{"id":40332,"date":"2016-10-05T23:41:59","date_gmt":"2016-10-06T04:41:59","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-noviembre-de-2000-jubileo-del-mundo-agricola\/"},"modified":"2016-10-05T23:41:59","modified_gmt":"2016-10-06T04:41:59","slug":"12-de-noviembre-de-2000-jubileo-del-mundo-agricola","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-noviembre-de-2000-jubileo-del-mundo-agricola\/","title":{"rendered":"12 de noviembre de 2000, Jubileo del mundo agr\u00edcola"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">JUBILEO DEL MUNDO AGR&Iacute;COLA<\/font><\/b><b><\/b><\/font><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><b> <\/b><\/font><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><b> <\/b><\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><br \/> <\/i> <i> <b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/i><font face=\"Times\" size=\"3\"><i><\/p>\n<p>Domingo 12 de noviembre de 2000<\/i><\/font><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><i> <\/i><\/font><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><i> <\/i> <\/font> <\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p align=\"left\"><span style=\"font-size:12.0pt;font-family:&quot;Times New Roman&quot;;mso-fareast-font-family:\n&quot;Times New Roman&quot;;mso-ansi-language:EN-US;mso-fareast-language:EN-US;\nmso-bidi-language:AR-SA\"><br \/>1.&nbsp;<i>&quot;El Se&ntilde;or mantiene su fidelidad perpetuamente&quot;<\/i> (<i>Sal<\/i> 146, 6).<\/p>\n<p> Precisamente para cantar esta fidelidad del Se&ntilde;or, que nos ha recordado el Salmo responsorial, vosotros, amad&iacute;simos hermanos y hermanas, os encontr&aacute;is hoy aqu&iacute; para vuestro jubileo. Me complace vuestro hermoso testimonio, que acaba de interpretar y expresar el obispo monse&ntilde;or Fernando Charrier, a quien doy las gracias de coraz&oacute;n. Saludo cordialmente tambi&eacute;n a las personalidades que han querido manifestar su adhesi&oacute;n, en representaci&oacute;n de diversos Estados y, sobre todo, de las organizaciones y organismos de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentaci&oacute;n.<\/p>\n<p> Saludo a los directivos y miembros de la &quot;Coldiretti&quot; y de las dem&aacute;s organizaciones de agricultores aqu&iacute; presentes, as&iacute; como a los miembros de las federaciones de panaderos, de las cooperativas agroalimentarias y de la Uni&oacute;n forestal de Italia. Vuestra m&uacute;ltiple presencia, amad&iacute;simos hermanos y hermanas, nos hace sentir vivamente la unidad de la familia humana y la dimensi&oacute;n universal de nuestra oraci&oacute;n, dirigida al &uacute;nico Dios, creador del universo y fiel al hombre.<\/p>\n<p> 2.<i>&nbsp;La fidelidad de Dios<\/i>. Para vosotros, hombres del mundo agr&iacute;cola, se trata de una experiencia diaria, repetida constantemente en la observaci&oacute;n de la naturaleza. Conoc&eacute;is el lenguaje de la tierra y de las semillas, de la hierba y de los &aacute;rboles, de la fruta y de las flores. En los m&aacute;s diversos paisajes, desde las altas monta&ntilde;as hasta las llanuras regadas, bajo los m&aacute;s diversos cielos, este lenguaje tiene su encanto, que os resulta familiar. En este lenguaje capt&aacute;is la fidelidad de Dios a las palabras que pronunci&oacute; el tercer d&iacute;a de la creaci&oacute;n:&nbsp; &quot;Haga brotar la tierra hierba verde que engendre semilla, y &aacute;rboles frutales&quot; (<i>Gn<\/i> 1, 11). Dentro del movimiento tranquilo y silencioso, pero lleno de vida de la naturaleza, sigue palpitando la complacencia originaria del Creador:&nbsp; &quot;Y vio Dios todo lo que hab&iacute;a hecho; y era muy bueno&quot; (<i>Gn<\/i> 1, 12).