{"id":40485,"date":"2016-10-05T23:46:08","date_gmt":"2016-10-06T04:46:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-enero-de-2001-clausura-de-la-semana-de-oracion-por-la-unidad-de-los-cristianos\/"},"modified":"2016-10-05T23:46:08","modified_gmt":"2016-10-06T04:46:08","slug":"25-de-enero-de-2001-clausura-de-la-semana-de-oracion-por-la-unidad-de-los-cristianos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-enero-de-2001-clausura-de-la-semana-de-oracion-por-la-unidad-de-los-cristianos\/","title":{"rendered":"25 de enero de 2001, Clausura de la Semana de oraci\u00f3n por la unidad de los cristianos"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <font color=\"#663300\">CLAUSURA DEL OCTAVARIO DE ORACI&Oacute;N POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS<\/font><\/font><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"center\"><i><b><font face=\"Times\" size=\"4\">HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II<\/font><\/b> <font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p>&nbsp;Jueves 25 de enero de 2001<\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font><\/i><\/p>\n<p><i><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/font> <\/i><\/p>\n<p><font face=\"Times\" size=\"3\"> <\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"left\"><i><\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p><i> <\/i><\/p>\n<p class=\"MsoNormal\" align=\"left\">1.&nbsp;&quot;Yo soy el camino, la verdad y la vida&quot; (<i>Jn<\/i> 14, 6). Estas palabras del evangelio de san Juan han sido la luz que ha iluminado la <i>Semana de oraci&oacute;n por la unidad de los cristianos<\/i>, que hoy se concluye; brillan como una especie de programa para el nuevo milenio en el que nos hemos adentrado.<\/p>\n<p> Me es grato dirigir un deferente y cordial saludo a los delegados de las Iglesias y comunidades eclesiales que han acogido mi invitaci&oacute;n y est&aacute;n hoy aqu&iacute; presentes para participar en esta celebraci&oacute;n ecum&eacute;nica de la Palabra, con la cual queremos concluir de manera solemne estos d&iacute;as dedicados a orar m&aacute;s intensamente por la gran causa tan importante para todos nosotros.<\/p>\n<p> A trav&eacute;s de los miembros de las delegaciones que han venido, deseo hacer llegar a los responsables y fieles de las respectivas confesiones, junto con mi saludo, un fraterno abrazo de paz.<\/p>\n<p> 2.&nbsp;&quot;Yo soy el camino, la verdad y la vida&quot;. El coraz&oacute;n del hombre, como el de los disc&iacute;pulos de Jes&uacute;s, se turba frecuentemente ante los acontecimientos imprevisibles de la existencia (cf. <i>Jn<\/i> 14, 1). Muchos, especialmente los j&oacute;venes, se preguntan por el rumbo que es preciso seguir. En medio del torbellino de voces que cotidianamente les acometen, se preguntan qu&eacute; es la verdad, cu&aacute;l es la actitud correcta, c&oacute;mo se puede vencer con la vida el poder de la muerte.<\/p>\n<p> Son cuestiones de fondo, que manifiestan c&oacute;mo en muchos se despierta una nostalgia de la dimensi&oacute;n espiritual de la existencia. A estos interrogantes Jes&uacute;s ya contest&oacute; cuando afirm&oacute;:&nbsp; &quot;Yo soy el camino, la verdad y la vida&quot;. Corresponde a los cristianos la tarea de volver a proponer hoy, con la fuerza de su testimonio, este anuncio decisivo. S&oacute;lo as&iacute; la humanidad contempor&aacute;nea podr&aacute; descubrir que Cristo es la potencia y la sabidur&iacute;a de Dios (cf. <i>1 Co<\/i> 1, 24), que s&oacute;lo en &eacute;l se encuentra la plenitud de las aspiraciones humanas (cf. <i>Gaudium et spes<\/i>, 45).