{"id":40284,"date":"2016-10-05T23:40:19","date_gmt":"2016-10-06T04:40:19","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-concelebracion-en-la-biskupia-gora-de-pelplin-polonia-6-de-junio-de-1999\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:19","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:19","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-concelebracion-en-la-biskupia-gora-de-pelplin-polonia-6-de-junio-de-1999","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-concelebracion-en-la-biskupia-gora-de-pelplin-polonia-6-de-junio-de-1999\/","title":{"rendered":"Viaje Apost\u00f3lico a Polonia: Concelebraci\u00f3n en la Biskupia G\u00f3ra de Pelplin (Polonia) (6 de junio de 1999)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font size=\"3\" color=\"#663300\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/font><\/p>\n<p><center><br \/>\n <font size=\"3\"> <\/font><\/p>\n<p><font size=\"3\"><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b><\/i> <\/font><\/font><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\"> DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/font> <\/p>\n<p> <font size=\"3\" color=\"#663300\"> <\/p>\n<p><i> Pelplin, domingo 6 de junio 1999<\/i><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<\/center> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. &laquo;Bienaventurados (&#8230;) los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo; (<i>Lc<\/i> 11, 28). Esta bienaventuranza de Cristo acompa&ntilde;a hoy nuestra peregrinaci&oacute;n a Polonia. La pronuncio con alegr&iacute;a en Pelplin, al saludar a todos los fieles de esta Iglesia, con su obispo Jan Bernard Szlaga, al que doy las gracias por sus palabras de bienvenida. Saludo asimismo al obispo auxiliar, mons. Piotr Krupa; a todos los cardenales, arzobispos y obispos polacos aqu&iacute; reunidos, encabezados por el cardenal primado; a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas; y a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. &laquo;Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo;. Que hagamos nuestra esta bienaventuranza. <\/p>\n<p align=\"left\">2. Durante m&aacute;s de mil a&ntilde;os han pasado por estas tierras muchos hombres que escucharon la palabra de Dios. La acogieron de labios de los que la anunciaban. Los primeros la recibieron de labios del gran misionero de estas tierras, san Adalberto. Fueron testigos de su martirio. Las generaciones sucesivas crecieron de esas semillas, gracias al ministerio de otros misioneros, obispos, sacerdotes y religiosos: los ap&oacute;stoles de la palabra de Dios. Unos confirmaron con el martirio el mensaje del Evangelio; otros, mediante un continuo compromiso apost&oacute;lico seg&uacute;n el esp&iacute;ritu del &laquo;<i>ora et labora<\/i>&raquo;, ora y trabaja, benedictino. <i>La palabra anunciada cobraba una fuerza particular como palabra confirmada con el testimonio de la vida.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Est&aacute; muy arraigada en esta tierra la tradici&oacute;n de escuchar la palabra de Dios y dar testimonio del Verbo, que en Cristo se hizo carne. Esa tradici&oacute;n, vivida durante muchos siglos, tambi&eacute;n se cumple en el nuestro. Un signo elocuente, y a la vez tr&aacute;gico, de esta continuidad fue el as&iacute; llamado &laquo;oto&ntilde;o de Pelplin&raquo;, que tuvo lugar hace sesenta a&ntilde;os. Entonces, veinticuatro sacerdotes valientes, profesores del seminario mayor y funcionarios de la curia episcopal, testimoniaron su fidelidad al servicio del Evangelio con el sacrificio del sufrimiento y de la muerte. Durante el tiempo de la ocupaci&oacute;n perdieron la vida en esta tierra 303 pastores, que difundieron con hero&iacute;smo el mensaje de esperanza a lo largo de ese dram&aacute;tico per&iacute;odo de guerra y ocupaci&oacute;n. Si hoy recordamos a esos sacerdotes m&aacute;rtires es porque <i>de sus labios nuestra generaci&oacute;n escuch&oacute; la palabra de Dios y gracias a su testimonio experiment&oacute; su fuerza.