{"id":40359,"date":"2016-10-05T23:42:29","date_gmt":"2016-10-06T04:42:29","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-septiembre-de-2000-clausura-del-congreso-mariologico-mariano-internacional\/"},"modified":"2016-10-05T23:42:29","modified_gmt":"2016-10-06T04:42:29","slug":"24-de-septiembre-de-2000-clausura-del-congreso-mariologico-mariano-internacional","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-septiembre-de-2000-clausura-del-congreso-mariologico-mariano-internacional\/","title":{"rendered":"24 de septiembre de 2000, Clausura del Congreso mariol\u00f3gico-mariano internacional"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">MISA DE CLAUSURA DEL XX CONGRESO<br \/>MARIOL&Oacute;GICO-MARIANO INTERNACIONAL<br \/><\/font><\/b><\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\" style=\"text-align:center\"><font size=\"4\"><b><i><font face=\"Times\">HOMIL&Iacute;A <\/font> <\/i> <\/b><\/font><i><font size=\"4\"><b><font face=\"Times\">DE JUAN PABLO II<br \/> <\/font> <\/b><\/font><font face=\"Times\" size=\"3\"><br \/>&nbsp;Domingo 24 de septiembre de 2000 <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"justify\"><i>Amad&iacute;simos hermanos y hermanas:&nbsp;<\/i><\/p>\n<p> 1.&nbsp;&quot;Acercando a un ni&ntilde;o, lo puso en medio de ellos&quot; (<i>Mc<\/i> 9, 36). Este singular gesto de Jes&uacute;s, que nos recuerda el evangelio que acabamos de proclamar, viene inmediatamente despu&eacute;s de la recomendaci&oacute;n con la que el Maestro hab&iacute;a exhortado a sus disc&iacute;pulos a no desear el primado del poder, sino el del servicio. Una ense&ntilde;anza que debi&oacute; impactar profundamente a los Doce, que acababan de &quot;discutir sobre qui&eacute;n era el m&aacute;s importante&quot; (<i>Mc<\/i> 9, 34). Se podr&iacute;a decir que el Maestro sent&iacute;a la necesidad de ilustrar una ense&ntilde;anza tan dif&iacute;cil con <i>la elocuencia de un gesto lleno de ternura<\/i>. Abraz&oacute; a un ni&ntilde;o, que seg&uacute;n los par&aacute;metros de aquella &eacute;poca no contaba para nada, y casi se identific&oacute; con &eacute;l:&nbsp; &quot;El que acoge a un ni&ntilde;o como este en mi nombre, me acoge a m&iacute;&quot; (<i>Mc<\/i> 9,&nbsp;37).<\/p>\n<p> En esta eucarist&iacute;a, que concluye el XX Congreso mariol&oacute;gico-mariano internacional y el jubileo mundial de los santuarios marianos, me agrada asumir como perspectiva de reflexi&oacute;n precisamente <i>ese singular icono evang&eacute;lico<\/i>. En &eacute;l se expresa, antes que una doctrina moral, una indicaci&oacute;n <i>cristol&oacute;gica<\/i> e, indirectamente, una indicaci&oacute;n <i>mariana.<br \/><\/i><br \/> En el abrazo al ni&ntilde;o Cristo revela ante todo la delicadeza de su coraz&oacute;n, capaz de todas las vibraciones de la sensibilidad y del afecto. Se nota, en primer lugar, <i>la ternura del Padre<\/i>, que desde la eternidad, en el Esp&iacute;ritu Santo, lo ama y en su rostro humano ve al &quot;Hijo predilecto&quot; en el que se complace (cf.