<\/p>\n<p> 3.&nbsp;El movimiento ecum&eacute;nico del siglo&nbsp;XX ha tenido el gran m&eacute;rito de reafirmar claramente la necesidad de este testimonio. Despu&eacute;s de siglos de separaci&oacute;n, de incomprensiones, de indiferencia y, por desgracia, de contraposiciones, ha renacido en los cristianos la conciencia de que la fe en Cristo los une, y que es una fuerza capaz de superar lo que los separa (cf. enc&iacute;clica <i>Ut unum sint<\/i>, 20). Por gracia del Esp&iacute;ritu Santo, con el concilio Vaticano II, la Iglesia cat&oacute;lica se ha comprometido de manera irreversible a seguir el camino de la b&uacute;squeda ecum&eacute;nica (cf. <i>ib., <\/i>3).<\/p>\n<p> No se deben ni se pueden minimizar las diferencias todav&iacute;a existentes entre nosotros. El verdadero compromiso ecum&eacute;nico no va en busca de componendas y no hace concesiones por lo que ata&ntilde;e a la verdad. Sabe que las separaciones entre los cristianos son contrarias a la voluntad de Cristo; sabe que son un esc&aacute;ndalo que debilita la voz del Evangelio. No se esfuerza por ignorarlas, sino por superarlas.<\/p>\n<p> Al mismo tiempo, la conciencia de lo que falta a&uacute;n para la plena comuni&oacute;n nos hace apreciar m&aacute;s todo lo que ya compartimos. En efecto, a pesar de los malentendidos y los muchos problemas que nos impiden todav&iacute;a sentirnos plenamente unidos, hay importantes elementos de santificaci&oacute;n y verdad de la &uacute;nica Iglesia de Cristo tambi&eacute;n fuera de los confines visibles de la Iglesia cat&oacute;lica, que impulsan hacia la plena unidad (cf. <i>Lumen gentium<\/i>, 8 y 15; <i>Unitatis redintegratio<\/i>, 3).<br \/>Efectivamente, fuera de la Iglesia cat&oacute;lica no hay un vac&iacute;o eclesial (cf. <i>Ut unum sint<\/i>, 13). Por el contrario, existen muchos frutos del Esp&iacute;ritu como, por ejemplo, la santidad y el testimonio de Cristo, llevado a veces hasta el derramamiento de sangre, que suscitan admiraci&oacute;n y gratitud (cf.<i> Unitatis redintegratio<\/i>, 4; <i>Ut unum sint<\/i>, 12 y 15).<\/p>\n<p> Los di&aacute;logos que se han desarrollado desde el concilio Vaticano II han dado una nueva conciencia de la herencia y de la tarea com&uacute;n de los cristianos, y han producido resultados muy significativos. Ciertamente, no hemos alcanzado la meta, pero hemos dado pasos importantes. De extra&ntilde;os y, a menudo, adversarios que &eacute;ramos, nos hemos convertido en vecinos y amigos. Hemos vuelto a descubrir la fraternidad cristiana. Sabemos que nuestro bautismo nos inserta en el &uacute;nico Cuerpo de Cristo, en una comuni&oacute;n no plena a&uacute;n, pero real (cf. <i>Ut unum sint<\/i>, 41 s). Tenemos motivos fundados para alabar al Se&ntilde;or y darle gracias.<\/p>\n<p> 4.&nbsp;Con intensa gratitud, repaso con el recuerdo el A&ntilde;o jubilar. En &eacute;l se han producido signos verdaderamente prof&eacute;ticos y conmovedores en el compromiso ecum&eacute;nico (cf.<i> Novo millennio ineunte<\/i>, 12).