{"id":40463,"date":"2016-10-05T23:45:36","date_gmt":"2016-10-06T04:45:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/peregrinacion-jubilar-a-grecia-siria-y-malta-santa-misa-estadio-abbassyin-de-damasco-6-de-mayo-de-2001\/"},"modified":"2016-10-05T23:45:36","modified_gmt":"2016-10-06T04:45:36","slug":"peregrinacion-jubilar-a-grecia-siria-y-malta-santa-misa-estadio-abbassyin-de-damasco-6-de-mayo-de-2001","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/peregrinacion-jubilar-a-grecia-siria-y-malta-santa-misa-estadio-abbassyin-de-damasco-6-de-mayo-de-2001\/","title":{"rendered":"Peregrinaci\u00f3n jubilar a Grecia, Siria y Malta: Santa Misa &#8211; Estadio Abbassyin de Damasco (6 de mayo de 2001)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\">SANTA MISA EN EL ESTADIO DE DAMASCO<\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b> <\/p>\n<p>Domingo 6 de mayo de 2001<\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\"><b>El testimonio de san Pablo <\/b><\/p>\n<p><b> <\/b><\/p>\n<p><b> <\/b><\/p>\n<p align=\"left\">1.&nbsp;&quot;&quot;Saulo, Saulo, &iquest;por qu&eacute; me persigues?&quot;. &Eacute;l respondi&oacute;:&nbsp; &quot;&iquest;Qui&eacute;n eres, Se&ntilde;or?&quot;. Y &eacute;l:&nbsp; &quot;yo soy Jes&uacute;s, a quien t&uacute; persigues. Pero lev&aacute;ntate, entra en la ciudad y se te dir&aacute; lo que debes hacer&quot;&quot; (<i>Hch<\/i> 9, 4-6).<\/p>\n<p> Como peregrino he venido hoy a Damasco para reavivar la memoria del acontecimiento que tuvo lugar aqu&iacute;, hace dos mil a&ntilde;os:&nbsp; la conversi&oacute;n de san Pablo. De camino a Damasco para combatir y encarcelar a los que confiesan el nombre de Cristo, al llegar a las puertas de la ciudad, Saulo se ve rodeado por una luz extraordinaria. En el camino se le presenta Cristo resucitado y, a ra&iacute;z de ese encuentro, se produce en &eacute;l una profunda transformaci&oacute;n:&nbsp; de perseguidor se convierte en ap&oacute;stol, y de enemigo del Evangelio se transforma en el gran misionero. La lectura de los Hechos de los Ap&oacute;stoles recuerda con numerosos detalles ese acontecimiento que cambi&oacute; el curso de la historia:&nbsp; &quot;Este hombre es el instrumento que he elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel. Yo le mostrar&eacute; todo lo que tendr&aacute; que padecer por mi nombre&quot; (<i>Hch<\/i> 9, 15-16).<\/p>\n<p> Le agradezco sinceramente, Beatitud, las amables palabras de acogida que me ha dirigido al comienzo de esta celebraci&oacute;n. A trav&eacute;s de usted saludo con afecto a los obispos y a los miembros de la Iglesia greco-melquita cat&oacute;lica, de la que usted es patriarca. Saludo cordialmente tambi&eacute;n a los cardenales, a los patriarcas, a los obispos, a los sacerdotes y a los fieles de todas las comunidades cat&oacute;licas, tanto de Siria como de los dem&aacute;s pa&iacute;ses de la regi&oacute;n. Me alegra la presencia fraterna de los patriarcas, los obispos y los fieles de las dem&aacute;s Iglesias y comunidades eclesiales. Queridos patriarcas ortodoxos, os expreso mi gratitud por vuestra amable participaci&oacute;n en mi peregrinaci&oacute;n junto con vuestras comunidades. Saludo a todos muy cordialmente. Doy las gracias de coraz&oacute;n al ministro de Universidades, se&ntilde;or Hassan Rysha, representante del presidente de la Rep&uacute;blica, y a los miembros de la comunidad musulmana que han querido unirse a sus amigos cristianos en esta ocasi&oacute;n. En esta jornada del martirio recordemos a todas las personas que han muerto en defensa de la patria, encomend&aacute;ndolas a la misericordia de todos los santos.