<\/p>\n<p> S&iacute;, <i>el Se&ntilde;or mantiene su fidelidad perpetuamente<\/i>. Y vosotros, expertos en este lenguaje de fidelidad -lenguaje antiguo y siempre nuevo-, sois naturalmente hombres agradecidos. Vuestro prolongado contacto con la maravilla de los productos de la tierra os permite percibirlos como un don inagotable de la Providencia divina. Por eso vuestra jornada anual es, por antonomasia, la &quot;Jornada de acci&oacute;n de gracias&quot;. Este a&ntilde;o, adem&aacute;s, reviste un valor espiritual m&aacute;s alto, al insertarse en el jubileo que celebra el bimilenario del nacimiento de Cristo. Hab&eacute;is venido para dar gracias por los frutos de la tierra, pero, ante todo, para reconocer en &eacute;l al Creador y, al mismo tiempo, el fruto m&aacute;s hermoso de nuestra tierra, el &quot;fruto&quot; del seno de Mar&iacute;a, el Salvador de la humanidad y, en cierto sentido, del &quot;cosmos&quot; mismo. En efecto, la creaci&oacute;n, como dice san Pablo, &quot;est&aacute; gimiendo toda ella con dolores de parto&quot;, y alberga la esperanza de ser liberada &quot;de la esclavitud de la corrupci&oacute;n&quot; (<i>Rm<\/i> 8, 21-22).<\/p>\n<p> 3.&nbsp;El &quot;gemido&quot; de la tierra nos lleva con el pensamiento a vuestro trabajo, amad&iacute;simos hombres y mujeres de la agricultura, <i>un trabajo muy importante, pero tambi&eacute;n muy arduo y duro<\/i>. En el pasaje que hemos escuchado del libro de los Reyes, se evoca precisamente una situaci&oacute;n t&iacute;pica de sufrimiento debida a la sequ&iacute;a. El profeta El&iacute;as, que padec&iacute;a hambre y sed, es protagonista y a la vez beneficiario de un milagro de la generosidad. Una pobre viuda lo socorre, compartiendo con &eacute;l el &uacute;ltimo pu&ntilde;ado de harina y las &uacute;ltimas gotas de su aceite; su generosidad abre el coraz&oacute;n de Dios, hasta el punto de que el profeta puede anunciar:&nbsp; &quot;La vasija de la harina no se vaciar&aacute;, la alcuza de aceite no se agotar&aacute;, hasta el d&iacute;a en que el Se&ntilde;or env&iacute;e la lluvia sobre la tierra&quot; (<i>1 R<\/i> 17, 14).<\/p>\n<p> Desde siempre la cultura del mundo agr&iacute;cola <i>ha estado marcada por el sentido del peligro que se cierne sobre las cosechas<\/i> a causa de las imprevisibles adversidades atmosf&eacute;ricas. Pero hoy, a los contratiempos tradicionales, se a&ntilde;aden a menudo otros <i>debidos a la negligencia del hombre<\/i>. La actividad agr&iacute;cola de nuestro tiempo ha tenido que afrontar las consecuencias de la industrializaci&oacute;n y el desarrollo no siempre ordenado de las &aacute;reas urbanas, con el fen&oacute;meno de la contaminaci&oacute;n ambiental y el desequilibrio ecol&oacute;gico, los vertederos de residuos t&oacute;xicos y la deforestaci&oacute;n. El cristiano, aun confiando siempre en la ayuda de la Providencia, no puede menos de emprender iniciativas responsables para lograr que se respete y promueva el valor de la tierra. Es necesario que el trabajo agr&iacute;cola est&eacute; cada vez m&aacute;s organizado y sostenido por seguros sociales que compensen plenamente el esfuerzo que implica y la gran utilidad que lo distingue. Si el mundo de la t&eacute;cnica m&aacute;s refinada no se armoniza con el lenguaje sencillo de la naturaleza en un equilibrio saludable, la vida del hombre correr&aacute; riesgos cada vez mayores, de los que ya vemos actualmente signos preocupantes.