{"id":40352,"date":"2016-10-05T23:42:16","date_gmt":"2016-10-06T04:42:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-octubre-de-2000-jubileo-de-los-obispos\/"},"modified":"2016-10-05T23:42:16","modified_gmt":"2016-10-06T04:42:16","slug":"8-de-octubre-de-2000-jubileo-de-los-obispos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/8-de-octubre-de-2000-jubileo-de-los-obispos\/","title":{"rendered":"8 de octubre de 2000, Jubileo de los Obispos"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">JUBILEO DE LOS OBISPOS<\/font><\/b> <\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"> <i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<br \/><\/font><\/b> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <br \/>Domingo 8 de octubre de 2000<\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\" style=\"text-align:center\"><b><\/b><\/p>\n<p><b> <\/b><\/p>\n<p><b> <\/b><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"left\">1.&nbsp;&quot;<i>Conc&eacute;denos, Se&ntilde;or, la sabidur&iacute;a del coraz&oacute;n&quot;<\/i> (<i>Salmo responsorial<\/i>).<\/p>\n<p> Hoy la plaza de San Pedro se asemeja a <i>un gran Cen&aacute;culo<\/i>, pues acoge a obispos de todas las partes del mundo, que han venido a Roma para celebrar su jubileo. La memoria del ap&oacute;stol san Pedro, evocada por su tumba bajo el altar de la gran bas&iacute;lica vaticana, invita a volver espiritualmente <i>a la primera sede del Colegio apost&oacute;lico<\/i>, el Cen&aacute;culo de Jerusal&eacute;n, donde recientemente tuve la alegr&iacute;a de celebrar la Eucarist&iacute;a, durante mi peregrinaci&oacute;n a Tierra Santa.<br \/> Un puente ideal, que cruza siglos y continentes, une hoy el Cen&aacute;culo a esta plaza, en la que se han dado cita los que, en el A&ntilde;o santo 2000, son los <i>sucesores de aquellos primeros Ap&oacute;stoles de Cristo<\/i>. A todos vosotros, amad&iacute;simos y venerados hermanos, os doy un abrazo cordial, que extiendo con el mismo afecto a cuantos no han podido venir, pero est&aacute;n unidos espiritualmente a nosotros desde sus sedes.<\/p>\n<p> Juntos hagamos nuestra la invocaci&oacute;n del Salmo:&nbsp; &quot;Conc&eacute;denos, Se&ntilde;or, la sabidur&iacute;a del coraz&oacute;n&quot;. En esta <i>sapientia cordis<\/i>, que es don de Dios, podemos resumir el fruto de nuestra convocaci&oacute;n jubilar. Consiste en la configuraci&oacute;n interior con Cristo, Sabidur&iacute;a del Padre, mediante la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo. Para obtener este don, indispensable para el buen gobierno de la Iglesia, nosotros, los pastores, debemos ser los primeros en pasar a trav&eacute;s de &eacute;l, &quot;puerta de las ovejas&quot; (<i>Jn<\/i> 10, 7). Debemos imitarlo a &eacute;l, &quot;buen Pastor&quot; (<i>Jn<\/i> 10, 11.&nbsp;14), para que los fieles, escuch&aacute;ndonos a nosotros, lo escuchen a &eacute;l y, sigui&eacute;ndonos a nosotros, lo sigan a &eacute;l, &uacute;nico Salvador, ayer, hoy y siempre.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;Dios concede la sabidur&iacute;a del coraz&oacute;n <i>mediante su Palabra<\/i>, viva, eficaz, capaz de penetrar hasta lo m&aacute;s &iacute;ntimo del hombre, como nos ha dicho el autor de la carta a los Hebreos (cf. <i>Hb<\/i> 4, 12) en el pasaje que acabamos de proclamar. La Palabra divina, despu&eacute;s de haber &nbsp;sido &nbsp;dirigida &nbsp;&quot;en distintas ocasiones &nbsp;y &nbsp;de muchas maneras antiguamente a nuestros padres por los profetas&quot; (<i>Hb<\/i> 1, 1), en los &uacute;ltimos tiempos fue enviada a los hombres en la persona misma del Hijo (cf. <i>Hb<\/i> 1, 2).