<i> Mc<\/i> 1, 11; 9, 7). Se aprecia tambi&eacute;n <i>la ternura plenamente femenina y materna<\/i> con la que lo rode&oacute; <i>Mar&iacute;a<\/i> en los largos a&ntilde;os transcurridos en la casa de Nazaret. La tradici&oacute;n cristiana, sobre todo en la Edad Media, sol&iacute;a contemplar frecuentemente a la Virgen abrazando al ni&ntilde;o Jes&uacute;s. Por ejemplo, Aelredo de Rievaulx se dirige afectuosamente a Mar&iacute;a invit&aacute;ndola a abrazar al Hijo que, despu&eacute;s de tres d&iacute;as, hab&iacute;a encontrado en el templo (cf. <i>Lc<\/i> 2, 40-50):&nbsp; &quot;Abraza, dulc&iacute;sima Se&ntilde;ora, abraza a Aquel a quien amas; arr&oacute;jate a su cuello, abr&aacute;zalo y b&eacute;salo, y compensa los tres d&iacute;as de su ausencia con m&uacute;ltiples delicias&quot; (<i>De Iesu puero duodenni<\/i> 8:&nbsp; <i>SCh<\/i> 60, p. 64).<\/p>\n<p> 2.&nbsp;&quot;Quien quiera ser el primero, que sea el &uacute;ltimo de todos y el servidor de todos&quot; (<i>Mc<\/i> 9, 35). En el icono del abrazo al ni&ntilde;o se manifiesta toda la fuerza de este principio, que en la persona de Jes&uacute;s, y luego tambi&eacute;n en la de Mar&iacute;a, encuentra su realizaci&oacute;n ejemplar.<\/p>\n<p> Nadie puede decir como Jes&uacute;s que es el &quot;primero&quot;. En efecto, &eacute;l es el &quot;primero y el &uacute;ltimo, el alfa y la omega&quot; (cf.&nbsp;<i>Ap<\/i> 22, 13), el resplandor de la gloria del Padre (cf. <i>Hb<\/i> 1, 3). A &eacute;l, en la resurrecci&oacute;n, se le concedi&oacute; &quot;el nombre que est&aacute; sobre todo nombre&quot; (<i>Flp<\/i> 2, 9). Pero, en la pasi&oacute;n, &eacute;l se manifest&oacute; tambi&eacute;n &quot;el &uacute;ltimo de todos&quot; y, como &quot;servidor de todos&quot;, no dud&oacute; en lavar los pies a sus disc&iacute;pulos (cf. <i>Jn<\/i> 13, 14).<\/p>\n<p> Muy de cerca lo sigue Mar&iacute;a en este abajamiento. Ella, que tuvo la misi&oacute;n de la maternidad divina y los excepcionales privilegios que la sit&uacute;an por encima de toda otra criatura, se siente ante todo &quot;la esclava del Se&ntilde;or&quot; (<i>Lc<\/i> 1, 38.&nbsp;48) y se dedica totalmente al servicio de su Hijo divino. Y, con pronta disponibilidad, tambi&eacute;n se convierte en <i>&quot;servidora&quot; de sus hermanos<\/i>, como lo muestran muy bien los episodios evang&eacute;licos de la Visitaci&oacute;n y las bodas de Can&aacute;.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;Por eso, el principio enunciado por Jes&uacute;s en el evangelio ilumina tambi&eacute;n la grandeza de Mar&iacute;a. <i>Su &quot;primado&quot; est&aacute; enraizado en su &quot;humildad&quot;.<\/i> Precisamente en esta humildad Dios la llam&oacute; y la colm&oacute; de sus favores, convirti&eacute;ndola en la <i>kexaritwmSnh<\/i>, la llena de gracia (cf. <i>Lc<\/i> 1, 28). Ella misma confiesa en el <i>Magn&iacute;ficat<\/i>:&nbsp; &quot;Ha mirado la humillaci&oacute;n de su esclava. (&#8230;) El Poderoso ha hecho obras grandes por m&iacute;&quot; (<i>Lc<\/i>&nbsp;1,&nbsp;48-49).<\/p>\n<p> En el Congreso mariol&oacute;gico que acaba de concluir, hab&eacute;is fijado la mirada en las &quot;obras grandes&quot; realizadas en Mar&iacute;a, considerando su dimensi&oacute;n m&aacute;s interior y profunda, es decir, su <i>relaci&oacute;n especial&iacute;sima con la Trinidad<\/i>. Si Mar&iacute;a es la <i>Theot&oacute;kos<\/i>, la Madre del Hijo unig&eacute;nito de Dios, no nos ha de sorprender que tambi&eacute;n goce de una relaci&oacute;n completamente &uacute;nica con el Padre y el Esp&iacute;ritu Santo.