, ponen de relieve la necesidad del di&aacute;logo en la aspiraci&oacute;n de los cristianos a la unidad.<\/p>\n<p align=\"left\">En la enc&iacute;clica <i>Ut unum sint<\/i> subray&eacute; que &laquo;el di&aacute;logo es (&#8230;) un instrumento natural para confrontar diversos puntos de vista y sobre todo examinar las divergencias que obstaculizan la plena comuni&oacute;n de los cristianos entre s&iacute;&raquo; (n. 36). Este di&aacute;logo debe caracterizarse por el amor a la verdad, puesto que &laquo;el amor a la verdad es la dimensi&oacute;n m&aacute;s profunda de una aut&eacute;ntica b&uacute;squeda de la plena comuni&oacute;n entre los cristianos. Sin este amor ser&iacute;a imposible afrontar las objetivas dificultades teol&oacute;gicas, culturales, psicol&oacute;gicas y sociales que se encuentran al examinar las divergencias. A esta dimensi&oacute;n interior y personal est&aacute; inseparablemente unido el esp&iacute;ritu de caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad hacia la verdad que se descubre y que podr&iacute;a exigir revisiones de afirmaciones y actitudes&raquo; (<i>ib.<\/i>).<\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; pues, el amor debe construir puentes entre nuestras orillas y estimularnos a hacer todo lo posible. Que el amor rec&iacute;proco y el amor a la verdad sean la respuesta a las dificultades existentes y a las tensiones que a veces surgen.<\/p>\n<p align=\"left\">Hoy me dirijo a los hermanos y hermanas de todas las Iglesias: abr&aacute;monos al amor reconciliador de Dios. Abramos las puertas de nuestra mente y de nuestro coraz&oacute;n, de las Iglesias y de las comunidades. El Dios de nuestra fe, al que invocamos como Padre, es &laquo;el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob&raquo; (<i>Mc<\/i> 12, 26), es el Dios de Mois&eacute;s. Y, sobre todo, es el Dios y Padre de nuestro Se&ntilde;or com&uacute;n, Jesucristo, en el que se hizo &laquo;Dios con nosotros&raquo; (cf. <i>Mt<\/i> 1, 23; <i>Rm<\/i> 15, 6).<\/p>\n<p align=\"left\">Ofrezcamos a nuestro Padre celestial, al Padre de todos los cristianos, el don de una sincera voluntad de reconciliaci&oacute;n, manifest&aacute;ndola con actos concretos. A Dios, &laquo;que es amor&raquo;, respondamos con nuestro amor humano que mira con benevolencia a los dem&aacute;s, demuestra un deseo sincero de colaborar dondequiera que sea posible, y permite apreciar lo que es bueno y lo que merece aplauso e imitaci&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">5. &laquo;<i>Venid, subamos al monte del Se&ntilde;or, a la casa del Dios de Jacob<\/i>&raquo; (<i>Is<\/i> 2, 3).<\/p>\n<p align=\"left\">Es el grito que el profeta Isa&iacute;as pone en labios de los pueblos y las naciones que anhelan la unidad y la paz.<\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, nada expresar&aacute; mejor y con mayor eficacia esta solicitud que una gran oraci&oacute;n por la unidad, por la fraternidad, por una sola familia de todos los cristianos. El amor de Cristo nos impulsa a esta oraci&oacute;n. Es Cristo mismo quien nos manda orar al Padre: &laquo;Venga tu reino&raquo; (cf. <i>Mt<\/i> 6, 10). El reino de Dios, que trajo consigo al venir al mundo y hacerse hombre, permanece en la Iglesia como realidad ya existente, pero, al mismo tiempo, como tarea que cumplir.<\/p>\n<p align=\"left\">S&oacute;lo la oraci&oacute;n puede realizar una aut&eacute;ntica <i>met&aacute;noia<\/i> del coraz&oacute;n, pues tiene el poder de unir a todos los bautizados en la fraternidad de los hijos de Dios. La oraci&oacute;n purifica de todo lo que nos separa de Dios y de los hombres. Nos protege contra la tentaci&oacute;n de la pusilanimidad y abre el coraz&oacute;n del hombre a la gracia divina.<\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; pues, exhorto a todos los que est&aacute;n aqu&iacute; reunidos a orar fervientemente por la plena comuni&oacute;n de nuestras Iglesias. El progreso en el camino hacia la unidad exige nuestro compromiso, benevolencia rec&iacute;proca, apertura y una aut&eacute;ntica experiencia de fraternidad en Cristo.<\/p>\n<p align=\"left\">Imploremos al Se&ntilde;or para obtener esta gracia. Pid&aacute;mosle que quite los obst&aacute;culos que retrasan el logro de la unidad plena. Rogu&eacute;mosle que todos cumplamos bien sus designios, para que la aurora del nuevo milenio despunte sobre los disc&iacute;pulos de Cristo m&aacute;s unidos entre s&iacute;.<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;Os doy un mandamiento nuevo&raquo; (<i>Jn<\/i> 13, 34), el mandamiento nuevo: &laquo;Que todos sean uno, para que el mundo crea&raquo; (cf. <i>Jn<\/i> 17, 21).<\/p>\n<p align=\"left\">Cuando escucho estas palabras, me viene a la mente el encuentro con el patriarca Teoctist en Bucarest. Al final del encuentro, toda la gran asamblea clamaba: &laquo;&iexcl;Unidad, unidad, unidad!&raquo;. Queremos la unidad, queremos la unidad, oremos por la unidad. Que Dios os recompense.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Drohiczyn, jueves 10 de junio 1999 &nbsp;&nbsp;&nbsp; 1. &laquo;Os doy un mandamiento nuevo: que os am&eacute;is los unos a los otros, como yo os he amado&raquo; (Jn 13, 34). Acabamos de escuchar las palabras de Cristo que san Juan nos transmite en su evangelio. &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-liturgia-ecumenica-presidida-por-el-papa-en-drohiczyn-10-de-junio-de-1999\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abViaje Apost\u00f3lico a Polonia: Liturgia ecum\u00e9nica presidida por el Papa en Drohiczyn (10 de junio de 1999)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40278","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40278","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40278"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40278\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40278"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40278"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40278"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}