{"id":40466,"date":"2016-10-05T23:45:40","date_gmt":"2016-10-06T04:45:40","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/22-de-abril-de-2001-domingo-de-la-misericordia-divina\/"},"modified":"2016-10-05T23:45:40","modified_gmt":"2016-10-06T04:45:40","slug":"22-de-abril-de-2001-domingo-de-la-misericordia-divina","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/22-de-abril-de-2001-domingo-de-la-misericordia-divina\/","title":{"rendered":"22 de abril de 2001, Domingo de la Misericordia divina"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA<br \/> DEL DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA<\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><b><font size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II<\/font><\/b><\/p>\n<p> Domingo 22 de abril de 2001<\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p align=\"left\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"><span style=\"font-size:12.0pt;font-family:&quot;Times New Roman&quot;;mso-fareast-font-family:\n&quot;Times New Roman&quot;;mso-ansi-language:IT;mso-fareast-language:IT;mso-bidi-language:\nAR-SA\">1.&nbsp;<i>&quot;No temas:&nbsp; yo soy el primero y el &uacute;ltimo, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos&quot;<\/i> (<i>Ap<\/i> 1, 17-18).<\/p>\n<p> En la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, hemos escuchado estas consoladoras palabras, que nos invitan a dirigir la mirada a Cristo, para experimentar su tranquilizadora presencia. En cualquier situaci&oacute;n en que nos encontremos, aunque sea la m&aacute;s compleja y dram&aacute;tica, el Resucitado nos repite a cada uno:&nbsp; &quot;No temas&quot;; mor&iacute; en la cruz, pero ahora &quot;vivo por los siglos de los siglos&quot;; &quot;yo soy el primero y el &uacute;ltimo, yo soy el que vive&quot;.<\/p>\n<p> &quot;El primero&quot;, es decir, la fuente de todo ser y la primicia de la nueva creaci&oacute;n; &quot;el &uacute;ltimo&quot;, el t&eacute;rmino definitivo de la historia; &quot;el que vive&quot;, el manantial inagotable de la vida que ha derrotado la muerte para siempre. En el Mes&iacute;as crucificado y resucitado reconocemos los rasgos del Cordero inmolado en el G&oacute;lgota, que implora el perd&oacute;n para sus verdugos y abre a los pecadores arrepentidos las puertas del cielo; vislumbramos el rostro del Rey inmortal, que tiene ya &quot;las llaves de la muerte y del infierno&quot; (<i>Ap<\/i> 1, 18).<\/p>\n<p> 2.&nbsp;&quot;Dad gracias al Se&ntilde;or porque es bueno, porque es eterna su misericordia&quot; (<i>Sal<\/i> 117, 1).<br \/> Hagamos nuestra la exclamaci&oacute;n del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial:&nbsp; <i>la misericordia del Se&ntilde;or es eterna<\/i>. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos gu&iacute;e al coraz&oacute;n del acontecimiento salv&iacute;fico, que une la muerte y la resurrecci&oacute;n de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio de misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad. Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, el cual, con vistas a nuestra redenci&oacute;n, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su Hijo unig&eacute;nito.<\/p>\n<p> Tanto los creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condici&oacute;n humana m&aacute;s all&aacute; de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso despu&eacute;s de la resurrecci&oacute;n del Hijo de Dios, &quot;habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (&#8230;) Creer en ese amor significa creer en la misericordia&quot; (<i>Dives in misericordia<\/i>,&nbsp;7).<\/p>\n<p> Queremos dar gracias al Se&ntilde;or por su amor, que es m&aacute;s fuerte que la muerte y que el pecado. Ese amor se revela y se realiza como misericordia en nuestra existencia diaria, e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, &quot;misericordia&quot; hacia el Crucificado. &iquest;No es precisamente amar a Dios y amar al pr&oacute;ximo, e incluso a los &quot;enemigos&quot;, siguiendo el ejemplo de Jes&uacute;s, el programa de vida de todo bautizado y de la Iglesia entera?<\/p>\n<p> 3.