{"id":40360,"date":"2016-10-05T23:42:30","date_gmt":"2016-10-06T04:42:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/17-de-septiembre-de-2000-jubileo-de-la-tercera-edad\/"},"modified":"2016-10-05T23:42:30","modified_gmt":"2016-10-06T04:42:30","slug":"17-de-septiembre-de-2000-jubileo-de-la-tercera-edad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/17-de-septiembre-de-2000-jubileo-de-la-tercera-edad\/","title":{"rendered":"17 de septiembre de 2000, Jubileo de la tercera edad"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <b><font color=\"#663300\">JUBILEO DE LA TERCERA EDAD <\/font><\/b> <\/font> <\/p>\n<p align=\"center\"> <i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/><\/font><\/b> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <br \/>Domingo 17 de septiembre de 2000<\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\" style=\"text-align:center\"><i><\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"justify\">1.&nbsp;&quot;Vosotros, &iquest;qui&eacute;n dec&iacute;s que soy yo?&quot; (<i>Mc<\/i> 8, 29). Esta es la pregunta que Cristo formula a sus disc&iacute;pulos, despu&eacute;s de haberlos interrogado sobre la opini&oacute;n com&uacute;n de la gente. As&iacute; profundiza el di&aacute;logo con sus disc&iacute;pulos, casi oblig&aacute;ndolos a dar una respuesta m&aacute;s directa y personal. En nombre de todos Pedro responde con prontitud y claridad de fe:&nbsp; &quot;T&uacute; eres el Mes&iacute;as&quot; (<i>Mc<\/i> 8, 29).<\/p>\n<p> El di&aacute;logo de Jes&uacute;s con los Ap&oacute;stoles, que hemos vuelto a escuchar hoy en esta plaza con ocasi&oacute;n del <i>jubileo de la tercera edad<\/i>, nos impulsa a ahondar en el significado del acontecimiento que estamos celebrando.&nbsp;En el A&ntilde;o jubilar que recuerda el bimilenario del nacimiento de Cristo, toda la Iglesia eleva al Se&ntilde;or, de un modo muy particular, &quot;una gran plegaria de alabanza y de acci&oacute;n de gracias sobre todo por el don de la encarnaci&oacute;n del Hijo de Dios y de la redenci&oacute;n realizada por &eacute;l&quot; (<i>Tertio millennio adveniente<\/i>, 32).<\/p>\n<p> &quot;Vosotros, &iquest;qui&eacute;n dec&iacute;s que soy yo?&quot;. Ante esta pregunta, que nos sigue interpelando, <i>estamos aqu&iacute; para hacer nuestra la respuesta de Pedro<\/i>, reconociendo en Cristo al Verbo encarnado, al Se&ntilde;or de nuestra vida.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;Amad&iacute;simos hermanos y hermanas que hab&eacute;is venido en peregrinaci&oacute;n a Roma para vuestro jubileo, os doy mi m&aacute;s cordial bienvenida, feliz de celebrar con vosotros este singular momento de gracia y de comuni&oacute;n eclesial.<\/p>\n<p> Os saludo a todos con afecto. Dirijo un saludo particular al se&ntilde;or cardenal James Francis Stafford y a todos los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio aqu&iacute; presentes. Env&iacute;o un recuerdo afectuoso a todos los obispos y sacerdotes ancianos del mundo entero, as&iacute; como a cuantos en la vida religiosa o laical han gastado sus energ&iacute;as en el cumplimiento de los deberes de su estado. &iexcl;Gracias por vuestro ejemplo de amor, de entrega y de fidelidad a la vocaci&oacute;n recibida!<\/p>\n<p> Deseo expresar mi aprecio a cuantos han afrontado dificultades y molestias con tal de no faltar a esta cita. Sin embargo, al mismo tiempo, mi pensamiento va tambi&eacute;n a todas las personas ancianas, solas o enfermas, que no han podido salir de su casa, pero que est&aacute;n espiritualmente unidas a nosotros y siguen esta celebraci&oacute;n a trav&eacute;s de la radio y la televisi&oacute;n. A cuantos se encuentran en situaciones precarias o en dificultades particulares, les aseguro mi cercan&iacute;a cordial y mi recuerdo en la oraci&oacute;n.