{"id":40285,"date":"2016-10-05T23:40:21","date_gmt":"2016-10-06T04:40:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-el-hipodromo-de-sopot-en-gdansk-polonia-5-de-junio-de-1999\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:21","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:21","slug":"viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-el-hipodromo-de-sopot-en-gdansk-polonia-5-de-junio-de-1999","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-el-hipodromo-de-sopot-en-gdansk-polonia-5-de-junio-de-1999\/","title":{"rendered":"Viaje Apost\u00f3lico a Polonia: Misa en el hip\u00f3dromo de Sopot, en Gdansk, Polonia (5 de junio de 1999)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/travels\/1999\/travels\/documents\/trav_poland-1999.html\"> VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA<\/a><b><br \/> <\/b>(5-17 DE JUNIO DE 1999)<\/font><\/p>\n<p><center><br \/>\n <font size=\"3\" color=\"#663300\"> <\/font><\/p>\n<p><font size=\"3\" color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/b><\/i> <\/font><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"+1\"> &nbsp;DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i> <\/font> <\/p>\n<p> <font size=\"3\"> <\/p>\n<p><font color=\"#663300\"><i>Gdansk, s&aacute;bado 5 de junio 1999<\/i><\/font><\/p>\n<p><\/font><br \/>\n<\/center> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\">1. &laquo;Estoy persuadido de que me quedar&eacute; y permanecer&eacute; con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que teng&aacute;is por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jes&uacute;s cuando yo vuelva a estar entre vosotros&raquo; (<i>Flp<\/i> 1, 25-26). Esto lo dice el ap&oacute;stol san Pablo en la liturgia de hoy. Se trata de unas palabras de la carta a los Filipenses, pero aqu&iacute;, donde se conserva la memoria de san Adalberto, resultan muy significativas. Parece que no es san Pablo quien habla a los Filipenses sino san Adalberto quien nos habla a nosotros.<\/p>\n<p align=\"left\">El eco de esta voz resuena incesantemente en esta tierra, donde el patrono de la Iglesia de Gdansk sufri&oacute; el martirio. &laquo;Para &eacute;l la vida era Cristo, y la muerte, una ganancia&raquo; (cf. <i>Flp<\/i> 1, 21). Lleg&oacute; aqu&iacute; a Gdansk en el a&ntilde;o 997, anunci&oacute; el Evangelio y administr&oacute; el santo bautismo. Cristo fue glorificado por san Adalberto mediante su vida fervorosa y su muerte heroica. Durante mi anterior peregrinaci&oacute;n a Gniezno, ante la tumba de san Adalberto, dije que sigui&oacute; a Cristo &laquo;como siervo fiel y generoso, dando testimonio de &eacute;l a costa de su vida. Y por eso el Padre lo ha honrado. El pueblo de Dios le ha tributado en la tierra una veneraci&oacute;n que se reserva a los santos, con la convicci&oacute;n de que un m&aacute;rtir de Cristo participa en el cielo de la gloria del Padre. (&#8230;) Su martirio (&#8230;) est&aacute; en el origen de la Iglesia polaca y, en cierto modo, tambi&eacute;n del mismo Estado&raquo; (Homil&iacute;a en Gniezno, 3 de junio de 1997, n. 2: <i>L&#8217;Osservatore Romano<\/i>, edici&oacute;n en lengua espa&ntilde;ola, 20 de junio de 1997, p. 5). Dos a&ntilde;os despu&eacute;s de su muerte, la Iglesia lo proclam&oacute; santo y yo hoy, mientras celebro este sant&iacute;simo sacrificio, conmemoro el milenario de su canonizaci&oacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">2. Doy gracias a Dios por haber podido venir nuevamente a vosotros y por la celebraci&oacute;n com&uacute;n de este jubileo. Realmente es grande el d&iacute;a que ha