<\/p>\n<p> Contin&uacute;a radiante en la memoria el encuentro en esta bas&iacute;lica el 18 de enero de 2000, cuando por primera vez una Puerta santa fue abierta con la presencia de delegados de las Iglesias y comunidades eclesiales de todo el mundo. Pero el Se&ntilde;or me ha concedido incluso m&aacute;s a&uacute;n:&nbsp; he podido pasar el umbral de esa Puerta, s&iacute;mbolo de Cristo, acompa&ntilde;ado por el representante de mi hermano de Oriente, el patriarca Bartolom&eacute;, y tambi&eacute;n del primado de la Comuni&oacute;n anglicana. Por un trecho -&iexcl;un trecho demasiado corto!- hemos hecho el camino juntos, pero &iexcl;qu&eacute; alentador ha sido ese corto trecho, signo de la providencia de Dios en el camino que queda por recorrer! Nos hemos encontrado con los representantes de numerosas Iglesias y comunidades eclesiales el 7 de mayo, ante el Coliseo, para la conmemoraci&oacute;n conjunta de los testigos de la fe del siglo XX:&nbsp; hemos sentido esa celebraci&oacute;n como una semilla de vida para el futuro (cf. <i>ib.<\/i>, 7 y 41).<\/p>\n<p> Me he adherido con alegr&iacute;a a la iniciativa del patriarca ecum&eacute;nico Bartolom&eacute; I de celebrar el milenio con un d&iacute;a de oraci&oacute;n y ayuno, la v&iacute;spera de la Transfiguraci&oacute;n, el 6 de agosto de 2000. Pienso tambi&eacute;n con gran emoci&oacute;n en los encuentros ecum&eacute;nicos que pude tener durante mi peregrinaci&oacute;n a Egipto, al monte Sina&iacute; y, especialmente, a Tierra Santa.<\/p>\n<p> Adem&aacute;s, recuerdo con gratitud la visita de la delegaci&oacute;n que me envi&oacute; el patriarca ecum&eacute;nico para la fiesta de san Pedro y san Pablo, as&iacute; como la visita del patriarca supremo y catholic&oacute;s de todos los armenios, Karekin II. Tampoco puedo olvidar a los representantes de otras muchas Iglesias y comunidades eclesiales, que he recibido en Roma en estos &uacute;ltimos meses.<\/p>\n<p> 5.&nbsp;El jubileo ha llamado tambi&eacute;n la atenci&oacute;n, de manera beneficiosa, sobre las dolorosas separaciones que a&uacute;n permanecen. No ser&iacute;a honrado disfrazarlas o ignorarlas. Sin embargo, no deben desembocar en reproches rec&iacute;procos ni provocar desaliento. El dolor por las incomprensiones o los malentendidos se ha de superar con la oraci&oacute;n y la penitencia, con gestos de amor y con la investigaci&oacute;n teol&oacute;gica. Las cuestiones todav&iacute;a abiertas no deben ser un obst&aacute;culo al di&aacute;logo; m&aacute;s bien han de considerarse como una invitaci&oacute;n a confrontarse con franqueza y caridad. Se plantea de nuevo la pregunta:&nbsp; <i>Quanta est nobis via?<\/i> No nos es dado saberlo, pero nos anima la esperanza de ser conducidos por la presencia del Resucitado y la fuerza inagotable de su Esp&iacute;ritu, capaz de sorpresas siempre nuevas (cf. <i>Novo millennio ineunte<\/i>, 12).<\/p>\n<p> Fortalecidos por esta certeza, miramos hacia el nuevo milenio. Est&aacute; ante nosotros como un mar inmenso en el que tenemos que echar las redes (cf. <i>Lc<\/i> 5, 6 s). Pienso sobre todo en los j&oacute;venes que construir&aacute;n el nuevo siglo y podr&iacute;an cambiar su aspecto. Nuestro deber ante ellos es dar un testimonio concorde.<\/p>\n<p> 6.&nbsp;Desde esta perspectiva, una tarea fundamental es la purificaci&oacute;n de la memoria. En el segundo milenio hemos estado contrapuestos y divididos, nos hemos condenado y combatido rec&iacute;procamente. Debemos olvidar las sombras y las heridas del pasado y estar pendientes de la hora de Dios que viene (cf. <i>Flp<\/i> 3, 13).