<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">Conviene que recordemos esa hist&oacute;rica siembra de la palabra y del testimonio, especialmente ahora, mientras nos acercamos al final del segundo milenio. Esa tradici&oacute;n plurisecular no puede interrumpirse en el tercer milenio. S&iacute;; considerando los nuevos desaf&iacute;os que se plantean al hombre de hoy y a toda la sociedad, debemos renovar continuamente en nosotros mismos la conciencia de lo que es la palabra de Dios, de su importancia en la vida del cristiano, de la Iglesia y de toda la humanidad, y de su fuerza.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &iquest;Qu&eacute; dice Cristo al respecto en el pasaje evang&eacute;lico de hoy? Al terminar el serm&oacute;n de la Monta&ntilde;a, dice: &laquo;Todo el que oiga estas palabras m&iacute;as y las ponga en pr&aacute;ctica, ser&aacute; como el hombre prudente que construy&oacute; su casa sobre roca: cay&oacute; la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero no cay&oacute;, porque estaba cimentada sobre roca&raquo; (<i>Mt<\/i> 7, 24-25). El caso contrario del que edific&oacute; sobre roca es el hombre que edific&oacute; sobre arena. Su construcci&oacute;n result&oacute; poco resistente. Ante las pruebas y las dificultades, se derrumb&oacute;. Esto es lo que Cristo nos ense&ntilde;a.<\/p>\n<p align=\"left\">El edificio de nuestra vida debe ser una casa construida sobre roca. &iquest;C&oacute;mo construirlo para que no se desplome bajo el peso de los acontecimientos de este mundo? &iquest;C&oacute;mo construirlo para que, de &laquo;morada terrestre&raquo;, se convierta en &laquo;edificio de Dios, una morada eterna, no hecha por mano humana, que est&aacute; en los cielos&raquo;? (cf. <i>2 Co<\/i> 5, 1). Hoy escuchamos la respuesta a esa pregunta esencial de la fe: los cimientos del edificio cristiano son <i>la escucha y el cumplimiento de la palabra de Cristo.<\/i> Al decir &laquo;la palabra de Cristo&raquo; no s&oacute;lo nos referimos a su ense&ntilde;anza, a sus par&aacute;bolas y sus promesas, sino tambi&eacute;n a sus obras, sus signos y sus milagros. Y sobre todo a su muerte, a su resurrecci&oacute;n y a la venida del Esp&iacute;ritu Santo. M&aacute;s a&uacute;n: nos referimos al <i>Hijo mismo de Dios, al Verbo eterno del Padre, en el misterio de la Encarnaci&oacute;n<\/i>. &laquo;Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo &uacute;nico, lleno de gracia y de verdad&raquo; (<i>Jn<\/i> 1, 14).<\/p>\n<p align=\"left\">Con este Verbo, Cristo vivo, resucitado, san Adalberto vino a Polonia. Durante siglos vinieron con Cristo tambi&eacute;n otros heraldos, y dieron testimonio de &eacute;l. Por &eacute;l dieron la vida los testigos de nuestros tiempos, tanto sacerdotes como seglares. Su servicio y su sacrificio se han convertido para las generaciones sucesivas en signo de que nada puede destruir una construcci&oacute;n cuyo cimiento es Cristo. A lo largo de los siglos han venido repitiendo, como san Pablo: &laquo;&iquest;Qui&eacute;n nos separar&aacute; del amor de Cristo? &iquest;La tribulaci&oacute;n?, &iquest;la angustia?, &iquest;la persecuci&oacute;n?, &iquest;el hambre?, &iquest;la desnudez?, &iquest;los peligros?, &iquest;la espada? (&#8230;) Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos am&oacute;&raquo; <i>(Rm<\/i> 8, 35-37).<\/p>\n<p align=\"left\">4. &laquo;Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo;. Si, en el umbral del tercer milenio, nos preguntamos c&oacute;mo ser&aacute;n los tiempos que van a venir, no podemos evitar a la vez <i>la pregunta sobre el fundamento que ponemos bajo esa construcci&oacute;n<\/i>, que continuar&aacute;n las futuras generaciones. Es preciso que nuestra generaci&oacute;n construya con prudencia el futuro; y constructor prudente es el que escucha la palabra de Cristo y la cumple.