hecho el Se&ntilde;or por su bondad. Me alegro de ello, porque me brinda la oportunidad de visitar de nuevo la hist&oacute;rica y hermosa ciudad de Gdansk. Saludo a sus habitantes y a toda la archidi&oacute;cesis, as&iacute; como a los habitantes de Sopot, de Gdynia y de las dem&aacute;s ciudades y aldeas. Saludo al arzobispo Tadeusz, pastor de esta Iglesia, al obispo auxiliar, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los que participan en esta sant&iacute;sima eucarist&iacute;a. Con veneraci&oacute;n recuerdo a los obispos difuntos mons. Edmund Nowicki y mons. Lech Kaczmarek, que desempe&ntilde;aron su ministerio de pastores en esta Iglesia de Gdansk en tiempos dif&iacute;ciles. Tengo ante los ojos los encuentros que celebr&eacute; hace doce a&ntilde;os con esta ciudad y con sus habitantes, especialmente con los enfermos en la bas&iacute;lica mariana, con el mundo del trabajo en Zaspa de Gdansk, con los j&oacute;venes en Westerplatte y con la gente del mar en Gdynia. Llevo este recuerdo en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de mi coraz&oacute;n y en mi memoria.<\/p>\n<p align=\"left\">Mir&aacute;ndolo desde una perspectiva hist&oacute;rica, se descubre cu&aacute;n diverso era ese tiempo. La naci&oacute;n afrontaba entonces otras experiencias y otros desaf&iacute;os. En esa ocasi&oacute;n os hablaba a vosotros, pero tambi&eacute;n de alg&uacute;n modo hablaba en nombre vuestro. Hoy la situaci&oacute;n es diferente. Y demos gracias a Dios por ello. Recuerdo esos momentos con emoci&oacute;n, consciente de los grandes acontecimientos que han tenido lugar en nuestra patria. &laquo;Han llegado tiempos nuevos&raquo; a esta tierra, y san Adalberto ha desempe&ntilde;ado un papel fundamental.<\/p>\n<p align=\"left\">La sangre que derram&oacute; produce siempre nuevos frutos espirituales. Es la semilla evang&eacute;lica que cay&oacute; en tierra y muri&oacute;, y ha dado una gran cosecha en todas las naciones en las que realiz&oacute; su misi&oacute;n: Bohemia, Hungr&iacute;a, la Polonia de los Piast e incluso en la Pomerania y en Gdansk, para beneficio de los pueblos que habitaban en ellas. Mil a&ntilde;os despu&eacute;s de su muerte a orillas del B&aacute;ltico, estamos convencidos de que precisamente la sangre de ese m&aacute;rtir, derramada en estos territorios hace diez siglos, contribuy&oacute; de manera decisiva a la evangelizaci&oacute;n, a la difusi&oacute;n de la fe y a una nueva vida. Hoy tenemos gran necesidad de seguir el ejemplo de su vida, entregada totalmente a Dios para la difusi&oacute;n del Evangelio. Su testimonio de servicio y de celo apost&oacute;lico est&aacute; profundamente arraigado en la fe y en el amor a Cristo. De san Adalberto podemos decir con el salmista: &laquo;su alma estaba sedienta de Dios; ten&iacute;a sed de Dios, como tierra reseca, &aacute;rida, sin agua&raquo; (cf. <i>Sal<\/i> 62, 2).<\/p>\n<p align=\"left\">Gracias, san Adalberto, por tu ejemplo de santidad; porque, con tu vida, nos ense&ntilde;aste el sentido de las palabras: &laquo;para m&iacute; la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia&raquo; (cf. <i>Flp<\/i> 1, 21). Te damos gracias por el milenio de fe y de vida cristiana en Polonia y en toda Europa central.<\/p>\n<p align=\"left\">3. &laquo;Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial&raquo; (<i>Mt<\/i> 5, 48), dice Cristo en el evangelio de hoy. En v&iacute;speras del tercer milenio, estas palabras, recogidas por san Mateo, resuenan con nueva fuerza. Resumen la ense&ntilde;anza de las ocho bienaventuranzas, expresando a la vez toda la plenitud de la vocaci&oacute;n del hombre. Ser perfecto como Dios. Ser como Dios, grande en el amor, porque &eacute;l es amor y &laquo;hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos&raquo; (<i>Mt<\/i> 5, 45).