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;El acontecimiento extraordinario que se produjo cerca de aqu&iacute; fue decisivo para el futuro de san Pablo y de la Iglesia. El encuentro con Cristo transform&oacute; radicalmente la existencia del Ap&oacute;stol, dado que lleg&oacute; a lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su ser y lo abri&oacute; plenamente a la verdad divina. San Pablo acept&oacute; libremente reconocer esta verdad y dedicar su vida al seguimiento de Cristo. Al acoger la luz divina y al recibir el bautismo, lo m&aacute;s profundo de su ser se conform&oacute; al ser de Cristo; as&iacute;, su vida se transform&oacute; y encontr&oacute; la felicidad, poniendo su fe y su confianza en aquel que lo llam&oacute; de las tinieblas a su luz admirable (cf. <i>2&nbsp;Tm<\/i> 1, 12; <i>Ef<\/i> 5, 8; <i>Rm<\/i> 13, 12). En efecto, el encuentro en la fe con el Resucitado es una luz en el camino de los hombres, una luz que transforma la existencia. La verdad de Dios se manifiesta de manera patente en el rostro resplandeciente de Cristo. Fijemos tambi&eacute;n nosotros nuestra mirada en el Se&ntilde;or. &iexcl;Oh Cristo, luz del mundo, derrama sobre nosotros y sobre todos los hombres esa luz que, viniendo del cielo, rode&oacute; a tu Ap&oacute;stol! Ilumina y purifica la mirada de nuestro coraz&oacute;n, para que aprendamos a verlo todo a la luz de tu verdad y de tu amor a la humanidad.<\/p>\n<p> La &uacute;nica luz que la Iglesia puede transmitir al mundo es la luz que le viene de su Se&ntilde;or. Los que hemos sido bautizados en la muerte y la resurrecci&oacute;n de Cristo hemos recibido la iluminaci&oacute;n divina y se nos ha concedido ser hijos de la Luz. Recordemos la hermosa expresi&oacute;n de san Juan Damasceno, que pone de relieve el origen de nuestra vocaci&oacute;n eclesial com&uacute;n:&nbsp; &quot;T&uacute; me has hecho venir a la luz, adopt&aacute;ndome como hijo tuyo, y me has inscrito entre los miembros de tu Iglesia santa e inmaculada&quot; (<i>De fide ortodoxa<\/i>, 1). La palabra de Dios es una l&aacute;mpara que ilumina nuestro camino; nos permite conocer la verdad que libera y santifica.<\/p>\n<p> 3.&nbsp;&quot;Mir&eacute; y hab&iacute;a una muchedumbre inmensa, que nadie podr&iacute;a contar, de toda naci&oacute;n, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos&quot; (<i>Ap<\/i> 7, 9).<\/p>\n<p> Este texto de la liturgia de hoy, tomado del libro del Apocalipsis, muestra, en cierto modo, la obra que se realiz&oacute; gracias al ministerio apost&oacute;lico de san Pablo. En efecto, el Ap&oacute;stol desempe&ntilde;&oacute; un papel esencial en el anuncio del Evangelio fuera de los l&iacute;mites del pa&iacute;s de Jes&uacute;s. Todo el mundo entonces conocido, comenzando por los pa&iacute;ses de la cuenca del Mediterr&aacute;neo, se convirti&oacute; en tierra de la evangelizaci&oacute;n paulina. Y podemos decir que despu&eacute;s, a lo largo de los siglos hasta nuestros d&iacute;as, el inmenso desarrollo del anuncio evang&eacute;lico constituye, en cierto modo, la continuaci&oacute;n l&oacute;gica del ministerio del Ap&oacute;stol de los gentiles. A&uacute;n hoy la Iglesia goza de los frutos de su actividad apost&oacute;lica y se refiere constantemente al ministerio misionero de san Pablo, el cual, para generaciones enteras de cristianos, ha sido pionero e inspirador de toda misi&oacute;n.<\/p>\n<p> Siguiendo el ejemplo de san Pablo, la Iglesia est&aacute; invitada a ensanchar su mirada hacia los confines del mundo, para proseguir la misi&oacute;n que se le ha confiado de transmitir la luz del Resucitado a todos los pueblos y a todas las culturas, respetando la libertad de las personas y de las comunidades humanas y espirituales. Todos los hombres, cualquiera que sea su origen, est&aacute;n llamados a dar gloria a Dios. Dado que, como afirma san Efr&eacute;n, &quot;t&uacute; no necesitas comunicarnos los tesoros que nos das. T&uacute; necesitas s&oacute;lo una cosa:&nbsp; que dilatemos nuestro coraz&oacute;n para recibir tus bienes, entreg&aacute;ndote nuestra voluntad y escuch&aacute;ndote con nuestros o&iacute;dos. Todas tus obras lucen coronas que ha trenzado la sabidur&iacute;a de tu boca, diciendo:&nbsp; &quot;Todo es muy bueno&quot;&quot; (<i>Diathermane<\/i>, 2, 5-7).