<\/p>\n<p> Ciertamente, esta relaci&oacute;n no le evit&oacute;, en su vida terrena, las pruebas de la condici&oacute;n humana:&nbsp; <i>Mar&iacute;a vivi&oacute; plenamente la realidad diaria de numerosas familias humildes de su tiempo<\/i>, experiment&oacute; la pobreza, el dolor, la fuga, el exilio y la incomprensi&oacute;n. As&iacute; pues, su grandeza espiritual no la &quot;aleja&quot; de nosotros:&nbsp; recorri&oacute; nuestro camino y <i>ha sido solidaria con nosotros en la&nbsp;&quot;peregrinaci&oacute;n de la fe&quot;<\/i> (<i>Lumen gentium<\/i>, 58). Pero en este camino interior Mar&iacute;a cultiv&oacute; una fidelidad absoluta al designio de Dios. Precisamente en el abismo de esta fidelidad reside tambi&eacute;n el abismo de grandeza que la transforma en &quot;la criatura m&aacute;s humilde y elevada&quot; (Dante, <i>Para&iacute;so<\/i> XXXIII, 2).<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Mar&iacute;a destaca ante nosotros sobre todo como &quot;hija predilecta&quot; (<i>Lumen gentium<\/i>, 53) del Padre. Si todos hemos sido llamados por Dios &quot;a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo&quot; (cf. <i>Ef<\/i> 1,&nbsp;5), &quot;hijos en el Hijo&quot;, esto vale de modo singular para ella, que tiene el privilegio de poder repetir con plena verdad humana las palabras pronunciadas por Dios Padre sobre Jes&uacute;s:&nbsp; &quot;T&uacute; eres mi Hijo&quot; (cf. <i>Lc<\/i> 3, 22; 2, 48). Para llevar a cabo su tarea materna, fue dotada de una excepcional santidad, en la que descansa la mirada del Padre.<\/p>\n<p> Con la segunda persona de la Trinidad, el Verbo encarnado, Mar&iacute;a tiene una relaci&oacute;n &uacute;nica, al participar directamente en el misterio de la Encarnaci&oacute;n. Ella es la Madre y, como tal, Cristo la honra y la ama. Al mismo tiempo, ella lo reconoce como su Dios y Se&ntilde;or, haci&eacute;ndose su <i>disc&iacute;pula con coraz&oacute;n atento y fiel<\/i> (cf. <i>Lc<\/i> 2, 19.&nbsp;51) y su <i>compa&ntilde;era generosa en la obra de la redenci&oacute;n<\/i> (cf. <i>Lumen gentium<\/i>, 61). En el Verbo encarnado y en Mar&iacute;a la distancia infinita entre el Creador y la criatura se ha transformado en m&aacute;xima cercan&iacute;a; ellos son el espacio santo de las misteriosas bodas de la naturaleza divina con la humana, el lugar donde la Trinidad se manifiesta por vez primera y donde Mar&iacute;a representa a la humanidad nueva, dispuesta a reanudar, con amor obediente, el di&aacute;logo de la alianza.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Y &iquest;qu&eacute; decir de su relaci&oacute;n con el Esp&iacute;ritu Santo? <i>Mar&iacute;a es el &quot;sagrario&quot; pur&iacute;simo donde &eacute;l habita<\/i>. La tradici&oacute;n cristiana ve en Mar&iacute;a el prototipo de la respuesta d&oacute;cil a la moci&oacute;n interior del Esp&iacute;ritu, el modelo de una plena acogida de sus dones. El Esp&iacute;ritu sostiene su fe, fortalece su esperanza y reaviva la llama de su amor. El Esp&iacute;ritu hace fecunda su virginidad e inspira su c&aacute;ntico de alegr&iacute;a. El Esp&iacute;ritu ilumina su meditaci&oacute;n sobre la Palabra, abri&eacute;ndole progresivamente la inteligencia a la comprensi&oacute;n de la misi&oacute;n de su Hijo. Y es tambi&eacute;n el Esp&iacute;ritu quien consuela su coraz&oacute;n quebrantado en el Calvario y la prepara, en la espera orante del Cen&aacute;culo, para recibir la plena efusi&oacute;n de los dones de Pentecost&eacute;s.