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Por tanto, amad&iacute;simos hermanos y hermanas, estad agradecidos con el Se&ntilde;or, pero, al mismo tiempo, sent&iacute;os <i>orgullosos de la tarea que os asigna vuestro trabajo<\/i>. Resistid a las tentaciones de una productividad y de unos beneficios que no respeten la naturaleza. Dios confi&oacute; la tierra al hombre &quot;para que la guardara y la cultivara&quot; (cf. <i>Gn<\/i> 2, 15). Cuando el hombre olvida este principio, convirti&eacute;ndose en tirano y no en custodio de la naturaleza, antes o despu&eacute;s esta se rebela.<\/p>\n<p> Pero vosotros, queridos hermanos, comprend&eacute;is muy bien que este principio de orden, que vale tanto para el trabajo agr&iacute;cola como para cualquier otro sector de la actividad humana, est&aacute; arraigado en el coraz&oacute;n del hombre. Por consiguiente, es precisamente <i>el &quot;coraz&oacute;n&quot; el primer terreno que hay que cultivar<\/i>. No por casualidad Jes&uacute;s quiso explicar la obra de la palabra de Dios recurriendo, con la par&aacute;bola del sembrador, a un ejemplo iluminador tomado del mundo agr&iacute;cola. La palabra de Dios es una semilla destinada a dar fruto abundante, pero, por desgracia, a menudo cae en un terreno poco adecuado, donde el pedregal, los abrojos y las espinas -expresiones m&uacute;ltiples de nuestro pecado- le impiden echar ra&iacute;ces y desarrollarse (cf. <i>Mt<\/i> 13, 3-23 y paralelos). Por esto, un Padre de la Iglesia, dirigi&eacute;ndose precisamente a un agricultor, dice:&nbsp; &quot;Por tanto, cuando est&eacute;s en el campo y contemples tu finca, piensa que tambi&eacute;n t&uacute; eres campo de Cristo, y presta atenci&oacute;n a ti mismo como a tu campo. Del mismo modo que exiges a tu obrero que &nbsp;cultive bien tu campo, as&iacute; tambi&eacute;n cultiva para el Se&ntilde;or Dios tu coraz&oacute;n&quot; (san Paulino de Nola,<i> Carta<\/i>&nbsp;39, 3<i> a Apro y Amanda<\/i>).<\/p>\n<p> Con vistas a este &quot;cultivo del esp&iacute;ritu&quot; hab&eacute;is venido hoy aqu&iacute; a celebrar vuestro jubileo. M&aacute;s que vuestro esfuerzo profesional, present&aacute;is al Se&ntilde;or el trabajo diario de purificaci&oacute;n de vuestro coraz&oacute;n:&nbsp; obra exigente, que jam&aacute;s lograr&iacute;amos realizar solos. Nuestra fuerza es Cristo, de quien la carta a los Hebreos acaba de recordarnos que &quot;se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, &nbsp;para &nbsp;destruir &nbsp;el &nbsp;pecado con el sacrificio de s&iacute; mismo&quot; (<i>Hb<\/i> 9, 26).<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Este sacrificio, realizado una vez para siempre en el G&oacute;lgota, se actualiza para nosotros cada vez que celebramos la Eucarist&iacute;a. En ella Cristo se hace presente, con su cuerpo y su sangre, para convertirse en nuestro alimento.