<\/p>\n<p align=\"left\">Desde el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, la Iglesia conserva la palabra de Cristo como su m&aacute;s valioso tesoro. Recogida en las p&aacute;ginas del Evangelio, ha llegado hasta nuestro tiempo. Hoy somos nosotros quienes tenemos <i>la responsabilidad de transmitirla a las futuras generaciones<\/i>, no como letra muerta, sino como fuente viva de conocimiento de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, fuente de aut&eacute;ntica sabidur&iacute;a. En este marco cobra actualidad particular la exhortaci&oacute;n conciliar, dirigida a todos los fieles &laquo;para que adquieran &#8216;la ciencia suprema de Jesucristo&#8217; (<i>Flp<\/i> 3, 8), &#8216;pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo&#8217; (san Jer&oacute;nimo)&raquo; (<i>Dei Verbum, <\/i>25).<\/p>\n<p align=\"left\">Por eso, mientras durante la liturgia tomo en las manos el libro del Evangelio y como signo de bendici&oacute;n lo elevo sobre la asamblea y sobre toda la Iglesia, lo hago con la esperanza de que siga siendo el libro de la vida de todo creyente, de toda familia y de la sociedad entera. Con esa misma esperanza, os pido hoy: <i>entrad en el nuevo milenio con el libro del Evangelio<\/i>. Que no falte en ninguna casa polaca. Leedlo y meditadlo. Dejad que Cristo os hable. &laquo;Escuchad hoy su voz: &#8216;No endurezc&aacute;is vuestro coraz&oacute;n&#8217;&#8230;&raquo; (<i>Sal<\/i> 95, 8).<\/p>\n<p align=\"left\">5. A lo largo de veinte siglos la Iglesia se ha inclinado sobre las p&aacute;ginas del Evangelio para leer del modo m&aacute;s preciso posible lo que Dios ha querido revelar en &eacute;l. Ha descubierto el contenido m&aacute;s profundo de sus palabras y de sus acontecimientos; ha formulado sus verdades, declar&aacute;ndolas seguras y salv&iacute;ficas. Los santos las han puesto en pr&aacute;ctica y han compartido su experiencia del encuentro con la palabra de Cristo. De ese modo se ha desarrollado la <i>tradici&oacute;n de la Iglesia<\/i>, fundada en el testimonio mismo de los Ap&oacute;stoles. Si hoy interpelamos el Evangelio, no podemos separarlo de ese patrimonio de siglos, de esa tradici&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Hablo de esto porque existe la tentaci&oacute;n de interpretar la sagrada Escritura separ&aacute;ndola de la tradici&oacute;n plurisecular de la fe de la Iglesia, aplicando claves de interpretaci&oacute;n propias de la literatura contempor&aacute;nea o de los medios de comunicaci&oacute;n. De esa forma se corre el peligro de caer en simplificaciones, de falsificar la verdad revelada e incluso de adaptarla a las necesidades de una filosof&iacute;a individual de la vida o de ideolog&iacute;as aceptadas <i>a priori<\/i>. Ya san Pedro ap&oacute;stol se opuso a intentos de ese tipo. Escribe: &laquo;Ante todo, tened presente que ninguna profec&iacute;a de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia&raquo; (<i>2 P<\/i> 1, 20). &laquo;El oficio de interpretar aut&eacute;nticamente la palabra de Dios (&#8230;) ha sido encomendado s&oacute;lo al magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo&raquo; (<i>Dei Verbum<\/i>, 10).<\/p>\n<p align=\"left\">Me alegra que la Iglesia en Polonia ayude con eficacia a los fieles a conocer el contenido de la Revelaci&oacute;n. Conozco la gran importancia que los pastores atribuyen a <i>la liturgia de la Palabra<\/i> durante la santa misa y a la <i>catequesis<\/i>. Doy gracias a Dios porque en las parroquias y en el &aacute;mbito de las comunidades y de los movimientos eclesiales surgen y se desarrollan continuamente <i>c&iacute;rculos b&iacute;blicos y grupos de debate<\/i>. Con todo, es necesario que los que asumen la responsabilidad de una exposici&oacute;n autorizada de la verdad revelada no conf&iacute;en en su intuici&oacute;n, a menudo poco fiable, sino en un conocimiento s&oacute;lido y en una fe inquebrantable.<\/p>\n<p align=\"left\">Deseo expresar aqu&iacute; <i>mi gratitud a todos los pastores que, con entrega y humildad, cumplen el servicio de la proclamaci&oacute;n de la palabra de Dios.