<\/p>\n<p align=\"left\">Aqu&iacute; tocamos el misterio del hombre creado a imagen y semejanza de Dios y, por ello, capaz de amar y de recibir el don del amor. Esa vocaci&oacute;n originaria del hombre ha sido inscrita por el Creador en la naturaleza humana y hace que todo hombre busque el amor, aunque a veces lo hace eligiendo el mal del pecado, que se presenta bajo las apariencias del bien. Busca el amor, porque en lo m&aacute;s profundo de su coraz&oacute;n sabe que s&oacute;lo el amor puede hacerlo feliz. Sin embargo, con frecuencia el hombre busca esta felicidad a tientas. La busca en los placeres, en los bienes materiales y en lo terreno y pasajero.<\/p>\n<p align=\"left\">&laquo;Se os abrir&aacute;n los ojos y ser&eacute;is como dioses, conocedores del bien y del mal&raquo; (<i>Gn<\/i> 3, 5), dijo a Ad&aacute;n en el para&iacute;so el enemigo de Dios, Satan&aacute;s, en quien se fio. Con todo, &iexcl;cu&aacute;n doloroso ha resultado para el hombre este camino de la b&uacute;squeda de la felicidad sin Dios! De inmediato experiment&oacute; las tinieblas del pecado y el drama de la muerte. En efecto, el hombre, siempre que se aleja de Dios, experimenta como consecuencia una gran desilusi&oacute;n, acompa&ntilde;ada de miedo. Sucede as&iacute; porque, como efecto de su alejamiento de Dios, el hombre se queda solo y comienza a sentir el dolor de la soledad: se siente perdido. Sin embargo, ese miedo lo lleva a buscar al Creador, pues nada puede saciar el hambre de Dios, arraigada en el hombre.<\/p>\n<p align=\"left\">Queridos hermanos y hermanas, no os dej&eacute;is &laquo;intimidar en nada por los adversarios&raquo; (<i>Flp<\/i> 1, 28), nos recuerda san Pablo en la primera lectura. No os dej&eacute;is intimidar por los que afirman que el pecado es el camino que conduce a la felicidad. Est&aacute;is &laquo;sosteniendo el mismo combate en que antes me visteis y en el que ahora sab&eacute;is que me encuentro&raquo; (<i>Flp<\/i> 1, 30), a&ntilde;ade el Ap&oacute;stol de las gentes, y &eacute;ste es el combate contra nuestros pecados personales y especialmente los pecados contra el amor: pueden asumir dimensiones preocupantes en la vida social. El hombre nunca ser&aacute; feliz a costa de otro hombre, destruyendo la libertad ajena, pisoteando la dignidad de las personas y cultivando el ego&iacute;smo. Nuestra felicidad es el hermano que Dios nos ha dado y encomendado, y a trav&eacute;s de &eacute;l esa felicidad es Dios mismo: Dios a trav&eacute;s del hombre, pues &laquo;todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (&#8230;) porque Dios es Amor&raquo; (<i>1 Jn<\/i> 4, 7-8).<\/p>\n<p align=\"left\">Lo digo en la tierra de Gdansk, que fue testigo de combates dram&aacute;ticos por la libertad y la identidad cristiana de los polacos. Recordemos el mes de septiembre de 1939: la heroica defensa de Westerplatte y del edificio de Correos en Gdansk. Recordemos a los sacerdotes martirizados en el campo de concentraci&oacute;n de la cercana Stutthof, que la Iglesia elevar&aacute; a la gloria de los altares durante esta peregrinaci&oacute;n, o los bosques de Pia{l-sacute}nica, cerca de Wejherowo, donde fueron fusiladas miles de personas. Todo eso pertenece a la historia de la gente de esta tierra y est&aacute; inscrita en el conjunto de los tr&aacute;gicos acontecimientos de los tiempos de guerra. &laquo;Millares fueron v&iacute;ctimas de prisiones, torturas y ejecuciones capitales. (&#8230;) Digno de admiraci&oacute;n y de eterno recuerdo fue este esfuerzo incomparable de toda la sociedad, y en especial de la generaci&oacute;n joven de los polacos, en defensa de la patria y de sus valores esenciales&raquo;, escrib&iacute; en el mensaje a la Conferencia episcopal polaca con ocasi&oacute;n del 50&deg; aniversario del inicio de la segunda guerra mundial (n. 2: <i>L&#8217;Osservatore Romano<\/i>, edici&oacute;n en lengua espa&ntilde;ola, 10 de septiembre de 1989, p. 1).