&nbsp;Con estos sentimientos, celebramos el II domingo de Pascua, que desde el a&ntilde;o pasado, el a&ntilde;o del gran jubileo, se llama tambi&eacute;n <i>domingo de la Misericordia<\/i> <i>divina. <\/i>Para m&iacute; es una gran alegr&iacute;a poder unirme a todos vosotros, queridos peregrinos y devotos, que hab&eacute;is venido de diferentes naciones para conmemorar, a un a&ntilde;o de distancia, la canonizaci&oacute;n de sor Faustina Kowalska, testigo y mensajera del amor misericordioso del Se&ntilde;or. La elevaci&oacute;n al honor de los altares de esta humilde religiosa, hija de mi tierra, representa un don no s&oacute;lo para Polonia, sino tambi&eacute;n para toda la humanidad. En efecto, el mensaje que anunci&oacute; constituye la respuesta adecuada y decisiva que Dios quiso dar a los interrogantes y a las expectativas de los hombres de nuestro tiempo, marcado por enormes tragedias. Un d&iacute;a Jes&uacute;s le dijo a sor Faustina:&nbsp; &quot;La humanidad no encontrar&aacute; paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina&quot; (<i>Diario<\/i>, p. 132). &iexcl;La misericordia divina! Este &nbsp;es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo &nbsp;resucitado y que ofrece a la humanidad, &nbsp;en el alba del tercer milenio.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;El evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista san Juan nos hace compartir la emoci&oacute;n que experimentaron los Ap&oacute;stoles durante el encuentro con Cristo, despu&eacute;s de su resurrecci&oacute;n. Nuestra atenci&oacute;n se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los disc&iacute;pulos temerosos y at&oacute;nitos la misi&oacute;n de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasi&oacute;n, y les comunica:&nbsp; &quot;Como el Padre me ha enviado, as&iacute; tambi&eacute;n os env&iacute;o yo&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 21). E inmediatamente despu&eacute;s &quot;exhal&oacute; su aliento sobre ellos y les dijo:&nbsp; &quot;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo; a quienes les perdon&eacute;is los pecados les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is les quedan retenidos&quot;&quot; (<i>Jn<\/i> 20, 22-23). Jes&uacute;s les conf&iacute;a el don de &quot;perdonar los pecados&quot;, un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de su costado traspasado. Desde all&iacute; una ola de misericordia inunda toda la humanidad.<\/p>\n<p> Revivamos este momento con gran intensidad espiritual. Tambi&eacute;n a nosotros el Se&ntilde;or nos muestra hoy sus llagas gloriosas y su coraz&oacute;n, manantial inagotable de luz y verdad, de amor y perd&oacute;n.<br \/> 5.&nbsp;&iexcl;El Coraz&oacute;n de Cristo! Su &quot;Sagrado Coraz&oacute;n&quot; ha dado todo a los hombres:&nbsp; la redenci&oacute;n, la salvaci&oacute;n y la santificaci&oacute;n. De ese Coraz&oacute;n rebosante de ternura, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. &quot;Los dos rayos -como le dijo el mismo Jes&uacute;s- representan la sangre y el agua&quot; (<i>Diario<\/i>, p. 132). La sangre evoca el sacrificio del G&oacute;lgota y el misterio de la Eucarist&iacute;a; el agua, seg&uacute;n la rica simbolog&iacute;a del evangelista san Juan, alude al bautismo y al don del Esp&iacute;ritu Santo (cf. <i>Jn<\/i> 3, 5; 4, 14).<\/p>\n<p> A trav&eacute;s del misterio de este Coraz&oacute;n herido, no cesa de difundirse tambi&eacute;n entre los hombres y las mujeres de nuestra &eacute;poca el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad aut&eacute;ntica y duradera, s&oacute;lo en &eacute;l puede encontrar su secreto.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;&quot;Jes&uacute;s, en ti conf&iacute;o&quot;. Esta jaculatoria, que rezan numerosos devotos, expresa muy bien la actitud con la que tambi&eacute;n nosotros queremos abandonarnos con confianza en tus manos, oh Se&ntilde;or, nuestro &uacute;nico Salvador.<\/p>\n<p> T&uacute; ardes del deseo de ser amado, y el que sintoniza con los sentimientos de tu coraz&oacute;n aprende a ser constructor de la nueva civilizaci&oacute;n del amor. Un simple acto de abandono basta para romper las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y la desesperaci&oacute;n. Los rayos de tu misericordia divina devuelven la esperanza, de modo especial, al que se siente oprimido por el peso del pecado.<\/p>\n<p> Mar&iacute;a, Madre de misericordia, haz que mantengamos siempre viva esta confianza en tu Hijo, nuestro Redentor. Ay&uacute;danos tambi&eacute;n t&uacute;, santa Faustina, que hoy recordamos con particular afecto. Fijando nuestra d&eacute;bil mirada en el rostro del Salvador divino, queremos repetir contigo:&nbsp; &quot;Jes&uacute;s, en ti conf&iacute;o&quot;. Hoy y siempre. Am&eacute;n.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N EUCAR&Iacute;STICA DEL DOMINGO DE LA MISERICORDIA DIVINA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 22 de abril de 2001 &nbsp; 1.&nbsp;&quot;No temas:&nbsp; yo soy el primero y el &uacute;ltimo, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos&quot; (Ap 1, 17-18). 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