{"id":40279,"date":"2016-10-05T23:40:13","date_gmt":"2016-10-06T04:40:13","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-la-explanada-blonia-siedlekie-de-siedlce-10-de-junio-de-1999\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:13","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:13","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-la-explanada-blonia-siedlekie-de-siedlce-10-de-junio-de-1999","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-la-explanada-blonia-siedlekie-de-siedlce-10-de-junio-de-1999\/","title":{"rendered":"Viaje Apost\u00f3lico a Polonia: Misa en la explanada Blonia Siedlekie de Siedlce (10 de junio de 1999)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/font><\/p>\n<p><center><br \/>\n <font size=\"3\"> <\/font><\/p>\n<p><font size=\"3\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b><\/i> <\/font><\/font><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/font> <\/p>\n<p> <font size=\"3\" color=\"#663300\"> <\/p>\n<p><i> Siedlce, jueves 10 de junio 1999<\/i><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<\/center> <\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. &laquo;&iquest;<i>Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo<\/i>?&raquo; (<i>Rm<\/i> 8, 35).<\/p>\n<p align=\"left\">Acabamos de escuchar las palabras de san Pablo, dirigidas a los cristianos de Roma. Es un gran himno de gratitud a Dios por su amor y su bondad. Este amor alcanz&oacute; su cima y su expresi&oacute;n m&aacute;s perfecta en Jesucristo. En efecto, Dios no perdon&oacute; a su Hijo, sino que lo entreg&oacute; por nosotros, para que tuvi&eacute;ramos la vida eterna (cf. <i>Rm<\/i> 8, 32). Injertados en Cristo mediante el bautismo, somos hijos elegidos y amados de Dios. Esta certeza deber&iacute;a estimularnos a perseverar en la fidelidad a Cristo. San Pablo entiende esa fidelidad como uni&oacute;n con Cristo en el amor.<\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, &iexcl;con cu&aacute;nta elocuencia resuenan esas palabras del Ap&oacute;stol de los gentiles en Podlasia, que ha dado intr&eacute;pidos testigos del evangelio de Cristo! El pueblo de esta tierra ha dado, a lo largo de los siglos, innumerables testimonios de su fe en Cristo y de adhesi&oacute;n a su Iglesia, especialmente durante las crueles persecuciones y las duras pruebas de la historia.<\/p>\n<p align=\"left\">Saludo a todos los presentes en esta santa misa; a todo el pueblo de Dios de Podlasia, unido a su pastor, el obispo Jan Wiktor Nowak, a los obispos em&eacute;ritos Jan Mazur y Waclaw Skomorucha y al obispo auxiliar Henryk Marian Tomasik. Me alegra la presencia de los cardenales y obispos de Bielorrusia, de Kazajst&aacute;n, de Rusia y de Ucrania. Saludo cordialmente al cardenal Kazimierz Swiatek y a los obispos de rito bizantino-ucranio de Polonia y de Ucrania. En especial, saludo al arzobispo metropolitano de Przemysl-Varsovia, Ivan Martyniak, al obispo electo de Wroclaw-Gdansk, y al obispo Lubomyr Husar de Lvov, con los obispos de Ucrania, as&iacute; como a los peregrinos que han venido con &eacute;l. Saludo a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los estudiantes del seminario mayor de Siedlce, y a los representantes de los movimientos cat&oacute;licos, de los grupos de oraci&oacute;n y de las asociaciones apost&oacute;licas. Saludo a los peregrinos de las diversas partes de Polonia, y a los de la cercana Bielorrusia, de Lituania, de Ucrania y de Rusia.