<\/p>\n<p align=\"left\">Abracemos con nuestra oraci&oacute;n a esas personas, recordando sus sufrimientos, su sacrificio y especialmente su muerte. Y tampoco podemos olvidar la historia m&aacute;s reciente, a la que pertenece ante todo el tr&aacute;gico diciembre de 1970, cuando los obreros invadieron las calles de Gdansk y Gdynia, y luego el mes de agosto de 1980, lleno de esperanza, y por &uacute;ltimo el dram&aacute;tico per&iacute;odo del estado de guerra.<\/p>\n<p align=\"left\">&iquest;Hay un lugar m&aacute;s adecuado para hablar de esto que Gdansk? En efecto, en esta ciudad, hace diecinueve a&ntilde;os, naci&oacute; el sindicato &laquo;Solidaridad&raquo;. Fue un acontecimiento que marc&oacute; un viraje en la historia de nuestra naci&oacute;n, e incluso en la de Europa. &laquo;Solidaridad&raquo; abri&oacute; las puertas de la libertad a los pa&iacute;ses esclavos del sistema totalitario, derrib&oacute; el muro de Berl&iacute;n y contribuy&oacute; a la unidad de Europa, dividida en dos bloques desde la segunda guerra mundial. Nunca hemos de olvidar esto. Ese acontecimiento forma parte de nuestro patrimonio nacional. En aquella ocasi&oacute;n, en Gdansk, os escuch&eacute; decir: &laquo;No hay libertad sin solidaridad&raquo;. Hoy es preciso repetir: &laquo;No hay solidaridad sin amor&raquo;. M&aacute;s a&uacute;n, no hay felicidad, no hay futuro del hombre y de la naci&oacute;n sin el amor que perdona, aunque no olvide; sin el amor, que es sensible a la desgracia ajena, que no busca su propio inter&eacute;s, sino que desea el bien de los dem&aacute;s; sin el amor que est&aacute; al servicio del pr&oacute;jimo, que se olvida de s&iacute; mismo y est&aacute; dispuesto a entregarse con generosidad.<\/p>\n<p align=\"left\">As&iacute; pues, estamos llamados a construir el futuro basado en el amor a Dios y al pr&oacute;jimo, para edificar la &laquo;civilizaci&oacute;n del amor&raquo;. Hoy el mundo y Polonia necesitan hombres de coraz&oacute;n grande, que sirvan con humildad y amor, que bendigan y no maldigan, que conquisten la tierra con la bendici&oacute;n. No se puede construir el futuro sin referirse a la fuente del amor, que es Dios, el cual &laquo;tanto am&oacute; al mundo que dio a su Hijo &uacute;nico, para que todo el que crea en &eacute;l no perezca, sino que tenga vida eterna&raquo; (<i>Jn <\/i>3, 16).<\/p>\n<p align=\"left\">Jesucristo revela al hombre el amor, mostr&aacute;ndole al mismo tiempo su vocaci&oacute;n suprema. En el pasaje evang&eacute;lico de hoy, nos se&ntilde;ala, con las palabras del serm&oacute;n de la monta&ntilde;a, c&oacute;mo hay que realizar esta vocaci&oacute;n: &laquo;Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial&raquo; (<i>Mt<\/i> 5, 48).<\/p>\n<p align=\"left\">4. Volvamos a las palabras de la liturgia de hoy. Escribe el Ap&oacute;stol: &laquo;Lo que importa es que vosotros llev&eacute;is una vida digna del evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os manten&eacute;is firmes en un mismo esp&iacute;ritu y luch&aacute;is acordes por la fe del Evangelio&raquo; (<i>Flp<\/i> 1, 27).