{"id":40428,"date":"2016-10-05T23:44:56","date_gmt":"2016-10-06T04:44:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/27-de-octubre-de-2001-clausura-de-la-x-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos\/"},"modified":"2016-10-05T23:44:56","modified_gmt":"2016-10-06T04:44:56","slug":"27-de-octubre-de-2001-clausura-de-la-x-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/27-de-octubre-de-2001-clausura-de-la-x-asamblea-general-ordinaria-del-sinodo-de-los-obispos\/","title":{"rendered":"27 de octubre de 2001, Clausura de la X Asamblea General Ordinaria del S\u00ednodo de los Obispos\u00a0"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<br \/>DURANTE LA MISA DE CLAUSURA<br \/>DE LA X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA<br \/>DEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS<\/font><\/b><\/p>\n<p>S&aacute;bado 27 de octubre de 2001&nbsp;<\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp; <\/p>\n<p align=\"left\">1.<i>&nbsp;&quot;Anunciaremos a los pueblos la salvaci&oacute;n del Se&ntilde;or&quot;<\/i> (<i>Salmo responsorial<\/i>).<\/p>\n<p> Estas palabras del Salmo responsorial expresan bien nuestra actitud interior, venerables hermanos, al concluir la X&nbsp;Asamblea ordinaria del S&iacute;nodo de los obispos. La prolongada y profunda discusi&oacute;n sobre el tema del episcopado ha renovado en cada uno de nosotros la apasionada conciencia de la misi&oacute;n que nos ha encomendado nuestro Se&ntilde;or Jesucristo. Con fervor apost&oacute;lico, en nombre de todo el Colegio episcopal que aqu&iacute; representamos, reunidos junto a la tumba del ap&oacute;stol san Pedro, queremos reiterar nuestra adhesi&oacute;n al mandato del Resucitado:&nbsp; &quot;Anunciaremos a los pueblos la salvaci&oacute;n del Se&ntilde;or&quot;.<\/p>\n<p> <i>Es casi un nuevo punto de partida, <\/i>en la l&iacute;nea del gran jubileo del a&ntilde;o 2000 y al inicio del tercer milenio cristiano. Al clima jubilar nos ha remitido la primera lectura, el or&aacute;culo mesi&aacute;nico de Isa&iacute;as, tantas veces repetido durante el A&ntilde;o santo. Es <i>un anuncio lleno de esperanza <\/i>para todos los pobres y los afligidos. Es la inauguraci&oacute;n del &quot;a&ntilde;o de misericordia del Se&ntilde;or&quot; (<i>Is<\/i> 61, 2), que tuvo en el jubileo su expresi&oacute;n fuerte, pero que trasciende todo calendario para extenderse a cualquier lugar a donde llegue la presencia salv&iacute;fica de Cristo y de su Esp&iacute;ritu.<\/p>\n<p> Al volver a escuchar hoy este anuncio, nos sentimos confirmados en la convicci&oacute;n expresada al final del gran jubileo:&nbsp; <i>&quot;la puerta viva que es Cristo&quot; permanece m&aacute;s abierta que nunca para las generaciones del nuevo milenio<\/i> (cf.<i>&nbsp;Novo millennio ineunte<\/i>, 59). En efecto, Cristo es la esperanza del mundo. La Iglesia y, de manera particular, los Ap&oacute;stoles y sus sucesores, tienen la misi&oacute;n de <i>difundir su Evangelio hasta los confines de la tierra<\/i>.