{"id":40321,"date":"2016-10-05T23:41:51","date_gmt":"2016-10-06T04:41:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/10-de-diciembre-de-2000-jubileo-de-los-catequistas-2\/"},"modified":"2016-10-05T23:41:51","modified_gmt":"2016-10-06T04:41:51","slug":"10-de-diciembre-de-2000-jubileo-de-los-catequistas-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/10-de-diciembre-de-2000-jubileo-de-los-catequistas-2\/","title":{"rendered":"10 de diciembre de 2000, Jubileo de los catequistas"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">JUBILEO DE LOS CATEQUISTAS Y PROFESORES DE RELIGI&Oacute;N<\/font><\/b> <\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p>Domingo 10 de diciembre de 2000<\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"left\"><i><\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><span style=\"font-size:12.0pt;font-family:&quot;Times New Roman&quot;;mso-fareast-font-family:\n&quot;Times New Roman&quot;;mso-ansi-language:EN-US;mso-fareast-language:EN-US;\nmso-bidi-language:AR-SA\">1.&nbsp;&quot;Preparad el camino del Se&ntilde;or, allanad sus senderos&quot; (<i>Lc<\/i> 3, 4). Con estas palabras se dirige hoy a nosotros Juan el Bautista. Su figura asc&eacute;tica encarna, en cierto sentido, el significado de este tiempo de espera y de preparaci&oacute;n para la venida del Se&ntilde;or. En el desierto de Jud&aacute; proclama que ya ha llegado el tiempo del cumplimiento de las promesas y el reino de Dios est&aacute; cerca. Por eso, es preciso abandonar con urgencia las sendas del pecado y creer en el Evangelio (cf. <i>Mc<\/i> 1, 15).<\/p>\n<p> &iquest;Qu&eacute; figura pod&iacute;a ser m&aacute;s adecuada que la de Juan Bautista para vuestro jubileo, amad&iacute;simos catequistas y profesores de religi&oacute;n cat&oacute;lica? A todos vosotros, que hab&eacute;is venido desde diversos pa&iacute;ses, en representaci&oacute;n de numerosas Iglesias particulares, dirijo mi afectuoso saludo. Agradezco al se&ntilde;or cardenal Dar&iacute;o Castrill&oacute;n Hoyos, prefecto de la Congregaci&oacute;n para el clero, y a vuestros dos representantes, las amables palabras que, al comienzo de esta celebraci&oacute;n, me han dirigido en nombre de todos vosotros.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;En el Bautista encontr&aacute;is hoy <i>los rasgos fundamentales de vuestro servicio eclesial<\/i>. Al confrontaros con &eacute;l, os sent&iacute;s animados a realizar una verificaci&oacute;n de la misi&oacute;n que la Iglesia os conf&iacute;a. &iquest;Qui&eacute;n es Juan Bautista? Es, ante todo, un creyente comprometido personalmente en un <i>exigente camino espiritual<\/i>, fundado en la escucha atenta y constante de la <i>palabra de salvaci&oacute;n<\/i>. Adem&aacute;s, testimonia un estilo de vida <i>desprendido y pobre<\/i>; demuestra gran <i>valent&iacute;a al proclamar a todos la voluntad de Dios<\/i>, hasta sus &uacute;ltimas consecuencias. No cede a la tentaci&oacute;n f&aacute;cil de desempe&ntilde;ar un papel destacado, sino que, <i>con humildad<\/i>, se abaja a s&iacute; mismo para enaltecer a Jes&uacute;s.<\/p>\n<p> Como Juan Bautista, tambi&eacute;n el catequista est&aacute; llamado a indicar en Jes&uacute;s al Mes&iacute;as esperado, al Cristo. Tiene como misi&oacute;n <i>invitar a fijar la mirada en Jes&uacute;s y a seguirlo<\/i>, porque s&oacute;lo &eacute;l es el Maestro, el Se&ntilde;or, el Salvador. Como el Precursor, el catequista <i>no debe enaltecerse a s&iacute; mismo, sino a Cristo<\/i>. Todo est&aacute; orientado a &eacute;l:&nbsp; a su venida, a su presencia y a su misterio.