<\/p>\n<p> Purificar la memoria significa tambi&eacute;n elaborar una espiritualidad de comuni&oacute;n (<i>koinon&iacute;a<\/i>), a imagen de la Trinidad, que encarna y manifiesta la esencia misma de la Iglesia (cf. <i>Novo millennio ineunte<\/i>, 42). Debemos vivir en las cosas concretas la comuni&oacute;n que, si bien no es plena, existe ya entre nosotros. Dejando atr&aacute;s los malentendidos, hemos de encontrarnos, conocernos mejor, aprender a amarnos mutuamente, colaborar fraternalmente juntos en la medida de lo posible.<\/p>\n<p> El di&aacute;logo de la caridad, sin embargo, no ser&iacute;a sincero sin el di&aacute;logo de la verdad. La superaci&oacute;n de nuestras diferencias conlleva una investigaci&oacute;n teol&oacute;gica seria. No podemos pasar por alto las diferencias; no podemos modificar el dep&oacute;sito de la fe. Pero sin duda podemos tratar de ahondar en la doctrina de la Iglesia a la luz de la sagrada Escritura y de los Padres, y explicarla de modo que sea comprensible hoy.<\/p>\n<p> Con todo, no es a nosotros a quien corresponde &quot;hacer la unidad&quot;. Es un don del Se&ntilde;or. Por eso, hemos de rogar, como hemos hecho durante esta semana, para que nos sea dado el Esp&iacute;ritu de la unidad. La Iglesia cat&oacute;lica, en cada celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica, implora:&nbsp; &quot;Se&ntilde;or, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, conc&eacute;dele la unidad y la paz&quot;. La oraci&oacute;n por la unidad est&aacute; presente en cada eucarist&iacute;a. Es el alma de todo el movimiento ecum&eacute;nico (cf. <i>Ut unum sint<\/i>, 21).<\/p>\n<p> 7.&nbsp;El nuevo a&ntilde;o que acabamos de comenzar es un tiempo particularmente propicio para testimoniar juntos que Cristo es &quot;el camino, la verdad y la vida&quot;. Tendremos oportunidad de hacerlo, y ya se perfilan ocasiones prometedoras. En 2001, por ejemplo, todos los cristianos celebrar&aacute;n la Resurrecci&oacute;n de Cristo en la misma fecha. Eso deber&iacute;a animarnos a encontrar un consenso sobre una fecha com&uacute;n para esta fiesta. La victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el odio ha inspirado tambi&eacute;n la iniciativa del Consejo ecum&eacute;nico de las Iglesias de dedicar los pr&oacute;ximos diez a&ntilde;os a vencer la violencia.<\/p>\n<p> Grandes son mis expectativas ante los viajes que me llevar&aacute;n a Siria y Ucrania. Deseo que contribuyan a la reconciliaci&oacute;n y a la paz entre los cristianos. Una vez m&aacute;s me har&eacute; peregrino, viandante por los caminos del mundo para testimoniar a Cristo &quot;camino, verdad y vida&quot;.<\/p>\n<p> Vuestra presencia en esta celebraci&oacute;n, queridos delegados de las Iglesias y comunidades eclesiales, me anima en este compromiso, que siento como parte esencial de mi ministerio.<br \/>Prosigamos juntos, con renovado impulso, en el camino hacia la plena unidad. Cristo camina con nosotros.<\/p>\n<p> A &eacute;l la gloria por los siglos de los siglos. Am&eacute;n.<\/p>\n<p class=\"MsoNormal\">&nbsp; <\/p>\n<p><\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CLAUSURA DEL OCTAVARIO DE ORACI&Oacute;N POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS HOMIL&Iacute;A DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II &nbsp;Jueves 25 de enero de 2001 1.&nbsp;&quot;Yo soy el camino, la verdad y la vida&quot; (Jn 14, 6). 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