{"id":40459,"date":"2016-10-05T23:45:31","date_gmt":"2016-10-06T04:45:31","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-mayo-de-2001-celebracion-eucaristica-al-final-del-consistorio-extraordinario\/"},"modified":"2016-10-05T23:45:31","modified_gmt":"2016-10-06T04:45:31","slug":"24-de-mayo-de-2001-celebracion-eucaristica-al-final-del-consistorio-extraordinario","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-mayo-de-2001-celebracion-eucaristica-al-final-del-consistorio-extraordinario\/","title":{"rendered":"24 de mayo de 2001, Celebraci\u00f3n eucar\u00edstica al final del Consistorio extraordinario"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA CLAUSURA<br \/>DEL VI CONSISTORIO EXTRAORDINARIO<\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE<\/font><\/b><\/p>\n<p>Jueves 24 de mayo de 2001<br \/><\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> Solemnidad de la Ascensi&oacute;n del Se&ntilde;or<\/i><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"left\"><b><i>&nbsp;<\/i><\/b><\/p>\n<p><b><i> <\/i><\/b><\/p>\n<p><b><i> <\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"left\"><i>Se&ntilde;ores cardenales;<br \/>venerados hermanos en el episcopado;<br \/>amad&iacute;simos hermanos y hermanas:&nbsp;<\/i><\/p>\n<p> 1.&nbsp;Nos hallamos reunidos en torno al altar del Se&ntilde;or para celebrar su Ascensi&oacute;n al cielo. Hemos escuchado sus palabras:&nbsp; &quot;Cuando el Esp&iacute;ritu Santo descienda sobre vosotros, recibir&eacute;is fuerza para ser mis testigos (&#8230;) hasta los confines del mundo&quot; (<i>Hch<\/i> 1, 8). Desde hace dos mil a&ntilde;os estas palabras del Se&ntilde;or resucitado impulsan a la Iglesia a adentrarse en el mar de la historia, la hacen contempor&aacute;nea de todas las generaciones, la transforman en levadura de todas las culturas del mundo.<\/p>\n<p> Las volvemos a escuchar hoy para acoger con renovado fervor la orden &quot;<i>duc in altum<\/i>&nbsp;&nbsp;rema mar adentro&quot;, que un d&iacute;a Jes&uacute;s dio a san Pedro:&nbsp; una orden que quise que resonara en toda la Iglesia con la carta apost&oacute;lica <i>Novo millennio ineunte<\/i>, y que a la luz de esta solemnidad lit&uacute;rgica cobra un significado m&aacute;s profundo a&uacute;n. El <i>altum<\/i> hacia el que la Iglesia debe dirigirse no es s&oacute;lo <i>un compromiso misionero m&aacute;s fuerte<\/i>, sino tambi&eacute;n, y sobre todo, <i>un compromiso contemplativo m&aacute;s intenso<\/i>. Como los Ap&oacute;stoles, testigos de la Ascensi&oacute;n, tambi&eacute;n nosotros estamos invitados a fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo, elevado al resplandor de la gloria divina.<\/p>\n<p> Ciertamente, contemplar el cielo <i>no significa olvidar la tierra<\/i>. Si nos viniera esta tentaci&oacute;n, nos bastar&iacute;a escuchar de nuevo a los &quot;dos hombres vestidos de blanco&quot; de la p&aacute;gina evang&eacute;lica de hoy:&nbsp; &quot;&iquest;Qu&eacute; hac&eacute;is ah&iacute; plantados mirando al cielo?&quot;. <i>La contemplaci&oacute;n cristiana no nos aleja del compromiso hist&oacute;rico<\/i>. El &quot;cielo&quot; al que Jes&uacute;s ascendi&oacute; no es lejan&iacute;a, sino ocultamiento y custodia de <i>una presencia que no nos abandona jam&aacute;s<\/i>, hasta que &eacute;l vuelva en la gloria. Mientras tanto, es la hora exigente del testimonio, para que en el nombre de Cristo &quot;se predique la conversi&oacute;n y el perd&oacute;n de los pecados a todos los pueblos&quot; (cf. <i>Lc<\/i> 24, 47).<\/p>\n<p> 2.