<\/p>\n<p> El catequista debe ser <i>voz que remite a la Palabra<\/i>, amigo que gu&iacute;a hacia el Esposo. Y, sin embargo, como Juan, <i>tambi&eacute;n &eacute;l es, en cierto sentido, indispensable<\/i>, porque la experiencia de fe necesita siempre un mediador, que sea al mismo tiempo testigo. &iquest;Qui&eacute;n de nosotros no da gracias al Se&ntilde;or por un valioso catequista -sacerdote, religioso, religiosa o laico-, de quien se siente deudor por la primera exposici&oacute;n org&aacute;nica y comprometedora del misterio cristiano?<br \/> 3.&nbsp;Vuestra labor, queridos catequistas y profesores de religi&oacute;n, es muy necesaria y exige vuestra fidelidad constante a Cristo y a la Iglesia. En efecto, todos los fieles tienen derecho a recibir de quienes, por oficio o por mandato, son responsables de la catequesis y de la predicaci&oacute;n <i>respuestas no subjetivas, sino conformes al Magisterio constante de la Iglesia<\/i> y a la fe ense&ntilde;ada desde siempre autorizadamente por cuantos han sido constituidos maestros y vivida de modo ejemplar por los santos.<\/p>\n<p> A este prop&oacute;sito, quisiera recordar aqu&iacute; la importante exhortaci&oacute;n apost&oacute;lica <i>Quinque iam anni<\/i>, que el siervo de Dios Papa Pablo VI dirigi&oacute; al Episcopado cat&oacute;lico <i>cinco a&ntilde;os despu&eacute;s del concilio Vaticano II<\/i>, es decir, hace treinta a&ntilde;os, exactamente el 8 de diciembre de 1970. &Eacute;l, el Papa, denunciaba la peligrosa tendencia a construir, partiendo de datos psicol&oacute;gicos y sociol&oacute;gicos, un cristianismo desligado de la Tradici&oacute;n ininterrumpida que le une a la fe de los Ap&oacute;stoles (cf. <i>L&#8217;Osservatore Romano<\/i>, edici&oacute;n en lengua espa&ntilde;ola, 10 de enero de 1971, p. 2). Queridos hermanos, tambi&eacute;n a vosotros os corresponde colaborar con los obispos a fin de que <i>el esfuerzo necesario <\/i>para hacer que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo <i>comprendan el mensaje no traicione jam&aacute;s la verdad y la continuidad de la doctrina de la fe <\/i>(cf. <i>ib<\/i>., p. 3).<br \/> Pero no basta el conocimiento intelectual de Cristo y de su Evangelio. En efecto, creer en &eacute;l significa <i>seguirlo<\/i>. Por eso debemos ir a la escuela de los <i>Ap&oacute;stoles<\/i>, de los <i>confesores<\/i> de la fe, de los <i>santos<\/i> y de las <i>santas<\/i> de todos los tiempos, que han contribuido a difundir y hacer amar el nombre de Cristo, mediante <i>el testimonio de una vida<\/i> entregada generosa y gozosamente por &eacute;l y por los hermanos.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;A este respecto, el pasaje evang&eacute;lico de hoy nos invita a un esmerado examen de conciencia. San Lucas habla de &quot;allanar los senderos&quot;, &quot;elevar los valles&quot;, &quot;abajar los montes y colinas&quot;, para que todo hombre vea la salvaci&oacute;n de Dios (cf. <i>Lc<\/i> 3, 4-6). Esos &quot;valles que deben elevarse&quot; nos hacen pensar en la separaci&oacute;n, que se constata en algunos, entre la <i>fe<\/i> que profesan y la <i>vida<\/i> que viven diariamente:&nbsp; el Concilio consider&oacute; esta separaci&oacute;n como &quot;uno de los errores m&aacute;s graves de nuestro tiempo&quot; (<i>Gaudium et spes<\/i>, 43).