{"id":40395,"date":"2016-10-05T23:43:21","date_gmt":"2016-10-06T04:43:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-marzo-de-2000-jornada-del-perdon\/"},"modified":"2016-10-05T23:43:21","modified_gmt":"2016-10-06T04:43:21","slug":"12-de-marzo-de-2000-jornada-del-perdon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/12-de-marzo-de-2000-jornada-del-perdon\/","title":{"rendered":"12 de marzo de 2000, Jornada del perd\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><span lang=\"IT\" style=\"mso-ansi-language:IT\"><i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE JUAN PABLO II<\/p>\n<p><\/font><\/b><\/i> <font face=\"Times\" size=\"3\"> SANTA MISA DE LA JORNADA DEL PERD&Oacute;N<br \/>DEL A&Ntilde;O SANTO 2000 <\/p>\n<p><i>&nbsp;<br \/>Primer&nbsp; domingo de Cuaresma, 12 de marzo <\/i><\/font><\/span><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><i> <\/i><\/font><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"><i> <\/i> <\/font> <\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\"><span lang=\"IT\" style=\"mso-ansi-language:IT\">. <\/span><\/p>\n<\/p>\n<p><span lang=\"IT\" style=\"mso-ansi-language:IT\">1.&nbsp;&quot;En nombre de Cristo os suplicamos:&nbsp; &iexcl;reconciliaos con Dios! A quien no conoci&oacute; pecado, le hizo pecado por nosotros, para que vini&eacute;semos a ser justicia de Dios en &eacute;l&quot; (<i>2 Co<\/i> 5, 20-21).<\/p>\n<p> La Iglesia relee estas palabras de san Pablo cada a&ntilde;o, el mi&eacute;rcoles de Ceniza, al comienzo de la Cuaresma. Durante el tiempo cuaresmal, la Iglesia desea unirse de modo particular a Cristo, que, impulsado interiormente por el Esp&iacute;ritu Santo, inici&oacute; su misi&oacute;n mesi&aacute;nica dirigi&eacute;ndose al desierto, donde ayun&oacute; durante cuarenta d&iacute;as y cuarenta noches (cf. <i>Mc<\/i> 1, 12-13).<\/p>\n<p> Al t&eacute;rmino de ese ayuno fue tentado por Satan&aacute;s, como narra sint&eacute;ticamente, en la liturgia de hoy, el evangelista san Marcos (cf. <i>Mc<\/i> 1, 13). San Mateo y san Lucas, en cambio, tratan con mayor amplitud ese combate de Cristo en el desierto y su victoria definitiva sobre el tentador:&nbsp; &quot;Vete, Satan&aacute;s, porque est&aacute; escrito:&nbsp; &quot;Al Se&ntilde;or tu Dios adorar&aacute;s, y s&oacute;lo a &eacute;l dar&aacute;s culto&quot;&quot; (<i>Mt<\/i> 4, 10).<br \/> Quien habla as&iacute; es aquel &quot;que no conoci&oacute; pecado&quot; (<i>2 Co<\/i> 5, 21), Jes&uacute;s, &quot;el Santo de Dios&quot; (<i>Mc<\/i> 1, 24).<\/p>\n<p> 2.&nbsp;&quot;A quien no conoci&oacute; pecado, le hizo pecado por nosotros&quot; (<i>2 Co<\/i> 5, 21). Acabamos de escuchar en la segunda lectura esta afirmaci&oacute;n sorprendente del Ap&oacute;stol. &iquest;Qu&eacute; significan estas palabras? Parecen una paradoja y, efectivamente, lo son. &iquest;C&oacute;mo pudo Dios, que es la santidad misma, &quot;hacer pecado&quot; a su Hijo unig&eacute;nito, enviado al mundo? Sin embargo, esto es precisamente lo que leemos en el pasaje de la segunda carta de san Pablo a los Corintios. Nos encontramos ante un misterio:&nbsp; misterio que, a primera vista, resulta desconcertante, pero que se inscribe claramente en la Revelaci&oacute;n divina.<\/p>\n<p> Ya en el Antiguo Testamento, el libro de Isa&iacute;as habla de ello con inspiraci&oacute;n prof&eacute;tica en el cuarto canto del Siervo de Yahveh:&nbsp; &quot;Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno march&oacute; por su camino, y el Se&ntilde;or descarg&oacute; sobre &eacute;l la culpa de todos nosotros&quot; (<i>Is<\/i> 53, 6).<\/p>\n<p> Cristo, el Santo, a pesar de estar absolutamente sin pecado, acepta tomar sobre s&iacute; nuestros pecados. Acepta para redimirnos; acepta cargar con nuestros pecados para cumplir la misi&oacute;n recibida del Padre, que, como escribe el evangelista san Juan, &quot;tanto am&oacute; al mundo que dio a su Hijo &uacute;nico, para que todo el que crea en &eacute;l (&#8230;) tenga vida eterna&quot; (<i>Jn<\/i> 3, 16).