<\/p>\n<p> Nosotros, los pastores, en virtud del <i>munus docendi<\/i>, estamos llamados a ser heraldos cualificados de esta Palabra. &quot;Quien a vosotros os escucha, a m&iacute; me escucha&quot; (<i>Lc<\/i> 10, 16). Es una <i>tarea exaltante<\/i>, pero tambi&eacute;n <i>una gran responsabilidad<\/i>. Se nos ha confiado una palabra viva. Por tanto, debemos anunciarla con nuestra vida, antes que con nuestros labios. Es una palabra que coincide con la persona de Cristo mismo, el &quot;Verbo hecho carne&quot; (<i>Jn<\/i> 1, 14). Por consiguiente, es <i>el rostro de Cristo<\/i> lo que hemos de mostrar a los hombres; es <i>su cruz <\/i>lo que debemos anunciarles, haci&eacute;ndolo con el vigor de san Pablo:&nbsp; &quot;Nunca entre vosotros me preci&eacute; de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado&quot; (<i>1 Co<\/i> 2, 2).<\/p>\n<p> 3.&nbsp;&quot;Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 28). Esta afirmaci&oacute;n de san Pedro expresa la radicalidad de la elecci&oacute;n que se exige al ap&oacute;stol, una radicalidad que resulta m&aacute;s clara a la luz del di&aacute;logo exigente de Jes&uacute;s con el joven rico. Como condici&oacute;n para la vida eterna, el Maestro le indic&oacute; la observancia de los mandamientos. Ante su deseo de mayor perfecci&oacute;n, le respondi&oacute; con una mirada de amor y una propuesta totalitaria:&nbsp; &quot;Anda, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -as&iacute; tendr&aacute;s un tesoro en el cielo-, y luego s&iacute;gueme&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 21). Sobre estas palabras de Cristo cay&oacute;, como si el cielo se hubiera oscurecido repentinamente, la tristeza del rechazo. Entonces Jes&uacute;s pronunci&oacute; una de sus sentencias m&aacute;s severas:&nbsp; &quot;&iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil es entrar en el reino de Dios!&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 24). Pero &eacute;l mismo, ante el desconcierto de los Ap&oacute;stoles, mitig&oacute; esa sentencia, recurriendo al poder de Dios:&nbsp; &quot;Nada es imposible para Dios&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 27).<\/p>\n<p> La intervenci&oacute;n de san Pedro se convierte en expresi&oacute;n de la gracia con que Dios transforma al hombre y lo hace capaz de una entrega total. &quot;Lo hemos dejado todo y te hemos seguido&quot; (<i>Mc<\/i> 10, 28). <i>As&iacute; es como se llega a ser ap&oacute;stol<\/i>. Y as&iacute; es como se experimenta tambi&eacute;n el cumplimiento de la promesa de Cristo sobre el &quot;ciento por uno&quot;:&nbsp; el ap&oacute;stol que ha dejado todo por seguir a Cristo ya vive en esta tierra, a pesar de las inevitables pruebas, una existencia realizada y gozosa.<br \/> Venerados hermanos, &iexcl;c&oacute;mo no expresar en este momento <i>nuestra gratitud al Se&ntilde;or por el don de la vocaci&oacute;n<\/i>, primero al sacerdocio y despu&eacute;s a su plenitud en el episcopado! Dirigiendo la mirada atr&aacute;s, a las vicisitudes de nuestra vida, una gran emoci&oacute;n nos invade el coraz&oacute;n al constatar de cu&aacute;ntas maneras el Se&ntilde;or nos ha demostrado su amor y su misericordia. &nbsp;En &nbsp;verdad, <i>&quot;misericordias Domini in aeternum cantabo!