<\/p>\n<p> Los &quot;senderos que deben allanarse&quot; evocan, adem&aacute;s, la condici&oacute;n de algunos creyentes que, del patrimonio integral e inmutable de la fe, cortan <i>elementos subjetivamente elegidos<\/i>, tal vez a la luz de la mentalidad dominante, y se alejan del camino recto de la espiritualidad evang&eacute;lica para tener como referencia vagos valores inspirados en un moralismo convencional e irenista. En realidad, aun viviendo en una sociedad multi&eacute;tnica y multirreligiosa, el cristiano no puede menos de sentir la urgencia del mandato misionero que impuls&oacute; a san Pablo a exclamar:&nbsp; &quot;&iexcl;Ay de m&iacute; si no anunciara el Evangelio!&quot; (<i>1 Co<\/i> 9, 16). En todas las circunstancias, en todos los ambientes, favorables o desfavorables, hay que proponer con valent&iacute;a el evangelio de Cristo, anuncio de felicidad para todas las personas, de cualquier edad, condici&oacute;n, cultura y naci&oacute;n.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;La Iglesia, consciente de ello, en los &uacute;ltimos decenios ha puesto mayor empe&ntilde;o a&uacute;n en la <i>renovaci&oacute;n de la catequesis<\/i> seg&uacute;n las ense&ntilde;anzas y el esp&iacute;ritu del concilio Vaticano II. Basta mencionar aqu&iacute; algunas importantes iniciativas eclesiales, entre las que figuran <i>las Asambleas del S&iacute;nodo de los obispos<\/i>, especialmente la de 1974 dedicada a la evangelizaci&oacute;n; y tambi&eacute;n los diversos documentos de la Santa Sede y de los Episcopados, editados durante estos decenios. Un lugar especial ocupa, naturalmente, el <i>Catecismo de la Iglesia cat&oacute;lica<\/i>, publicado en 1992, al que sigui&oacute;, hace tres a&ntilde;os, una nueva redacci&oacute;n del <i>Directorio general para la catequesis<\/i>. Esta abundancia de acontecimientos y documentos testimonia la solicitud de la Iglesia que, al entrar en el tercer milenio, se siente impulsada por el Se&ntilde;or a comprometerse con renovado impulso en el anuncio del mensaje evang&eacute;lico.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;La misi&oacute;n catequ&iacute;stica de la Iglesia tiene ante s&iacute; importantes objetivos. Los Episcopados est&aacute;n preparando los <i>catecismos nacionales<\/i>, que, a la luz del <i>Catecismo de la Iglesia cat&oacute;lica<\/i>, presentar&aacute;n la s&iacute;ntesis org&aacute;nica de la fe de modo adecuado a las &quot;diferencias de culturas, de edades, de la vida espiritual, de situaciones sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la catequesis&quot; (<i>Catecismo de la Iglesia cat&oacute;lica<\/i>, n. 24). Un anhelo sube del coraz&oacute;n y se convierte en oraci&oacute;n:&nbsp; que el mensaje cristiano, &iacute;ntegro y universal, <i>impregne todos los &aacute;mbitos y niveles de cultura y de responsabilidad social<\/i>. Y que, en particular, seg&uacute;n una gloriosa tradici&oacute;n, se traduzca <i>en el lenguaje del arte<\/i> y de la comunicaci&oacute;n social, para que llegue a los ambientes humanos m&aacute;s diversos.