<\/p>\n<p align=\"left\">En este momento se reavivan en mi coraz&oacute;n los recuerdos de los anteriores encuentros con la Iglesia de Siedlce, especialmente de la conmemoraci&oacute;n del milenario del bautismo de Polonia, en 1966, y del jubileo en el 150&middot; aniversario de la di&oacute;cesis, cuando celebr&eacute; la eucarist&iacute;a en Koden de los Sapieha, ante la imagen de la Virgen Reina de Podlasia. Hoy con alegr&iacute;a me presento ante vosotros y doy gracias a la divina Providencia porque me concede honrar las reliquias de los m&aacute;rtires de Podlasia. En ellos se cumplieron de modo muy especial las palabras de san Pablo recogidas en la liturgia de hoy: &laquo;ni la muerte ni la vida (&#8230;) ni otra criatura alguna podr&aacute; separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jes&uacute;s Se&ntilde;or nuestro&raquo; (<i>Rm<\/i> 8, 38-39).<\/p>\n<p align=\"left\">2. &laquo;<i>Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros<\/i>&raquo; (<i>Jn <\/i>17, 11).<\/p>\n<p align=\"left\">Cristo pronunci&oacute; estas palabras la v&iacute;spera de su pasi&oacute;n y muerte. En cierto sentido, son su testamento. Desde hace dos mil a&ntilde;os, la Iglesia avanza en la historia con este testamento, con esta oraci&oacute;n por la unidad. Sin embargo, hay algunos per&iacute;odos de la historia en los que esa oraci&oacute;n resulta particularmente actual. Nosotros estamos viviendo precisamente uno de esos per&iacute;odos. Si el primer milenio de la historia de la Iglesia estuvo marcado esencialmente por la unidad, ya desde el inicio del segundo milenio se produjeron las divisiones, primero en Oriente y m&aacute;s tarde en Occidente. Desde hace casi diez siglos el cristianismo vive desunido.<\/p>\n<p align=\"left\">Esa desuni&oacute;n se ha expresado y se expresa en la Iglesia que desde hace mil a&ntilde;os realiza su misi&oacute;n en Polonia. En el per&iacute;odo de la primera Rep&uacute;blica, los extensos territorios polaco-lituano-rutenos constitu&iacute;an una regi&oacute;n donde coexist&iacute;an las tradiciones occidental y oriental. Sin embargo, se fueron manifestando gradualmente los efectos de la divisi&oacute;n que, como es sabido, se produjo entre Roma y Bizancio a mitad del siglo XI. Poco a poco se fue despertando tambi&eacute;n la conciencia de la necesidad de restablecer la unidad, especialmente a ra&iacute;z del concilio de Florencia, en el siglo XV. El a&ntilde;o 1596 tuvo lugar un acontecimiento hist&oacute;rico: la as&iacute; llamada &laquo;Uni&oacute;n de Brest&raquo;. Desde entonces, en los territorios de la primera Rep&uacute;blica, y especialmente en los orientales, aument&oacute; el n&uacute;mero de las di&oacute;cesis y de las parroquias de la Iglesia greco-cat&oacute;lica. Aun conservando la tradici&oacute;n oriental en el &aacute;mbito de la liturgia, de la disciplina y de la lengua, esos cristianos permanecieron en uni&oacute;n con la Sede apost&oacute;lica.<\/p>\n<p align=\"left\">En la di&oacute;cesis de Siedlce, donde nos encontramos hoy, y en particular en la localidad de Pratulina, se brind&oacute; un testimonio especial de ese proceso hist&oacute;rico. En efecto, aqu&iacute; fueron martirizados los confesores de Cristo pertenecientes a la Iglesia greco-cat&oacute;lica, el beato Vicente Lewoniuk, y sus doce compa&ntilde;eros.<\/p>\n<p align=\"left\">Hace tres a&ntilde;os, durante su beatificaci&oacute;n en la plaza de San Pedro, en Roma, dije que &laquo;dieron testimonio de fidelidad inquebrantable al Se&ntilde;or de la vi&ntilde;a. No lo defraudaron, sino que, habiendo permanecido unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, dieron los frutos esperados de conversi&oacute;n y santidad. Perseveraron, incluso a costa del sacrificio supremo. (&#8230;) Como <i>siervos<\/i> fieles del Se&ntilde;or, confiando en su gracia, testimoniaron su pertenencia a la Iglesia cat&oacute;lica en la fidelidad a su tradici&oacute;n oriental. (&#8230;) Con ese gesto generoso los m&aacute;rtires de Pratulina defendieron no s&oacute;lo el templo frente al cual fueron asesinados, sino tambi&eacute;n a la Iglesia que Cristo confi&oacute; al ap&oacute;stol Pedro, porque