{"id":40305,"date":"2016-10-05T23:40:50","date_gmt":"2016-10-06T04:40:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/17-de-febrero-de-1999-miercoles-de-ceniza\/"},"modified":"2016-10-05T23:40:50","modified_gmt":"2016-10-06T04:40:50","slug":"17-de-febrero-de-1999-miercoles-de-ceniza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/17-de-febrero-de-1999-miercoles-de-ceniza\/","title":{"rendered":"17 de febrero de 1999, Mi\u00e9rcoles de Ceniza"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> JUAN PABLO II <\/font><\/p>\n<p><center> <\/p>\n<p><b><i><font size=\"+1\">HOMIL&Iacute;A<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p><i>17 de Febrero 1999<\/i><\/p>\n<p><i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/i><\/p>\n<p><\/center> <\/p>\n<p>1. &laquo;Convert&iacute;os al Se&ntilde;or, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso&raquo; (<i>Jl<\/i> 2, 13).<\/p>\n<p>Con esta exhortaci&oacute;n, tomada del libro del profeta Joel, la Iglesia inaugura la peregrinaci&oacute;n cuaresmal, tiempo favorable a la conversi&oacute;n, que significa volver a Dios, del que nos hab&iacute;amos alejado. &Eacute;ste es el sentido del itinerario penitencial que comienza hoy, mi&eacute;rcoles de Ceniza: volver a la casa del Padre, llevando en el coraz&oacute;n la confesi&oacute;n de nuestras culpas. El salmista nos invita a repetir: &laquo;Misericordia, Dios m&iacute;o, por tu bondad; por tu inmensa compasi&oacute;n borra mi culpa&raquo; (<i>Sal<\/i> 50, 3). Con estos sentimientos, cada uno ha de emprender el camino cuaresmal, convencido de que Dios Padre, que &laquo;ve en lo secreto&raquo; (<i>Mt<\/i> 6, 4. 6. 18), sale al encuentro del pecador arrepentido en el camino de regreso. Como en la par&aacute;bola del hijo pr&oacute;digo, lo abraza y le hace comprender que, al volver a casa, ha recuperado su dignidad de hijo: &laquo;estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado&raquo; (<i>Lc<\/i> 15, 24).<\/p>\n<p>En este a&ntilde;o, dedicado en particular a Dios Padre, la Cuaresma asume a&uacute;n m&aacute;s el valor de tiempo propicio para realizar un aut&eacute;ntico camino de conversi&oacute;n, a fin de volver con coraz&oacute;n arrepentido al Padre de todos, &laquo;compasivo y misericordioso, lento a la c&oacute;lera y rico en piedad&raquo; (<i>Jl<\/i> 2, 13).<\/p>\n<p>2. El antiqu&iacute;simo y sugestivo rito de la ceniza inaugura hoy este itinerario penitencial. Al imponer la ceniza en la cabeza de los fieles, el celebrante dirige a cada uno la admonici&oacute;n: &laquo;Acu&eacute;rdate de que eres polvo y al polvo volver&aacute;s&raquo; (cf. <i>Gn<\/i> 3, 19).<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n estas palabras hacen referencia a una &laquo;vuelta&raquo;: la vuelta al polvo. Aluden a la <i>necesidad de la muerte<\/i> e invitan a no olvidar que estamos de paso en este mundo.<\/p>\n<p>Sin embargo, al mismo tiempo, con la imagen del polvo, esa expresi&oacute;n nos trae a la mente la verdad de la creaci&oacute;n, aludiendo a la riqueza de la dimensi&oacute;n c&oacute;smica, de la que la creatura humana forma parte. La Cuaresma recuerda la obra de la salvaci&oacute;n, para que el hombre tome conciencia de que la muerte, realidad con la que debe confrontarse constantemente, no es una <i>verdad originaria<\/i>. En efecto, al inicio no exist&iacute;a, pero, como triste consecuencia del pecado, &laquo;por envidia del diablo entr&oacute; en el mundo&raquo; (<i>Sb<\/i> 2, 24), llegando a ser herencia com&uacute;n de los seres humanos.