<\/p>\n<p> En este momento solemne, con gran afecto os animo a vosotros, comprometidos en las diversas modalidades catequ&iacute;sticas:&nbsp; desde la <i>catequesis parroquial<\/i>, que, en cierto sentido, es levadura de todas las dem&aacute;s, hasta la <i>catequesis familiar <\/i>y la que se imparte en las <i>escuelas cat&oacute;licas<\/i>, en las asociaciones, en los <i>movimientos <\/i>y en las <i>nuevas comunidades<\/i> eclesiales. La experiencia ense&ntilde;a que la calidad de la acci&oacute;n catequ&iacute;stica depende en gran medida de la presencia pastoralmente sol&iacute;cita y afectuosa de los <i>sacerdotes<\/i>. Queridos presb&iacute;teros, en particular vosotros, queridos p&aacute;rrocos, que no falte vuestra diligente laboriosidad en los itinerarios de iniciaci&oacute;n cristiana y en la formaci&oacute;n de los catequistas. Estad cerca de ellos, acompa&ntilde;adlos. Es un servicio muy importante que la Iglesia os pide.<\/p>\n<p> 7.&nbsp;&quot;Siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegr&iacute;a. Porque hab&eacute;is sido colaboradores m&iacute;os en la obra del Evangelio&quot; (<i>Flp<\/i> 1, 4-5). Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, de buen grado hago m&iacute;as las palabras del ap&oacute;stol san Pablo, que la liturgia de hoy vuelve a proponer, y os digo:&nbsp; vosotros, catequistas de todas las edades y condiciones, <i>est&aacute;is siempre presentes en mis oraciones<\/i>, y el recuerdo de vosotros, comprometidos en la difusi&oacute;n del Evangelio en todo el mundo y en todas las situaciones sociales, es para m&iacute; motivo de consuelo y esperanza. Junto con vosotros deseo hoy rendir homenaje a vuestros numerosos compa&ntilde;eros que <i>han pagado con todo tipo de sufrimientos, y a menudo tambi&eacute;n con la vida, <\/i>su fidelidad al Evangelio y a las comunidades a las que fueron enviados. Quiera Dios que su ejemplo sea est&iacute;mulo y aliento para cada uno de vosotros.<\/p>\n<p> &quot;Todos ver&aacute;n la salvaci&oacute;n de Dios&quot; (<i>Lc<\/i> 3, 6), as&iacute; proclamaba en el desierto Juan el Bautista, anunciando la plenitud de los tiempos. Hagamos nuestro este grito de esperanza, celebrando el jubileo del bimilenario de la Encarnaci&oacute;n. <i>Ojal&aacute; que todos vean en Cristo la salvaci&oacute;n de Dios<\/i>. Para eso, deben encontrarlo, conocerlo y seguirlo. Queridos hermanos, esta es la misi&oacute;n de la Iglesia; esta es vuestra misi&oacute;n. <i>El Papa os dice<\/i>:&nbsp; <i>&iexcl;Id!<\/i> Como el Bautista, preparad el camino del Se&ntilde;or que viene.<\/p>\n<p> Os gu&iacute;e y asista Mar&iacute;a sant&iacute;sima, la Virgen del Adviento, la Estrella de la nueva evangelizaci&oacute;n. Sed d&oacute;ciles, como ella, a la palabra divina, y que su <i>Magn&iacute;ficat<\/i> os impulse a la alabanza y a la valent&iacute;a prof&eacute;tica. As&iacute;, tambi&eacute;n gracias a vosotros, se realizar&aacute;n las palabras del Evangelio:&nbsp; &quot;Todos ver&aacute;n la salvaci&oacute;n de Dios&quot;.<\/p>\n<p> &iexcl;Alabado sea Jesucristo!<br \/><\/span> <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUBILEO DE LOS CATEQUISTAS Y PROFESORES DE RELIGI&Oacute;N HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 10 de diciembre de 2000 1.&nbsp;&quot;Preparad el camino del Se&ntilde;or, allanad sus senderos&quot; (Lc 3, 4). Con estas palabras se dirige hoy a nosotros Juan el Bautista. 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