se sent&iacute;an sus piedras vivas&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">Los m&aacute;rtires de Pratulina defendieron la Iglesia, que es la vi&ntilde;a del Se&ntilde;or. Permanecieron fieles a ella hasta la muerte, y no cedieron a las presiones del mundo de entonces, que precisamente por eso los odiaba. En su vida y en su muerte se cumpli&oacute; la petici&oacute;n de Cristo en la oraci&oacute;n sacerdotal: &laquo;Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado (&#8230;). No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. (&#8230;) Santif&iacute;calos en la verdad: tu palabra es verdad. Como t&uacute; me has enviado al mundo, yo tambi&eacute;n los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a m&iacute; mismo, para que ellos tambi&eacute;n sean santificados en la verdad&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 14-15. 17-19). Dieron testimonio de su fidelidad a Cristo en su santa Iglesia. En el mundo en el que viv&iacute;an, con valent&iacute;a trataron de derrotar, mediante la verdad y el bien, al mal que se extend&iacute;a, y con amor quisieron vencer al odio que reinaba. Como Cristo, que por ellos se entreg&oacute; a s&iacute; mismo en sacrificio, para santificarlos en la verdad, tambi&eacute;n ellos entregaron su vida por la fidelidad a la verdad de Cristo y en defensa de la unidad de la Iglesia. Esta gente sencilla -padres de familia- en el momento cr&iacute;tico prefiri&oacute; la muerte antes que ceder a presiones que atentaban contra su conciencia. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; dulce es morir por la fe!&raquo;, fueron sus &uacute;ltimas palabras.<\/p>\n<p align=\"left\">Les agradecemos ese extraordinario testimonio, que se ha convertido en patrimonio de toda la Iglesia que est&aacute; en Polonia para el tercer milenio, que ya se aproxima. Dieron una gran contribuci&oacute;n a la construcci&oacute;n de la unidad. Cumplieron hasta el fin, mediante el generoso sacrificio de su vida, la oraci&oacute;n de Cristo al Padre: &laquo;Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 11). Con su muerte confirmaron la fidelidad a Cristo en la Iglesia cat&oacute;lica de tradici&oacute;n oriental.<\/p>\n<p align=\"left\">Ese mismo esp&iacute;ritu anim&oacute; a las multitudes de fieles de rito bizantino-ucranio, obispos, sacerdotes y laicos, que durante los cuarenta y cinco a&ntilde;os de persecuci&oacute;n han mantenido la fidelidad a Cristo, conservando su identidad eclesial. En este testimonio, la fidelidad a Cristo se mezcla con la fidelidad a la Iglesia y se transforma en servicio a la unidad.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &laquo;<i>Como t&uacute;, Padre, me has enviado al mundo, yo tambi&eacute;n los he enviado al mundo<\/i>&raquo; (<i>Jn<\/i> 17, 18).<\/p>\n<p align=\"left\">Los m&aacute;rtires de Pratulina dan testimonio de su fe, record&aacute;ndonos que Cristo llam&oacute; y envi&oacute; a todos sus disc&iacute;pulos para que, a lo largo de los siglos, hasta el fin de los tiempos, sean heraldos de la venida de su reino. Esta llamada universal a dar testimonio de Cristo nos la record&oacute; con mucha claridad el concilio Vaticano II, en el decreto sobre el apostolado de los laicos: &laquo;Es el propio Se&ntilde;or (&#8230;) quien invita de nuevo a todos los laicos a que se unan a &eacute;l cada vez m&aacute;s &iacute;ntimamente y a que, sintiendo como propias las cosas que a &eacute;l le pertenecen, se asocien a su misi&oacute;n salv&iacute;fica&raquo; (<i>Apostolicam actuositatem, <\/i>33). Esta invitaci&oacute;n del Concilio es particularmente actual ahora, al acercarse el tercer milenio. Cristo mismo la dirige, al final del siglo XX, a trav&eacute;s de los padres conciliares, no s&oacute;lo a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino tambi&eacute;n a todos sus disc&iacute;pulos. Hoy, indicando el ejemplo de los trece m&aacute;rtires de Pratulina, nos lo dirige en particular a nosotros.