<\/p>\n<p align=\"left\">Eso dice el ap&oacute;stol san Pablo a los Filipenses y eso mismo nos dice a nosotros san Adalberto. Despu&eacute;s de diez siglos, esas palabras parecen cobrar a&uacute;n mayor elocuencia. Desde una distancia de tantos siglos viene a nosotros, vuelve nuevamente este santo obispo, el ap&oacute;stol de nuestra tierra, para examinar y comprobar en cierto sentido si perseveramos en la fidelidad al Evangelio. Nuestra presencia lit&uacute;rgica en los itinerarios que &eacute;l recorri&oacute; debe ser la respuesta. Queremos asegurarle que s&iacute; perseveramos y queremos seguirlo haciendo. &Eacute;l prepar&oacute; a nuestros antepasados para entrar en el segundo milenio, con una visi&oacute;n muy clarividente. Hoy, aqu&iacute;, todos juntos, respondiendo a esas palabras, nos preparamos a entrar en el tercer milenio. Queremos entrar en &eacute;l con Dios, como un pueblo que ha puesto su confianza en el amor y que ha amado la verdad; como un pueblo que quiere vivir en esp&iacute;ritu de verdad, porque s&oacute;lo la verdad puede hacernos libres y felices. Cantemos el <i>Te Deum<\/i>, glorificando a Dios, Padre, Hijo y Esp&iacute;ritu Santo, Dios creador y redentor, por todo lo que ha hecho en esta tierra por medio de su siervo el obispo Adalberto. Y pid&aacute;mosle al mismo tiempo: &laquo;<i>Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic haereditati tuae<\/i>&raquo;.<\/p>\n<p align=\"left\">Mucho ha cambiado y est&aacute; cambiando en la tierra polaca. Con el paso de los siglos, Polonia crece entre destinos mudables, como una gran encina de la historia, que ha echado s&oacute;lidas ra&iacute;ces. Demos gracias a la divina Providencia porque ha bendecido el proceso milenario de este crecimiento con la presencia de san Adalberto y con su martirio a orillas del B&aacute;ltico. Es una gran herencia, con la que caminamos hacia el futuro. Que por obra de san Adalberto y de todos los patronos polacos reunidos alrededor de la Madre de Dios permanezcan los frutos de la Redenci&oacute;n y se consoliden entre las generaciones futuras. Que los hombres del tercer milenio asuman la misi&oacute;n transmitida en otro tiempo, hace mil a&ntilde;os, por san Adalberto y, a su vez, la transmitan a las nuevas generaciones.<\/p>\n<p align=\"left\">El grano de trigo ca&iacute;do en tierra, <br \/>en esta tierra, <br \/>ha dado el ciento por uno.&nbsp; <\/p>\n<p align=\"left\"> Am&eacute;n. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A POLONIA (5-17 DE JUNIO DE 1999) HOMIL&Iacute;A &nbsp;DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Gdansk, s&aacute;bado 5 de junio 1999 &nbsp; 1. &laquo;Estoy persuadido de que me quedar&eacute; y permanecer&eacute; con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que teng&aacute;is por mi causa un nuevo motivo de orgullo &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/viaje-apostolico-a-polonia-misa-en-el-hipodromo-de-sopot-en-gdansk-polonia-5-de-junio-de-1999\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abViaje Apost\u00f3lico a Polonia: Misa en el hip\u00f3dromo de Sopot, en Gdansk, Polonia (5 de junio de 1999)\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-40285","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40285","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=40285"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/40285\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40285"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=40285"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=40285"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}