<\/p>\n<p> Como san Pablo, los disc&iacute;pulos de Cristo afrontan un gran desaf&iacute;o:&nbsp; deben transmitir la buena nueva con un lenguaje adecuado a cada cultura, sin perder su sustancia ni desnaturalizar su sentido. Por tanto, no teng&aacute;is miedo de testimoniar tambi&eacute;n vosotros entre vuestros hermanos y hermanas, con vuestra palabra y con toda vuestra vida, esta buena nueva:&nbsp; Dios ama a todos los hombres y los invita a formar una sola familia en la caridad, pues todos son hermanos.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Esta buena nueva debe estimular a todos los disc&iacute;pulos de Cristo a buscar ardientemente los caminos de la unidad, para que, haciendo suya la oraci&oacute;n del Se&ntilde;or &quot;que todos sean uno&quot;, den un testimonio cada vez m&aacute;s aut&eacute;ntico y cre&iacute;ble. Me alegro vivamente por las relaciones fraternas que ya existen entre los miembros de las Iglesias cristianas de vuestro pa&iacute;s, y os animo a desarrollarlas, en la verdad y con prudencia, en comuni&oacute;n con vuestros patriarcas y vuestros obispos. En el alba del nuevo milenio Cristo nos llama a reconciliarnos unos con otros mediante la caridad que constituye nuestra unidad. Sent&iacute;os orgullosos de las grandes tradiciones lit&uacute;rgicas y espirituales de vuestras Iglesias de Oriente. Pertenecen al patrimonio de la &uacute;nica Iglesia de Cristo y constituyen puentes entre las diferentes sensibilidades. Desde los or&iacute;genes del cristianismo vuestra tierra ha conocido una vida cristiana floreciente. En la l&iacute;nea espiritual de Ignacio de Antioqu&iacute;a, de Efr&eacute;n, de Sime&oacute;n o de Juan Damasceno, los nombres de un sinf&iacute;n de Padres, monjes, eremitas y muchos otros santos, que son la gloria de vuestras Iglesias, siguen presentes en la memoria viva de la Iglesia universal. Con vuestra adhesi&oacute;n a la tierra de vuestros padres, aceptando generosamente vivir aqu&iacute; vuestra fe, tambi&eacute;n vosotros testimoni&aacute;is hoy la fecundidad del mensaje evang&eacute;lico que ha sido transmitido de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n.<\/p>\n<p> Con todos vuestros compatriotas, sin tener en cuenta la comunidad a la que pertenecen, proseguid sin cesar vuestros esfuerzos con miras a la construcci&oacute;n de una sociedad fraterna, justa y solidaria, donde a cada uno se reconozcan su dignidad humana y sus derechos fundamentales. En esta tierra santa, cristianos, musulmanes y jud&iacute;os est&aacute;n llamados a trabajar juntos, con confianza y audacia, para lograr que llegue cuanto antes el d&iacute;a en que cada pueblo vea respetados sus derechos leg&iacute;timos y pueda vivir en un clima de paz y entendimiento mutuo. Quiera Dios que los pobres, los enfermos, los discapacitados y todos los heridos por la vida sean siempre entre vosotros hermanos y hermanas respetados y amados. El Evangelio es un poderoso factor de transformaci&oacute;n del mundo. Ojal&aacute; que gracias a vuestro testimonio de vida los hombres de hoy descubran la respuesta a sus aspiraciones m&aacute;s profundas y los fundamentos de la convivencia en el seno de la sociedad.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;Familias cristianas, la Iglesia cuenta con vosotras y conf&iacute;a en vosotras para transmitir a vuestros hijos la fe que hab&eacute;is recibido, a lo largo de los siglos, desde el ap&oacute;stol san Pablo. Permaneciendo unidas y abiertas a todos y defendiendo siempre el derecho a la vida desde su concepci&oacute;n, sed hogares luminosos, plenamente conformes al designio de Dios y a las aut&eacute;nticas exigencias de la persona humana. Dad un lugar importante a la oraci&oacute;n, a la escucha de la palabra de Dios y a la formaci&oacute;n cristiana; encontrar&eacute;is en ellas un apoyo eficaz para responder a las dificultades de la vida diaria y a los grandes desaf&iacute;os del mundo actual. Participar con regularidad en la eucarist&iacute;a dominical es una necesidad para toda vida cristiana fiel y coherente. Es un don privilegiado en el que se realiza y se anuncia la comuni&oacute;n con Dios y con los hermanos.