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;La exhortaci&oacute;n del ap&oacute;stol san Pedro a los &quot;ancianos&quot;, que hemos escuchado en la segunda lectura, as&iacute; como el pasaje del evangelio que acabamos de proclamar, utilizan la <i>simbolog&iacute;a del pastor y de la grey, <\/i>presentando el ministerio de Cristo y de los Ap&oacute;stoles en clave &quot;pastoral&quot;. &quot;Apacentad la grey de Dios que os ha sido encomendada&quot; escribe san Pedro, recordando el mandato que &eacute;l mismo hab&iacute;a recibido de Cristo:&nbsp; &quot;Apacienta mis corderos. (&#8230;) Apacienta mis ovejas&quot; (<i>Jn<\/i> 21, 15.&nbsp;16.&nbsp;17). Y es a&uacute;n m&aacute;s significativa la autorrevelaci&oacute;n del Hijo de Dios:&nbsp; &quot;Yo soy el buen pastor&quot; (<i>Jn<\/i> 10, 11), con la connotaci&oacute;n sacrificial:&nbsp; &quot;Doy la vida por las ovejas&quot; (cf. <i>Jn<\/i> 10, 15).<\/p>\n<p> Por esto, san Pedro se define &quot;testigo de los sufrimientos de Cristo y part&iacute;cipe de la gloria que est&aacute; para manifestarse&quot; (<i>1 P<\/i> 5, 1). En la Iglesia, el pastor es ante todo portador de este testimonio pascual y escatol&oacute;gico, que <i>culmina en la celebraci&oacute;n de la Eucarist&iacute;a, <\/i>memorial de la muerte del Se&ntilde;or y anuncio de su vuelta gloriosa. Por tanto, la celebraci&oacute;n de la <i>Eucarist&iacute;a <\/i>es <i>la acci&oacute;n pastoral por excelencia:&nbsp; <\/i>el &quot;Haced esto en memoria m&iacute;a&quot; no s&oacute;lo implica la repetici&oacute;n ritual de la Cena, sino tambi&eacute;n, como consecuencia, la disponibilidad a ofrecerse a s&iacute; mismos por la grey, siguiendo el ejemplo de lo que hizo &eacute;l durante su vida y, sobre todo, en su muerte.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;La imagen del buen pastor ha sido <i>evocada muchas veces<\/i> durante estas semanas <i>en las intervenciones en la sala sinodal. <\/i>En efecto, es el &quot;icono&quot; que ha inspirado a lo largo de los siglos a muchos santos obispos y que describe, mejor que ning&uacute;n otro, las tareas y el estilo de vida de los sucesores de los Ap&oacute;stoles. Desde esta perspectiva, no se puede por menos de observar c&oacute;mo la Asamblea sinodal que hoy concluimos est&aacute; idealmente muy vinculada a todo el magisterio que la Iglesia nos ha dejado en el curso de su historia. Baste pensar, por ejemplo, en el <i>concilio de Trento, <\/i>del cual nos separan casi cuatro siglos y medio. Una de las razones por las cuales ese concilio ha tenido un enorme influjo innovador en el camino del pueblo de Dios, es seguramente el haber vuelto a proponer la <i>cura animarum<\/i> como tarea primera y principal de los obispos, comprometidos a <i>residir de manera estable con su grey <\/i>y a formarse colaboradores id&oacute;neos en el ministerio pastoral mediante <i>la instituci&oacute;n de los seminarios<\/i>.<\/p>\n<p> Cuatrocientos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, el <i>concilio Vaticano II<\/i> recogi&oacute; y desarroll&oacute; la lecci&oacute;n del Tridentino, abri&eacute;ndola a los horizontes de la nueva evangelizaci&oacute;n. <i>En el alba del tercer milenio, <\/i>la figura ideal del &nbsp;obispo &nbsp;con &nbsp;la que la Iglesia sigue contando es la del pastor que, configurado a Cristo en la santidad de vida, se entrega generosamente por la Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo en el coraz&oacute;n la solicitud por todas las Iglesias del mundo (cf. <i>2 Co<\/i> 11, 28).<\/p>\n<p> 4.