<\/p>\n<p> &iexcl;Qu&eacute; significativo debe ser para vosotros, hombres del mundo agr&iacute;cola, contemplar sobre el altar este milagro, que corona y sublima las maravillas mismas de la naturaleza! &iquest;No se realiza un milagro diario cuando una semilla se transforma en espiga, y muchos granos de trigo maduran para ser molidos y convertirse en pan? &iquest;No es un milagro de la naturaleza un racimo de uvas que cuelga de los sarmientos de la vid? Ya todo esto entra&ntilde;a, misteriosamente, el signo de Cristo, puesto que &quot;por medio de &eacute;l se hizo todo, y sin &eacute;l no se hizo nada de lo que se ha hecho&quot; (cf. <i>Jn<\/i> 1, 3). Pero mayor a&uacute;n es el acontecimiento de gracia mediante el cual la Palabra y el Esp&iacute;ritu de Dios transforman el pan y el vino, &quot;fruto de la tierra y del trabajo del hombre&quot;, en cuerpo y sangre del Redentor. La gracia jubilar que hab&eacute;is venido a implorar no es m&aacute;s que sobreabundancia de gracia eucar&iacute;stica, &nbsp;fuerza &nbsp;que nos eleva y nos sana desde lo m&aacute;s profundo, injert&aacute;ndonos en Cristo.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;Ante esta gracia, la actitud que debemos asumir nos la sugiere el evangelio con el ejemplo de la viuda pobre que echa unas pocas monedas en el cepillo, pero en realidad da m&aacute;s que todos, porque no da de lo que le sobra, sino &quot;todo lo que ten&iacute;a para vivir&quot; (<i>Mc<\/i> 12, 44). Esa mujer desconocida imita as&iacute; la actitud de la viuda de Sarepta, que acogi&oacute; en su casa a&nbsp;El&iacute;as y comparti&oacute; con &eacute;l su comida. A ambas las sosten&iacute;a su confianza en el Se&ntilde;or. Ambas encuentran en la fe la fuerza de una caridad heroica.<\/p>\n<p> Esas dos viudas nos invitan a abrir de par en par nuestra celebraci&oacute;n jubilar hacia los horizontes de la caridad, abrazando a todos los pobres y necesitados del mundo. Lo que hagamos al m&aacute;s peque&ntilde;o de ellos, lo haremos a Cristo (cf. <i>Mt<\/i> 25, 40).<\/p>\n<p> Y no podemos olvidar que precisamente en el &aacute;mbito del trabajo agr&iacute;cola se dan situaciones humanas que nos interpelan profundamente. Pueblos enteros, que viven sobre todo del trabajo agr&iacute;cola en las regiones econ&oacute;micamente menos desarrolladas, se encuentran en condiciones de indigencia. Vastas regiones son devastadas por las frecuentes calamidades naturales. Y, a veces, a estas desgracias se a&ntilde;aden las consecuencias de guerras que, adem&aacute;s de causar v&iacute;ctimas, siembran destrucci&oacute;n, obligan a las poblaciones a abandonar territorios f&eacute;rtiles, y en ocasiones los contaminan con pertrechos b&eacute;licos y sustancias nocivas.<\/p>\n<p> 7.&nbsp;El jubileo naci&oacute; en Israel como <i>un gran tiempo de reconciliaci&oacute;n y redistribuci&oacute;n de los bienes<\/i>. Ciertamente, acoger hoy este mensaje no significa limitarse a dar un peque&ntilde;o &oacute;bolo. Es preciso contribuir a una cultura de la solidaridad que, tambi&eacute;n en el &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico, tanto nacional como internacional, fomente iniciativas generosas y eficaces en beneficio de los pueblos menos favorecidos.<\/p>\n<p> Queremos recordar hoy en nuestra oraci&oacute;n a todos estos hermanos, proponi&eacute;ndonos traducir nuestro amor a ellos en solidaridad activa, para que todos, sin excepci&oacute;n, puedan gozar de los frutos de la &quot;madre tierra&quot; y llevar una vida digna de los hijos de Dios.<br \/><\/span> <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUBILEO DEL MUNDO AGR&Iacute;COLA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 12 de noviembre de 2000 1.&nbsp;&quot;El Se&ntilde;or mantiene su fidelidad perpetuamente&quot; (Sal 146, 6). 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