<\/p>\n<p> Hermanos y hermanas, buscad sin cesar el rostro de Cristo, que se manifiesta en vosotros. En &eacute;l encontrar&eacute;is el secreto de la verdadera libertad y de la alegr&iacute;a de coraz&oacute;n. Que arda en lo m&aacute;s &iacute;ntimo de vosotros mismos el deseo de aut&eacute;ntica fraternidad entre todos los hombres. Poni&eacute;ndoos con entusiasmo al servicio de los dem&aacute;s, dar&eacute;is sentido a vuestra vida, dado que la identidad cristiana no se caracteriza por la oposici&oacute;n a los dem&aacute;s, sino por la capacidad de salir de s&iacute; para ir al encuentro de los hermanos. La apertura al mundo, con lucidez y sin temor, forma parte de la vocaci&oacute;n del cristiano, consciente de su identidad y arraigado en su patrimonio religioso, que expresa la riqueza del testimonio de la Iglesia.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecer&aacute;n jam&aacute;s, y nadie las arrebatar&aacute; de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es m&aacute;s grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno&quot; (<i>Jn<\/i> 10, 27-30).<\/p>\n<p> Con estas palabras del evangelio de hoy Jesucristo mismo nos muestra el admirable dinamismo de la evangelizaci&oacute;n. Dios, que muchas veces y de muchos modos habl&oacute; a nuestros padres por medio de los profetas, en estos &uacute;ltimos tiempos nos habl&oacute; por medio de su Hijo (cf. <i>Hb<\/i> 1, 1-2). Este Hijo, de la misma sustancia del Padre, es el Verbo de vida. &Eacute;l mismo da la vida eterna. Vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. <i>Jn<\/i> 10, 10). A las puertas de Damasco, en su encuentro con Cristo resucitado, san Pablo aprendi&oacute; esta verdad y la convirti&oacute; en el contenido de su predicaci&oacute;n. Se present&oacute; ante &eacute;l la maravillosa realidad de la cruz de Cristo, en la que se realiza la redenci&oacute;n del mundo. San Pablo comprendi&oacute; esta realidad y le consagr&oacute; toda su vida.<\/p>\n<p> Hermanos y hermanas, elevemos nuestra mirada a la cruz de Cristo para descubrir en ella la fuente de nuestra esperanza. En ella encontramos un aut&eacute;ntico camino de vida y felicidad. Contemplemos el rostro amoroso de Dios, que nos ofrece a su Hijo para hacer de todos nosotros &quot;un solo coraz&oacute;n y una sola alma&quot; (<i>Hch<\/i> 4, 32). Acoj&aacute;moslo en nuestra vida, para inspirarnos en &eacute;l y realizar el misterio de comuni&oacute;n que encarna y manifiesta la esencia misma de la Iglesia.<\/p>\n<p> Vuestra pertenencia a la Iglesia debe ser para vosotros y para todos vuestros hermanos y hermanas un signo de esperanza que recuerde que el Se&ntilde;or se presenta a cada uno en su camino, a menudo de manera misteriosa e inesperada, como se present&oacute; a san Pablo en el camino de Damasco, envolvi&eacute;ndolo con su luz resplandeciente.<\/p>\n<p> Que el Resucitado, cuya Pascua este a&ntilde;o hemos celebrado juntos todos los cristianos, nos conceda el don de la comuni&oacute;n en la caridad. Am&eacute;n.<\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN EL ESTADIO DE DAMASCO HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 6 de mayo de 2001 El testimonio de san Pablo 1.&nbsp;&quot;&quot;Saulo, Saulo, &iquest;por qu&eacute; me persigues?&quot;. &Eacute;l respondi&oacute;:&nbsp; &quot;&iquest;Qui&eacute;n eres, Se&ntilde;or?&quot;. Y &eacute;l:&nbsp; &quot;yo soy Jes&uacute;s, a quien t&uacute; persigues. 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