&quot; <\/i>(<i>Sal<\/i> 89, 2).<\/p>\n<p> 4.&nbsp;<i>Para el obispo, <\/i>sucesor de los Ap&oacute;stoles, <i>Cristo lo es todo<\/i>. Puede repetir a diario con san Pablo:&nbsp; &quot;Para m&iacute; la vida es Cristo&#8230;&quot; (<i>Flp<\/i> 1, 21). Esto es lo que &eacute;l debe <i>testimoniar con toda su conducta<\/i>. El concilio Vaticano II ense&ntilde;a:&nbsp; &quot;Los obispos han de prestar atenci&oacute;n a su misi&oacute;n apost&oacute;lica como testigos de Cristo ante todos los hombres&quot; (<i>Christus Dominus<\/i>, 11).<\/p>\n<p> Al hablar de los obispos como <i>testigos<\/i>, no puedo por menos de hacer memoria, en esta solemne celebraci&oacute;n jubilar, de los numerosos <i>obispos<\/i> que, en el arco de dos milenios, han dado a Cristo el supremo testimonio del martirio, siguiendo el ejemplo de los Ap&oacute;stoles y fecundando la Iglesia con el derramamiento de su sangre.<\/p>\n<p> En el siglo XX, de modo particular, <i>han abundando estos testigos<\/i>, algunos de los cuales yo mismo he tenido la alegr&iacute;a de elevar al honor de los altares. Hace una semana inscrib&iacute; en el <i>cat&aacute;logo de los santos<\/i> a cuatro obispos m&aacute;rtires en China:&nbsp; Gregorio Grassi, Antonino Fantosati, Francisco Fogolla y Luis Versiglia. Entre los <i>beatos<\/i>, veneramos a Miguel Kozal, Antonio Juli&aacute;n Nowowiejski, Le&oacute;n Wetmanski y Ladislao Goral, que murieron en los campos de concentraci&oacute;n nazis. A ellos se a&ntilde;aden Diego Ventaja Mil&aacute;n, Manuel Medina Olmos, Anselmo Polanco y Florentino Asensio Barroso, asesinados durante la guerra civil espa&ntilde;ola. Adem&aacute;s, en el largo invierno del totalitarismo comunista, florecieron en Europa oriental los beatos m&aacute;rtires Guillermo Apor, h&uacute;ngaro, Vicente Eugenio Bossilkov, b&uacute;lgaro, y Luis Stepinac, croata.<\/p>\n<p> Al mismo tiempo, es justo y necesario dar gracias a Dios por todos los <i>pastores sabios y generosos<\/i> que, a lo largo de los siglos, han ilustrado a la Iglesia con sus ense&ntilde;anzas y sus ejemplos. &iexcl;Cu&aacute;ntos santos y beatos <i>confesores<\/i> hay entre los obispos! Pienso, por ejemplo, en las luminosas figuras de san Carlos Borromeo y san Francisco de Sales; pienso tambi&eacute;n en los Papas P&iacute;o IX y Juan XXIII, a quienes recientemente tuve la alegr&iacute;a de proclamar beatos.<\/p>\n<p> Amad&iacute;simos hermanos, &quot;rodeados por una nube tan grande de testigos&quot; (<i>Hb<\/i> 12, 1), <i>renovemos nuestra respuesta al don de Dios<\/i>, que recibimos con la ordenaci&oacute;n episcopal. &quot;Quit&eacute;monos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jes&uacute;s&quot;, Pastor de los pastores (<i>Hb<\/i> 12, 1-2).