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;El jubileo de la tercera edad, que hoy celebramos, reviste una importancia particular si se considera la presencia creciente de las personas ancianas en la sociedad actual. Celebrar el jubileo significa, ante todo, recoger <i>el mensaje de Cristo para esas personas<\/i>, pero, a la vez, <i>atesorar el mensaje de experiencia y sabidur&iacute;a que ellas mismas transmiten<\/i> en esta etapa particular de su vida. Para muchas de ellas, la tercera edad es el tiempo de <i>reorganizar la propia vida<\/i>, haciendo fructificar la experiencia y las capacidades adquiridas.<\/p>\n<p> En realidad, como subray&eacute; en la <i>Carta a los ancianos<\/i> (cf. n. 13), <i>tambi&eacute;n la edad avanzada es un tiempo de gracia<\/i>, que invita a unirse con amor m&aacute;s intenso al misterio salv&iacute;fico de Cristo y a participar m&aacute;s profundamente en su proyecto de salvaci&oacute;n. Queridos ancianos, la Iglesia os mira con amor y confianza, comprometi&eacute;ndose a favorecer la realizaci&oacute;n de un ambiente humano, social y espiritual en cuyo seno todas las personas puedan vivir de forma plena y digna esta importante etapa de su vida.<\/p>\n<p> Precisamente durante estos d&iacute;as, el Consejo pontificio para los laicos ha querido dar una contribuci&oacute;n a este aspecto de la pastoral, promoviendo una reflexi&oacute;n sobre el tema:&nbsp; &quot;El don de una larga vida:&nbsp; responsabilidad y esperanza&quot;. He apreciado mucho esta iniciativa, y espero que este simposio estimule a las familias, al personal religioso y laico de las casas que acogen a los ancianos, as&iacute; como a todos los agentes implicados en el servicio a la tercera edad, a contribuir activamente a la renovaci&oacute;n de un compromiso social y pastoral espec&iacute;fico. En efecto, a&uacute;n se puede hacer mucho para acrecentar la conciencia de las exigencias de los ancianos, para ayudarles a expresar mejor sus capacidades, para facilitar su participaci&oacute;n activa en la vida de la Iglesia y, sobre todo, para lograr que se respete y valore siempre y en todo lugar su dignidad de personas.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Todo esto lo iluminan las <i>lecturas de este domingo<\/i>, que nos invitan a profundizar el modo como se ha realizado el designio salv&iacute;fico de Dios. Hemos escuchado en el libro del profeta Isa&iacute;as <i>la descripci&oacute;n del Siervo sufriente<\/i>, que es el retrato de una persona que se pone totalmente a disposici&oacute;n de Dios. &quot;El Se&ntilde;or me abri&oacute; el o&iacute;do; yo no resist&iacute;, ni me ech&eacute; atr&aacute;s&quot; (<i>Is<\/i> 50, 5). El Siervo de Yahveh acepta la misi&oacute;n que se le ha encomendado, aunque es dif&iacute;cil y llena de peligros:&nbsp; la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme&nbsp;incluso en medio de la&nbsp;adversidad.<\/p>\n<p> El misterio de sufrimiento y de redenci&oacute;n anunciado por la figura del Siervo de&nbsp;Yahveh<i> se&nbsp;realiz&oacute;&nbsp;plenamente&nbsp;en&nbsp;Cristo<\/i>. Como hemos escuchado en el evangelio de hoy, Jes&uacute;s comenz&oacute; a ense&ntilde;ar a los Ap&oacute;stoles &quot;que el Hijo del hombre ten&iacute;a que padecer mucho&quot; (<i>Mc<\/i> 8, 31). A primera vista, esta perspectiva resulta humanamente dif&iacute;cil de aceptar, como lo muestra tambi&eacute;n la reacci&oacute;n inmediata de Pedro y de los Ap&oacute;stoles (cf. <i>Mc<\/i> 8, 32-35). &iquest;Y c&oacute;mo podr&iacute;a ser de otro modo? El sufrimiento no puede por menos de causar miedo. Pero precisamente en el sufrimiento redentor de Cristo est&aacute; <i>la verdadera respuesta al desaf&iacute;o del dolor<\/i>, que tanto influye en nuestra condici&oacute;n humana. En efecto,&nbsp;Cristo tom&oacute; sobre s&iacute; nuestros sufrimientos y carg&oacute; con nuestros dolores,&nbsp;ilumin&aacute;ndolos,&nbsp;mediante su cruz y su resurrecci&oacute;n, con una luz nueva de esperanza y de vida.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Queridos hermanos y hermanas, amigos ancianos, en un mundo como el actual, en el que a menudo se mitifican la fuerza y la potencia, <i>ten&eacute;is la misi&oacute;n de testimoniar los valores que cuentan de verdad,<\/i> m&aacute;s all&aacute; de las apariencias, y que permanecen para siempre porque est&aacute;n inscritos en el coraz&oacute;n de todo ser humano y garantizados por la palabra de Dios.