&nbsp;Precisamente para reavivar esta conciencia, quise convocar el <i>consistorio extraordinario<\/i> que se concluye hoy. Los se&ntilde;ores cardenales de todo el mundo, a los que saludo con afecto fraterno, se han reunido conmigo durante estos d&iacute;as para afrontar algunos de los temas m&aacute;s importantes para la evangelizaci&oacute;n y el testimonio cristiano en el mundo actual, al comienzo de un nuevo milenio. Para nosotros ha sido, ante todo, un momento de comuni&oacute;n, en el que <i>hemos experimentado un poco de la alegr&iacute;a<\/i> que colm&oacute; el coraz&oacute;n de los Ap&oacute;stoles, despu&eacute;s de que el Resucitado, bendici&eacute;ndolos, se separ&oacute; de ellos para subir al cielo. En efecto, dice san Lucas que, &quot;despu&eacute;s de adorarlo, se volvieron a Jerusal&eacute;n <i>con gran alegr&iacute;a<\/i>, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios&quot; (<i>Lc<\/i> 24, 52-53).<\/p>\n<p> La naturaleza misionera de la Iglesia hunde sus ra&iacute;ces en este <i>icono de los or&iacute;genes<\/i>. Lleva impresos sus rasgos y vuelve a proponer su esp&iacute;ritu. Vuelve a proponerlo comenzando por la <i>experiencia de la alegr&iacute;a<\/i>, que el Se&ntilde;or Jes&uacute;s prometi&oacute; a cuantos lo aman:&nbsp; &quot;Os he dicho esto, para que mi gozo est&eacute; en vosotros, y vuestro gozo sea colmado&quot; (<i>Jn<\/i> 15, 11). Si nuestra fe en el Se&ntilde;or resucitado es viva, nuestro coraz&oacute;n no puede menos de colmarse de alegr&iacute;a, y la misi&oacute;n se configura como un &quot;rebosar&quot; de alegr&iacute;a, que nos impulsa a llevar a todos la &quot;buena nueva&quot; de la salvaci&oacute;n con valent&iacute;a, sin miedos ni complejos, incluso a costa del sacrificio de la vida.<\/p>\n<p> La naturaleza misionera de la Iglesia, que parte de Cristo, encuentra apoyo en la colegialidad episcopal, y es estimulada por el Sucesor de Pedro, cuyo ministerio tiende a promover la comuni&oacute;n en la Iglesia, garantizando la unidad de todos los fieles en Cristo.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;Precisamente esta experiencia convirti&oacute; a san Pablo en el &quot;Ap&oacute;stol de los gentiles&quot;, llev&aacute;ndolo a recorrer gran parte del mundo entonces conocido, bajo el impulso de una fuerza interior que lo obligaba a hablar de Cristo:&nbsp; <i>&quot;Vae mihi est si non evangelizavero&quot;<\/i>&nbsp;&nbsp;&quot;&iexcl;Ay de m&iacute; si no predicara el Evangelio!&quot; (<i>1 Co<\/i> 9, 16). Tambi&eacute;n yo, en mi reciente <i>peregrinaci&oacute;n apost&oacute;lica<\/i> a Grecia, Siria y Malta, quise ir tras sus huellas, como completando, de este modo, mi peregrinaci&oacute;n jubilar.<br \/>Experiment&eacute; en ella la alegr&iacute;a de compartir con afectuosa admiraci&oacute;n algunos aspectos de la vida de nuestros amad&iacute;simos hermanos cat&oacute;licos orientales, y de ver abrirse nuevas perspectivas ecum&eacute;nicas en las relaciones con nuestros tambi&eacute;n muy amados hermanos ortodoxos:&nbsp; con la ayuda de Dios se dieron pasos muy significativos hacia la anhelada&nbsp;meta de la comuni&oacute;n plena.<\/p>\n<p> El encuentro con los musulmanes fue asimismo muy hermoso. Como en la peregrinaci&oacute;n, tan anhelada, a la tierra del Se&ntilde;or, que realic&eacute; durante el gran jubileo, tuve la ocasi&oacute;n de destacar los v&iacute;nculos particulares de nuestra fe con la del pueblo jud&iacute;o, igualmente fue muy intenso el momento de di&aacute;logo con los creyentes del islam. En efecto, el concilio Vaticano II nos ense&ntilde;&oacute; que el anuncio de Cristo, &uacute;nico Salvador, no nos impide, sino que, al contrario, nos sugiere pensamientos y gestos de paz hacia los creyentes que pertenecen a otras religiones (cf. <i>Nostra aetate<\/i>, 2).<\/p>\n<p> 4.