<\/p>\n<p> 3.&nbsp;Ante Cristo que, por amor, carg&oacute; con nuestras iniquidades, todos estamos invitados a <i>un profundo examen de conciencia<\/i>. Uno de los elementos caracter&iacute;sticos del gran jubileo es el que he calificado como &quot;purificaci&oacute;n de la memoria&quot; (<i>Incarnationis mysterium<\/i>, 11). Como Sucesor de Pedro, he pedido que &quot;en este a&ntilde;o de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Se&ntilde;or, se postre ante Dios e implore perd&oacute;n por los pecados pasados y presentes de sus hijos&quot; (<i>ib.<\/i>). Este primer domingo de Cuaresma me ha parecido la ocasi&oacute;n propicia para que la Iglesia, reunida espiritualmente en torno al Sucesor de Pedro, implore el perd&oacute;n divino por las culpas de todos los creyentes. <i>&iexcl;Perdonemos y pidamos perd&oacute;n!<\/p>\n<p> <\/i>Esta exhortaci&oacute;n ha suscitado en la comunidad eclesial una profunda y provechosa reflexi&oacute;n, que ha llevado a la publicaci&oacute;n, en d&iacute;as pasados, de un documento de la Comisi&oacute;n teol&oacute;gica internacional, titulado: <i> &quot;Memoria y reconciliaci&oacute;n:&nbsp; la Iglesia y las culpas del pasado<\/i>&quot;. Doy las gracias a todos los que han contribuido a la elaboraci&oacute;n de este texto. Es muy &uacute;til para una comprensi&oacute;n y aplicaci&oacute;n correctas de la aut&eacute;ntica petici&oacute;n de perd&oacute;n, fundada en la <i>responsabilidad objetiva<\/i> que une a los cristianos, en cuanto miembros del Cuerpo m&iacute;stico, y que impulsa a los fieles de hoy a reconocer, adem&aacute;s de sus culpas propias, las de los cristianos de ayer, a la luz de un cuidadoso discernimiento hist&oacute;rico y teol&oacute;gico. En efecto, &quot;por el v&iacute;nculo que une a unos y otros en el Cuerpo m&iacute;stico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el &nbsp;&uacute;nico que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido&quot; (<i>Incarnationis mysterium<\/i>, 11). Reconocer las desviaciones del pasado sirve para despertar nuestra conciencia ante los compromisos del presente, abriendo a cada uno el camino de la conversi&oacute;n.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;<i>&iexcl;Perdonemos y pidamos perd&oacute;n! <\/i>A la vez que alabamos a Dios, que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero y de entrega total a Cristo y al pr&oacute;jimo, no podemos menos de reconocer <i>las infidelidades al Evangelio que han cometido algunos de nuestros hermanos<\/i>, especialmente durante el segundo milenio. Pidamos perd&oacute;n por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad adoptadas a veces con respecto a los seguidores de otras religiones.<\/p>\n<p> Confesemos, con mayor raz&oacute;n, <i>nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales<\/i>. Frente al ate&iacute;smo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo &eacute;tico, a las violaciones del derecho a la vida, al desinter&eacute;s por la pobreza de numerosos pa&iacute;ses, no podemos menos de preguntarnos cu&aacute;les son nuestras responsabilidades.<\/p>\n<p> Por la parte que cada uno de nosotros, con sus comportamientos, ha tenido en estos males, contribuyendo a desfigurar el rostro de la Iglesia, pidamos humildemente perd&oacute;n.<\/p>\n<p> Al mismo tiempo que confesamos nuestras culpas, <i>perdonemos las culpas cometidas por los dem&aacute;s contra nosotros. <\/i>En el curso de la historia los cristianos han sufrido muchas veces atropellos, prepotencias y persecuciones a causa de su fe. Al igual que perdonaron las v&iacute;ctimas de dichos abusos, as&iacute; tambi&eacute;n perdonemos nosotros. La Iglesia de hoy y de siempre se siente comprometida a <i>purificar la memoria<\/i> de esos tristes hechos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el jubileo se transforma para todos en ocasi&oacute;n propicia de profunda conversi&oacute;n al Evangelio. De la acogida del perd&oacute;n divino brota el compromiso de perdonar a los hermanos y de reconciliaci&oacute;n rec&iacute;proca.