<\/p>\n<p align=\"left\">Hoy, m&aacute;s que nunca, hace falta un aut&eacute;ntico testimonio de fe, que se manifieste en la vida de los disc&iacute;pulos laicos de Cristo: mujeres y hombres, j&oacute;venes y ancianos. Hace falta un decidido testimonio de fidelidad a la Iglesia y de responsabilidad frente a la Iglesia, que desde hace veinte siglos lleva a todo pueblo y a toda naci&oacute;n la salvaci&oacute;n, anunciando la inmutable doctrina del Evangelio. La humanidad se encuentra ante dificultades de varias clases, ante problemas y transformaciones muy fuertes; muchas veces experimenta dram&aacute;ticos sobresaltos y laceraciones. En ese mundo, muchos, especialmente j&oacute;venes, quedan desconcertados y heridos. Algunos caen v&iacute;ctimas de las sectas y de deformaciones religiosas, o de manipulaciones de la verdad. Otros sucumben a diversas formas de esclavitud. Se difunden actitudes de ego&iacute;smo, injusticia e insensibilidad ante las necesidades ajenas.<\/p>\n<p align=\"left\">La Iglesia afronta estos y otros muchos desaf&iacute;os de nuestro tiempo. Quiere prestar a los hombres una ayuda eficaz y, por eso, necesita el compromiso de los fieles laicos, los cuales, bajo la gu&iacute;a de sus pastores, deben participar activamente en su misi&oacute;n salv&iacute;fica.<\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, mediante el santo bautismo hab&eacute;is sido injertados en Cristo. Form&aacute;is parte de la Iglesia, su Cuerpo m&iacute;stico. Por medio de vosotros, Cristo quiere actuar con la fuerza de su Esp&iacute;ritu. A trav&eacute;s de vosotros quiere &laquo;anunciar a los pobres la buena nueva, proclamar a los cautivos la liberaci&oacute;n y a los ciegos la vista&raquo;. Por medio de vosotros, quiere &laquo;dar la libertad a los oprimidos y proclamar un a&ntilde;o de gracia del Se&ntilde;or&raquo; (cf. <i>Lc<\/i> 4, 18-19). Como laicos, fieles a vuestra identidad, viviendo en el mundo, pod&eacute;is transformarlo activa y eficazmente con el esp&iacute;ritu del Evangelio. Sed la sal que da a la vida el sabor cristiano. Sed la luz que brilla en las tinieblas de la indiferencia y del ego&iacute;smo.<\/p>\n<p align=\"left\">En la <i>Carta a Diogneto<\/i> leemos: &laquo;Lo que es el alma para el cuerpo, eso son para el mundo los cristianos. De la misma manera que el alma est&aacute; en todos los miembros del cuerpo, as&iacute; los cristianos est&aacute;n esparcidos por todas las ciudades del mundo&raquo; (2, 6). La nueva evangelizaci&oacute;n nos plantea grandes desaf&iacute;os. Mi predecesor el Papa Pablo VI escribi&oacute; en la exhortaci&oacute;n apost&oacute;lica <i>Evangelii nuntiandi<\/i>: &laquo;El campo propio de su (de los laicos) actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la pol&iacute;tica, de lo social, de la econom&iacute;a, y tambi&eacute;n de la cultura, de las ciencias y las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicaci&oacute;n social, as&iacute; como otras realidades abiertas a la evangelizaci&oacute;n como el amor, la familia, la educaci&oacute;n de los ni&ntilde;os y j&oacute;venes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.&raquo; (n. 70).<\/p>\n<p align=\"left\">Con gran alegr&iacute;a constato que en Polonia se est&aacute;n desarrollando mucho la Acci&oacute;n cat&oacute;lica, varios tipos de organizaciones, las asociaciones y los movimientos cat&oacute;licos, y entre ellos los movimientos juveniles, como la Asociaci&oacute;n cat&oacute;lica de j&oacute;venes y el movimiento <i>Luz y vida<\/i>. Se trata de una nueva acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo en nuestra patria. Demos gracias a Dios por ello. Sed fieles a vuestra vocaci&oacute;n cristiana. Sed fieles a Dios y a Cristo, que vive en la Iglesia.