&nbsp;El obispo, buen pastor, encuentra luz y fuerza para su ministerio en la <i>palabra de Dios, <\/i>interpretada en la comuni&oacute;n de la Iglesia y anunciada con fidelidad valiente &quot;a tiempo y a destiempo&quot; (<i>2 Tm<\/i> 4, 2). El obispo, como <i>Maestro de la fe, <\/i>promueve todo aquello que hay de bueno y positivo en la grey que se le ha confiado, sostiene y gu&iacute;a a los d&eacute;biles en la fe (cf. <i>Rm<\/i> 14, 1), e interviene para desenmascarar las falsificaciones y combatir los abusos.<\/p>\n<p> Es importante que el obispo tenga conciencia de los desaf&iacute;os que hoy la fe en Cristo encuentra a causa de una mentalidad basada en criterios humanos que, a veces, relativizan la ley y el designio de Dios. Sobre todo, debe tener <i>valent&iacute;a para anunciar y defender la sana doctrina, <\/i>aunque ello implique sufrimientos. En efecto, el obispo, en comuni&oacute;n con el Colegio apost&oacute;lico y con el Sucesor de Pedro, tiene el deber de proteger a los fieles de toda clase de insidias, mostrando que una <i>vuelta sincera al Evangelio de Cristo <\/i>es la soluci&oacute;n verdadera para los complejos problemas que afligen a la humanidad. El servicio que los obispos est&aacute;n llamados a prestar a su grey ser&aacute; fuente de esperanza en la medida en que refleje una <i>eclesiolog&iacute;a de comuni&oacute;n y de misi&oacute;n. <\/i>En los encuentros sinodales de estos d&iacute;as, se ha subrayado varias veces la necesidad de una espiritualidad de comuni&oacute;n. Citando el <i>Instrumentum laboris<\/i>, se ha repetido que &quot;la fuerza de la Iglesia est&aacute; en la comuni&oacute;n, su debilidad est&aacute; en la divisi&oacute;n y en la contraposici&oacute;n&quot; (n. 63).<\/p>\n<p> S&oacute;lo si es claramente perceptible una profunda y convencida <i>unidad de los pastores entre s&iacute; y con el Sucesor de Pedro, <\/i>como tambi&eacute;n de <i>los obispos con sus sacerdotes, <\/i>se podr&aacute; dar una respuesta cre&iacute;ble a los desaf&iacute;os que provienen del actual contexto social y cultural. A este respecto, amad&iacute;simos hermanos miembros de la Asamblea sinodal, deseo expresaros mi aprecio y mi gratitud por el testimonio que hab&eacute;is dado en estos d&iacute;as de alegre comuni&oacute;n en la solicitud por la humanidad de nuestro tiempo.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Quisiera pediros que transmit&aacute;is mi saludo a vuestros <i>fieles, <\/i>y de modo especial a vuestros <i>sacerdotes, <\/i>a los cuales deb&eacute;is prestar una atenci&oacute;n especial, manteniendo con cada uno de ellos una relaci&oacute;n directa, confiada y cordial. S&eacute; que ya os esforz&aacute;is por hacerlo, convencidos de &nbsp;que &nbsp;una &nbsp;di&oacute;cesis s&oacute;lo funciona bien si su clero est&aacute; unido gozosamente, en fraterna caridad, en torno a su obispo.