<\/p>\n<p>Antes que a las dem&aacute;s criaturas, las palabras: &laquo;Acu&eacute;rdate de que eres polvo y al polvo volver&aacute;s&raquo; est&aacute;n dirigidas al hombre, creado por Dios a su imagen y puesto en el centro del universo. Al recordarle que debe morir, Dios no renuncia al proyecto inicial; al contrario, lo confirma y lo restablece de modo singular, despu&eacute;s de la ruptura causada por el pecado original. Esta confirmaci&oacute;n se ha realizado en Cristo, que asumi&oacute; libremente el peso del pecado y quiso padecer la muerte. El mundo se ha convertido as&iacute; en teatro de su pasi&oacute;n y de su muerte salv&iacute;fica. &Eacute;ste es el misterio pascual, al que el tiempo de Cuaresma nos orienta de manera totalmente especial.<\/p>\n<p>3. &laquo;Acu&eacute;rdate de que eres polvo y al polvo volver&aacute;s&raquo;.<\/p>\n<p>La muerte del hombre ha sido derrotada por la muerte de Cristo. Por tanto, si el tiempo de la Cuaresma nos orienta a revivir los dram&aacute;ticos acontecimientos del G&oacute;lgota, lo hace siempre y exclusivamente para prepararnos a sumergirnos en la celebraci&oacute;n del evento pascual, es decir, en la alegr&iacute;a luminosa de la <i>resurrecci&oacute;n<\/i>.<\/p>\n<p>En ese sentido, podemos entender la otra exhortaci&oacute;n que la Iglesia dirige hoy a los fieles durante la imposici&oacute;n de la ceniza: &laquo;Convert&iacute;os y creed el Evangelio&raquo; (<i>Mc<\/i> 1, 15). &iquest;Qu&eacute; significa &laquo;creer el Evangelio&raquo; sino aceptar la verdad de la resurrecci&oacute;n, con todo lo que implica? Desde el primer d&iacute;a de la Cuaresma, entramos en esta perspectiva salv&iacute;fica, exclamando con el salmista: &laquo;Oh Dios, crea en m&iacute; un coraz&oacute;n puro, renu&eacute;vame por dentro con esp&iacute;ritu firme. (&#8230;) Se&ntilde;or, me abrir&aacute;s los labios y mi boca proclamar&aacute; tu alabanza&raquo; (<i>Sal<\/i> 50, 12. 17).<\/p>\n<p>4. La Cuaresma es tiempo de oraci&oacute;n intensa y alabanza prolongada; es tiempo de penitencia y ayuno. Pero, adem&aacute;s de la oraci&oacute;n y el ayuno, la liturgia nos invita a colmar nuestra jornada de <i>obras de caridad<\/i>. &Eacute;ste es el culto que agrada a Dios. Como record&eacute; en el mensaje para la Cuaresma, este tiempo es un per&iacute;odo propicio para pensar en los demasiados &laquo;L&aacute;zaros&raquo; que esperan recoger las migajas que caen de la mesa de los ricos (cf. n. 4). La imagen que tenemos ante nosotros es la del banquete, s&iacute;mbolo de la providente solicitud del Padre celestial por la humanidad entera (cf. n. 1). Todos deben poder participar en &eacute;l. Para ello, las pr&aacute;cticas cuaresmales del ayuno y la limosna, adem&aacute;s de expresar la ascesis personal, revisten una importante dimensi&oacute;n comunitaria y social: recuerdan la exigencia de &laquo;convertir&raquo; el modelo de desarrollo, para una distribuci&oacute;n m&aacute;s justa de los bienes, de forma que podamos vivir todos con dignidad, salvaguardando al mismo tiempo la creaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Pero todo eso comienza por un profundo cambio de mentalidad y, m&aacute;s radicalmente, por la conversi&oacute;n del coraz&oacute;n. &iexcl;Cu&aacute;n urgente y oportuna resulta entonces esta invocaci&oacute;n: &laquo;Oh Dios, crea en m&iacute; un coraz&oacute;n puro, renu&eacute;vame por dentro con esp&iacute;ritu firme&raquo;!<\/p>\n<p>S&iacute;, crea en nosotros, oh Padre, un coraz&oacute;n puro, renu&eacute;vanos por dentro con esp&iacute;ritu firme, &laquo;para que la austeridad penitencial de estos d&iacute;as nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal&raquo; (<i>Oraci&oacute;n colecta<\/i>).<\/p>\n<p>Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUAN PABLO II HOMIL&Iacute;A 17 de Febrero 1999 &nbsp;&nbsp;&nbsp; 1. &laquo;Convert&iacute;os al Se&ntilde;or, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso&raquo; (Jl 2, 13). 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