<\/p>\n<p align=\"left\">4. Hoy veneramos las reliquias de los m&aacute;rtires de Podlasia y adoramos la cruz de Pratulina, que fue testigo mudo de su fidelidad heroica. Ten&iacute;an esta cruz en las manos y la llevaban en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su coraz&oacute;n, como signo del amor del Padre y de la unidad de la Iglesia de Cristo. La cruz les dio la fuerza para dar testimonio de Cristo y de su Iglesia. En ellos se cumplieron las palabras de san Pablo, recogidas en la liturgia de hoy: &laquo;Si Dios est&aacute; con nosotros, &iquest;qui&eacute;n estar&aacute; contra nosotros?&raquo; (<i>Rm<\/i> 8, 31). Con su muerte se insertaron de modo especial en el gran patrimonio de fe que comenz&oacute; con san Adalberto, y prosigui&oacute; con san Estanislao y san Josafat Kuncewicz, el patrono de la Rus&#8217;, hasta nuestros tiempos.<\/p>\n<p align=\"left\">Es incalculable el n&uacute;mero de los que en Polonia, o m&aacute;s bien en el territorio de la primera Rep&uacute;blica, que abarcaba zonas de Polonia, Lituania y Rutenia, sufrieron por la cruz de Cristo los mayores sacrificios. Varias veces en su historia, nuestra naci&oacute;n debi&oacute; defender su fe y soportar la opresi&oacute;n y la persecuci&oacute;n por su fidelidad a la Iglesia. Especialmente el largo per&iacute;odo que sigui&oacute; a la segunda guerra mundial se caracteriz&oacute; por una lucha particularmente intensa contra la Iglesia, librada por el sistema totalitario. Se trataba de prohibir la ense&ntilde;anza de la religi&oacute;n en la escuela; se imped&iacute;a la profesi&oacute;n p&uacute;blica de la fe, as&iacute; como la construcci&oacute;n de iglesias o capillas. &iexcl;Cu&aacute;ntos sacrificios se deb&iacute;an afrontar! &iexcl;Cu&aacute;nta valent&iacute;a hizo falta para conservar la identidad cristiana! Sin embargo, no lograron eliminar la cruz, signo de fe y amor, de la vida personal y social, porque estaba profundamente arraigada en los corazones y en las conciencias. La cruz se transform&oacute; para la naci&oacute;n y para la Iglesia en fuente de fuerza y signo de unidad entre los hombres.<\/p>\n<p align=\"left\">La nueva evangelizaci&oacute;n necesita aut&eacute;nticos testigos de la fe, personas enraizadas en la cruz de Cristo y dispuestas a afrontar sacrificios por ella. En efecto, el verdadero testimonio de la fuerza vivificante de la cruz lo dan quienes, en su nombre, derrotan en s&iacute; mismos el ego&iacute;smo y los dem&aacute;s males, y los que desean imitar el amor de Cristo hasta el fin.<\/p>\n<p align=\"left\">Es preciso que, como en el pasado, la cruz siga estando presente en nuestra existencia como una clara se&ntilde;alizaci&oacute;n del camino que se ha de seguir y como la luz que ilumina toda nuestra vida. Ojal&aacute; la cruz, que con sus brazos une el cielo y la tierra y a los hombres entre s&iacute;, crezca en nuestra tierra y forme un gran &aacute;rbol, lleno de frutos de salvaci&oacute;n; que engendre nuevos y valientes heraldos del Evangelio, que amen a la Iglesia y sean responsables de ella; verdaderos heraldos de la fe, estirpe de hombres nuevos, que enciendan la antorcha de la fe y la lleven encendida cruzando el umbral del tercer milenio.<\/p>\n<p align=\"left\"><i>Cruz de Cristo, te adoramos. <br \/>Te veneramos en todo tiempo. <br \/>De ti brota la fuerza y la fortaleza. <br \/>En ti est&aacute; nuestra victoria.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><i>&nbsp;&nbsp; <\/i><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Siedlce, jueves 10 de junio 1999 &nbsp;&nbsp;&nbsp; 1. &laquo;&iquest;Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo?&raquo; (Rm 8, 35). 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