<\/p>\n<p> Precisamente por ser personas de la llamada &quot;tercera edad&quot;, ten&eacute;is una contribuci&oacute;n espec&iacute;fica que dar al desarrollo de una <i>aut&eacute;ntica &quot;cultura de la vida&quot; <\/i>-ten&eacute;is, o mejor, tenemos, porque tambi&eacute;n yo pertenezco a vuestra edad-, testimoniando que cada momento de la existencia es un don de Dios y cada etapa de la vida humana tiene sus riquezas propias que hay que poner a disposici&oacute;n de todos.<\/p>\n<p> Vosotros mismos experiment&aacute;is c&oacute;mo el tiempo que pasa sin el agobio de tantas ocupaciones puede favorecer una reflexi&oacute;n m&aacute;s profunda y un di&aacute;logo m&aacute;s amplio con Dios en la oraci&oacute;n. Adem&aacute;s, vuestra madurez os impulsa a compartir con los m&aacute;s j&oacute;venes la sabidur&iacute;a acumulada con la experiencia, sosteni&eacute;ndolos en su esfuerzo por crecer y dedic&aacute;ndoles tiempo y atenci&oacute;n en el momento en el que se abren al futuro y buscan su camino en la vida. Pod&eacute;is realizar en favor de&nbsp;ellos una tarea&nbsp;realmente valiosa.<\/p>\n<p> Amad&iacute;simos hermanos y hermanas, la Iglesia os contempla con gran estima y confianza. <i>La Iglesia os necesita<\/i>. Pero tambi&eacute;n la sociedad civil necesita de vosotros. Eso lo dije hace un mes a los j&oacute;venes y ahora os lo digo a vosotros ancianos, a nosotros ancianos. La Iglesia necesita de nosotros, pero tambi&eacute;n la sociedad civil nos necesita. Sabed emplear generosamente el tiempo que ten&eacute;is a disposici&oacute;n y los talentos que Dios os ha concedido, ayudando y apoyando a los dem&aacute;s. Contribuid a anunciar el Evangelio como catequistas, animadores de la liturgia y testigos de vida cristiana. Dedicad tiempo y energ&iacute;as a la oraci&oacute;n, a la lectura de la palabra de Dios y a reflexionar sobre ella.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Yo, por las obras, te demostrar&eacute; mi fe&quot; (<i>St<\/i> 2, 18). Con estas palabras el ap&oacute;stol Santiago nos ha invitado a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valent&iacute;a, nuestra fe en Cristo, especialmente a trav&eacute;s de nuestras obras de caridad y solidaridad para con los necesitados (cf. <i>St<\/i> 2, 15-16).<\/p>\n<p> Hoy doy gracias al Se&ntilde;or por nuestros numerosos hermanos que testimonian esa fe operante en el servicio diario a los ancianos, pero tambi&eacute;n por el gran n&uacute;mero de ancianos que, en la medida de sus posibilidades, siguen prodig&aacute;ndose a&uacute;n por los dem&aacute;s.<\/p>\n<p> En esta alegre celebraci&oacute;n del jubileo de la tercera edad quer&eacute;is renovar <i>vuestra profesi&oacute;n de fe en Cristo<\/i>, &uacute;nico Salvador del hombre, y <i>vuestra adhesi&oacute;n a la Iglesia<\/i>, mediante el compromiso de una vida vivida con amor.<\/p>\n<p> Juntos queremos hoy dar gracias por el don de la encarnaci&oacute;n del Hijo de Dios y de la redenci&oacute;n que realiz&oacute;. Prosigamos la peregrinaci&oacute;n de nuestra existencia diaria con la certeza de que la historia humana en su conjunto y tambi&eacute;n la historia personal de cada uno forman parte de un plan divino, iluminado por el misterio de la resurrecci&oacute;n de Cristo.<\/p>\n<p> Pidamos a Mar&iacute;a, Virgen peregrina en la fe y nuestra Madre celestial, que nos acompa&ntilde;e a lo largo del camino de la vida y nos ayude a pronunciar como ella nuestro &quot;s&iacute;&quot; a la voluntad de Dios, cantando junto con ella nuestro <i>Magn&iacute;ficat<\/i>, con la confianza y la alegr&iacute;a perenne del coraz&oacute;n. <\/p>\n<p align=\"justify\">&nbsp; <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>JUBILEO DE LA TERCERA EDAD HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 17 de septiembre de 2000 1.&nbsp;&quot;Vosotros, &iquest;qui&eacute;n dec&iacute;s que soy yo?&quot; (Mc 8, 29). 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