<\/i> No puedo por menos de mencionar a todos los obispos, sacerdotes, di&aacute;conos, personas consagradas y catequistas que, con fervor, a menudo en medio de grandes dificultades, realizan esa misi&oacute;n prof&eacute;tica de la Iglesia. Asimismo, quiero dar las gracias a los exegetas y a los te&oacute;logos que, con un empe&ntilde;o digno de elogio, investigan las fuentes de la Revelaci&oacute;n, prestando a los pastores una ayuda competente. Queridos hermanos y hermanas, que Dios recompense con su bendici&oacute;n vuestro compromiso apost&oacute;lico. &laquo;&iexcl;Qu&eacute; hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvaci&oacute;n!&raquo; (<i>Is<\/i> 52, 7).<\/p>\n<p align=\"left\">6. Bienaventurados tambi&eacute;n todos los que con coraz&oacute;n abierto se benefician de ese servicio. Son realmente &laquo;bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo;, pues <i>experimentan esta gracia particular, <\/i>en virtud de la cual la semilla de la palabra de Dios no cae entre espinas, sino en terreno f&eacute;rtil, y da abundante fruto. Precisamente esta <i>acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, el Consolador, se adelanta y nos ayuda, <\/i>mueve el coraz&oacute;n, lo dirige a Dios, abre los ojos del esp&iacute;ritu y concede &laquo;a todos gusto en aceptar y creer la verdad&raquo; (<i>Dei Verbum<\/i>, 5). Son bienaventurados porque, descubriendo y cumpliendo la voluntad del Padre, encuentran constantemente el s&oacute;lido cimiento del edificio de su vida.<\/p>\n<p align=\"left\">A los que van a cruzar el umbral del tercer milenio les queremos decir: <i>construid la casa sobre roca<\/i>. Construid sobre roca la casa de vuestra vida personal y social. <i>Y la roca es Cristo<\/i>, que vive en su Iglesia; Cristo, que perdura en esta tierra desde hace mil a&ntilde;os. Vino a vosotros por el ministerio de san Adalberto. Creci&oacute; sobre el fundamento de su martirio, y persevera. La Iglesia es Cristo, que vive en todos nosotros. Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. &Eacute;l es el cimiento y nosotros las piedras vivas.<\/p>\n<p align=\"left\">7. &laquo;Se&ntilde;or, qu&eacute;date con nosotros&raquo; (cf.<i> Lc<\/i> 24, 29), dijeron los disc&iacute;pulos que se encontraron con Cristo resucitado a lo largo del camino de Ema&uacute;s y &laquo;su coraz&oacute;n les ard&iacute;a cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras&raquo; (cf. <i>Lc <\/i>24, 32). Hoy queremos repetir sus palabras: &laquo;Se&ntilde;or, qu&eacute;date con nosotros&raquo;. Te hemos encontrado a lo largo del camino de nuestra vida. Te encontraron nuestros antepasados, de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. T&uacute; los confirmaste con tu palabra mediante la vida y el ministerio de la Iglesia.<\/p>\n<p align=\"left\">Se&ntilde;or, qu&eacute;date con los que vengan despu&eacute;s de nosotros. Deseamos que est&eacute;s con ellos, como has estado con nosotros. Esto es lo que deseamos y lo que te pedimos<\/p>\n<p align=\"left\">Qu&eacute;date con nosotros, cuando atardece. Qu&eacute;date con nosotros mientras el tiempo de nuestra historia se est&aacute; acercando al final del segundo milenio.<\/p>\n<p align=\"left\">Qu&eacute;date con nosotros y ay&uacute;danos a caminar siempre por la senda que lleva a la casa del Padre.<\/p>\n<p align=\"left\">Qu&eacute;date con nosotros en tu palabra, en esa palabra que se convierte en sacramento: la Eucarist&iacute;a de tu presencia.<\/p>\n<p align=\"left\">Queremos escuchar tu palabra y cumplirla.<\/p>\n<p align=\"left\">Deseamos vivir en la bendici&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">Anhelamos contarnos entre los bienaventurados &laquo;que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Pelplin, domingo 6 de junio 1999 &nbsp; 1. &laquo;Bienaventurados (&#8230;) los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen&raquo; (Lc 11, 28). 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