<\/p>\n<p> Os pido tambi&eacute;n que salud&eacute;is a los <i>obispos em&eacute;ritos, <\/i>expres&aacute;ndoles mi agradecimiento por el trabajo que han llevado a cabo al servicio de los fieles. He querido que estuvieran representados en esta Asamblea sinodal, para reflexionar tambi&eacute;n sobre este tema, que es nuevo en la Iglesia, pues surgi&oacute; de un deseo del concilio Vaticano II, para el bien de las Iglesias particulares. Conf&iacute;o en que cada Conferencia episcopal estudie c&oacute;mo valorar a los obispos em&eacute;ritos que a&uacute;n gozan de buena salud y tienen muchas energ&iacute;as, confi&aacute;ndoles alg&uacute;n servicio eclesial y, sobre todo, el estudio de los problemas sobre los cuales tienen experiencia y competencia, llamando a quien est&aacute; disponible a formar parte de alguna comisi&oacute;n episcopal, al lado de los hermanos m&aacute;s j&oacute;venes, para que se sientan siempre miembros vivos del Colegio episcopal.<\/p>\n<p> Quisiera enviar un saludo particular tambi&eacute;n a los <i>obispos de China continental, <\/i>cuya ausencia en el S&iacute;nodo no nos ha impedido sentir su cercan&iacute;a espiritual en el recuerdo y en la oraci&oacute;n.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Y cuando aparezca el Pastor supremo, recibir&eacute;is la corona de gloria que no se marchita&quot; (<i>1 P <\/i>5, 4). Como conclusi&oacute;n de esta primera Asamblea sinodal del tercer milenio, me complace recordar a los <i>veintid&oacute;s obispos canonizados durante el siglo XX<\/i>:&nbsp; <i>Alejandro Mar&iacute;a Sauli<\/i>, obispo de Pav&iacute;a; <i>Roberto Bellarmino<\/i>, cardenal, obispo de Capua, doctor de la Iglesia; <i>Alberto Magno<\/i>, obispo de Ratisbona, doctor de la Iglesia; <i>Juan Fisher<\/i>, obispo de Rochester, m&aacute;rtir; <i>Antonio Mar&iacute;a Claret, <\/i>arzobispo de Santiago de Cuba; <i>Vicente Mar&iacute;a Strambi, <\/i>obispo de Macerata y Tolentino; <i>Antonio Mar&iacute;a Gianelli<\/i>, obispo de Bobbio; <i>Gregorio Barbarigo<\/i>, obispo de Padua;<i> Juan de Ribera<\/i>, arzobispo de Valencia; <i>Oliverio Plunkett<\/i>, arzobispo de Armagh, m&aacute;rtir;<i> Justino De Jacobis<\/i>, obispo de Nilopoli y vicario apost&oacute;lico de Abisinia; <i>Juan Nepomucemo Neumann<\/i>, obispo de Filadelfia; <i>Jer&oacute;nimo Hermosilla, Valent&iacute;n Berrio-Ochoa y otros seis obispos, <\/i>m&aacute;rtires en Vietnam; <i>Ezequiel Moreno y D&iacute;az, <\/i>obispo de Pasto (Colombia); <i>Carlos Jos&eacute; Eugenio de Mazenod, <\/i>obispo de Marsella. Adem&aacute;s, dentro de menos de un mes, tendr&eacute; la alegr&iacute;a de proclamar santo a <i>Jos&eacute; Marello, <\/i>obispo de Acqui.<\/p>\n<p> De este selecto c&iacute;rculo de <i>santos pastores, <\/i>que se podr&iacute;a alargar a la <i>gran multitud de obispos beatificados, <\/i>surge, como en un mosaico, el rostro de <i>Cristo, buen pastor y misionero del Padre. <\/i>En este icono vivo fijamos la mirada, al inicio de la nueva &eacute;poca que la Providencia nos pone por delante, para ser, cada vez con m&aacute;s empe&ntilde;o, servidores del Evangelio, esperanza del mundo.<\/p>\n<p> Nos asista siempre en nuestro ministerio la sant&iacute;sima Virgen Mar&iacute;a, Reina de los Ap&oacute;stoles. En todo tiempo, ella resplandece en el horizonte de la Iglesia y del mundo como signo de consolaci&oacute;n y de esperanza segura.<\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO IIDURANTE LA MISA DE CLAUSURADE LA X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIADEL S&Iacute;NODO DE LOS OBISPOS S&aacute;bado 27 de octubre de 2001&nbsp; &nbsp; 1.&nbsp;&quot;Anunciaremos a los pueblos la salvaci&oacute;n del Se&ntilde;or&quot; (Salmo responsorial). 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