&nbsp;&quot;Ser&eacute;is mis testigos&quot;. Estas palabras que Jes&uacute;s dirigi&oacute; a los Ap&oacute;stoles antes de la Ascensi&oacute;n explican bien <i>el sentido de la evangelizaci&oacute;n<\/i> de siempre, pero, de modo especial, resultan sumamente actuales en nuestro tiempo. Vivimos en <i>una &eacute;poca en que sobreabunda la palabra, <\/i>repetida hasta la saciedad por los medios de comunicaci&oacute;n social, que ejercen tanto influjo sobre la opini&oacute;n p&uacute;blica, para bien y para mal. Pero lo que necesitamos es <i>la palabra rica en sabidur&iacute;a y santidad<\/i>. Por eso en la <i>Novo millennio ineunte<\/i> escrib&iacute; que &quot;la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la <i>santidad<\/i>&quot; (n. 30), cultivada en la escucha de la palabra de Dios, la oraci&oacute;n y la vida eucar&iacute;stica, especialmente durante la celebraci&oacute;n semanal del <i>dies Domini<\/i>. S&oacute;lo gracias al testimonio de cristianos verdaderamente comprometidos a vivir de modo radical el Evangelio, el mensaje de Cristo puede abrirse camino en nuestro mundo.<\/p>\n<p> La Iglesia afronta hoy <i>enormes desaf&iacute;os<\/i>, que ponen a prueba la confianza y el entusiasmo de los heraldos. Y no se trata s&oacute;lo de problemas &quot;cuantitativos&quot;, debidos al hecho de que los cristianos constituyen una minor&iacute;a, mientras el proceso de secularizaci&oacute;n sigue erosionando la tradici&oacute;n cristiana incluso en pa&iacute;ses de antigua evangelizaci&oacute;n. Los problemas m&aacute;s graves derivan de <i>una transformaci&oacute;n general del horizonte cultural<\/i>, dominado por el primado de las ciencias experimentales inspiradas en los criterios de la epistemolog&iacute;a cient&iacute;fica. El mundo moderno, incluso cuando se muestra sensible a la dimensi&oacute;n religiosa y parece redescubrirla, acepta a lo sumo la imagen de Dios creador, mientras que le resulta dif&iacute;cil aceptar -como sucedi&oacute; con los oyentes de san Pablo en el are&oacute;pago de Atenas (cf. <i>Hch<\/i> 17, 32-34)- el <i>scandalum crucis<\/i> (cf. <i>1 Co<\/i> 1, 23), el &quot;esc&aacute;ndalo&quot; de un Dios que por amor entra en nuestra historia y se hace hombre, muriendo y resucitando por nosotros. Es f&aacute;cil intuir el desaf&iacute;o que esto implica para las escuelas y las universidades cat&oacute;licas, as&iacute; como para los centros de formaci&oacute;n filos&oacute;fica y teol&oacute;gica de los candidatos al sacerdocio, lugares en los que es preciso impartir una preparaci&oacute;n cultural que est&eacute; a la altura del momento cultural actual.<\/p>\n<p> Otros problemas derivan del <i>fen&oacute;meno de la globalizaci&oacute;n<\/i>, que, aunque ofrece la ventaja de acercar a los pueblos y las culturas, haciendo m&aacute;s accesible a todos un sinf&iacute;n de mensajes, no facilita el discernimiento y una s&iacute;ntesis madura, sino que favorece una actitud relativista, que hace a&uacute;n m&aacute;s dif&iacute;cil aceptar a Cristo como &quot;camino, verdad y vida&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 6) para todo hombre.<br \/> &iquest;Y qu&eacute; decir de cuanto est&aacute; emergiendo <i>en el &aacute;mbito de los interrogantes morales<\/i>? Hoy m&aacute;s que nunca, sobre todo en el campo de los grandes temas de la bio&eacute;tica, la justicia social, la instituci&oacute;n familiar y la vida conyugal, la humanidad se siente interpelada por problemas formidables, que ponen en tela de juicio su mismo destino.<\/p>\n<p> El consistorio ha reflexionado ampliamente sobre algunos de estos problemas, realizando an&aacute;lisis profundos y proponiendo soluciones meditadas. Diversas cuestiones se volver&aacute;n a abordar en el pr&oacute;ximo S&iacute;nodo de los obispos, que, como ha quedado demostrado, es un instrumento valioso y eficaz de la colegialidad episcopal, al servicio de las Iglesias particulares. Venerados hermanos cardenales, os agradezco la magn&iacute;fica contribuci&oacute;n que acab&aacute;is de dar:&nbsp; quiero aprovecharla para sacar <i>oportunas indicaciones operativas<\/i>, a fin de que la acci&oacute;n pastoral y evangelizadora en toda la Iglesia aumente su esp&iacute;ritu misionero, con plena conciencia de los desaf&iacute;os actuales.