<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Al considerar el misterio de la Iglesia y su misi&oacute;n en el mundo contempor&aacute;neo, el concilio ecum&eacute;nico Vaticano II sinti&oacute; la necesidad de dedicar una atenci&oacute;n especial al oficio pastoral de los obispos. Hoy, en el umbral del tercer milenio, el desaf&iacute;o de la <i>nueva evangelizaci&oacute;n <\/i>pone ulteriormente de relieve el ministerio episcopal:&nbsp; el pastor es el primer responsable y animador de la comunidad eclesial, tanto en la exigencia de comuni&oacute;n como en la proyecci&oacute;n misionera. Frente al relativismo y al subjetivismo que contaminan gran parte de la cultura contempor&aacute;nea, <i>los obispos est&aacute;n llamados a defender y promover la unidad doctrinal<\/i> de sus fieles. Sol&iacute;citos por las situaciones en las que se pierde o ignora la fe, trabajan con todas sus fuerzas en favor de la <i>evangelizaci&oacute;n<\/i>, preparando para ello a sacerdotes, religiosos y laicos y poniendo a su disposici&oacute;n los recursos necesarios (cf. <i>Christus Dominus<\/i>, 6).<\/p>\n<p> Recordando la ense&ntilde;anza conciliar (cf. <i>ib.<\/i>, 7), hoy queremos expresar desde esta plaza nuestra <i>solidaridad fraterna a los obispos que son objeto de persecuci&oacute;n<\/i>, a los que se encuentran en la c&aacute;rcel y a los que impiden ejercer su ministerio. Y, en nombre del v&iacute;nculo sacramental, extendemos con afecto el recuerdo y la oraci&oacute;n <i>a nuestros hermanos sacerdotes que sufren esas mismas pruebas<\/i>. La Iglesia les agradece el bien inestimable que, con su oraci&oacute;n y su sacrificio, aportan al Cuerpo m&iacute;stico.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Descienda sobre nosotros la bondad del Se&ntilde;or, nuestro Dios, y haga pr&oacute;speras las obras de nuestras manos, &iexcl;prospere la obra de nuestras manos!&quot; (<i>Sal<\/i> 89, 17).<br \/> En nuestro jubileo, amad&iacute;simos hermanos en el episcopado, la bondad del Se&ntilde;or ha descendido con abundancia sobre nosotros. La luz y la fuerza que brotan de ella sin duda har&aacute;n pr&oacute;speras &quot;las obras de nuestras manos&quot;, es decir, el trabajo que se nos ha confiado en el campo de Dios que es la Iglesia.<\/p>\n<p> En estas jornadas jubilares, para nuestro apoyo y consuelo, hemos querido subrayar la presencia de Mar&iacute;a sant&iacute;sima, nuestra Madre, en medio de nosotros. Lo hicimos ayer por la tarde, con el rezo en com&uacute;n del rosario, y lo hacemos hoy, con el <i>Acto de consagraci&oacute;n<\/i>, que realizaremos al final de la misa. Es un acto que viviremos <i>con esp&iacute;ritu colegial<\/i>, sintiendo cercanos a nosotros a los numerosos obispos que, desde sus sedes respectivas, se unen a nuestra celebraci&oacute;n, realizando con sus fieles este mismo acto. La venerada imagen de la Virgen de F&aacute;tima, que tenemos la alegr&iacute;a de acoger en medio de nosotros, nos ayuda a revivir la experiencia del primer Colegio apost&oacute;lico, reunido en oraci&oacute;n en el Cen&aacute;culo con Mar&iacute;a, la Madre de Jes&uacute;s.<\/p>\n<p> <i>Reina de los Ap&oacute;stoles, ruega con nosotros y por nosotros<\/i>, para que el Esp&iacute;ritu Santo descienda con abundancia sobre la Iglesia, a fin de que resplandezca en el mundo cada vez m&aacute;s unida, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica. Am&eacute;n. <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUBILEO DE LOS OBISPOS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II Domingo 8 de octubre de 2000 1.&nbsp;&quot;Conc&eacute;denos, Se&ntilde;or, la sabidur&iacute;a del coraz&oacute;n&quot; (Salmo responsorial). 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