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, ante este misterio de gracia se ve muy bien cu&aacute;n apropiados han sido en el A&ntilde;o jubilar los dos acontecimientos que concluyen con esta celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica:&nbsp; el Congreso mariol&oacute;gico-mariano internacional y el jubileo mundial de los santuarios marianos. &iquest;No estamos celebrando el bimilenario del nacimiento de Cristo? As&iacute; pues, es natural que el <i>jubileo del Hijo sea tambi&eacute;n el jubileo de la Madre<\/i>.<\/p>\n<p> Por tanto, es de desear que, entre los frutos de este a&ntilde;o de gracia, adem&aacute;s de un amor m&aacute;s intenso a Cristo, se cuente tambi&eacute;n el de <i>una renovada piedad mariana<\/i>. S&iacute;, hay que amar y honrar mucho a Mar&iacute;a, pero con una devoci&oacute;n que, para ser aut&eacute;ntica, debe <i>estar bien fundada en la Escritura y en la Tradici&oacute;n<\/i>, valorando ante todo la liturgia y sacando de ella una orientaci&oacute;n segura para las manifestaciones m&aacute;s espont&aacute;neas de la religiosidad popular; debe expresarse <i>en el esfuerzo por imitar a la Toda santa<\/i> en un camino de perfecci&oacute;n personal; debe <i>alejarse de toda forma de superstici&oacute;n y de credulidad vana<\/i>, acogiendo en su sentido correcto, en sinton&iacute;a con el discernimiento eclesial, las manifestaciones extraordinarias con las que la sant&iacute;sima Virgen suele concederse para el bien del pueblo de Dios; y debe ser <i>capaz de remontarse siempre hasta la fuente de la grandeza de Mar&iacute;a<\/i>, convirti&eacute;ndose en incesante <i>Magn&iacute;ficat<\/i> de alabanza al Padre, al Hijo y al Esp&iacute;ritu Santo.<\/p>\n<p> 7.&nbsp;Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, &quot;el que acoge a un ni&ntilde;o como este en mi nombre, me acoge a m&iacute;&quot;, nos ha dicho Jes&uacute;s en el Evangelio. Con mayor raz&oacute;n, podr&iacute;a decirnos:&nbsp; &quot;El que acoge a mi Madre, me acoge a m&iacute;&quot;. Y Mar&iacute;a, por su parte, acogida con amor filial, nos se&ntilde;ala una vez m&aacute;s a su Hijo, como hizo en las bodas de Can&aacute;:&nbsp; &quot;Haced lo que &eacute;l os diga&quot; (<i>Jn<\/i> 2, 5).<\/p>\n<p> Queridos hermanos, que esta sea la consigna de la celebraci&oacute;n jubilar de hoy que une, en una sola alabanza, a Cristo y a su Madre sant&iacute;sima. A cada uno de vosotros deseo que reciba abundantes frutos espirituales de ella y se sienta estimulado a una aut&eacute;ntica renovaci&oacute;n de vida. <i>Ad Iesum per Mariam!<\/i> Am&eacute;n. <\/p>\n<p align=\"justify\">&nbsp; <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>MISA DE CLAUSURA DEL XX CONGRESOMARIOL&Oacute;GICO-MARIANO INTERNACIONAL HOMIL&Iacute;A DE JUAN PABLO II &nbsp;Domingo 24 de septiembre de 2000 &nbsp; Amad&iacute;simos hermanos y hermanas:&nbsp; 1.&nbsp;&quot;Acercando a un ni&ntilde;o, lo puso en medio de ellos&quot; (Mc 9, 36). 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