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;El misterio de la Ascensi&oacute;n nos abre hoy <i>el horizonte ideal <\/i>desde el que se ha de enfocar este compromiso. Es, ante todo, el horizonte de la victoria de <i>Cristo<\/i> sobre la muerte y el pecado. Asciende al cielo como rey de amor y paz, fuente de salvaci&oacute;n para la humanidad entera. Asciende para &quot;ponerse ante Dios, &nbsp;intercediendo por nosotros&quot;, como hemos &nbsp;escuchado en la lectura de la carta a los Hebreos (<i>Hb<\/i> 9, 24). La palabra de Dios nos invita a tener confianza:&nbsp; &quot;es fiel quien hizo la promesa&quot; (<i>Hb<\/i> 10, 23).<\/p>\n<p> Tambi&eacute;n nos da fuerza el <i>Esp&iacute;ritu<\/i>, que Cristo derram&oacute; sin medida. El Esp&iacute;ritu es el secreto de la Iglesia de hoy, como lo fue para la Iglesia de la primera hora. Estar&iacute;amos condenados al fracaso si no siguiera siendo eficaz en nosotros la promesa que Jes&uacute;s hizo a los primeros Ap&oacute;stoles:&nbsp; &quot;Yo os enviar&eacute; lo que mi <i>Padre<\/i> ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revist&aacute;is de la fuerza de lo alto&quot; (<i>Lc<\/i> 24, 49). El Esp&iacute;ritu, Cristo, el Padre:&nbsp; &iexcl;toda la Trinidad est&aacute; comprometida con nosotros!<\/p>\n<p> S&iacute;, mis queridos hermanos y hermanas, no estaremos solos cuando recorramos el camino que nos espera. Nos acompa&ntilde;an los sacerdotes, los religiosos y los laicos, j&oacute;venes y adultos, comprometidos a fondo para dar a la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jes&uacute;s, un rostro de pobreza y misericordia, especialmente hacia los necesitados y los marginados, un rostro iluminado por el testimonio de la comuni&oacute;n en la verdad y en el amor. No estaremos solos, sobre todo porque con nosotros estar&aacute; la sant&iacute;sima Trinidad. Los compromisos que encomend&eacute; como consigna a toda la Iglesia en la <i>Novo millennio ineunte<\/i>, as&iacute; como los problemas sobre los que ha reflexionado el consistorio, no los afrontaremos s&oacute;lo con nuestras fuerzas humanas, sino con la fuerza que viene &quot;de lo alto&quot;. Esta es la certeza que se alimenta continuamente en la contemplaci&oacute;n de Cristo elevado al cielo. Fijando en &eacute;l nuesta mirada, aceptemos de buen grado la exhortaci&oacute;n de la carta a los Hebreos a &quot;mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa&quot; (<i>Hb<\/i> 10, 23).<\/p>\n<p> Nuestro renovado compromiso se hace canto de alabanza, a la vez que con las palabras del Salmo indicamos a todos los pueblos del mundo a Cristo resucitado y elevado al cielo:&nbsp; &quot;Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de j&uacute;bilo. (&#8230;) Dios es el rey del mundo&quot; (<i>Sal<\/i> 47, 1.&nbsp;8).<br \/> Por tanto, con renovada confianza, &quot;rememos mar adentro&quot; en su nombre.<\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA EN LA CLAUSURADEL VI CONSISTORIO EXTRAORDINARIO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE Jueves 24 de mayo de 2001 Solemnidad de la Ascensi&oacute;n del Se&ntilde;or &nbsp; Se&ntilde;ores cardenales;venerados hermanos en el episcopado;amad&iacute;simos hermanos y hermanas:&nbsp; 1.&nbsp;Nos hallamos reunidos en torno al altar del Se&ntilde;or para celebrar su Ascensi&oacute;n al cielo. 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