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Pero &iquest;qu&eacute; significa para nosotros el t&eacute;rmino &quot;reconciliaci&oacute;n&quot;? Para captar su sentido y su valor exactos, es necesario ante todo darse cuenta de la posibilidad de la divisi&oacute;n, de la separaci&oacute;n. S&iacute;, el hombre es la &uacute;nica criatura en la tierra que puede establecer una relaci&oacute;n de comuni&oacute;n con su Creador, pero tambi&eacute;n es <i>la &uacute;nica que puede separarse de &eacute;l<\/i>. De hecho, por desgracia, con frecuencia se aleja de Dios.<\/p>\n<p> Afortunadamente, muchos, como el hijo pr&oacute;digo, del que habla el evangelio de san Lucas (cf. <i>Lc<\/i> 15, 13), despu&eacute;s de abandonar la casa paterna y disipar la herencia recibida, al tocar fondo, se dan cuenta de todo lo que han perdido (cf.<i>&nbsp;Lc<\/i> 15, 13-17). Entonces, emprenden el camino de vuelta:&nbsp; &laquo; Me levantar&eacute;, ir&eacute; a mi padre y le dir&eacute;:&nbsp; &quot;Padre, pequ&eacute;&#8230;&quot; &raquo; (<i>Lc<\/i> 15, 18).<\/p>\n<p> Dios, bien representado por el padre de la par&aacute;bola, acoge a todo hijo pr&oacute;digo que vuelve a &eacute;l. Lo acoge por medio de Cristo, en quien el pecador puede volver a ser &quot;justo&quot; con la justicia de Dios. Lo acoge, porque hizo pecado por nosotros a su Hijo eterno. S&iacute;, s&oacute;lo por medio de Cristo podemos llegar a ser justicia de Dios (cf. <i>2 Co<\/i> 5, 21).<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Dios tanto am&oacute; al mundo que dio a su Hijo &uacute;nico&quot;. &iexcl;&Eacute;ste es en s&iacute;ntesis, el significado, del misterio de la redenci&oacute;n del mundo! Hay que darse cuenta plenamente del valor del gran don que el Padre nos ha hecho en Jes&uacute;s. Es necesario que ante la mirada de nuestra alma se presente Cristo, el Cristo de Getseman&iacute;, el Cristo flagelado, coronado de espinas, con la cruz a cuestas y, por &uacute;ltimo, crucificado. Cristo tom&oacute; sobre s&iacute; el peso de los pecados de todos los hombres, el peso de nuestros pecados, para que, en virtud de su sacrificio salv&iacute;fico, pudi&eacute;ramos reconciliarnos con Dios.<\/p>\n<p> Saulo de Tarso, convertido en san Pablo, se presenta hoy ante nosotros como testigo:&nbsp; &eacute;l experiment&oacute;, de modo singular, la fuerza de la cruz en el camino de Damasco. El Resucitado se le manifest&oacute; con todo el esplendor de su poder:&nbsp; &quot;Saulo, Saulo, &iquest;por qu&eacute; me persigues? <\/span>(&#8230;) &iquest;Qui&eacute;n eres, Se&ntilde;or? (&#8230;) Yo soy Jes&uacute;s, a quien t&uacute; persigues&quot; (<i>Hch<\/i> 9, 4-5). <span lang=\"IT\" style=\"mso-ansi-language:IT\">San Pablo, que experiment&oacute; con tanta fuerza el poder de la cruz de Cristo, se dirige hoy a nosotros con una ardiente s&uacute;plica:&nbsp; &quot;Os exhortamos a que no recib&aacute;is en vano la gracia de Dios&quot;. San Pablo insiste en que esta gracia nos la ofrece Dios mismo, que nos dice hoy a nosotros:&nbsp; &quot;En el tiempo favorable te escuch&eacute; y en el d&iacute;a de salvaci&oacute;n te ayud&eacute;&quot; (<i>2 Co<\/i> 6, 2).<\/p>\n<p> Mar&iacute;a, Madre del perd&oacute;n, ay&uacute;danos a acoger la gracia del perd&oacute;n que el jubileo nos ofrece abundantemente. Haz que la Cuaresma de este extraordinario A&ntilde;o santo sea para todos los creyentes, y para cada hombre que busca a Dios, el momento favorable, el tiempo de la reconciliaci&oacute;n, el tiempo de la salvaci&oacute;n. <br \/><\/span><\/p>\n<\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DE JUAN PABLO II SANTA MISA DE LA JORNADA DEL PERD&Oacute;NDEL A&Ntilde;O SANTO 2000 &nbsp;Primer&nbsp; domingo de Cuaresma, 12 de marzo . 1.&nbsp;&quot;En nombre de Cristo os suplicamos:&nbsp; &iexcl;reconciliaos con Dios! 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